Nunca me ha caído bien la esposa de Guillermo, mi mejor amigo. Desde que eran novios me pareció que sólo estaba interesada en su dinero. Se casaron a los dos años de noviazgo y se fueron a vivir a Monterrey, desde entonces los veo poco.
Con Guillermo platico por teléfono al menos una vez a la semana y nos mantenemos al tanto de nuestras vidas, así es como sé que desde hace unos meses está intentando tener un hijo con su esposa, pero no han tenido éxito.
—Hemos ido a tratamientos de fertilidad y aún no sucede, sé que ha pasado poco tiempo pero estoy muy frustrado —me dijo una de las veces que platicamos.
Le di ánimos y le dije que todo estaría bien, que tuviera paciencia.
Con Andrea, su esposa, no hablo en absoluto. Creo que el desprecio es mutuo. Me parece una mujer de mal gusto y como ya dije, pienso que es una interesada. Guillermo la conoció en su trabajo anterior donde él era el gerente comercial y ella era una de las recepcionistas. La verdad es que a pesar de ser una tipa de pésimo gusto, está muy buena y sabe sacarse provecho. Es una morena de caderas amplias y pechos enormes. Siempre se viste con ropa ajustada y tacones altos.
Las pocas veces que he convivido con ellos he notado que sus pezones se marcan en sus blusas y que usa tangas cuyos elásticos sobresalen de sus pantalones; una puta en toda forma que manda señales de que busca otras vergas que no sean la de su marido. No puedo creer que Guillermo se haya enamorado de una mujer así.
El caso es que hace unos meses mientras estaba aburrido en la oficina, veía historias en Instagram y noté las fotos de una mujer posando en los balcones del castillo de Chapultepec, ya saben, esa típica foto que se toman los turistas cuando visitan ese sitio turístico en Ciudad de México. Pensé que se trataba de una amiga que me parece atractiva y sin pensarlo mucho reaccioné enviándole unas clásicas llamas. Después de un rato, dejé de darle importancia a Instagram y continué trabajando. A los pocos minutos vibró mi cel, tenía un mensaje. Era Andrea, quien era la que en realidad había tomado esa foto. Sólo decía “hola”.
Me puse de malas, la verdad es que no quería platicar con ella pero también supuse que lo correcto era ser cordial y responderle:
—¿Cómo estás? ¿Cómo te la pasaste en el Castillo de Chapultepec? No sabía que iban a estar en CDMX —por un segundo sentí coraje de que uno de mis mejores amigos estuviera en la ciudad y no avisara.
—Muy bien, estaré de visita el fin de semana, tengo una boda el sábado y tu amigo no podrá venir, ya sabes que trabaja demasiado.
Era cierto. Guillermo trabajaba incluso fines de semana con el objetivo de seguir incrementando su fortuna y seguir complaciendo a la putilla de su mujer. Ahora ella estaba disfrutando de una semana todo pagado en la ciudad sin molestarse sin siquiera en pensar en su marido.
—Sí, ese Guillermo es muy trabajador —contesté por cortesía y decidí ignorarla.
Así pasó el resto del día. A eso de las cinco, casi a la hora en que dejo de trabajar, volví a recibir un mensaje suyo.
—Oye, ¿qué vas a hacer más tarde?
—No tengo planes, ¿por qué?
La pregunta me sorprendió pero también captó mi interés. A pesar de que Andrea me caía muy mal, era innegable que estaba buena y que era toda una zorra. Sin mi amigo en la ciudad, podía explorar mis posibilidades con ella.
—Voy a ir a un bar con mis primas y amigas hoy, pero no queremos ir solas y sus novios no pueden ir, ¿te late acompañarnos un rato?
Lo pensé por unos minutos. Yo acababa de terminar una relación de tres años y estaba en mi etapa de “darle a lo que se moviera”. No me había ido mal, tenía algunos ligues encontrados en apps de citas que me mantenían entretenido, pero la tentación de probar suerte con Andrea era demasiada. Yo casi nunca iba a Monterrey y cuando ella venía a CDMX lo hacía acompañada de su marido, así que, ¿cuándo podría tener esta suerte?
Le contesté que sí.
A las siete de la noche llegué al bar y me encontré con el grupo de mujeres. Casi todas eran atractivas, incluso, al yo tratarme del amigo del esposo de Andrea y no la cita de Andrea per sé, una de ellas me estuvo haciendo la plática todo el rato. La verdad también estaba buena y dispuesta a irse conmigo, casi caigo en la tentación, pero había ido por Andrea y tenía que mantenerme firme. La actitud de Andrea esa noche fue algo que nunca había tenido conmigo: agradable, platicadora, incluso diría que linda. Me agradecía con una sonrisa cada vez que le servía un trago y me rozaba la mano cuando le pasaba el vaso. Después de varias cervezas, al fin me dijo:
—¿Quieres ir un rato a la pista a bailar?
