Los días transcurrieron bajo una máscara de tensa calma. Sofía y yo regresamos a nuestra rutina de primos perfectos: cruzarnos en la cocina, compartir el sofá frente al televisor y hablar de trivialidades. Estábamos bajo el radar de mi tía Rebeca, pero con el paso de los días la sospecha pareció disiparse, devolviendo a las cenas familiares una paz algo artificial.
Mientras tanto, yo seguía dándole largas a Álex. La idea de “compartir” a Sofía de nuevo se me anudaba en el estómago; no estaba seguro de querer ceder ese privilegio otra vez.
El fin de semana llegó con un calor sofocante que parecía derretir el asfalto. Mis tíos habían salido temprano, dejándome a solas con el zumbido del aire acondicionado a toda potencia. De pronto, unos golpes en la puerta rompieron el silencio. Antes de que pudiera levantarme, mi teléfono vibró:
«Ábreme, por favor, primo. Olvidé las llaves y nos estamos asando aquí afuera».
Al abrir, me encontré con Sofía. Tenía una sonrisa agotada y el cabello pegado a las sienes por la humedad. Pero mi atención se desvió de inmediato hacia la chica que la acompañaba.
Avril era exactamente como Álex la había descrito: una morena espectacular de cabello castaño con reflejos dorados que caían en ondas sobre sus hombros. Tenía una cara preciosa y una figura que cortaba la respiración. Vestía una blusa ligera que era casi traslúcida, revelando un abdomen plano, y unos jeans tan ajustados que esculpían sus caderas y su culo redondo con una precisión cruel. El calor había hecho que la tela se fundiera con su piel, subrayando cada una de sus curvas generosas.
—Hola… —murmuró Avril con una sonrisa que oscilaba entre lo tímido y lo descaradamente coqueto—. Tú debes de ser Andrés. Sofía me ha hablado mucho de ti.
Sofía entró primero, rozándome el brazo “accidentalmente” al pasar, un contacto que me devolvió el pulso eléctrico de los días anteriores.
—Hace un calor del demonio —se quejó, enfilando directo a la cocina—. Pasa, Avril. Mi primo es un poco lento para reaccionar.
Avril entró sin dejar de sonreír y cerró la puerta tras de sí. El ambiente de la casa, que hasta hace un segundo era gélido por el aire acondicionado, se volvió denso y pesado de repente. Avril no solo traía el calor del exterior; traía una energía que lo iba a cambiar todo.
Sofía rescató un par de botellas de agua del refrigerador y le tendió una a su amiga con una naturalidad que me resultó sospechosa.
—Vamos, Avril —ordenó, marcando el camino hacia las escaleras.
Avril, lejos de seguirla de inmediato, clavó sus ojos en mí. Me recorrió de arriba abajo con una mirada descaradamente pervertida, como si estuviera tasando una mercancía que ya sabía que iba a comprar.
—Voy justo detrás de ti —le respondió a Sofía, pero sus labios formaron las palabras mientras sus ojos seguían devorando los míos.
Antes de subir, Sofía regresó hacia mí. Se acercó tanto que pude oler el rastro de su perfume mezclado con el calor de su piel. Me habló en un tono firme, casi autoritario, como quien dicta las reglas de un juego peligroso:
—Vamos a hacer algo de ejercicio arriba… y no quiero que andes de fisgón —sentenció con una sonrisa traviesa que desmentía sus palabras—. Ya sé que Avril te ha dejado mudo, pero el piso de arriba es territorio nuestro.
Se inclinó un poco más, rozando mi oído con sus labios en un susurro que me erizó la piel:
—Pórtate bien, primito… si puedes.
Avril soltó una risita suave, una nota musical cargada de malicia, y me lanzó una última mirada por encima del hombro de Sofía. Se mordió el labio inferior con una lentitud tortuosa, asegurándose de que yo viera el gesto.
