Esto es peligroso, le dijo. No…, no debemos. Si lo descubre Rashid….
Aleksandr la sujetó por los hombres y la besó de otra manera: esta vez con la furia del momento, con el ardor de su sexo fulgurante, la vitalidad radiante que ni piensa, ni calcula, ni otea peligro alguno…; y además no le importa, porque se deja conducir sea al infierno sea al cielo, pero con el ardor de las brasas de cuerpo como dueña y señora del segundero.
Besó su lengua y su paladar, la carne interior sabrosa y templada que tenía a su disposición en aquel momento furtivo, sorteando las gemas de sus dientes. Y allí la otra lengua se emparejó, como una ola se superpuso con toda una gama de sensaciones impiadosas y urgentes. El calor le inundó. El calor de ella y su propio calor. La besó por dentro y la besó por fuera: los hoyuelos que dejó un mal cicatrizado virus infantil; los ojos profundos, negros, constantes e irresistibles: aquellos ojos subyugadores que le habían capturado lo desconocido de sí, se habían desparramado por sus inquietudes varoniles hasta dejarse dominado.
Ella finalmente se desató. Lo apretó contra sí. Llevo sus dedos líquidos por dentro de su blusa y los condujo hacia las cerezas endurecidas y reclamantes. En su vientre sintió crecer el órgano de los arcanos amorosos como lo deseaba: lleno de savia, certero, buscando la luz de la vida, palpitante.
Después de la primera mirada cautelosa y maquillada, ya en el recreo de las ausencias, la sintió penetrando en él y la había soñado, deseado en sus noches espasmódicas, mientras sus dedos eléctricos escribían su nombre con cada toque acariciador, contenido, a la espera del momento en que su fuego se tradujo en magna vertiéndose con su nombre en los resecos labios sedientos. Eso fue una y otra vez después del primer orgasmo, tras la eyaculación potente y la mirada sobre su propio sexo imaginando el de ella: los laxos pelillos cubriendo la entrada del jardín delicioso donde, en la cuevecita de pliegues se encontraba el rubí delicado y hambriento que él soñaba paladear, hipnóticamente recorrido, sorbido…
Los dedos urgentes recorrían las mamas inmensas de madre lactante, los pezones empezaron a rezumar níveo alimento que impregnó las yemas de los dedos ansiosos y circulantes. Se desató toda contención. Le abrió completamente la blusa y comenzó a chupar vigorosamente. Samira se recogió las blandas carnes esféricas y la apretó ofreciendo a la boca avariciosa el néctar plácido (no tuvo remordimiento: la generosa naturaleza le concedía un manantial inagotable para repartir entre la boca minúscula y la caliente garganta masculina, que sorbía incesantes chorros vitales). Él se transformó en un ser infantil que ronroneaba a cada trago, mientras tiraba hacia abajo de la cremallera y sacaba su sexo dolorosamente cautivo.
La polla apareció como un amanecer implacable. Ella liberó sus dedos abandonando las tetas maduras, y busco con avidez también el alimento sexual. Tomó entre sus dos manos el miembro potente, grueso y duro, retorció entre sus dedos el capullo de seda, el frenillo tenso, la diminuta boquita por la que se desparramaría a golpes y latidos el semen lechoso y adherente.
No importa, dijo en voz alta: prefiero la muerte.
Aleksandr levantó el vestido, bajó la íntima prenda que contenía la frondosidad carnal que deseaba con la fuerza de un trueno. Sus descendentes dedos acariciaron la selvita oscura del vello y su verga latió en manos de la mujer. Humedecidos por la tibia capa gelatinosa los dedos hurgaron, tocaron y se hundieron en la sima profunda de la vagina llameante, que se abrió voraz.
Samira apretó el sexo enardecido y recorrió el empalmamiento con suavidad, estirando la piel tensa, disfrutando del tacto endurecido de la polla, exploró hasta encontrar las bolas gruesas y velludas y las sacó a la tenue luz del almacén en el que imperaban olores secos y rancios de comida. Se deshacía su interior recorrido en chorros vertiginosos.
Amor, musitó, un poco…, espera un poco; déjalo ahora…
Se arrodilló y sus labios turgentes besaron el miembro erguido (jadeó él bajo esos otros pétalos deliciosos), se apoderaron de la tranca y la succionaron.
No tenemos tiempo, mi vida, susurró sacando la polla de la boca.
Se dio la vuelta y se inclinó en demanda, levantando el vestido, con el redondo culo franco, expuesto, oferente.
Él penetró el coño que los dedos expansivos de Samira franqueaban limpiamente. La polla se hundió pertinaz y embelesada por el circuito carnal meloso. Rítmico, con un movimiento de abanico vertical, se introducía y volvía a salir. Los dos gemían. Las uñas de ella se clavaban en sus propias carnes sosteniendo las humedecidas puertas por la que incursionaba el miembro masculino, provocando el doble placer del sexo compartido y mutuo. Samira se frotaba el clítoris al compás de las penetraciones hondas de Aleksandr y el ardor de comunicaba de sexo a sexo.
Cuando el chorro caliente llenó su conducto vaginal Samira se mordió dos dedos de la mano para contener un grito liberador bajo el caleidoscopio de sensaciones nerviosas de su sexo. Un sollozo, los consecutivos espasmos, sus movimientos de cintura, las sacudidas que el esperma al estallar dentro de su vientre le transmitían a su propio interior genital, el golpeteo de los labios vulvares que apresaban el falo eyaculante que exprimía hasta la última gota de leche masculina. Una secuencia paralela que se extendió hasta que inesperadamente se encendió la luz macilenta y Habiba, la cuñada de Samira, descendió los tres primeros peldaños de la carcomida escalera.
Sus ojos abiertos de par en par no podían dar crédito a la imagen; la boca de la viuda se encogió llena de odio y rencor. Una amarga espuma cubrió los labios desiertos. Una mano se crispó sobre la barandilla que crujió y se rompió con un gran quejido arrastrando consigo a Habiba, cuya cabeza se estrelló en el grasiento suelo de cemento con un sordo y hueco sonido, y rápidamente quedó enmarcada en un charco de sangre oscura.
Los secretos amantes recompusieron sus ropas y acudieron a auxiliar a la hermana de Rashid, cuya voz alarmada cruzaba el dintel de la puerta del almacén poco antes que su cuerpo envarado y adusto.
Los brazos de los enamorados se trenzaron al levantar el cuerpo inmóvil. Los dedos de las manos se enlazaron como los zarcillos de las plantas trepadoras al tiempo que los amantes exhalaban un suspiro de doble alivio.
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