Mi nombre es Benjamín y en este relato voy a narrar de qué manera aprendí a los 18 años que estoy enamorado de la pija. Viaje de egresados, Bariloche, Provincia del Río Negro. Me encontraba allí con mis compañeros de séptimo año del Colegio Técnico, festejando nuestro ingreso a la adultez, yendo de boliche en boliche y escabiando a más no poder. Como es bien sabido, para muchos chicos y chicas que acaban de cumplir la mayoría de edad, Bariloche representa un momento en donde puede producirse una ruptura sexual. Hay gente que debuta durante su viaje de egresados, otros que se animan a probar con tríos y… en nuestro caso… digamos que nos zarpamos un poco. Bastante.
Mi grupo de amigos de toda la adolescencia está conformado por Ricky, Fernando, Dante, Martín y yo. Respecto a su vida sexual, el más garchador del grupo era Martín, por lejos, y le seguía Fernando. Dante no tenía mucha experiencia todavía, y Ricky aún era virgen en ese momento. Yo, por mi parte, había tenido algunas experiencias con una chica con la que estuve saliendo durante un par de meses, pero tampoco la tenía muy clara. La noche donde sucedió todo fue apenas la segunda que pasamos en el viaje. En el hotel nos encontrábamos los 2 cursos de séptimo año de mi colegio. Veníamos de festejar la primera fiesta temática en el salón de eventos del hotel, y reconozco que se respiraba un clima de tensión sexual bastante denso.
Luego de que mis amigos y yo volviésemos de la fiesta y nos metiéramos en nuestra habitación, al cabo de unos minutos alguien llama a la puerta. El que abre es Ricky, y se lleva una gran sorpresa al encontrarse con Luján y con Oriana, dos chicas de nuestro curso, preguntando si podían pasar. Fernando aparece en el marco de la puerta y se apura en decirles que sí. Los chicos no podían disimular su asombro y emoción.
Luján y Oriana no eran solamente 2 chicas lindas, eran las 2 minas más lindas del curso, o al menos esas eran las palabras que había escuchado en boca de todos los muchachos, que podían pasar largos minutos en nuestras juntadas comentando los cuerpos de ambas y las cosas que les harían. Los pibes y yo estábamos medio pasados de escabio, pero las chicas parecían impolutas. Luján fue la que emitió el comentario que transformaría la noche en una oleada de desenfreno total.
–Bueno, chicos, nada. Voy a ser directa. Con Ori nos pinta esta noche hacer una orgía, ¿saben? Es algo que venimos planeando desde hace varios años entre las dos. Nosotras ya tenemos algo de experiencia con el sexo en grupo, pero queremos dar un pasito más, así que nada, les queríamos preguntar si a ustedes les copa ser el primer grupo del viaje con el que estemos.
Se ve que el guion lo tenían ensayado, porque a medida que Luján hablaba, tanto ella como Oriana se tocaban las tetas, hacían poses sugestivas y beboteaban, quizás en un intento de vender su propuesta, aunque creo que tanto esfuerzo no les haría falta. Las caras de los muchachos eran para pintar un cuadro.
Martín y Fernando, aunque obviamente estaban sorprendidos, se mantuvieron en calma, mientras que Ricky, Dante y yo nos sonrojamos y nos pusimos algo nerviosos. Luego de un silencio que se hizo largo, Martín nos fue mirando uno a uno buscando nuestra aprobación, y se ve que la consiguió porque inmediatamente le comunicó a Luján que nos encantaría formar parte de eso. Luján y Oriana se pusieron muy contentas y empezaron a dar saltitos de emoción, mientras que yo y algunos de los muchachos estábamos ya sufriendo de un pudor extremo.
Oriana tomó la palabra:
–Ok, chicos. Lu y yo vamos a poner un par de condiciones, y si ustedes no las cumplen entonces no hay orgía. Nos tienen que hacer caso en todo lo que les pidamos, sin falta.
