La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz suave del atardecer que se filtraba desde la ventana. Ella se encontraba sentada al borde de la cama, completamente enfundada en el traje de látex negro que la transformaba en una figura reluciente, casi irreal. El material era de un brillo hipnótico, como un espejo líquido que capturaba cada destello de luz y la devolvía en ondas perfectas. Era un catsuit de una sola pieza que la cubría desde la punta de los dedos de los pies hasta la coronilla, moldeando cada curva de su cuerpo con una precisión obsesiva.
El corsé integrado, con sus ganchos metálicos plateados alineados en el centro del torso, le apretaba la cintura de forma implacable, reduciéndola a una silueta de reloj de arena extrema. Sus pechos, plenos y elevados, quedaban realzados como dos esferas perfectas bajo la capa reluciente, separados por la línea recta de la cremallera principal que descendía desde el cuello hasta la entrepierna.
Las mangas largas se fundían con unos guantes integrados de un negro profundo. La capucha era lo más intenso, le cubría por completo su cabeza, dejando solo expuestos los labios y la lengua a través de una cremallera vertical adornada con remaches metálicos y cadenas finas que tintineaban levemente con cada movimiento.
El látex se adhería a su piel como una segunda epidermis, tan ajustado que podía sentir el pulso de su propia sangre latiendo contra él. Dentro del traje, el calor se acumulaba lentamente, creando una capa húmeda y resbaladiza entre su carne y el material. Cada respiración hacía que el látex crujiera con un sonido suave y obsceno, como un susurro constante que le recordaba que estaba atrapada, envuelta, poseída por él. Al principio, solo se limitó a sentir. Sus manos enguantadas se posaron sobre sus muslos, y las yemas de sus dedos enguantados recorrieron la superficie brillante.
El tacto era eléctrico, el látex estaba frío al exterior, pero transmitía el calor interno de su cuerpo de una forma que la hacía hiperconsciente de cada centímetro. Deslizó las palmas hacia arriba, sintiendo cómo el material se estiraba y se contraía con sus movimientos, cómo se pegaba a la piel de sus brazos y hombros. Un escalofrío la recorrió cuando llegó a sus pechos; los ahuecó suavemente, notando la presión del corsé que los mantenía firmes y expuestos. El látex se deslizaba bajo sus dedos con una suavidad casi líquida, amplificando cada roce. Sus pezones, endurecidos, presionaban contra la capa delgada, enviando pequeñas descargas de placer directamente a su vientre.
Bajó las manos por el abdomen, siguiendo la línea de los ganchos del corsé, sintiendo cómo el traje le comprimía el estómago y acentuaba la curva de sus caderas. El roce era sutil, casi inocente al principio, solo exploraba, disfrutaba de la sensación de estar completamente cubierta, de ser una muñeca reluciente y anónima. Pero el calor entre sus piernas crecía. La cremallera central, que bajaba hasta su sexo, se había convertido en el centro de su atención. Sus enfundados dedos, trazaron el borde de la cremallera con lentitud deliberada, presionando apenas lo suficiente para sentir la tensión del látex contra su clítoris hinchado.
Poco a poco, la sutileza se fue desvaneciendo. Respiraba más agitada, y el sonido de su aliento se escapaba entrecortado a través de la cremallera abierta de la boca. Con un movimiento lento y decidido, tiró de la cremallera inferior.
El sonido metálico al abrirse fue como un gemido en sí mismo. El aire fresco rozó su piel expuesta, contrastando violentamente con el calor sofocante del interior del traje. Sus dedos enguantados descendieron, primero rozando los labios exteriores con las yemas, sintiendo la humedad que ya los cubría. El látex de los guantes añadía una textura extraña y deliciosa: suave y resbaladizo por fuera, pero con la presión firme de sus propios dedos debajo.
Empezó a tocarse con más intención. Dos dedos se deslizaron entre sus pliegues, recorriendo el clítoris en círculos lentos y firmes. El contraste era abrumador, el frío del látex contra su carne ardiente, la presión constante del traje que la mantenía abierta y vulnerable, el peso del corsé que le recordaba a cada instante que estaba atrapada en su propio placer. Sus caderas se movieron por instinto, buscando más fricción. Introdujo un dedo, luego dos, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de ellos mientras el pulgar seguía estimulando el punto más sensible.
Los dedos brillaban con sus propios fluidos, y el sonido húmedo y obsceno se mezclaba con el crujido constante del látex. Él placer creció rápido, imparable. Sus pechos subían y bajaban con fuerza bajo el traje, el corsé apretando cada vez más con cada jadeo. Aceleró el ritmo, penetrándose más profundo, curvando los dedos para rozar ese punto interno que la hacía temblar.
La capucha le impedía ver su propio rostro, pero podía imaginarlo, labios entreabiertos, lengua asomando entre la cremallera, ojos entrecerrados de éxtasis. Un gemido ronco escapó de su garganta cuando el orgasmo la golpeó con fuerza. Su cuerpo se arqueó, las manos presionando con fuerza contra su sexo mientras oleadas de placer la recorrían desde el centro hasta las puntas de los dedos de los pies, haciendo que el látex se tensara y brillara con el sudor y la humedad.
