Llevábamos casi dos años juntos y todavía no me había acostumbrado del todo a ella. Se llamaba Lena, veintisiete años, alemana de madre turca y padre bávaro, con un cuerpo que parecía diseñado para volver locos a los hombres: pelo negro largo y liso, ojos verdes ligeramente rasgados, tetas llenas y firmes (talla 75D), cintura estrecha y un culo redondo que se movía con descaro cuando caminaba. Pero lo que más me ponía no era solo su físico. Era su vicio. Su puta adicción.
Lena robaba maridos. Y lo hacía con una sonrisa dulce y una mirada de ángel.
Vivíamos en un apartamento moderno en Kreuzberg, Berlín. Yo trabajaba como desarrollador de software para una empresa fintech y ella era community manager freelance, lo que le permitía tener horarios flexibles y mucho tiempo para “cazar”, como ella misma llamaba a sus aventuras.
Esa tarde de viernes de mayo el cielo estaba gris típico de la ciudad. Lena se estaba preparando en el baño. La oí tararear mientras se maquillaba.
—¿Vas a salir sola otra vez? —pregunté desde la cama, ya sabiendo la respuesta.
Se asomó con solo una tanga negra de encaje y los pezones duros por el frío del apartamento.
—Hay un congreso de farmacéuticas en el Hotel Adlon Kempinski. Muchos hombres casados, trajeados, con anillo en el dedo y estrés acumulado de semanas. Perfecto —dijo con esa vocecita inocente que contrastaba brutalmente con sus palabras.
Se puso un vestido negro ajustado, corto por encima de la rodilla, escote en pico que dejaba ver el nacimiento de sus tetas. Sin sujetador. Tacones altos. Perfume caro que dejaba un rastro que mareaba.
Antes de irse se acercó, me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso lento.
—Esta noche te voy a contar todo con detalles, mi amor. Quiero que estés duro esperándome.
Y se fue.
Eran casi las once de la noche cuando recibí el primer mensaje.
Lena: Ya tengo objetivo. 45 años, casado, tres hijos. Se llama Markus. Director de ventas de Bayer. Anillo grueso de oro. Me está pagando una copa ahora mismo.
Sentí esa mezcla de celos, excitación y náuseas deliciosas que ya conocía tan bien. Me serví una cerveza y esperé.
A la 1:17 llegó otro.
Lena: Subimos a su habitación. Suite en el último piso. Me ha dicho que su mujer cree que está en una cena de negocios hasta tarde. Está nervioso pero se le nota la polla dura debajo del pantalón. Te quiero.
No contesté. Sabía que no quería que lo hiciera.
Lena me contó todo después, con lujo de detalles, mientras me montaba lentamente en nuestra cama.
Pero antes tuvo que vivirlo.
Markus era alto, algo calvo en la coronilla, pero con buena presencia. El típico alemán exitoso que se mantenía en forma por vanidad. Cuando entraron en la suite, él todavía intentaba mantener la compostura.
—No suelo hacer estas cosas… —murmuró mientras Lena cerraba la puerta y se quitaba el abrigo.
—Lo sé —respondió ella con voz suave—. Por eso te voy a hacer sentir tan bien que no te vas a arrepentir nunca.
Se arrodilló delante de él sin más preámbulos. Le bajó la cremallera del pantalón del traje y sacó una polla ya medio dura, gruesa, venosa. Lena soltó un gemidito de aprobación.
—Qué rica… —susurró antes de metérsela entera en la boca.
Markus gruñó y le puso una mano en la cabeza. Lena era una experta. Chupaba con ganas, saliva abundante, mirándolo desde abajo con esos ojos verdes perversos. Le lamía los huevos, le pasaba la lengua por toda la longitud y luego volvía a tragársela hasta la garganta. En menos de cinco minutos el hombre casado jadeaba como un animal.
—Joder… tu boca es increíble…
Lena se sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y sonrió.
—¿Tu mujer te la chupa así?
—No… casi nunca.
—Pobrecito… entonces hoy te voy a sacar toda la leche que tienes guardada.
