Quiero leche, cariño. Pero no la tuya

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El otoño en Kraków era cruelmente hermoso. Las hojas de los árboles del Planty ardían en tonos rojos y dorados, y el viento del Vístula traía ese olor a río, a piedra antigua y a humo de chimeneas. Katarzyna adoraba esa época. Decía que el frío de fuera hacía que el calor de dentro se sintiera más pecaminoso.

Tenía treinta y un años, piel de porcelana con algunas pecas traviesas sobre la nariz, ojos verdes-grises que cambiaban según la luz y el deseo, y una melena rubia ceniza que le caía en ondas hasta media espalda. Sus labios eran naturalmente rosados y carnosos, siempre con una ligera sonrisa pícara, como si supiera un secreto que el resto del mundo ignoraba. Sus pechos eran llenos y pesados, con areolas claras que se ponían rosadas cuando se excitaba. Sus caderas anchas y su culo redondo, firme de tanto caminar por las calles empedradas de la Stare Miasto, hacían que los hombres giraran la cabeza incluso cuando iba con abrigo.

Marcin la amaba con locura. Llevaban siete años juntos. Él era dos años mayor, moreno, de complexión atlética pero no exagerada, con esa barba de tres días que a ella le encantaba sentir entre los muslos. Trabajaba como ingeniero de software para una empresa alemana con sede en Kraków, y ganaba bien. Pero últimamente… últimamente algo faltaba.

Esa noche estaban en su apartamento en Kazimierz, el barrio judío convertido en zona bohemia. Las luces eran tenues, solo una lámpara de pie y velas. Sonaba bajito algo de Kayah, esa mezcla de jazz y folk polaco que siempre ponía a Katarzyna de humor peligroso.

Ella llevaba solo una camisa de Marcin, blanca, desabotonada hasta el ombligo. Sus pezones se marcaban contra la tela fina. Estaba sentada a horcajadas sobre él en el sofá antiguo de terciopelo verde, moviéndose despacio, casi perezosa, mientras lo besaba con esa lengua experta que sabía exactamente cómo volverlo loco.

—Kochanie… —susurró contra sus labios, con esa voz ronca y dulce que tenía cuando el deseo le apretaba la garganta—. Hoy te quiero lento… muy lento.

Marcin le agarró las nalgas con ambas manos, sintiendo cómo la carne suave se desbordaba entre sus dedos. La penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta que ella soltó un gemidito agudo, casi infantil, que contrastaba con lo puta que podía ser.

—Jesteś moja… —gruñó él, usando el polaco porque sabía que a ella le encantaba.

Kasia sonrió, mordiéndose el labio inferior. Empezó a cabalgarlo con movimientos profundos y circulares, haciendo que su clítoris rozara contra el pubis de él en cada bajada. Sus pechos se movían pesados dentro de la camisa abierta. Marcin metió la mano y pellizcó un pezón, tirando suavemente. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa baja, gutural.

—Más fuerte… —pidió.

Él obedeció. Siempre obedecía.

Cuando ella se corrió, lo hizo con todo el cuerpo: temblando, apretando las uñas en los hombros de Marcin, apretando su coño alrededor de la polla de él con espasmos fuertes y húmedos. Marcin se vació dentro de ella poco después, gimiendo su nombre como una plegaria.

Se quedaron abrazados, sudados, respiraciones entrecortadas. El semen de él empezaba a salir lentamente de ella, bajando por sus muslos. Katarzyna pasó dos dedos por ahí, los recogió y, mirándolo a los ojos, se los metió en la boca y los chupó con deleite.

Marcin sintió un escalofrío.

—Jesteś niesamowita… —susurró.

Ella sonrió con ternura, pero había algo más en esa sonrisa. Algo que llevaba semanas creciendo. Se acurrucó contra su pecho, trazando círculos con la uña en su piel.

—Marcin… —empezó, con voz suave pero firme—. Quiero decirte algo. Algo que me da vergüenza y que al mismo tiempo me pone muy, muy cachonda.

Él se tensó ligeramente. Le acarició el pelo.

—Dime, kotku.

Katarzyna levantó la mirada. Sus ojos verdes-grises brillaban con una mezcla de amor, miedo y excitación pura.

—Quiero leche, cariño… —susurró—. Pero no la tuya.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. Marcin sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Su polla, aún medio dura dentro de ella, dio un latido traicionero.