Me quedé clavado en medio de la sala, incapaz de reaccionar. El juego de Sofía era magistral: estaba marcando su territorio con una mano mientras con la otra me dejaba la puerta entreabierta. Era una invitación disfrazada de prohibición; quería que mirara, quería que sufriera, quería que deseara lo que estaba a punto de suceder.
Las dos subieron las escaleras con un contoneo sincronizado. Justo antes de desaparecer en la planta alta, Sofía se giró una última vez y me lanzó una mirada que era una mezcla explosiva de advertencia y diversión pura.
Me quedé solo con el zumbido del aire acondicionado, el corazón martilleando en mis oídos y una erección que ya empezaba a tensar mis jeans, torturado por la imagen mental de lo que esas dos estarían empezando a hacer a solo unos metros de mí.
Escuché la puerta de la habitación de Sofía al cerrarse. Intenté quedarme en la sala, pero el silencio de la casa solo servía para amplificar mi imaginación. La calentura y la curiosidad eran una mezcla corrosiva que me quemaba por dentro; la imagen de la mirada hambrienta de Avril se repetía en mi mente como una provocación directa.
Subí las escaleras con una cautela de depredador, intentando no hacer crujir ni un solo peldaño. Mi plan era refugiarme en mi cuarto y escuchar a través del muro, pero la suerte —o el plan de Sofía— tenía otros planes. Apenas puse un pie en el pasillo, la puerta se abrió de par en par.
Salieron envueltas en licra, con atuendos deportivos que no dejaban absolutamente nada a la imaginación. Sofía lucía unos leggins negros de talle alto que esculpían sus nalgas con una precisión casi obscena y un top que apenas contenía el impulso de su pecho. Avril, por su parte, llevaba un conjunto gris ceniza que contrastaba con su piel morena; la tela se tensaba sobre sus caderas anchas y su abdomen tonificado, resaltando un culo firme que parecía tallado a mano.
Sofía me clavó la mirada y sonrió con una picardía triunfal, como si hubiera cronometrado mi llegada al pasillo. Justo cuando pasaban frente a mí, estiró la mano y le propinó una nalgada sonora y rotunda a Avril. El eco del golpe en la carne firme llenó el pasillo.
Avril soltó un pequeño grito, una mezcla de sorpresa y placer, y giró el rostro hacia mí. Se mordió el labio inferior, clavando en mí unos ojos que prometían incendiarlo todo.
—Vamos a “entrenar” en la terraza —soltó Avril con una voz melosa, cargada de una doble intención que me golpeó en el pecho
—¿Quieres venir a vigilarnos, Andrés?
Sofía soltó una risita burlona y le dio un empujón juguetón a su amiga para que siguiera caminando.
—No lo tientes, que luego se pone muy intenso y no sabe qué hacer con tanto —bromeó Sofía, lanzándome una mirada de soslayo que era un desafío puro.
Las dos fueron hacia la terraza, moviendo las caderas con un contoneo rítmico y deliberado que hacía que la licra se estirara y se encogiera sobre su piel. Me quedé allí, solo en el pasillo, con el pulso desbocado y la verga golpeando con fuerza contra la costura de mis pantalones, devorado por la duda de qué tan lejos estaban dispuestas a llevar este juego.
Regresé a mi habitación e intenté, de forma inútil, centrar mi atención en cualquier otra cosa. Pero el silencio de la planta alta solo servía para que mi oído se agudizara, tratando de captar el eco de sus risas. Apenas habían pasado unos minutos cuando mi teléfono vibró sobre la cama, rompiendo la calma con una notificación que quemaba. Era ella.
«¿Ya estás caliente, primito? Avril está sudando a mares con estos leggins… se le marca absolutamente todo. Le acabo de confesar que tú me coges como nadie y que tienes una verga gruesa que me deja temblando por horas. Se ha reído y me ha dicho que se muere por comprobar si es verdad. ¿Quieres bajar a vernos “entrenar” o prefieres quedarte sufriendo solo en tu cuarto?».
