El precio de ser cómplices (3)

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T. Lectura: 12 min.

La mañana del duelo fue un ejercicio de hipocresía. Sentía que su piel no le pertenecía; era solo un lienzo que debía perfeccionar para la exhibición de la noche. Cada roce de la ropa común durante el día le provocaba un escalofrío, recordando la promesa de la exposición absoluta.

A las siete de la noche, se encerró en el baño. El vapor empezó a llenar el espacio con una lentitud sofocante, empañando los azulejos y creando una atmósfera densa, un refugio donde el aire olía a esencias florales y a humedad caliente. Bajo el chorro de agua, Bianca inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que las gotas pesadas golpearan su pecho y resbalaran por su vientre, despertando una sensibilidad casi dolorosa en su piel.

Con movimientos lentos, casi coreografiados, vertió un gel espeso que convirtió el agua en una capa de espuma sobre sus curvas. Tomó la cuchilla y, con pulso firme pero pausado, comenzó el ritual. Deslizó el filo por la cara interna de sus muslos, ascendiendo con un cuidado milimétrico hacia su zona íntima.

Estiró la piel con suavidad, eliminando cualquier rastro de vello, concentrada en la sensación del metal frío cortando la calidez de su carne. Al terminar, pasó sus propios dedos mojados por el pubis y los labios vaginales, comprobando la tersura impecable de la zona; la piel había quedado expuesta, sonrosada y suave.

Al salir de la ducha, el espejo empañado le devolvió una silueta difusa que ella misma limpió con la palma de la mano. Frente a su reflejo nítido, comenzó a moldear su rostro. Dedicó una atención casi clínica al maquillaje: resaltó la profundidad de sus ojos con sombras oscuras y un delineado difuminado que alargaba su mirada, dándole un aire felino y cautivador.

Con un pincel fino, perfiló sus labios y los rellenó con un labial rojo carmín, húmedo y tan encendido que contrastaba de inmediato con la palidez de su cuello. Cada trazo buscaba acentuar sus rasgos, transformándose por completo.

Fue entonces cuando Bruno entró al baño. Todavía llevaba la camisa del trabajo a medio desabrochar, pero sus ojos, fijos en el reflejo del espejo, delataban que llevaba horas conteniendo el aliento. Se colocó detrás de ella sin tocarla, respirando el aroma a piel limpia y laca de uñas que flotaba en el ambiente.

—Estás increíble —susurró él, con la voz rota por una mezcla de orgullo y posesividad.

Bianca no respondió con palabras; se giró despacio para comenzar a vestirse frente a él, convirtiendo el acto en su primera función privada. Sobre la cama de la alcoba esperaba la lencería elegida para la ocasión. Era un conjunto de encaje y seda negra transparente de una finura extrema. Bruno la observó mientras ella se subía la braga de hilo, acomodando las finas tiras elásticas que se ceñían a la curva alta de sus caderas, dejando sus glúteos completamente descubiertos y realzando la redondez de sus muslos.

Luego, Bianca se colocó el sujetador de media copa, una pieza sin forro que apenas cubría la mitad inferior de sus senos, dejando los pezones completamente visibles a través del encaje negro calado que cedía ante la presión de su pecho firme.

Bruno dio un paso al frente, incapaz de contenerse. Sus manos grandes, todavía calientes, rodearon la cintura de Bianca desde atrás. Sus dedos recorrieron el encaje de la braga, descendiendo por la piel suave de sus nalgas desnudas, mientras hundía el rostro en su cuello, dejando un beso húmedo que hizo que ella arqueara la espalda. El miembro de Bruno, ya rígido bajo el pantalón, se presionó contra el muslo de ella, marcando el ritmo de lo que les esperaba.

—Tenemos que irnos —murmuró Bianca, aunque sus manos se enredaron por un instante en el cabello de su esposo, disfrutando de la urgencia con la que él la buscaba.