—¿Qué… qué quieres decir? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Kasia se incorporó un poco, aún sentada sobre él, con su coño lleno de semen apretando suavemente. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, como si estuviera calmando a un animal herido.

—Quiero que otro hombre me llene. Quiero sentir una polla más gruesa, más dura, más… dominante. Quiero que me folle como si yo fuera suya. Y cuando se corra dentro de mí, quiero sentir cómo me inunda de leche caliente, espesa, mucha. Quiero que me marque por dentro. Y quiero que tú estés ahí, kochanie. Mirando. O sujetándome. O lamiendo después.

Marcin tragó saliva. Tenía la boca seca. Sentía vergüenza, rabia, celos… y una excitación tan fuerte que le dolía.

—¿Desde cuándo piensas eso? —preguntó con voz ronca.

—Hace meses —confesó ella, bajando la mirada un segundo, coqueta y culpable al mismo tiempo—. Al principio era solo una fantasía cuando me masturbaba. Luego… empecé a mirar chicos en la calle, en el gimnasio. Hay uno… en mi clase de spinning. Se llama Tomasz. Alto, hombros anchos, brazos tatuados. Tiene pinta de follar como un animal. Y cuando me mira… Dios, Marcin, me mojo solo con su mirada.

Katarzyna se movió lentamente sobre él otra vez, como si contarlo la estuviera excitando de nuevo.

—Me imagino cómo me agarraría fuerte, cómo me daría la vuelta, cómo me abriría las piernas y me metería todo sin preguntar. Cómo me llamaría “kurwa” mientras me embiste. Y tú… tú ahí, mirándome a los ojos mientras otro me da lo que tú ya no puedes darme tan profundo.

Marcin gimió. Su polla se había puesto completamente dura otra vez dentro de ella.

—Te quiero tanto… —continuó Katarzyna, besándolo con devoción—. Por eso te lo cuento. Porque esto no es porque no te ame. Es porque te amo tanto que quiero compartir mi placer más sucio contigo. Quiero que veas cómo me corro de verdad. Cómo me pongo en cuatro y pido más. Cómo me tiemblan las piernas cuando un hombre de verdad me llena.

Se inclinó y le mordió el lóbulo de la oreja.

—¿Te pone cachondo, kochanie? Dime la verdad.

Marcin cerró los ojos. Asintió lentamente.

—Mucho… —admitió con voz rota—. Me da celos… me da rabia… y me pone como un perro.

Kasia sonrió, victoriosa y enamorada. Empezó a cabalgarlo otra vez, más rápido.

—Bien… porque quiero que sea pronto. Quiero que me prepares para él. Que me depiles bien el coño, que me elijas la lencería. Que me lleves al gimnasio y veas cómo me mira. Y después… quiero que estés ahí cuando me folle por primera vez.

Marcin la agarró de las caderas y empezó a embestirla desde abajo con fuerza. La imagen de su Katarzyna, su princesa polaca de ojos claros y sonrisa pícara, siendo follada por otro hombre lo estaba volviendo loco.

—Dilo… —exigió ella, jadeando—. Dilo mientras me follas.

—Quiero… quiero ver cómo te llena —gruñó Marcin—. Quiero ver su polla entrar en ti. Quiero verte correrte en su verga. Quiero… quiero lamer su leche de tu coño después.

Katarzyna se corrió con un grito agudo, casi sollozando de placer. Marcin la siguió poco después, añadiendo su segunda carga a la que ya estaba dentro de ella.

Después, mientras yacían abrazados, ella le acariciaba el pecho y susurraba:

—Jutro… mañana empezamos, kochanie. Quiero que me lleves a comprar lencería. Algo muy putita. Y quiero que me mires mientras me pruebo las bragas… imaginando que otro me las va a quitar.

Marcin besó su frente, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que ya no había vuelta atrás.

El otoño en Kraków acababa de volverse mucho más caliente.

A la mañana siguiente, el aire de Kraków olía a café y a hojas mojadas. Katarzyna se despertó primero, desnuda, con el cuerpo marcado por los dedos de Marcin de la noche anterior. Se miró en el espejo del baño y sonrió con esa mezcla de ternura y picardía que lo volvía loco. Su coño aún estaba sensible y ligeramente hinchado. Pasó los dedos entre sus labios y sintió los restos secos de las dos corridas de Marcin. Se los llevó a la boca y los probó, pensando ya en otra leche.