Antes de que pudiera procesar la invitación, la pantalla se iluminó con una foto que me detuvo el corazón. Sofía y Avril posaban frente al espejo de cuerpo entero antes de subir a la terraza. Ambas lucían los tops deportivos pegados a sus pechos como una segunda piel, y la licra de los leggins marcaba cada pliegue y cada curva de su intimidad con una nitidez obscena. Avril rodeaba la cintura de Sofía con una mano, clavando en la cámara una mirada cargada de una lujuria salvaje.
Otro mensaje entró de inmediato, como un ultimátum:
«Si no bajas en diez minutos, voy a dejar que Avril me toque exactamente como ella quiera… y te voy a mandar los videos para que veas lo que te estás perdiendo. Tú decides, Andrés».
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo cómo la sangre me martilleaba en las sienes. La manipulación de Sofía era perfecta; me estaba ofreciendo el paraíso en bandeja de plata, pero bajo sus propias reglas, usando el deseo de Avril como el cebo definitivo. Mi verga golpeaba con fuerza contra la tela de mi pantalón, exigiendo libertad, mientras la imagen de esas dos tocándose abajo se convertía en una obsesión inevitable.
Me levanté de la cama. Sabía que ir a esa terraza era caer directo en su trampa, pero la idea de perderme ese espectáculo —o peor, de que Avril probara a Sofía antes que yo a ella— era un castigo que no estaba dispuesto a aceptar.
Salí a la terraza, donde el calor del sol se mezclaba con la tensión que flotaba en el aire. Sofía y Avril estaban en mitad de una serie de sentadillas; el espectáculo era hipnótico. Sus culos, esculpidos por la licra, se veían perfectos, redondos y firmes, tensándose de forma obscena contra la tela con cada descenso rítmico.
—¿No aguantaste las ganas de fisgonear, primito? —soltó Sofía con una sonrisa burlona, sin romper el ritmo de su entrenamiento—. No te culpo… mira qué maravilla de culo tiene mi amiga.
Para enfatizar sus palabras, Sofía soltó sus propias piernas y atrapó las nalgas de Avril con ambas manos. Las apretó con una fuerza posesiva, separándolas ligeramente para que yo pudiera apreciar el volumen y la firmeza bajo la tela gris. Avril soltó una risita cargada de malicia y, lejos de apartarse, empujó su trasero hacia atrás, buscándome con una mirada de complicidad absoluta.
—¿Tienes algo que mostrarnos, o solo vas a quedarte ahí parado? —preguntó Sofía, con la lujuria destilando en cada palabra.
No medié palabra. En un movimiento seco, me desabroché el pantalón y lo dejé caer. Mi verga saltó al exterior, liberada, mostrándose dura, venosa y apuntando directamente hacia ellas con una arrogancia absoluta.
Avril abrió los ojos con una sorpresa genuina que pronto se transformó en una sonrisa depredadora. Se mordió el labio inferior, recorriendo con la mirada cada centímetro de mi erección.
—Vaya… veo que ya estás más que listo —sentenció Sofía, satisfecha de ver el efecto que causaban.
Tomó a Avril de la mano y, con un movimiento sincronizado, ambas se desplazaron hacia mí. Se arrodillaron sobre el suelo de la terraza, una a cada lado de mi pelvis, flanqueando mi miembro como si fuera un altar. Sus rostros, brillantes por el sudor del ejercicio, estaban a escasos centímetros de mi carne.
Sofía rompió el silencio con una voz baja, ronca y provocadora:
—Mira esto, Avril… te dije que mi primo estaba bien dotado. Es gruesa, ¿verdad? ¿Quieres comprobar si sabe tan rico como te conté?
Avril no necesitó palabras. Se humedeció los labios con una lentitud tortuosa, clavando sus ojos en los míos con un hambre que me hizo estremecer, mientras Sofía rodeaba la base de mi verga con sus dedos y la guiaba, con una suavidad experta, hacia la boca entreabierta de su amiga.
—Pero yo voy primero… —sentenció Sofía con una voz cargada de una posesividad feroz.
