El teléfono prestado

1
12775
T. Lectura: 5 min.

Juan llevaba días hecho mierda desde que perdió el celular. Para un tipo que laburaba respondiendo mensajes, llamadas y coordinando todo desde el teléfono, era un quilombo enorme. Bárbara lo notaba desde el desayuno: respuestas secas, cara de culo y esa ansiedad silenciosa de sentirse desconectado.

Aquella noche estaban en lo de Alejandro y Romina, como tantas otras veces. Los cuatro tenían una relación de años; no eran simplemente amigos. Habían compartido vacaciones, cumpleaños, asados eternos, quilombos personales y momentos jodidos donde siempre se bancaban entre todos. Los pibes prácticamente se criaron juntos.

La casa tenía ese clima familiar y relajado. Música bajita sonando desde el living, olor a carne asada en la parrilla y los chicos entrando y saliendo del patio entre gritos y risas.

Bárbara estaba sentada junto a Romina tomando vino, con las piernas cruzadas, riéndose a carcajadas de alguna anécdota vieja. A sus 45 años seguía estando buenísima: tetas generosas, cintura ancha y, sobre todo, un culo enorme, redondo y firme que hacía que cualquier pantalón o vestido le quedara puta. Ese culo generoso se movía con cada paso y era su arma principal. Tenía presencia y seguridad, y Alejandro siempre decía en joda que cuando Bárbara entraba a un lugar, todos le miraban el culo dos veces.

Alejandro apareció del patio secándose las manos con un repasador colgado al hombro. Era un animal: morocho, altísimo, hombros enormes y brazos hinchados de gimnasio y trabajo pesado. Tenía una pinta de macho dominante que llenaba todo el ambiente. Romina bromeaba diciendo que parecía “un toro en celo escapado de una publicidad”, y nadie le discutía.

—Che, Juan —dijo con su voz gruesa—. Romina me contó lo del celular.

Juan soltó una risa resignada.

—Estoy complicado, boludo. No puedo ni laburar así.

Alejandro desapareció un momento y volvió con un teléfono viejo.

—Tomá. Está guardado hace años. Anda lento, pero te saca del paso.

Cuando volvieron a casa casi a medianoche, Bárbara se fue a duchar mientras Juan se quedó en la cocina tratando de configurar el aparato.

El teléfono tardó una eternidad en prender. Tenía fotos viejas, aplicaciones abandonadas y carpetas desordenadas. Juan empezó a borrar mierda para liberar espacio hasta que encontró una carpeta sin nombre, escondida entre archivos del sistema. La abrió.

Había varios videos. Las miniaturas mostraban lugares conocidos: la pileta de la quinta, el living de ellos, un hotel de vacaciones. Abrió uno apenas unos segundos y vio a Alejandro, enorme y desnudo, con esa presencia salvaje, mientras Romina se reía en la cama completamente en pelotas.

Juan cerró rápido, con un nudo en la panza.

En ese momento Bárbara apareció en la cocina con el pelo mojado.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Creo que Alejandro se olvidó de borrar algo muy privado —respondió Juan, tratando de sonar normal.

Pero no era solo eso.

Desde hacía tiempo Juan tenía una calentura secreta con Romina. No solo porque estaba buena. Era su forma de moverse, esa confianza sexual que tenía, y sobre todo esas tetas terribles, enormes y pesadas que se le movían como dos melones cuando se inclinaba o aparecía en bikini. Más de una vez se había quedado mirándole el escote demasiado tiempo, y sabía que ella se daba cuenta.

Movido por la curiosidad, siguió revisando y encontró otra carpeta.

“Fotos privadas de Romina”. Selfies frente al espejo con la remera subida, dejando al aire esas tetas monstruosas, con pezones marrones grandes, largos y duros como gomas de borrar, bien parados y oscuros. Culos en tanga, imágenes donde se apretaba esas tetas enormes con ambas manos o se ponía en cuatro patas ofreciendo el culo. En todas tenía esa sonrisa de zorra cómplice.

Juan sintió la pija endurecerse al instante.

Esa noche se acostó junto a Bárbara intentando actuar normal. Ella se durmió rápido de espaldas a él, con ese culo generoso marcándose bajo la sábana. Juan esperó en la oscuridad hasta que su respiración se hizo profunda y lenta.

Entonces abrió el cajón, sacó el teléfono viejo y volvió a mirar todo.

Con la pija ya medio dura dentro del bóxer, fue pasando foto tras foto de Romina, cada vez más lento, deteniéndose en las que más lo calentaban. En una estaba agachada, sus tetas terribles colgando pesadas, con esos pezones marrones grandes, largos y duros apuntando hacia abajo. En otra en cuatro patas, culo ofrecido.

—Joder, Romina… qué puta que sos —susurró mientras se metía la mano en el bóxer y agarraba su verga tiesa.

Empezó a pajearse despacio. Encontró un video corto y lo puso con el volumen al mínimo. Romina se tocaba las tetas y la concha mojada mientras Alejandro le ordenaba: “Mostrá bien esas tetas gordas… tocate el coño para mí”.

Juan se corrió fuerte imaginando que se descargaba entre esas tetas monstruosas. Sabía que esto no iba a terminar con una sola paja.