—Hoy empieza de verdad —susurró para sí misma.

Marcin la llevó de compras a la Galeria Krakowska. Katarzyna se probó lencería delante de él en el probador, abriendo la cortina lo justo para que solo él viera. Un body negro transparente que apenas cubría sus pezones rosados, un tanga rojo que se perdía entre sus nalgas redondas, un conjunto blanco de encaje que parecía inocente… hasta que se daba la vuelta y mostraba cómo se le metía la tira entre los labios.

—¿Cuál crees que le gustará más a Tomasz? —preguntaba ella con voz dulce, mirándolo a los ojos a través del espejo.

Marcin tenía la polla dura todo el tiempo. Pagó todo sin protestar.

Por la tarde fueron al gimnasio en el barrio de Podgórze. Kasia llevaba leggins negros que marcaban cada curva y un top deportivo que apenas contenía sus pechos. Marcin se quedó en la zona de pesas, fingiendo entrenar, mientras ella entraba a la clase de spinning.

Tomasz estaba allí. Alto, casi 1,90 m, hombros anchos, brazos tatuados con motivos eslavos y una barba bien cuidada. Sudaba ya antes de empezar. Cuando vio a Katarzyna, sus ojos se oscurecieron de deseo. Le sonrió con esa confianza de quien sabe que folla bien.

Durante la clase, Kasia pedaleaba con fuerza, haciendo que su culo se moviera de forma hipnótica. Cada vez que Tomasz pasaba cerca para corregir postura, le rozaba la cintura o la espalda baja. Ella respondía con miradas largas y sonrisas coquetas.

Al terminar, sudorosa y con las mejillas sonrosadas, Katarzyna se acercó a él mientras Marcin observaba desde lejos.

—Dziękuję… —dijo ella, tocándole el antebrazo—. Siempre corriges mi postura. Me ayudas mucho.

Tomasz sonrió, bajando la mirada por su cuerpo sin disimulo.

—Eres buena alumna, Kasia. Muy… aplicada. ¿Quieres tomar algo después de ducharte?

Ella miró hacia donde estaba Marcin y luego volvió a Tomasz.

—Ven a casa. Mi novio estará allí. Y quiero que nos conozcas mejor.

Tomasz levantó una ceja, sorprendido pero claramente excitado. Aceptó sin dudar.

Llegaron al apartamento de Kazimierz cuando ya anochecía. Las luces tenues, velas encendidas, una botella de Żubrówka en la mesa y Kayah sonando bajito. Katarzyna se había puesto el conjunto blanco de encaje debajo de un vestido suelto. Se veía angelical… y completamente puta.

Los tres bebieron. La conversación empezó tensa, pero el alcohol y la mirada hambrienta de Tomasz lo fueron relajando todo. Marcin estaba sentado en el sillón, con el corazón latiéndole en la garganta. Katarzyna se sentó primero en el regazo de Marcin, besándolo con ternura, y luego se levantó y fue hacia Tomasz.

Se sentó a horcajadas sobre él sin preguntar. Le pasó los brazos por el cuello y lo besó. Fue un beso profundo, húmedo, con lengua. Marcin vio cómo la mano grande de Tomasz subía por el muslo de su novia y le apretaba el culo con fuerza.

—Jesteś piękna… —gruñó Tomasz contra su boca.

Kasia gimió y empezó a frotarse contra él. Marcin podía ver cómo su polla ya estaba dura bajo los pantalones.

—Quiero que me folles —susurró Katarzyna sin rodeos, mirándolo a los ojos—. Delante de él. Quiero tu leche dentro.

Tomasz miró a Marcin. Este asintió lentamente, con la cara ardiendo de vergüenza y excitación.

No hicieron falta más palabras.

Katarzyna se arrodilló entre las piernas de Tomasz y le bajó los pantalones. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, más larga y más ancha que la de Marcin. Kasia soltó un gemidito de sorpresa y placer.

—O mój Boże… —susurró, casi adorándola.

Empezó a chupársela con devoción. Lamió desde los huevos hasta la cabeza, la metió profunda en su garganta, babeando, haciendo ruidos obscenos. Sus ojos verdes-grises miraban a veces a Marcin, buscando su reacción. Él se había sacado la polla y se masturbaba despacio, hipnotizado.