Sin darnos tiempo a reaccionar, se abalanzó sobre mi verga y la devoró de un solo movimiento, hundiéndola en su garganta hasta donde sus límites se lo permitieron. Su boca, un nido de calor y humedad, me envolvió por completo; comenzó a succionar con un hambre que parecía querer arrancarme el alma, moviendo la cabeza rítmicamente mientras sus ojos me desafiaban desde abajo.
Avril, hipnotizada por la escena, subió su mano lentamente por la cara interna de mis muslos hasta alcanzar mis testículos. Empezó a masajearlos con una suavidad eléctrica, observando con una fascinación casi religiosa cómo Sofía intentaba dar cabida a todo mi grosor.
—Qué espectáculo… se ve increíble —murmuró Avril, con la voz rota por la excitación.
Sofía liberó mi miembro con un sonido húmedo y suculento, dejando un rastro de saliva brillante recorriendo la vena principal. Jadeó un par de veces para recuperar el aliento y se la ofreció a su amiga con una sonrisa de suficiencia.
—Tu turno.
Avril no necesitó que se lo dijeran dos veces. Abrió la boca y me recibió con una urgencia salvaje. Aunque se notaba que tenía menos experiencia técnica que Sofía, lo compensaba con un entusiasmo devorador, recorriéndome con la lengua y succionando la punta con una fuerza que me hacía arquear la espalda. Mientras Avril se concentraba en el tronco, Sofía descendió para lamer y succionar mis huevos, alternando besos húmedos con mordiscos suaves que me hacían perder el sentido.
Pronto, el juego se convirtió en una coreografía de lujuria compartida: cuando una se concentraba en la verga, la otra trabajaba la base y los testículos, para luego intercambiar posiciones entre risas y jadeos. Sus lenguas se rozaban, mezclando sus sabores sobre mi piel mientras gruesos hilos de saliva resbalaban por toda mi longitud. Ambas me miraban fijamente, disfrutando del poder que tenían sobre mí.
En un gesto de pura dominación, Sofía tomó mi verga y la golpeó suavemente contra la lengua extendida de Avril, antes de hundírsela ella misma hasta el fondo de la garganta. Avril soltó una risita perversa y se dedicó a lamer la base y los huevos con devoción mientras Sofía me asfixiaba de placer.
—Qué verga tan deliciosa tiene tu primo… —gimió Avril, conectando su mirada con la mía en un pacto silencioso.
Sofía emergió finalmente, recuperando el aire con las mejillas encendidas y una expresión de orgullo absoluto.
—Te lo advertí… es adictiva —susurró, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar.
Avril se liberó del top dejando que sus pechos saltaran a la vista. Eran magníficos: grandes, firmes y coronados por pezones adornados con pequeñas argollas plateadas que destellaban bajo el sol de la tarde. El destello del metal le confería un aire de perversión absoluta que me hizo hervir la sangre.
Sofía, aceptando el desafío visual, se deshizo de su propia prenda y liberó su pecho generoso y suave. Sin darme tregua, se abalanzó sobre mis labios en un beso profundo y posesivo, reclamando mi lengua mientras Avril, todavía arrodillada, seguía devorando mi verga con una avidez que rozaba lo salvaje.
El contraste era una tortura deliciosa: la boca ardiente de Avril recorriéndome con un ritmo implacable, mientras los gemidos de Sofía vibraban directamente contra mi boca.
Me dejé caer en la banca de la terraza, buscando un anclaje ante tanto estímulo. Ellas me siguieron como sombras hambrientas, acomodándose entre mis piernas. Se arrodillaron una junto a la otra, flanqueando mi erección como si fuera un altar dedicado exclusivamente a su placer. Avril la succionaba con un entusiasmo renovado, concentrándose en la corona y tratando de albergar todo el grosor posible, mientras Sofía trabajaba la base y mis testículos con una lengua experta.
Intercambiaban posiciones en una coreografía perfecta: cuando Sofía se hundía hasta la garganta que me hacía arquear la espalda, Avril se dedicaba a lamer el tronco o a succionar mis huevos con devoción.