Unos días después, Juan seguía completamente obsesionado. Apenas podía concentrarse en nada. Todo el sábado por la mañana, mientras desayunaba con Bárbara, no hacía más que pensar en las tetas terribles de Romina. Tenía la pija medio dura desde que se levantó.

Era sábado y no tenía que trabajar. Cuando Bárbara salió a hacer unas compras, él se encerró en el baño, echó el pestillo y se sentó en la tapa del inodoro con el teléfono viejo en la mano.

—Necesito correrme pensando en esa puta… —murmuró.

Abrió la carpeta prohibida y eligió un video de dos minutos veinte segundos donde Romina estaba de rodillas.

Alejandro filmaba desde arriba. Su verga larga, gruesa y venosa brillaba completamente mojada de saliva. Romina, con sus tetas monstruosas colgando y pezones marrones grandes y duros, la chupaba como una cualquiera: lamiendo desde los huevos, metiéndosela hasta la garganta, babeando y frotándola entre sus tetas enormes.

En el minuto uno y treinta, Romina sacó la verga de su boca con un “pop” húmedo y miró a la cámara con cara de zorra:

—¿Quién chupa mejor la pija, yo o tu amiga Bárbara? ¿Qué te pensás, que no sé qué te cogiste a Bárbara? Decime… ¿te la chupó mejor que yo. No?

Alejandro soltó una risa ronca.

—¿La putita de tu amiga, Bárbara? —respondió con tono poco convincente.

Romina se rio y siguió lamiendo la cabeza hinchada:

—Sí, Bárbara a la mujer de Juan… ¿o te pensás que no te vi cómo le mirás el culo todo el tiempo? Ese culo enorme que tiene la muy puta.

—¿Dónde te la cogiste, hijo de puta? ¿En el auto? ¿En el fondo de la casa cuando fuimos de vacaciones? ¿O fue en el cumpleaños, mientras Juan estaba distraído?

—No me acuerdo… —dijo Alejandro entre risas—. Pero seguí chupándome la pija, dale.

—Hijo de puta… te la cogiste —murmuró Romina con la boca llena.

Juan eyaculó un chorro terrible, espeso y potente, mientras la revelación lo golpeaba. Era cornudo. La mezcla de shock, bronca y morbo lo dejó destruido… pero más caliente que nunca.

Después de limpiarse la leche que le había salpicado el pecho, la panza y hasta el piso, Juan no pudo parar. Buscó otro video, uno de casi cuatro minutos y medio donde Romina cabalgaba salvajemente.

Romina saltaba como una loca sobre la gruesa chota de Alejandro, sus tetas monstruosas rebotando violentamente, pezones marrones grandes y duros moviéndose descontrolados.

—Contame todo, hijo de puta… —gemía bajando con fuerza bruta—. ¿Cómo te cogiste a la puta de Bárbara? ¡Quiero los detalles más sucios!

Alejandro gruñía de placer.

—La primera vez fue en el auto… Me la chupó como una profesional y después le rompí el orto chiquito y apretado con la que tenés adentro. Gritaba “¡Alejandro, tu chota es demasiado larga! ¡Me estás destrozando el culo!” pero empujaba pidiendo más como una callejera.

Romina rebotaba más fuerte, cada vez más excitada.

—¿Cuántas veces, te la cogiste, hijo de puta? …. ¡Seguí!

—Seis o siete veces por lo menos… Le mandaba fotos de mi chota bien parada y dura por chat y ella me respondía con fotos de su culo en tanga y audios gimiendo “quiero que me rompas el culo con esa verga tan larga”.

—¿Y en casa?

—La vestí de puta barata y la cogí en el living contra una puerta, mientras los chicos jugaban en el patio. Le tapé la boca y se la metí toda la por el culo. Gemía “me encanta tu verga tan larga por el culo, Alejandro… Juan nunca me llena así… ¡cogeme más fuerte!”. Decía que mi pija era mucho más grande y larga que la de su marido.

—Me encanta el culo enorme de Bárbara… —confesó Alejandro sin vergüenza—. Es redondo, firme y me pone loco. Le llené la concha y el orto varias veces sin forro. Y siempre tragaba mi leche sin parar. Le acababa en la boca y la muy puta chupaba hasta la última gota, mirándome a los ojos como una cornuda desesperada. Decía “tu semen es mucho más rico que el de Juan, seguí llenándome la boca”.

—Hijo de puta, le usabas la mujer y después te hacías el amigo del marido. Pero con esta verga de burro que tenés cualquier puta se enamora. Grito Romina

Romina, completamente desatada, gritó de placer cuando Alejandro se corrió profundamente dentro de ella.

Juan eyaculó por segunda vez en el baño, más fuerte y humillado que nunca. Lágrimas de bronca y morbo le picaban en los ojos mientras imaginaba a su propia mujer Bárbara tragando la leche de Alejandro una y otra vez, alabando su “chota larga”, dejándose romper el culo y la concha como una puta barata mientras él, el cornudo, no se enteraba de nada.

Ya era un cornudo total, destruido y completamente adicto a su propia humillación.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí