El masturbador enfundado

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T. Lectura: 3 min.

En una habitación cuyas paredes estaban completamente cubiertas con cortinas gruesas, se encontraba un hombre solitario emocionado. Era un hombre de contextura gruesa, hombros anchos y cuerpo robusto, y sentía un placer inmenso cada vez que se enfundaba en su traje favorito de cuerpo entero. Comenzó por los pies. Se sentó y deslizó el pie derecho dentro del Datex elástico, e imagino portando el traje largos periodo de tiempo y tuvo una erección espontanea.

El material se acomodó inmediatamente a su piel a diferencia del látex, era más fácil y cómodo de colocar el traje, subiendo lentamente por el tobillo, la pantorrilla y la rodilla con una presión suave pero firme. Repitió el proceso con el pie izquierdo, tirando del traje hacia arriba por sus muslos gruesos y poderosos. El datex se ajustaba como una segunda piel, brillando con intensidad y generando un calor agradable que envolvía sus piernas por completo. Siguió subiendo por la cintura y el torso.

El traje abrazó sus caderas anchas, su abdomen redondo y su pecho robusto. Sintió cómo el material se tensaba ligeramente sobre cada curva de su cuerpo, creando una compresión uniforme y reconfortante. Luego introdujo los brazos, empezó con la mano derecha, luego la izquierda, deslizándolo por los antebrazos, los bíceps y los hombros hasta que todo encajó perfectamente, se ajustó los guantes integrados al traje dedo por dedo hasta que quedaron perfectamente enfundados. Por último, tomó la capucha. Era del mismo datex negro y reluciente, con una única abertura ovalada para los ojos.

La colocó con cuidado sobre su cabeza, deslizándola hacia abajo hasta cubrir por completo su cráneo, su nuca y su cuello. Al ajustarla, el traje quedó totalmente sellado, desde la punta de los pies hasta la coronilla. Se miró en el espejo y una oleada de placer lo recorrió. El Datex brillaba como si estuviera mojado por fuera parecía látex, pero en su interior era muy cómodo de usar, marcando cada contorno de su figura gruesa y fuerte. Se sentía completamente envuelto, protegido y profundamente excitado.

Una vez vestido, caminó hacia el centro de la habitación, donde en su cama lo esperaban una máquina de autosatisfacción. Primero se acomodó el pene en la maquina masturbadora, su pene estaba cubierta en una funda especial y ya se encontraba muy erecto, recostó cómodamente y activó el mecanismo, antes había acomodado su pene en una válvula de vacío especial que se sentía su abertura como los labios de una mujer, produciendo que el penetrar dicha abertura ya le diera placer, pero cuando activo la máquina, las vibraciones bajas y constantes atravesaron el traje, recorriendo sus muslos, glúteos y espalda como ondas de calor líquido.

El material amplificaba todo, haciendo que cada pulsación se sintiera más profunda y prolongada. Después la máquina se activó en movimientos ondulantes. El Datex se deslizaba contra su piel con cada ola suave y continua, creando una fricción cálida y envolvente que subía y bajaba entre sus piernas. El calor dentro del traje aumentaba poco a poco, envolviéndolo en una nube de placer sostenido. Luego probó el dispositivo en modo de estimulación rotativa y pulsante. Cada giro y cada pulsación se transmitía con claridad cristalina a través del traje, generando oleadas que nacían en su centro y se expandían hacia sus extremidades.

Cambió de intensidad varias veces, dejando que el placer creciera en capas cada vez más altas. Cambió a compresión rítmica, que ejercía presión suave y repetida en zonas específicas de su pene. El traje convertía esa compresión en una sensación envolvente y adictiva, sentía en medio de su orgasmo onanista como si todo su cuerpo estuviera siendo abrazado y estimulado al mismo tiempo.

Finalmente, con lubricante coloco un vibrador en su próstata, lo que en principio le causó gozo y molestia al mismo tiempo, cuando introdujo totalmente dicho vibrador, colocó la maquina en modo de vibración total, entonces los vibradores colocados estratégicamente trabajaron en conjunto. El Datex actuaba como un conductor perfecto, le provoco que cada vibración, cada movimiento, cada cambio de ritmo se multiplicaba y se extendía por todo su cuerpo grueso y enfundado.

Se entregó por completo durante un largo rato, pasando su sensaciones , combinando ritmos y dejándose llevar. El placer se fue acumulando lentamente, profundo y constante, sin prisa. Su respiración dentro de la capucha se volvió más pesada, el calor dentro del traje era intenso, y cada terminación nerviosa parecía estar viva bajo el brillante traje.

El clímax llegó como una ola gigantesca y lenta que tardó en romper. Comenzó como una tensión profunda en su centro que se extendió hacia sus piernas y brazos, haciendo que todo su cuerpo se tensara dentro del traje. Las máquinas seguían trabajando sin detenerse, prolongando la sensación. El placer creció en intensidad durante varios minutos, subiendo en oleadas cada vez más fuertes, cada una más larga que la anterior. Su cuerpo temblaba, los músculos se contraían y relajaban en espasmos profundos y prolongados, mientras el Datex amplificaba cada contracción hasta hacerla casi insoportable de tan placentera.

El orgasmo se extendió durante un tiempo que le pareció eterno, fueron oleadas sucesivas que lo recorrían de pies a cabeza, cada una más intensa y duradera que la anterior. El traje negro brillante parecía vibrar con él, conteniéndolo y multiplicando cada sensación. Jadeaba dentro de la capucha, el sudor se acumulaba bajo el traje, y el placer seguía llegando en pulsos largos y poderosos, uno tras otro, sin que pareciera tener fin.

Su cuerpo entero se sacudía con cada nueva ola, las piernas rígidas, los brazos temblando, el torso arqueado, mientras el clímax lo mantenía en un estado de éxtasis prolongado. Cuando finalmente la programación de la máquina masturbadora lo estimo suficiente, las olas comenzaron a disminuir, lo hicieron muy lentamente, dejando réplicas suaves y profundas que lo recorrían una y otra vez. Una vez que ceso la actividad de la maquina masturbadora, el hombre permaneció recostado varios minutos más, respirando con dificultad, disfrutando de las últimas contracciones y del calor reconfortante del traje que aún lo envolvía por completo.

Allí, completamente enfundado de pies a cabeza en su segunda piel negra y reluciente, se sintió absolutamente satisfecho, exhausto y en una paz profunda.

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