De vacaciones con esposa deseada

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Todo empezó en aquel hotel de la costa, durante unas supuestas vacaciones que yo mismo había insistido en reservar. Me llamo Carlos, tengo cuarenta y cuatro años, y mi mujer, Teresa, treinta y nueve. Llevábamos diecisiete años casados y dos hijos que, por suerte, esa semana se habían quedado con los abuelos. Yo necesitaba desconectar. Teresa… ella simplemente accedió, como siempre, con esa sonrisa tranquila y ese cuerpo que parecía hecho para volver locos a los hombres.

Teresa es una curvy en toda regla. Metro setenta, pelo castaño oscuro que suele llevar suelto o en una coleta alta que le cae por la espalda, ojos marrones grandes, labios carnosos y una cara bonita que todavía conserva esa dulzura de cuando la conocí. Pero lo que realmente marca la diferencia es su cuerpo: tetas enormes, pesadas, que se mueven con vida propia bajo cualquier blusa; una cintura sorprendentemente estrecha para lo que viene después, y un culo tremendo, redondo, firme y alto, de esos que llenan cualquier pantalón o falda hasta el límite. Le sobran algunos kilos, pero están repartidos exactamente donde tienen que estar. Cuando camina, todo se balancea de una forma que cuesta apartar la mirada.

Ella siempre se viste de forma recatada: blusas holgadas, faldas por debajo de la rodilla, bañadores de una pieza. Dice que no le gusta llamar la atención. Yo sé que es verdad… y al mismo tiempo sé que su cuerpo la traiciona constantemente.

Llegamos al hotel un jueves por la tarde. Era un sitio de cuatro estrellas, con piscina grande, spa y varios bares. Nada más registrarnos, noté las miradas. El recepcionista se quedó un segundo de más en su escote cuando ella se inclinó para firmar. En el ascensor, dos tipos de unos cincuenta años que venían de jugar al golf no disimularon: bajaron la vista directamente a su culo mientras subíamos.

Esa misma noche, después de cenar, Teresa subió a la habitación porque estaba cansada del viaje. Yo me quedé abajo, en uno de los bares de la terraza, tomando una copa. Me senté en una mesa algo apartada, cerca de una columna. No buscaba nada. Solo quería disfrutar del aire fresco.

Entonces los escuché.

Cuatro hombres, alrededor de los cincuenta y cinco, bien vestidos, sentados en la mesa justo detrás de la columna. Hablaban en voz baja pero clara, con ese tono ronco que tienen los tíos cuando ya llevan varias copas y se sueltan.

—… te juro que no he visto una tía así en mi puta vida —decía uno, el más calvo y con bigote—. Cuando ha pasado por el hall esta tarde, con ese vestido verde… hostia. Las tetas le rebotaban de una forma…

—Qué tetas, coño —intervino otro, más grueso, con acento andaluz—. Parecían dos melones maduros. Y el culo… joder, el culo. Se le marcaba todo. Me entraron ganas de acercarme por detrás y apretárselo ahí mismo.

Me quedé congelado. Sabía perfectamente de quién hablaban. Teresa llevaba ese vestido verde ajustado en la cintura que le realzaba todo.

El tercero se rio bajito.

—Está buenísima. Y parece de las que no se enteran. De esas casadas que van de santitas pero por dentro están pidiendo guerra. ¿Habéis visto cómo se le mueve todo cuando anda? Ese culo tiene que rebotar de cojones cuando se la metes por detrás.

—Imagínatela a cuatro patas —siguió el calvo, bajando aún más la voz pero sin poder ocultar la excitación—. Con esas tetazas colgando, moviéndose para adelante y para atrás mientras le das bien fuerte. Yo le agarraba esa coleta y tiraba de ella mientras le meto hasta el fondo.

Sentí un calor brutal subiéndome por el estómago. Mi polla se puso dura al instante dentro del pantalón. No podía creer que estuvieran hablando así de mi mujer… y al mismo tiempo no podía dejar de escuchar.

El cuarto, el más callado hasta entonces, soltó una carcajada ronca.

—Pues yo le comía el coño hasta que me suplique. Apuesto a que está depiladita y apretada. Y ese marido que tiene… parece un pardillo. Seguro que no la folla como se merece. Una mujer así necesita que la traten como la zorra que es en el fondo.

Se me aceleró la respiración. Quería levantarme y partirles la cara. Pero no me moví. Me quedé allí, escuchando, con la polla latiéndome dolorosamente mientras ellos seguían destrozando a Teresa con palabras sucias, detallando exactamente qué le harían: cómo le chuparían las tetas, cómo le darían por el culo, cómo la correrían dentro, cómo la harían gritar.

—Ojalá se quede unos días —dijo el andaluz—. Me la follaría en todas las esquinas de este hotel. Empezando por la piscina. Imaginaos verla salir del agua con el bikini pegado… esas tetazas marcadas, los pezones duros…

No aguanté más. Me levanté sigilosamente y subí a la habitación.

Teresa estaba en la cama, leyendo, con un camisón fino de tirantes. Se le notaban los pezones marcados. Me miró con esa sonrisa dulce.

—¿Qué tal la copa, cariño?

Me acerqué, le quité el libro de las manos y la besé con fuerza. Estaba empapada cuando le metí los dedos. Se sorprendió de mi urgencia, pero se entregó, gimiendo bajito mientras yo la follaba pensando en las palabras de aquellos cuatro desconocidos.

Esa fue solo la primera noche.

Y supe, en ese preciso momento, que las vacaciones iban a ser mucho más largas y mucho más peligrosas de lo que había imaginado.

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