Nosotros, algunos tímidos y otros envalentonados, aceptamos. Dante se ofreció a ir a la recepción del hotel a buscar preservativos, pero Luján dijo que ellas ya habían traído, y sacó dos cajitas.
–Esperemos que no quede ninguno, ¿no?
Mientras decían eso las chicas se empezaron a desnudar. Los muchachos fueron torpemente sacándose la ropa también, aunque yo fui el que más tardó. Me gustaba la actitud de las chicas. Ya habían traído preservativos porque debían estar seguras de que íbamos a aceptar. Deben estar al tanto sobre lo que los chicos comentan sobre ellas, especialmente por culpa de Dante, que es un pajero a cielo abierto. Ellas eran las que tenían el poder en esa orgía, y lo iban a presumir. La primera orden que nos dieron a nosotros fue que de momento nadie podía acercarse a ellas y tocarlas, de ninguna manera.
Tan solo infringir en lo más mínimo dicha orden implicaba la suspensión de la orgía. Todos obedecimos sin rechistar. Estábamos ya todos los presentes en pelotas, y mis amigos ya no podían disimular sus erecciones. Me quedé un ratito observando con atención las pijas de los muchachos, casi sin darme cuenta. Solamente le conocía la pija a Fernando, porque se la había visto en reposo muy brevemente en el vestuario de la pileta de natación a la que íbamos juntos el año pasado. La de él tenía un buen tamaño, pero definitivamente la más larga era la de Martín. Me quedé mirándola con detenimiento, y sentí algo en mi cuerpo que muy pocas veces había sentido.
Al toque yo también me puse al palo, que ya estaba tardando bastante. El que la tenía más chiquita era Dante, realmente parecía un maní quemado y encima no se había depilado ni recortado nada.
A todo eso no había reparado en las chicas. Luján era más corpulenta y alta; tenía las tetas enormes y la grasa repartida en las caderas y el culo. Mis amigos entre ellos decían que era gordibuena, aunque a mis ojos de gorda no tenía nada. Oriana, por su parte, era más petisa y esbelta. No tenía mucha teta pero tenía un culo respingón y unas piernas de gimnasio que se le marcaban una banda.
Observándolas me acordé de que los muchachos a menudo emitían reflexiones tales como: “El culo de Oriana es más estético y por lo tanto da más para cogértelo y acabarle adentro. En cambio, el culo de Luján es más carnoso. Está para pegarle un par de chirlos y que rebote mientras te pajeás encima”. Me causó gracia recordar eso y me empecé a relajar. Esperaba que mis amigos pudiesen comprobar empíricamente sus hipótesis esa noche.
Las chicas ordenaron que todos nos sentemos en ronda y así hicimos. Dijeron que para entrar en calor nos íbamos a pajear todos a ver quién acababa primero y quién último. Empezamos a hacerlo y rápidamente los ojos de los pibes se clavaron en las figuras de Luján y Ori masajeándose el clítoris. Yo, por mi parte, los miraba a ellos. Me di cuenta al toque de que Ricky iba a ser el primero en acabar. Ni siquiera había tocado a una mina todavía y ya era más sexo del que había tenido en toda su vida. No me equivoqué: al poco rato de que empecemos Ricky largó un chorro larguísimo que cayó en el centro de la ronda y soltó un gemido algo ridículo.
Las chicas se le cagaron de risa y él se avergonzó. Luego le siguió Dante y más tarde yo. En un momento tuve que contenerme un poco porque me estaba calentando bastante, aunque no entendí bien por qué si ni siquiera les estaba dando tanta bola a las chicas. Luego le tocó el turno a Fernando, después a Luján, que se encargó de gemir muy fuerte para excitar a su harén, más adelante Oriana, que se abrió de piernas para que los muchachos fantaseen como desquiciados con su concha y, finalmente, Martín. Lo de Martín fue realmente impresionante: expulsó un fuerte chorrazo y gimió sin vergüenza como un semental.