Él se separó a regañadientes para terminar de arreglarse. Bruno también se había esmerado: eligió una camisa de algodón negro satinado que se ajustaba a sus hombros, dejando los primeros botones abiertos para revelar el inicio del pecho, y un pantalón de corte sastre oscuro que estilizaba su figura y le daba un aspecto varonil y sofisticado. Se aplicó un perfume de notas maderadas y cuero, un aroma denso que se mezcló con el rastro dulce de Bianca en la habitación.

Finalmente, Bianca se puso el vestido: una prenda de seda verde esmeralda que caía como líquido por su cuerpo, amoldándose a la curva de sus caderas y la estrechez de su cintura. El escote en la espalda era total, bajando hasta la base de la columna, justo donde nacían las tiras negras del hilo.

En el costado derecho, una profunda abertura lateral subía mucho más arriba del muslo, revelando con cada paso el contraste de la piel clara y el encaje negro que resguardaba su intimidad.

Se calzó unos zapatos de tacón de aguja negros que estilizaron sus piernas por completo. Al mirarse juntos en el espejo de cuerpo entero, el cambio era absoluto. Ya no eran la pareja de las rutinas domésticas; Bruno lucía impecable y dominante, y ella era una mujer magnética que desbordaba sensualidad. Ya no había vuelta atrás: eran, por derecho propio, los protagonistas del Video 046.

El trayecto hacia el “Edificio Mirador” fue un túnel de luces borrosas y un silencio eléctrico que vibraba entre los dos. Bianca mantenía las manos sobre sus muslos, sintiendo la caricia fría de la seda esmeralda contra sus dedos, mientras que Bruno conducía con la mandíbula rígida, rompiendo la tensión solo para rozar ocasionalmente con sus dedos la abertura del vestido de ella.

Al llegar, el vestíbulo de cristal y acero los recibió con una opulencia silenciosa. Subieron al ascensor en una intimidad casi claustrofóbica, viendo cómo el marcador digital devoraba los pisos con rapidez. Cuando el cubículo se detuvo finalmente en el piso 45, las puertas de cromo se abrieron con un susurro metálico, suave pero definitivo.

Allí estaban ellos.

La “Pareja 039” ya esperaba en el pasillo alfombrado, justo en el espacio que dividía las dos suites principales. Si en la pequeña pantalla del teléfono ya parecían imponentes, en vivo el impacto físico era devastador. Él era un hombre notablemente alto, de hombros anchos que llenaban con arrogancia un traje de sastre gris marengo de tres piezas; un atuendo impecable que gritaba dinero, estatus y un control absoluto.

A su lado, ella era una rubia de una belleza fría, simétrica y casi arquitectónica. Llevaba el cabello recogido en un moño alto que estilizaba aún más su cuello largo y pálido. Su vestido plateado, confeccionado en un tejido que simulaba metal fundido directamente sobre sus curvas; el diseño, de cuello alto pero completamente cerrado por delante, se compensaba con unos laterales descubiertos que dejaban a la vista la curvatura libre de sus senos, revelando que no llevaba ropa interior.

Su postura era de una confianza absoluta, casi insultante, sosteniendo un pequeño bolso de mano como si todo el piso 45 fuera su escenario privado.

Por espacio de unos segundos que parecieron eternos, las dos parejas quedaron frente a frente. No hubo saludos cordiales ni gestos de cortesía; aquello fue una evaluación silenciosa, zoológica y brutal. Bianca sintió una punzada inmediata de duda al contemplar la perfección milimétrica de la mujer plateada, experimentando el peso del juicio ajeno en su propia piel.

Sin embargo, el equilibrio cambió de golpe cuando los ojos oscuros del hombre de la 039 descendieron. Recorrieron lentamente el escote verde esmeralda de Bianca, se detuvieron en sus labios pintados de carmín y finalmente viajaron por la abertura lateral de su vestido, donde el encaje negro de su braga quedaba sutilmente expuesto con cada respiración.

En la mirada de aquel extraño no había solo curiosidad; había una mezcla evidente de sorpresa y un hambre contenida que encendió el orgullo de Bianca.