Todavía temblando por las últimas contracciones del orgasmo, ella permaneció sentada, con las manos enguantadas apoyadas sobre sus muslos relucientes. El látex negro brillaba ahora con una fina capa de sudor que se había acumulado bajo el traje, haciendo que el material se adhiriera aún más a su piel como una segunda, ardiente epidermis. Su respiración era entrecortada, escapando en jadeos húmedos a través de la cremallera abierta de la capucha. Los labios, ligeramente hinchados, brillaban bajo la luz tenue.
Sabía que no había terminado. El fuego en su interior seguía ardiendo, intensificado por la constricción constante del corsé y la sensación de estar completamente encapsulada. Con movimientos lentos y deliberados, se puso de pie. El traje crujió suavemente al estirarse. Caminó hasta el cajón de la mesita de noche y sacó un consolador grueso y realista, era negro, venoso, de unos 25 centímetros, con una base ancha y ventosa. El contraste entre el juguete mate y el brillo extremo de su propio traje era casi obsceno.
Volvió a sentarse en el borde de la cama, abriendo un poco más las piernas. El látex se tensó alrededor de sus muslos y caderas, marcando cada curva. Con una mano enguantada sostuvo el consolador, mientras la otra bajaba de nuevo la cremallera central hasta el final, dejando su sexo completamente expuesto y brillante de excitación. El aire fresco golpeó su piel caliente, arrancándole un gemido bajo.
Primero lo rozó con suavidad. Pasó la cabeza gruesa del consolador por sus labios hinchados, arriba y abajo, lubricándolo con sus propios fluidos. El látex de sus guantes hacía que todo se sintiera más resbaladizo, más intenso. Presionó ligeramente contra su clítoris, dibujando círculos lentos, y su cuerpo respondió con un estremecimiento que hizo crujir todo el traje.
Luego, inclinándose un poco hacia atrás, apoyó la base del consolador contra el colchón y se colocó encima. La capucha le impedía ver con claridad, pero no lo necesitaba. Guio la punta con una mano y comenzó a bajar lentamente. Sintió cómo la cabeza ancha abría sus labios, estirándola. El látex del traje, tan apretado alrededor de sus caderas, hacía que la penetración se sintiera aún más intensa, como si el propio traje la estuviera sujetando y ofreciendo al mismo tiempo.—Ahh… —jadeó, la voz amortiguada por la máscara.
Centímetro a centímetro, el consolador fue desapareciendo dentro de ella. La sensación era abrumadora, la presión implacable del corsé en su cintura, el calor sofocante dentro del látex, y ahora esta invasión gruesa y firme que la llenaba por completo. Cuando llegó al fondo, se quedó quieta un momento, respirando agitada, sintiendo cómo sus paredes internas palpitaban alrededor del juguete. Sus manos, recorrieron su cuerpo una vez más, apretó sus pechos por encima del traje, pellizcó sus pezones endurecidos a través del látex fino, y luego bajó hasta sujetar sus caderas. Empezó a moverse.
Al principio con movimientos lentos y profundos, levantando y bajando las caderas, dejando que el consolador entrara y saliera casi por completo. Cada descenso producía un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con el crujido constante del látex. El traje se pegaba a su piel sudorosa, creando fricción extra en sus muslos y abdomen. Aceleró el ritmo, montándolo con más fuerza. Sus pechos rebotaban dentro del corsé, que los mantenía altos y firmes, y el sudor empezaba a correr por debajo del látex, haciendo que todo el interior del traje se volviera resbaladizo y caliente.
Una de sus manos enguantadas bajó hasta su clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras seguía cabalgando el consolador con movimientos cada vez más desesperados. El placer era brutal. Sentía cada vena del juguete rozando sus paredes internas, llegando tan profundo que rozaba ese punto que la hacía ver estrellas. El corsé le impedía respirar con normalidad, lo que solo aumentaba la sensación de sumisión y éxtasis.—Más… por favor… —susurró para sí misma, aunque nadie podía oírla.
Cambió de posición y se puso a cuatro patas sobre la cama, todavía con el consolador dentro, y comenzó a embestir hacia atrás contra él con fuerza. El traje brillaba bajo la luz, completamente cubierto de sudor ahora. Sus glúteos, perfectamente moldeados por el látex, se tensaban con cada movimiento. Golpeaba con más intensidad, sintiendo cómo el juguete la llenaba una y otra vez, mientras sus dedos no dejaban de frotar su clítoris hinchado.
El segundo orgasmo llegó como una ola devastadora. Su cuerpo se tensó por completo, el látex crujiendo con fuerza alrededor de sus extremidades. Un gemido largo y ronco escapó de la cremallera de la capucha mientras sus paredes internas se contraían violentamente alrededor del consolador.
Siguió moviéndose durante el clímax, prolongando el placer hasta que sus piernas temblaron y tuvo que dejarse caer de lado sobre la cama, jadeando, con el juguete aún enterrado profundamente en ella.
Pasaron varios minutos antes de que pudiera moverse. Sus manos recorrieron de nuevo el traje reluciente, ahora empapado de sudor por dentro, acariciando con reverencia cada curva que el látex realzaba tan perfectamente. Una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios visibles a través de la máscara.
El traje negro seguía envolviéndola, perfecto, brillante, entonces encontró en un bolsillo discreto de su traje u control remoto entonces lo tomo y al apretar el botón y el consolador que tenía enterrado en su cuerpo empezó a vibrar… y así ya sabía que esta noche aún no había terminado…
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Cata Martínez
Administración de CuentoRelatos