Luján no podía sacar la vista de su pija, y supongo que ya se la estaría imaginando en acción, exactamente igual a lo que yo me sorprendí haciendo.
Acabada la ronda, nunca mejor dicho, las chicas se miraron y se empezaron a tocar y a besar la una a la otra. Los pibes se pusieron al palo otra vez. No sé en qué momento el boludo de Dante se le empieza a acercar a Luján y consigue tocarle la espalda. Lo que sucedió a continuación alarmó a todos:
–¿¿Qué me tocás, pajero de mierda?? ¿Qué te pasa, pelotudo? ¿No te da la cabeza? Te dijimos que todavía no nos pueden tocar y vos no das pelota. Si la cagan una vez más, no importa quién, nos vamos a la mierda y nos enfiestamos con los de 7.° B. ¿Qué te pensás, que nos morimos de ganas de cogerte a vos y que nos garches con ese pitito que tenés? Ubicate y agradecé que la vas a poner, porque con esa cara que tenés…
Dante se sentó completamente humillado, mientras los demás guardábamos silencio. Luján y Oriana siguieron tranzando. En un momento en que tiene la boca libre y Luján le besa el cuello, Ori comenta que a ella en realidad no le gustan las mujeres, pero que está haciendo todo eso en virtud de su amistad con Luján y solo por el morbo de calentarnos a nosotros. Los pibes creo yo que no dieron mucha bola a esa confesión, porque los conozco y sé que existe entre ellos el consenso de que no pueden mirarla a Oriana hablar porque solo piensan en meterle la pija por la boca.
Yo me quedé pensando en qué tan profunda sería la amistad de nuestras compañeras, y qué tan lejos estaría dispuesta a llegar Oriana a pesar de ser heterosexual. Inmediatamente esa última cuestión se me aclaró y entendí que estaba más entregada de lo que parecía, porque de un momento al otro las chicas se pusieron en posición de 69 y empezaron a chuparse las conchas con pasión. Los pibes se pajearon con fuerza y algunos acabaron otra vez.
Yo ya estaba muy caliente, pero no tanto de ver a las chicas, sino de estar rodeado de mis amigos en pelotas y manoseándose las pijas salvajemente. Ese pensamiento quedó orbitando en mi cabeza durante un rato. Me giro en un momento y lo veo a Martín, completamente relajado y masturbándose muy despacito. Me quedé mirándole la pija sin disimulo y él se dio cuenta.
Cruzamos miradas muy brevemente, pero yo me volví a girar, algo avergonzado.
Bien. A partir de este momento del relato, podríamos afirmar que comienza mi verdadera noche, aquella en la que fui coprotagonista. Luego de haber acabado las dos, Luján y Oriana se incorporan extasiadas. Luján dice:
–Bueno, ¿cómo vamos? Ya nos estamos acercando al inicio de la orgía, pero todavía con mi amiga diosa tenemos un par de requisitos más. Nosotras recién les brindamos un espectáculo para que ustedes se pajeen y vayan pensando cómo nos van a coger, pero ahora a nosotras nos pinta ver algo para deleitarnos. ¿Me siguen, chicos?
Los pibes tardaron un poquito en procesar lo que Luján nos estaba pidiendo, aunque yo lo entendí al toque y me puse rojo del pudor. Dante se rio nerviosamente creyendo que era broma, hasta que comprendió que Luján estaba hablando en serio.
Para sorpresa de todos, Martín se puso de pie y exclamó:
–Yo me presto. ¿Quién se ofrece?
Y ahí sucedió algo que, pese a durar un instante, permanecería en mi memoria para siempre. Todos los ojos se posaron en mí: Ricky, Dante, Fernando, Luján, Oriana, Martín –que me miraba desde arriba–, todos se me quedaron viendo. Y entonces entendí. Entendí mis pensamientos, entendí por qué me calentaba mirar a mis amigos. Yo era el pibe medio puto del grupo. Quizás no puto del todo, pero definitivamente el más puto. Lo acepté y lo reconocí al instante.