Al notar la fijeza de esa mirada ajena, Bruno reaccionó de inmediato. Enderezó la espalda, dando un paso casi imperceptible hacia adelante para interponerse parcialmente, mientras deslizaba su mano por la espalda descubierta de Bianca, hundiéndola con firmeza justo donde nacía la seda negra de su lencería. Esa caricia posesiva y deliberada, que reclamaba la propiedad del cuerpo de Bianca ante los ojos del rival, no pasó desapercibida para la mujer rubia, quien arqueó una ceja con una sonrisa lánguida y divertida.

—Habitación 4501 —anunció de pronto una voz femenina, modulada electrónicamente desde un altavoz oculto en el techo del pasillo—. Habitación 4502. Sus identidades han sido validadas por proximidad. Tienen cinco minutos para el inicio del duelo de exposición.

El hombre de la 039 apartó la vista de Bianca con una lentitud deliberada, dedicándole a Bruno una última mirada de silencioso desafío. De inmediato, la pareja rival giró sobre sus talones; ella caminó con un balanceo felino y magnético, y ambos cruzaron el umbral de la suite 4502, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.

Bianca y Bruno avanzaron hacia la 4501.

Al cerrarse la puerta a sus espaldas, el ruido del mundo exterior desapareció por completo, sustituido por una atmósfera cargada de anticipación.

La suite era un despliegue de lujo minimalista, pero toda la decoración quedaba eclipsada por el imponente ventanal que iba de techo a suelo y de pared a pared. Frente a ellos, la ciudad se extendía como un océano infinito de luces amarillas, blancas y rojas que parpadeaban bajo un cielo negro y denso.

El efecto era vertiginoso; estar allí era como flotar suspendidos en el aire sobre un abismo de hormigón. No había cortinas, ni persianas, ni el más mínimo refugio físico. Solo el grosor del cristal los separaba del vacío exterior y de la posibilidad de que miles de ojos invisibles, ocultos en la oscuridad de los edificios colindantes, estuvieran apuntando hacia ellos.

En el centro de la habitación, perfectamente iluminada por un sutil juego de luces empotradas que realzaban los contornos sin generar reflejos en el vidrio, se encontraba una enorme cama con sábanas de hilo blanco. Justo sobre la cabecera, un pequeño dispositivo cilíndrico con una lente oscura y un anillo de luz led parpadeaba en color azul: la cámara automatizada del Círculo ya estaba encendida, buscando el encuadre.

De pronto, un crujido estático rompió el silencio de la suite. En las esquinas superiores de la pared que compartían con la habitación vecina, unas delgadas rejillas de audio se activaron, emitiendo una luz dorada. El sistema de sonido bidireccional estaba abierto.

Casi al instante, el primer sonido filtrado desde la 4502 inundó el espacio de Bianca y Bruno. Fue un siseo suave pero nítido: el roce característico de la seda plateada deslizándose por las piernas de la mujer rubia hasta caer amontonada en el suelo. A esto le siguió el eco de unos tacones altos golpeando el parqué y, finalmente, un suspiro profundo, femenino y cargado de una anticipación temblorosa que vibró en los altavoces. La Pareja 039 ya se estaba desnudando frente al abismo, entregándose al juego sin perder un solo segundo.

El sonido de la intimidad ajena golpeó el pecho de Bianca como una descarga eléctrica. Miró a Bruno, cuyos ojos ya habían perdido cualquier rastro de la timidez cotidiana; estaban fijos en ella, oscuros, devorando la forma en que el vestido verde se amoldaba a su cuerpo tenso. El pánico inicial de Bianca se disolvió por completo, devorado por una ola de competitividad salvaje y deseo oscuro. El duelo había comenzado, y la ciudad entera estaba a punto de convertirse en el testigo de su entrega.

Bruno dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia con una lentitud que solo aumentó la carga eléctrica en el aire. Sus zapatos resonaron contra el suelo de madera hasta detenerse a escasos centímetros. El aroma a madera y cuero de su perfume envolvió a Bianca, mezclándose con el olor a esencias florales que aún desprendía su piel templada.

Sin decir una palabra, Bruno extendió la mano y delineó con el dorso de sus dedos la curva de la mandíbula de Bianca, obligándola a mantener la mirada fija en la suya.