Tomasz la agarró del pelo y la folló en la boca con embestidas controladas.

—Dobrze, kurwa… qué boca tienes.

Después la levantó, le quitó el vestido de un tirón y la tiró en el sofá. Le abrió las piernas. Katarzyna estaba empapada; un hilo brillante le bajaba por el muslo. Tomasz pasó dos dedos gruesos por su coño y los metió de golpe. Ella arqueó la espalda y gritó.

Marcin se acercó. Katarzyna le agarró la mano.

—Mírame, kochanie… —suplicó—. Mírame mientras me folla.

Tomasz se colocó entre sus piernas y frotó la cabeza gruesa contra su entrada. Empujó. Katarzyna abrió mucho los ojos y soltó un gemido largo cuando la polla la abrió por completo. Centímetro a centímetro, hasta que sus huevos chocaron contra ella.

—Jaaak… jest… wielki… —jadeó ella, casi sin aliento.

Tomasz empezó a follarla con fuerza. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación. Los pechos de Kasia rebotaban con cada embestida. Ella no dejaba de mirar a Marcin, con lágrimas de placer en los ojos.

—Te quiero… te quiero tanto —gemía entre empujones—. Pero necesito esto… necesito que me follen así.

Marcin se arrodilló al lado del sofá y la besó. Ella le mordió el labio mientras Tomasz la penetraba cada vez más rápido. Luego Marcin bajó y le chupó los pezones, sintiendo cómo todo el cuerpo de su novia temblaba.

Tomasz la puso en cuatro. Katarzyna miró a Marcin directamente a los ojos mientras el otro la penetraba desde atrás con brutalidad. Sus nalgas perfectas chocaban contra las caderas de Tomasz.

—Más fuerte… —suplicó—. Fóllame como a una puta.

Tomasz le dio una palmada fuerte en el culo y aceleró. El sonido era obsceno. Katarzyna se corrió por primera vez con un grito que retumbó en el apartamento, apretando la polla dentro de ella, temblando entera.

No pararon.

La cambiaron de posición varias veces. Marcin la sujetaba, le abría las piernas, le besaba la boca mientras Tomasz la follaba. En un momento, Kasia estaba sentada sobre Tomasz, cabalgándolo salvajemente, mientras Marcin le lamía el clítoris al mismo tiempo. El sabor de la polla de otro mezclado con los jugos de su novia lo volvió loco.

Finalmente, Tomasz gruñó que se iba a correr.

—Dentro… todo dentro —suplicó Katarzyna, clavándole las uñas en la espalda.

Marcin le sujetó las piernas abiertas. Vio perfectamente cómo la polla gruesa entraba y salía, brillante de crema. Tomasz empujó hasta el fondo y se corrió con un rugido. Katarzyna gritó también, corriéndose por segunda vez mientras sentía los chorros calientes, potentes, inundándola. Marcin vio cómo el semen espeso rebosaba alrededor de la polla, saliendo a borbotones con cada contracción.

Cuando Tomasz se retiró, un río blanco y denso salió del coño abierto de Katarzyna. Ella temblaba, con los ojos vidriosos de placer.

—Ven, kochanie… —susurró, abriéndose con los dedos.

Marcin se lanzó. Lamió todo con desesperación: el semen de Tomasz, los jugos de ella, todo mezclado. Katarzyna le agarraba la cabeza, corriéndose otra vez en su lengua mientras gemía su nombre.

Después lo besó profundamente, compartiendo el sabor.

—Esa es la leche que quería… —susurró contra sus labios—. Pero te quiero a ti más que a nada.

Tomasz se vistió, les dio un beso en la frente a cada uno y se fue, dejando el apartamento en silencio.

Katarzyna y Marcin se quedaron abrazados en el sofá, sudados, pegajosos, exhaustos. Ella le acariciaba el pelo.

—¿Estás bien, mi amor? —preguntó con ternura.

Marcin asintió, con lágrimas en los ojos.

—Te amo, Kasia. Y… quiero que vuelva a pasar esto.

Ella sonrió, feliz y satisfecha, y lo besó con todo el amor del mundo.

El Vístula seguía corriendo fuera, frío e indiferente. Dentro, el otoño polaco ardía más que nunca.

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