Yo era el único que, en ese preciso momento, podía sujetar la pija de Martín, que permanecía erecta muy cerca de mí, y llevármela a la boca. Era una demostración absoluta de amistad y lealtad hacia Martín y hacia todos mis amigos. Chupar esa pija conduciría automáticamente a que los muchachos cumplan las fantasías sexuales que siempre soñaron. Cerré los ojos, respiré, y cuando los abrí me lancé a cumplir mi papel estelar de la noche. Le agarré con firmeza la pija a Martín y la hundí entre mis labios.
Al principio le saboree el glande torpemente, pero después fui adquiriendo ritmo con la lengua. Mientras tanto, llevé una mano hasta sus huevos y se los apreté. Él me agarró el pelo con fuerza. A pesar de que me pareció una eternidad, la realidad es que no duré casi nada. Estaba ya alzadísimo, y cuando me tiró así de la cabeza yo acabé como loco. Le manché todas las piernas a mi amigo y yo me desesperé. Me saqué la pija y me puse medio nervioso, pidiéndole disculpas.
Martín no dijo absolutamente nada, sino que con sus dos manos me agarró la cabeza y me introdujo con fuerza su pija en la boca otra vez. Con la lengua no pude hacer nada, él me cogió la boca hasta que me acabó en la garganta. Yo me tragué todo, y cuando me la empezó a retirar me entraron un par de arcadas, pero saqué la lengua para limpiarle el tronco de las gotitas que le habían quedado.
Me dejé caer al suelo, aún hipnotizado por la exquisitez que había probado en mi boca. Recién ahí volví a tomar consciencia del mundo y de la gente que me rodeaba. Luján y Oriana se estaban pajeando la una a la otra, mientras que Ricky y Dante aún permanecían con una expresión de disgusto y hasta un poco de asco. Fernando había mirado todo, casi sin expresión en su rostro. Pasados unos segundos, Ricky y Dante se lanzaron como dos animales sobre las chicas. Luján se levantó y los alejó de una patada en el orto. A Dante le agarró una bronca bárbara y empezó a las puteadas:
–¡¡Ehhh, putas de mierda, la concha de su madre!! ¡Es todo verso lo de ustedes! ¡No se quieren garchar a nadie de acá, nos están torturando! ¡Solamente quieren ver cómo nos chupamos la pija entre nosotros! ¡Andá a cagar, hija de puta!
Oriana: ¡A vos sí que ni te queríamos coger ni en pedo, pitocorto, pero justo formabas parte del grupo! Cerrá el culo, pelotudo.
Fernando intervino y lo zarandeó a Dante con violencia:
–¿¡Qué te hacés el picante, mogólico!? ¿Querés que te saque afuera, tarado de mierda? Sentate, cerrá el orto y escuchá lo que tengan para decir, que a unas minas como esas no te las cogés en tu reputísima vida.
Dante se volvió a sentar, humillado nuevamente y con más bronca acumulada. Siempre me pareció un pelotudo a la quinta potencia, pero esta noche se había coronado. Ya no se lo bancaba nadie. Una vez las cosas se calmaron, Luján tomó la palabra:
–Divino, divino, hermoso, chicos. Nos volvimos locas. Y ahora les ofrecemos un último trato. El último de todos, lo prometemos. Aunque este es más de carácter opcional… Nosotras estamos dispuestas a entregar el orto… únicamente si vos, Tincho, le hacés la cola a Benja…
Nuevamente el ambiente se puso tenso y hubo un par de recriminaciones, particularmente de las mismas voces que antes. Fernando estaba muy sorprendido también, pero no dijo nada. Yo estaba, por un lado, recontra nervioso y muerto de miedo, pero también absolutamente excitado al darme cuenta de lo que se me vendría encima. O adentro. Lo que vendría luego cambió mi vida para siempre.
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