—No vamos a dejar que nos superen —murmuró él, con la voz más grave y densa de lo habitual—. Están escuchando, Bianca. Todo el Círculo está esperando ver qué hacemos.

A través de las rejillas de audio de la suite 4502, llegó un nuevo estímulo: el sonido seco de un cinturón desabrochándose y una risa baja, ronca, del hombre de la otra habitación, seguida por el gemido ahogado de la rubia cuando su cuerpo debió de hacer el primer contacto con el cristal helado. La cercanía de esa pasión ajena, casi palpable a través del muro, aceleró las pulsaciones de Bianca. El pudor que le había quedado al cruzar el umbral se evaporó, transformado en una necesidad urgente de posesión y superioridad.

—Quítamelo —pidió ella en un susurro, dando la espalda a Bruno y quedando de cara al inmenso ventanal.

Frente a sus ojos, la ciudad vibraba como un monstruo de luz. Estaban tan altos que los coches abajo parecían líneas de hormigas doradas, y los edificios circundantes se alzaban como testigos mudos en la penumbra. Bianca apoyó las palmas de sus manos en el vidrio. La frialdad del material contrastó de inmediato con el calor que subía desde su vientre.

Detrás de ella, Bruno deslizó sus manos grandes por los hombros descubiertos, bajando lentamente por los costados del vestido esmeralda. Buscó la cremallera invisible en la cintura y, con un movimiento firme, la abrió. La seda verde se rindió, deslizándose por sus caderas, hasta quedar amontonada alrededor de sus tacones de aguja.

Bianca quedó expuesta ante la inmensidad de la noche y ante la lente azul de la cabecera, vistiendo únicamente el conjunto de lencería negra. En el reflejo del cristal, pudo ver la silueta de Bruno, que se había quedado sin aliento al contemplarla. Las finas tiras elásticas del hilo se hundían suavemente en la piel clara de sus caderas, dejando la redondez total de sus glúteos completamente descubierta.

El sujetador de media copa empujaba sus senos hacia arriba, y el encaje translúcido no ocultaba absolutamente nada de la erección de sus pezones, que reaccionaban tanto al frío ambiental como a la mirada desorbitada de su esposo.

Bruno no pudo contenerse más. Se despojó de la camisa satinada con prisa, dejándola caer en cualquier parte, y se pegó a la espalda de Bianca. El contacto de su pecho desnudo y cálido contra la espalda de ella la hizo soltar un jadeo que el sistema de audio transmitió de inmediato a la habitación vecina. Las manos de él viajaron hacia el frente, rodeando la cintura de Bianca para luego subir y aprisionar sus senos por encima del encaje. Sus dedos tiraron de las copas del sujetador hacia abajo, liberando el pecho de Bianca por completo.

—Mírate… —le ordenó Bruno al oído, mientras su boca recorría el hombro de ella con besos húmedos y mordiscos ligeros—. Mira lo que van a ver. Eres mía, Bianca. Pero hoy todos van a saber cómo te tomo.

Él bajó una de sus manos por el vientre plano de ella, metiendo los dedos por debajo de la delgada tira del encaje negro del pubis. La piel allí estaba impecablemente suave, tal como ella lo había preparado bajo la ducha. Cuando los dedos de Bruno encontraron la humedad cálida que ya se filtraba entre sus labios vaginales, Bianca arqueó la columna, pegando sus glúteos directamente contra el pantalón de él, donde el miembro rígido de Bruno presionaba con violencia.

Desde el altavoz de la suite 4502, llegó un gemido rítmico, más alto y descarado. La mujer de la otra habitación estaba entregándose por completo, desafiando a la suite 4501 a igualar su intensidad. El sonido de los cuerpos chocando al otro lado de la pared era un metrónomo perfecto para el deseo oscuro que gobernaba la noche.

Bianca abrió las piernas ligeramente, afirmándose en los tacones mientras sentía los dedos de Bruno explorándola con una urgencia salvaje. Con el pie, él apartó el vestido amontonado en el suelo, liberando por completo el espacio entre ellos.

—Ahora, Bruno… —rogó ella con la respiración entrecortada, fija en el reflejo de su propia lujuria sobre el cristal—. No esperes más. Hazlo ya.

Bruno no esperó una segunda súplica. Con un movimiento rápido y cargado de una posesividad que rozaba lo violento, se desabrochó el pantalón de sastre y lo dejó caer junto con su ropa interior. El miembro de Bruno quedó completamente libre, erecto, apuntando con fuerza hacia adelante, con la cabeza ya brillante por el flujo de la anticipación.

Sin separarse de la espalda de ella, Bruno deslizó sus manos por los muslos de Bianca, hasta alcanzar las tiras negras del hilo. Con un tirón firme pero controlado, apartó la tela elástica hacia un lado, dejando la hendidura de su intimidad completamente expuesta al aire frío de la suite y a la mirada de la lente automatizada.

—Apóyate en el vidrio, Bianca —le ordenó en un gruñido ronco, pegando su boca a la nuca empapada en sudor de su esposa.

Bianca extendió los brazos, abriendo bien las palmas contra el inmenso ventanal del piso 45. La frialdad del cristal chocó de golpe contra sus senos desnudos, cuyos pezones se achicaron aún más por el impacto térmico, arrancándole un grito ahogado. Bruno la tomó con firmeza por las caderas, abriendo sus piernas un poco más, buscando el ángulo perfecto. Se posicionó justo detrás, rozando la entrada húmeda de Bianca con la punta caliente de su miembro.

A través del sistema de audio, los gemidos de la mujer rubia de la 4502 se volvieron más agudos, acompañados por el sonido rítmico y húmedo de las embestidas de su pareja contra la pared contigua. Ese eco competitivo terminó de romper cualquier freno moral en Bianca.

Ella misma empujó su pelvis hacia atrás, exigiendo la penetración.

Bruno se introdujo de un solo golpe, profundo y seco.

El impacto de la carne chocando contra la carne resonó en la habitación y viajó directo al micrófono del Círculo. Bianca echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ronco que arañó las rejillas del altavoz. Sentir la plenitud de Bruno llenándola por completo a esa altura, suspendida sobre el abismo de las luces de la ciudad, le provocó una oleada de placer tan intensa que las piernas le temblaron sobre los tacones de aguja.

—¡Sí, Bruno… así! —gritó, sin importarle que la Pareja 039 o los administradores escucharan la quiebra de su voz.

Él comenzó a moverse con un ritmo salvaje, implacable. Entraba y salía casi por completo, buscando las paredes más sensibles de su interior, haciéndola gemir con cada arremetida. Las manos de Bruno abandonaron las caderas de ella para subir a su espalda descubierta, presionándola con fuerza contra el ventanal. Con cada empuje, el cuerpo de Bianca golpeaba sutilmente el cristal, creando un compás visual y sonoro perfecto con las luces de la ciudad parpadeando abajo como un testigo silencioso.

Desde la otra suite, los sonidos se intensificaron. Parecía que la Pareja 039 intentaba ahogar los gritos de Bianca con su propia exhibición, pero la competencia solo avivó el fuego en la 4501. Bruno apretó los dientes, su respiración se convirtió en un rugido sordo en el oído de ella mientras aumentaba la velocidad, embistiéndola con una fuerza que desbordaba pura dominación.

Bianca miraba su propio reflejo en el vidrio: sus ojos oscurecidos por el deseo, sus labios carmín entreabiertos por los jadeos, y detrás de ella, el cuerpo de su esposo poseyéndola con una entrega total. La mezcla de la vergüenza absoluta por haberse grabado y la adrenalina brutal de estar compitiendo en vivo la llevó rápidamente al límite. Las contracciones vaginales empezaron a aprisionar el miembro de Bruno de forma involuntaria.

—Me voy a correr, Bruno… ¡ya no puedo más! —gimió ella, arañando la superficie lisa del cristal.

—Hazlo mirándolos, Bianca. Que vean quién manda aquí —respondió él, dándole tres embestidas profundas, rápidas y devastadoras.