Sus pechos desnudos rozaban mis muslos con cada movimiento; el contraste era brutal: la suavidad de la piel de Sofía contra el roce metálico y frío de los piercings de Avril, que enviaban descargas eléctricas a mi piel cada vez que se inclinaba para succionarme. Ambas me miraban desde abajo con pupilas dilatadas, la saliva resbalando por sus barbillas en hilos plateados mientras sus gemidos se ahogaban alrededor de mi carne.
—Es perfecta… —murmuró Avril, liberando la punta solo para golpearla juguetonamente contra su lengua.
Sofía, con una sonrisa de orgullo absoluto, rodeó mi verga con su mano y empezó a masturbarme con un ritmo frenético. Mientras lo hacía, se inclinó hacia Avril; sus lenguas se enredaron en un beso húmedo y lascivo justo encima de mi cabeza hinchada, fundiendo sus sabores y su lujuria en un espectáculo que me tenía al borde del colapso.
Sofía, sin dejar de disfrutar del espectáculo, estiró la mano y le propinó una nalgada rotunda a Avril. El sonido seco de la palma contra su culo firme resonó en la terraza. Avril soltó un gemido ahogado alrededor de mi verga, pero en lugar de detenerse, succionó con más fuerza, como si el golpe la hubiera excitado aún más.
—No pares, que le encanta —susurró Sofía con una sonrisa depredadora.
Se puso de pie con una lentitud deliberada, asegurándose de que mis ojos no se apartaran de ella ni un segundo. Con un movimiento serpenteante de caderas, comenzó a deslizar sus leggins negros hacia abajo. La tela se pegaba a su piel sudorosa, marcando cada curva antes de ceder. Poco a poco reveló sus nalgas redondas y perfectas hasta que la prenda cayó al suelo. Se quedó completamente desnuda bajo el sol, radiante y provocadora, antes de volver a arrodillarse frente a mí y reclamar mi verga con un beso húmedo en la punta.
Ahora era el turno de Avril.
Incitada por la desnudez de Sofía, Avril se levantó con los ojos encendidos de deseo. Sus manos bajaron hasta la cintura de sus leggins grises y empezó a quitárselos de forma salvaje y sensual. La licra se resistía a abandonar sus muslos gruesos y tonificados, marcando su figura antes de deslizarse hasta sus tobillos. Cuando finalmente se deshizo de ellos, el impacto fue brutal: su cuerpo moreno brillaba por el sudor, sus tetas grandes con piercings plateados se movían con cada respiración y sus caderas anchas y culo redondo quedaban completamente expuestos.
Se quedó de pie un segundo, exhibiéndose sin vergüenza, antes de arrodillarse de nuevo junto a Sofía.
Ahora las dos estaban totalmente desnudas frente a mí, fundiéndose en una danza obscena de lenguas, labios y saliva alrededor de mi verga. Sus pechos se rozaban entre sí mientras se turnaban para chuparme: una bajaba hasta el fondo mientras la otra lamía mis huevos o besaba el tronco. Sus miradas subían hacia mí, llenas de lujuria y complicidad.
La tensión en la terraza alcanzó su punto de ebullición. Avril, con los ojos inyectados en deseo y la respiración entrecortada, se puso en pie y se posicionó sobre mí. Se acomodó abriendo sus piernas largas y tonificadas para quedar a horcajadas sobre mis muslos, exhibiendo su sexo húmedo y palpitante a escasos centímetros de mi cara.
Sofía, actuando como la maestra de ceremonias de esta lujuria, le dio una última y profunda succión a mi verga, dejándola completamente empapada y reluciente bajo la luz del sol. Con una parsimonia que me estaba volviendo loco, tomó mi miembro por la base con una mano y, con la otra, separó los labios del sexo de Avril.
—Prepárate, Avril… vas a saber lo que es bueno —susurró Sofía con una sonrisa triunfal.