Se quitó el vestido por la cabeza quedándose solo con la tanga. Sus tetas rebotaron libres. Markus las agarró con las dos manos, apretando. Lena gimió y volvió a chupársela con más intensidad, moviendo la cabeza rápido, gimiendo alrededor de la verga.
Cuando sintió que él estaba cerca, se detuvo.
—Aún no. Quiero que me folles primero.
Lo empujó sobre la cama king size, se quitó la tanga y se subió encima. Estaba empapada. Deslizó la polla gruesa dentro de su coño de un solo movimiento y soltó un gemido largo.
—Dios… qué gruesa estás…
Empezó a cabalgarlo despacio, girando las caderas, apretando los músculos internos. Markus le agarraba el culo con fuerza, dejando marcas rojas.
—Eres una puta… —gruñó él, excitado por su propia traición.
—Soy tu puta esta noche —respondió Lena jadeando—. La puta que tu mujer nunca va a ser.
Aceleró el ritmo. Sus tetas saltaban delante de la cara de Markus, que las chupaba y mordía mientras ella lo montaba cada vez más fuerte. El sonido de carne contra carne llenaba la suite. Lena se corrió primero, temblando, apretando la polla dentro de ella con espasmos.
Markus la volteó, la puso en cuatro y la penetró desde atrás con fuerza. La follaba como un desesperado, agarrándola del pelo.
—¿Quieres que te llene el coño? —preguntó entre jadeos.
—No… quiero tu leche en mi boca —respondió Lena girando la cara.
Markus sacó la polla, brillante de sus jugos, y Lena se giró rápidamente. Abrió la boca, sacó la lengua y lo miró con ojos de puta consentida. Él se corrió con un gruñido profundo. Chorros gruesos y calientes le llenaron la boca, salpicaron sus labios y una mejilla. Lena tragó parte, dejó que el resto le corriera por la barbilla y las tetas, sonriendo.
—Buen chico… —susurró lamiendo los restos de la cabeza de su polla.
Llegó a casa a las cuatro y media de la mañana. Yo estaba despierto, esperándola en el sofá.
Entró con el pelo revuelto, el maquillaje corrido, olor a sexo y perfume mezclado. Se quitó el abrigo y vi que tenía restos secos blanquecinos en el escote.
Se acercó, se sentó a horcajadas sobre mí y me besó. Sabía a sexo ajeno.
—¿Quieres que te cuente? —preguntó bajito.
—Todo.
Mientras hablaba, me bajó los pantalones y empezó a masturbarme lentamente con su mano.
—Me arrodillé en la suite del Adlon y le saqué la polla a un hombre casado… —empezó.
Me contó cada detalle: cómo lo chupó, cómo lo provocó hablando de su mujer, cómo lo montó, cómo le pidió la corrida en la boca. Mientras lo hacía, se quitó el vestido y me mostró las marcas rojas en las tetas y el culo.
Cuando llegó a la parte de la corrida, se bajó y me la metió en la boca. Todavía tenía sabor.
—Chúpame la polla con la que me folló —susurró.
Estaba tan excitado que casi me corro en ese momento. Lena se rio bajito y se subió encima de mí otra vez, guiando mi polla dentro de su coño todavía hinchado y húmedo.
—Está mojado de mí y de él… ¿lo sientes?
Empezó a cabalgarme despacio, contándome más detalles. Cómo Markus le había dicho que nunca había traicionado a su mujer antes. Cómo ella le había respondido que ahora ya era infiel para siempre.
Me corrí dentro de ella con fuerza, gimiendo su nombre. Lena se corrió poco después, apretándome contra sus tetas que todavía olían a semen ajeno.
Después se quedó tumbada sobre mí, acariciándome el pecho.
—¿Quieres que lo vuelva a ver? —preguntó con voz inocente.
—¿Quieres tú?
—Mucho —admitió—. Me pone cachonda saber que tiene esposa e hijos esperándolo en casa mientras yo le saco la leche.
Me quedé callado un momento, procesando la excitación enfermiza que sentía.
—Entonces sí —respondí—. Pero quiero saberlo todo. Fotos si puedes. Y quiero que vengas directamente a casa después.
Lena sonrió contra mi cuello y me mordió suavemente.
—Trato hecho, mi amor.
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