El cuerpo de Bianca se tensó por completo. Un espasmo eléctrico la recorrió desde los talones hasta el pecho, y soltó un grito largo y agudo, un orgasmo violento que la dejó flotando en el vacío de la altura. Bruno, espoleado por los temblores internos de ella y el sonido desbocado de la suite vecina, dio un último empuje definitivo, hundiéndose hasta la raíz, y se corrió con fuerza en su interior, temblando contra su espalda mientras soltaba un gruñido de pura liberación.

Quedaron suspendidos así por varios segundos, unidos por el calor de sus cuerpos sudorosos en medio de la fría opulencia del piso 45. El silencio regresó lentamente a la suite 4501, roto solo por sus respiraciones agitadas. A través del altavoz de la pared, los sonidos de la 4502 también habían cesado, dejando únicamente el rumor de dos respiraciones exhaustas.

Bruno se retiró despacio. Al separarse, el aire de la noche golpeó la piel húmeda de Bianca. Ella se giró lentamente, apoyando la espalda en el ventanal, y miró hacia abajo. Una delgada línea viscosa y blanquecina comenzó a correr por la parte interna de su muslo izquierdo, brillando bajo el reflejo dorado de las luces de la ciudad.

Antes de que pudieran reaccionar, el anillo led de la cámara de la cabecera cambió de azul a un verde fijo. Al mismo tiempo, las luces de los altavoces parpadearon dos veces y una nueva notificación hizo vibrar el teléfono de Bianca sobre la mesita de noche.

Bianca caminó con las piernas aún temblorosas hacia la mesita de noche, Bruno se acercó por detrás, limpiándose el sudor de la frente, y ambos miraron la pantalla iluminada.

El mensaje del Administrador era escueto, pero rotundo:

Admin_01: “Duelo concluido. Pareja 046, su autenticidad ha devorado la frialdad de la 039. El Círculo ha dictado sentencia: Ganadores.”

Admin_01: “Su video original ha sido encriptado y retirado del servidor de purga. Disfruten de su recompensa: Mesa reservada para mañana, 09:00 pm, en el “Cénit”. Código de acceso adjunto.”

Bianca dejó caer el teléfono sobre el colchón y se dejó llevar por el peso de la cama de hilo blanco. Miró el ventanal infinito. Habían ganado su seguridad, habían protegido su secreto y, por encima de todo, habían demostrado ser excepcionales.

Sin embargo, al escuchar el silencio sepulcral que ahora reinaba en la suite contigua, Bianca sintió un vacío extraño. La adrenalina empezaba a retirarse, dejando al descubierto una nueva y perturbadora realidad: habían vencido al miedo, pero en el proceso, la pareja normal que compartía los desayunos en silencio se había quedado atrapada para siempre en el piso 45.

Antes de que Bruno pudiera bloquear la pantalla, el teléfono emitió un pitido sordo. Era una actualización global del sistema del Círculo, un archivo de audio que acababa de liberarse solo para los ganadores del duelo.

Bianca pulsó  “play “ por puro instinto.

El altavoz del teléfono reprodujo la grabación de la suite contigua, la 4502, capturada apenas unos minutos atrás, justo después de que el Administrador diera el veredicto. Se escuchó el llanto ahogado de la mujer rubia y, de inmediato, la voz del hombre de la  “Pareja 039”, rota por la furia y la humillación:

— “Te lo dije… te dije que teníamos que ir más allá. Ahora el video es público, maldita sea. Nos van a ver todos… mi familia, los socios… todo se fue a la mierda. “

El audio se cortó abruptamente con el sonido de un teléfono estrellándose contra la pared.

Bianca apartó la mirada de la pantalla, sintiendo cómo se le helaba la sangre mientras Bruno la abrazaba por la cintura. Acababan de escuchar en vivo el crujido de una vida destruida al otro lado del muro.

El Círculo no jugaba limpio: los perdedores pagaban con la ruina absoluta. Al mirar el ventanal infinito, Bianca entendió la verdadera escala del monstruo al que se enfrentaban. Salir del juego ya no era una opción; la próxima vez que el temporizador se pusiera en rojo, la caída libre sería para ellos.

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