El esposo de Estefanía le gusta ver cómo la penetro (3)

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Desde entonces vi a Estefanía en ese hotel una vez a la semana. Cada jueves después del trabajo dejaba la moto en casa y pasaba en taxi por ella, quien me esperaba vestida de manera provocadora en la tienda a dos cuadras de su casa.

La pasábamos de maravilla y a pesar de que no estuviera usando ningún método anticonceptivo, siempre me dejaba penetrarla sin condón, aunque no siempre dejaba que me derramara dentro de ella, todo dependía de si estaba en sus días fértiles o no.

La primera vez que me pidió que no lo hiciera, me lo advirtió desde el principio.

—¿Traes condones? —me preguntó mientras yo rozaba sus labios húmedos con mi verga erecta.

—Sí —contesté con pesar —¿quieres que me ponga uno? —ofrecí sin mucha convicción.

La verdad es que no me gustaba nada usar condones con Estefanía; si su esposo podía cogérsela a pelo cuando quisiera, ¿por qué yo no?

Debo admitir que me estaba enamorando de ella. Me encantaba su personalidad tan despreocupada y alegre, completamente opuesta a mi manera de ser. Su cuerpo y su aroma natural me tenía enloquecido. Su risa, su manera de ver la vida y su actitud tan optimista. Con ella fue la primera vez que fumé mariguana -ella lo hacía con cierta frecuencia y en una ocasión llevó a uno de nuestros encuentros.

Encendimos el porro en el baño y reímos todo el tiempo. Por todo aquello, empecé a sentir celos de su esposo y quise esforzarme por pasar más tiempo de calidad con ella, no solamente en el hotel, en el que pagaba no sólo por unas horas sino por la noche completa con la esperanza de que Estefanía un día decidiera pasar una noche conmigo.

—¿Cómo crees, guapo? Acuérdate que tengo marido —respondía siempre que yo proponía la idea.

Lo que sí comenzó a ser parte de nuestra rutina es ir a cenar o por unos tragos antes de dirigirnos al hotel, lo cual contaba como una cita romántica y a mí me hacía feliz. La amaba. Y no consideraba que una pareja que se ama use condones, como un par de desconocidos.

—Me haría sentir más segura, corazón. Estoy en mis días fértiles y ya sabes que no me cuido…

El amor también significa hacer sentir a tu pareja que le importas. Me coloqué el condón sin decir nada y entré en ella de un solo movimiento.

—Me encantas, Estefanía, eres perfecta para mí —le dije al oído al tiempo que la embestía embriagado de amor y lujuria.

Hicimos el amor así durante un rato y si bien la sensación no era la misma, poder estar dentro de Estefanía para mí era estar en el paraíso. Al cabo de quince minutos finalmente Estefanía vio su propio error.

—Oye, guapo, ¿y si…? —dijo con un tono inocente.

—Y si qué, mi amor —quise saber, aunque ya me lo imaginaba.

—El condón me está rozando un poco, ¿y si te lo quitas?

No tuvo que pedírmelo dos veces, salí de ella y me quité el condón, lanzándolo del otro lado del cuarto. Volví a colocarme en posición y apunté mi verga hacia la desprotegida vagina de mi bella Estefanía. La anticipación de mi verga abriéndose paso por su canal empapado me aceleró el pulso, pero antes de que pudiera entrar en ella, me detuvo en seco.

—Pero esta vez no puedes eyacular adentro, ¿lo prometes?

—Lo prometo —contesté.

—Ven aquí, entonces, papi.

La cogida llegó a un nivel muy superior. Estuvimos un rato más de misionero y luego la puse de perrito. Me encantaba metérsela sin condón así, sentía cómo mi glande llegaba hasta su cérvix y ella gemía de placer. Cuando estuve a punto de eyacular sentí la necesidad de llenarla de mi semilla y aceleré el ritmo. Ella lo percibió y comenzó a apretar sus paredes contra mi verga que disfrutaba de la fricción adicional.

—No me los vayas a echar adentro, lo prometiste.

—Sí, sí, sí, yo la saco, no te preocupes.

—…

—Me vengo, mi amor.

—¡Sácala ya! ¡Sácala, sácala! ¡No puedo quedar embarazada de otro de nuevo!

Tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para hacerle caso, su voz se había transformado en un grito de alarma y mi sentido común también actuó: no quería preñar a nadie, aunque fuese Estefanía. Mi vida era perfecta tal cual estaba.

Apenas logré sacarla cuando el primer chorro de semen cayó sobre su espalda, el segundo y el tercero sobre sus nalguitas y las últimas gotas las embarré cerca de sus labios con sacudidas firmes. Ella también se vino, pues mientras yo me la cogía de perrito ella se había masturbado con una mano, era una posición que a ambos nos llenaba de placer.

Después del orgasmo, se desplomó sobre la cama y permaneció inmóvil.

—Ay, qué rico, papito, sabía que no me ibas a fallar. Hay otro favor que te quiero pedir…

—Claro, dime, mi amor —dije volviendo de nuevo a la realidad. Me calentó ver a mi Estefanía cubierta de mi leche.

—Toma mi celular y tómame varias fotos así, cubierta de tu leche calientita. Apúrate, que me quiero mover.

Cumplí sus órdenes y tomé fotos de ella desde varios ángulos en los que se pudiera apreciar bien mi espeso y abundante semen manchando su piel perfecta. Le hice saber que ya había terminado.

—Muy bien, ahora sí, trae papel para limpiarme.

Al terminar, me dio un beso húmedo, me acarició la verga y tumbada de espaldas se puso a escribir en su celular. Yo me quedé de pie, confundido.

—¿Qué haces Estef? ¿Con quién te escribes? —pregunté con celos.