Con una precisión experta, Sofía alineó mi cabeza hinchada con la entrada de su amiga. Avril soltó un jadeo de anticipación, apretando mis hombros con fuerza mientras sentía el primer contacto del glande húmedo contra su intimidad. Sofía guio la entrada con lentitud, permitiendo que mi grosor empezara a dilatar a Avril centímetro a centímetro.
—¡Dios… es tan grande! —exclamó Avril con la voz quebrada, mientras sus ojos se ponían en blanco y empezaba a descender con cuidado, tragándose mi verga poco a poco bajo la atenta y excitada mirada de Sofía.
Una vez que sintió mi grosor encajado por completo en su interior, soltó un gemido que fue puro desahogo y empezó a marcar el ritmo. Apoyó sus manos con fuerza sobre mis hombros, hundiéndome las uñas mientras iniciaba un galope rítmico y salvaje.
Sus caderas subían y bajaban de forma enérgica, haciendo que mi verga entrara y saliera de su coño apretado con una fricción que me hacía ver estrellas. Avril no tenía filtros: echaba la cabeza hacia atrás, dejando que su melena castaña ondulara con cada sacudida, mientras sus pechos rebotaban con una violencia hipnótica.
—¡Oh, sí… así… justo así me lo imaginaba! —jadeaba Avril, con la mirada perdida y el rostro encendido por el esfuerzo y el placer.
Sofía no se quedó como una simple espectadora. Mientras Avril me cabalgaba con furia, Sofía se colocó frente a ella, atrapando sus tetas con las manos para saborear su firmeza y lamiendo sus pezones perforados con una devoción lasciva. El sonido de la carne chocando, el chapoteo de los jugos de Avril y los gemidos cruzados de las dos mujeres transformaron la terraza en un escenario de depravación absoluta.
Avril aceleró el paso, convirtiendo el galope en estocadas frenéticas. Sus caderas golpeaban contra mi pelvis con un ritmo seco y adictivo, buscando llegar lo más profundo posible.
—¡Más fuerte, Andrés… más! —suplicó ella, inclinándose hacia adelante para buscar mi boca en un beso cargado de saliva y lujuria, mientras sentía cómo su interior empezaba a dar los primeros espasmos del clímax.
Detuve el galope frenético de Avril sujetándola por las caderas. Ella soltó un quejido de protesta, con la respiración agitada y el pecho subiendo y bajando con violencia, pero Sofía ya sabía exactamente qué seguía.
—Mi turno, Avril… deja que te enseñe cómo se hace —sentenció Sofía con una sonrisa depredadora.
Me puse en pie, todavía con la verga pulsando y goteando por el rastro de Avril. Sofía se dio la vuelta de inmediato, apoyando las manos en el barandal de la terraza y empinando el culo hacia atrás en una invitación que no admitía réplicas. Sus nalgas, completamente desnudas y brillantes por el sudor, se veían monumentales bajo la luz del sol.
Me coloqué detrás de ella y, sin preámbulos, la penetré de una sola estocada profunda. Sofía soltó un grito que se perdió en el aire de la tarde, arqueando la espalda mientras mis manos se hundían en su cintura.
—¡Ahhh! ¡Eso es lo que quería! —gemía ella, moviendo las caderas para recibirme con más fuerza.
Avril, lejos de quedarse fuera, se arrodilló frente a Sofía. Mientras yo embestía a mi prima desde atrás con un ritmo salvaje, Avril le apretaba las tetas y le pasaba la lengua por el cuello y los hombros, besándola con la misma intensidad con la que yo la follaba. Sofía estaba en el paraíso, atrapada entre el placer que le daba mi verga y las caricias expertas de su amiga.
El sonido de mis pelotas chocando contra el culo de Sofía era rítmico y fuerte. Avril levantó la mirada hacia mí, con los ojos inyectados en lujuria, y empezó a masturbarse ella misma mientras nos veía, frotando su clítoris con rapidez.
—Fóllatela más duro, Andrés… quiero ver cómo se estremece —pidió Avril con voz ronca, antes de inclinarse para que Sofía pudiera besarla mientras yo seguía dándole estocadas profundas y certeras que nos hacían temblar a los tres.
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