Calientes en la nieve

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T. Lectura: 4 min.

Era un fin de semana de encuentros formativos de educadores en la Patagonia.

Esquel fue el sitio designado y ella recién se estaba reencontrando con sus sensaciones eróticas.

La señorita Gautier se desempeñaba como coordinadora de políticas educativas y este viaje era la oportunidad para que sus fantasías sexuales se hagan realidad. Nunca se había permitido ser una hembra hipersexual con un extraño, y en ese encuentro ella sabía que algún hombre la podía conmover.

Llegaron y Esquel estaba pintado de blanco; esas montañas poderosas la hacían vibrar, y al entrar al lugar donde estaban citados, lo vio…

Él, un macho con todas las letras, alto, fornido, piel clara, y su cabello largo la hizo empapar toda su concha caliente. Ella le miró el culo, los huevos, imaginaba cómo sería su verga y se le hizo agua la boca.

De repente una compañera la mira y nota que la señorita Gautier estaba eufórica y le pregunta:

—¿Pero qué le está pasando?

Y ella le responde:

—¿Ves ese hombre vestido de color café y pelo largo?

La compañera le contesta:

—Sí, ¿qué pasa?

Y ella le responde:

—Si ese tipo termina en nuestro grupo de formación, me lo voy a coger…

La compañera se ríe y dice:

—¿De verdad?

Y Gautier la mira y, sin responder nada, asegura con la cabeza con un sí.

Finalmente comenzaron a organizarse, y las personas se alejaban, y lo pierde de vista.

Comienza la dinámica y ella comienza a dudar de su intuición, y de repente se abre la puerta: era él. Se miran, se sienta enfrente de ella, todos hablan. A ella le tiemblan las rodillas, tiene ganas de ir al baño, pero sabe que es la emoción. Comienza a sentir que sus pezones se empiezan a poner duros; se humedece los labios, los de la boca y los de su vagina. Lo mira, lo desea, cierra los ojos, trata de olerlo.

Inmediatamente forman parejas de debate y envían a cada dupla a distintos lugares. Una vez más la coordinadora dice sus apellidos: Margarita Gautier y Mariano Moreno.

Se levantan, caminan hacia el salón, se sientan, se miran. Hacen la dinámica, charlan sobre la actividad y no pueden dejar de observarse. Se miran las manos, la boca; él mira los pechos, ella su bulto. Acercan las piernas, ella se conmueve. Hablan de su historia y de repente los llaman para volver a juntarse con el resto del grupo.

Ella entró a ese salón y entró otra mujer. Estaba totalmente colmada de emociones. Cuando termina el encuentro, ella sale rápidamente porque no tolera toda esa sensación de calentura que la desborda, la traspasa, la inunda. Su mente comienza a imaginar cualquier escenario erótico posible…

Caminan por un pasillo y ella siente que alguien la agarra de la cintura, se le acerca al cuerpo, casi forman una sola persona, y él le dice:

—¿A dónde vas?

Ella contesta:

—A tomar café.

Y él le dice:

—Ahora voy, espérame.

Ella se dirige hacia la máquina de café, se sirve. Llega él, empiezan a hablar; ya hablan distinto a lo que hablaban en la dinámica. Empieza el coqueteo y se van afuera, cada uno con su café. Él prende el cigarrillo, se sienta en un muro, ella frente a él. Comienza a nevar muy suavemente y él le dice:

—Apenas te vi pensé: si estamos juntos en un grupo, le voy a invitar un café.

Ella se ríe y le comenta:

—Apenas te vi dije: si nos toca el mismo grupo, me lo cojo.

Él se empieza a reír, la agarra de la cintura y la besa.

Y ahí organizan escaparse del lugar. Quedan en que se van a encontrar a la noche, pero por distintas situaciones esto no pudo ser. Ella vuelve al hotel después de salir con sus amigas a tomar algo al centro de Esquel, y resulta que en la conserjería había un pequeño papel a nombre de Mariano Moreno para la señorita Gautier, y decía que había tenido un problema con el celular y que no le permitió encenderlo y mandarle un mensaje, y que la esperaba en el encuentro.

Automáticamente a ella se le llenó de emoción el cuerpo. Se vuelven a encontrar y se dirigen a un hotel.

Suben a la habitación, apenas pasan la puerta, entre los dos pasan todos los límites. Se abrazan, se tocan, se besan, se lamen, se muerden. Quedan desnudos; cada uno intentaba satisfacer al otro de manera inmediata, hasta que ella se arrodilla.

No lo mira profundamente; él queda obnubilado en esa mirada y ella comienza a practicarle un felatio.

Él en un momento se detiene a mirarla y se le nota demasiado que no puede creer lo que está viviendo. Ella lo mira y le dice que la acabe en su boca. Él le dice:

—¿En serio?

Y ella le dice:

—Sí, me encanta.

Empieza a chupar profundamente, la agarra con las dos manos, succiona, se dedica a lamer la cabeza, la recorre, hace ruidos, cierra los ojos. A él se le empiezan a poner duras las piernas, duro el estómago, se le marcan los músculos. Se pone las manos sobre la cabeza, se agarra el pelo, se lo levanta, gime, mira el techo.

En un momento la levanta, la tira a la cama, le empieza a coger…

La besa, la recorre, la da vuelta, la pone en cuatro. La agarra de las caderas, se ríe, se emociona, la sostiene, se mueve de manera sigilosa, la recorre entera.

Ella gira, abren las piernas, él sigue. Ella se toca, se lame los pechos, se muerde los pezones, lo mira y le repite varias veces:

—Y seguí… cogiéndome… seguí cogiéndome…

En ese momento la clava entera, la sostiene de las caderas y empieza a acabar. Ella siente cómo la desborda.

Él cae sobre el costado y los dos, extenuados, se dan cuenta de que ahí comienza una gran historia de placer, de goce, de seguir cogiendo, de conocerse enteros.

Y es tan fuerte lo que vivieron que pasarán los años y se seguirán encontrando para seguir descubriendo el placer en cada centímetro de su cuerpo…

Ella jamás lo olvidó. Durante muchas noches, a lo largo de muchos años, lo recordó, se tocó, se chupó los pezones, recordó su pija, su olor, su aroma, la belleza de su pelo, su sonrisa al acabar, y se prometió que no importa el tiempo que pase: ella necesita y desea volver a ser suya.

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    Cata Martínez
    Administración de CuentoRelatos

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