—Con mi marido, mi amor. Le estoy mandando las fotos que me acabas de tomar.

—¿Qué? —casi grité.

—Pues, desde hace unas semanas le conté de nosotros y quiere ver cómo me dejas. Hoy que no podías venirte en mi coñito, pensé que sería rico mandarle fotos mías cubiertas de tu leche, ¿buena idea, no?

No supe qué contestar.

—Ay amor, no te saques de onda, mi marido es súper alivianado y siempre le ha gustado verme coger con otros hombres. Tú relájate, todo está bien.

Me acosté junto a ella y observé en silencio mientras se escribía con su marido. Sonreía con lujuria ante la pantalla que le iluminaba el rostro. Al fin hablé.

—¿Qué te dice?

—Me está pidiendo más contenido, ¿estás listo?

La idea de volver a eyacular sobre el cuerpo de Estefanía me puso duro.

Primero tomé fotos de Estefanía chupándome la verga, luego una foto penetrando su vagina -obviamente sin condón- y luego grabamos un video cogiendo de misionero. Ella gemía rico, de manera natural y sin exagerar; de verdad quería que su marido viera cómo disfrutaba de una verga que no era la suya. Después de haber tomado todo el contenido que creí que el cornudo marido de Estefanía había solicitado dejé el móvil a un lado y me concentré en disfrutar del cuerpo de mi hembra.

—¿Dónde vas a querer la leche esta vez? —le pregunté cuando sentí que una oleada de placer me invadía —¿me vas a dejar echártela adentro esta vez? —añadí con la esperanza de que aceptara.

—Ya sabes que hoy no, guapo, ya te dije. Pero mi marido me pidió un último video para su colección: quiere que te grabes eyaculando sobre mi vulvita, ¿vas a poder?

—No sé si sea capaz de sacarla a tiempo, Estef, la tienes muy apretadita.

—Tienes que hacerlo o nunca volverás a penetrarme sin condón, ¿eso quieres?

—Está bien, está bien, claro que puedo. Pero tengo que admitir que me pone un poco incómodo que tu marido haya visto videos de nosotros cogiendo, ¿estás segura de que no hay ningún problema?

—Ay, Ernesto, por Dios. Ya te dije que te relajes, mi esposo y yo tenemos una relación bastante abierta y desde la primera vez que te la chupé en el coche, le conté lo sucedido. Ahora, voy a volver a preguntar, ¿estás listo para derramar tu leche sobre mi panochita?

—Sí.

Tomé el celular y me puse a grabar cómo mi verga entraba y salía del coño de Estefanía. No podía creer que el esposo quisiera ver algo así. Estefanía ni siquiera era mi mujer y yo ardía de celos al compartirla con su legítimo marido, ¿Cómo aquel hombre podía proponer algo así? Me dio igual, yo seguiría complaciendo a la mujer de mis sueños, con el consentimiento de su marido o sin él. La idea placentera de manchar de mi semen a una mujer ajena me calentó más y comencé a gruñir de placer. Estefanía interpretó las señales a la perfección.

—Échalos afuera, mi amor, para que el cornudo de mi esposo vea cómo me coges y me das tu lechita sabrosa —dijo alzando la voz para que el audio también quedara registrado.

Estefanía era toda una puta deliciosa. No pude más y apenas alcancé a sacar mi verga cuando me derramé sobre el monte de Venus de Estefanía. La cantidad de semen seguía siendo la suficiente para lograr el efecto que buscábamos.

—Estef, qué rico, mi amor —grité al tiempo que me sacudía la verga sobre mi mujer. En medio del caos del orgasmo aproveché para rozar mi glande sobre los labios de Estefanía, dejando rastros de semen peligrosamente cerca de su entrada.

—¿Grabaste todo? —me preguntó al cabo de un rato.

—Sí, todo quedó aquí.

—Sigue grabando —ordenó y bajó su mano para embarrar sus dedos de mi semen y luego comenzar a acariciar su clítoris.

—¿Ves cómo me masturbo con el semen de otro hombre, mi amor? ¿Esto es lo que te gusta? ¿Ver cómo otro hombre se aprovecha de tu esposita?

Con su otra mano me tomó del codo y apuntó la cámara hacia su rostro y tetas.

—Así me tiene Ernesto, a su merced —dijo llevándose a la boca unos dedos empapados de semen y fluidos, para lamerlos —espero que te haya gustado esto, mi amor, porque apenas está empezando —sentenció —Te amo.

—¿Te gustó? —al fin pregunté sin saber bien qué seguía. Volví a echarme junto a ella.

—Estuvo perfecto, justo lo que queríamos. Ahora me voy a bañar y, ¿me llevas a casa? Se hace tarde —dijo y camino en dirección al baño.

El trayecto fue en silencio. No sabía cómo sentirme al respecto; seguía nervioso de que el esposo de Estefanía tuviera un ataque de celos o peor aún, de que los videos y fotos que acababa de tomar fueran publicados, pero al mismo tiempo, el morbo se apoderaba de mí. Claro que volvería a hacerlo si Estefanía me lo pidiera.

—Lo hiciste muy bien hoy, guapo. Muchos otros hombres se han sacado de onda cuando propongo grabarnos para mandarle videos a mi marido, pero tú has seguido el juego y lo has hecho de maravilla. Te veo pronto, ¿vale? —me dijo después de darme un tierno beso y meterse en la casa.

Desde el asiento trasero del taxi vi la silueta recortada de su marido contra la cortina cerrada. Luego vi a Estefanía abrazarlo y apagar la luz.

Camino a casa me pregunté si esa noche ella dejaría que su legítimo marido rellenara el coño que se me negó a mí.

No podía quedarse así.

Muchas gracias por leer. La historia continuará.

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