Acepté de inmediato y la llevé de la mano entre la multitud hasta el centro de la pista de baile.
Ahí supe que estaba cumpliendo mi propósito. Empezamos bailando algo rígidos pero conforme pasaban las canciones ella se iba pegando más a mí y guiaba mi mano para que la tomara de la cintura. Poco a poco nos soltamos y después de veinte minutos ya la tenía completamente pegada a mí, restregando sus tetas en mi pecho y dejándome ver el prominente escote que lucía. Me aventuré a tocarle las nalgas y a rozar sus pechos y ella sonreía sin decir nada. Cuando en un momento sintió mi erección en sus nalgas, sólo volteó y me sonrió. Pensé que nos íbamos a besar cuando me dijo:
—Hay que volver a la mesa con mis amigas.
Pasamos el resto de la noche conversando como un grupo de viejos amigos, bebiendo y riendo hasta que las amigas empezaron a irse a casa hasta quedar sólo ella y yo.
Una vez solos me dijo:
—Hoy te ves muy guapo.
—Muchas gracias, tú también luces muy linda.
—¿Ah sí? ¿Qué es lo que te gusta de mí?
—Eres muy bonita y también estás muy buena, la verdad es que me he controlado mucho para no estar viendo tu escote todo el tiempo, Andrea. Guillermo es un hombre muy afortunado de tenerte.
—Pues deberías decírselo, últimamente casi no me toca.
—¿Cómo es eso posible? Si me dijo que están intentando tener un hijo.
—Es cierto y sí tenemos relaciones sexuales, pero cuando sucede, es algo muy mecánico: nos desnudamos, me penetra, eyacula dentro de mí y se vuelve a vestir para seguir trabajando. Yo necesito más pasión a la hora de coger, si sabes de qué estoy hablando. Y por cierto, no has tenido éxito controlándote, todo el tiempo que estuvimos bailando noté cómo no despegabas la mirada de mi escote.
—La verdad sí, tienes unos pechos muy bonitos y si yo fuera Guillermo te haría el amor con mucha pasión todos los días —aventuré al fin.
—¿Sí? ¿Te gustaría demostrarlo?
—Claro, ¿quieres ir a mi departamento?
—Sí, por supuesto, pero tienes que prometer que no le dirás nada a tu amigo.
—Lo juro.
—Paga y vámonos.
Media hora después llegamos a mi departamento. Nos fuimos directo al cuarto.
Nos besamos con coraje durante un rato. Si bien ambos sentíamos atracción mutua, también quedaba un remanente del odio que nos tuvimos durante años.
—Eres una puta, Andrea. Siempre lo supe —besando sus enormes pechos. Sus pezones se pusieron duros en mi boca de inmediato.
—Y tú eres un malnacido, mira que cogerte a la esposa de tu amigo…
—Cállate, hoy Guillermo no existe. Además siempre he querido probar el coño que enloqueció a mi amigo.
De un empujón la tiré en la cama, le abrí las piernas y comencé a comerle su coñito. Estaba totalmente depilada. Aquella puta estaba buscando una verga, fuera la mía o no. Sonreí sabiendo que había aprovechado mi oportunidad.
—Ay sí, qué rico —gimió —me hacía falta un buen sexo oral.
Trabajé en su coño durante algunos minutos hasta que se vino en un squirt que manchó las sábanas, mi cara y el piso. Se quedó relajada unos segundos hasta que me puse en pie.
—Ahora me toca a mí, te vas a comer toda mi verga.
La levanté y puse mi pene erecto a la altura de su cara. Se la metí sin mediar palabra. Me la estuvo chupando con vicio algunos segundos, pero yo quería más. La tomé de la nuca y comencé a clavarle la verga hasta su garganta.
—Cómetela toda, puta infiel.
En lugar de ofenderla, aquellas palabras la excitaron más, volteó hacia arriba como la viciosa que era. Nos miramos a los ojos mientras me la cogía por la boca.
—¿Te gusta el sabor de mi verga? ¿Te gusta más que la de tu marido?
Ella no podía contestar, atragantada con mi glande hinchado llegando hasta sus campanilla.
Sólo me detuve hasta que oí unas arcadas. La saqué. Ella tenía los ojos llorosos y mi pene estaba empapado de su saliva.
—Eres un cerdo y un brusco, pero me ha encantado. Estoy mojadísima y lista para recibirte. ¿Tienes un condón?
—¿Cómo me voy a poner un condón? ¿No confías en mí? Yo no soy un infiel que vaya por ahí cogiéndose a quien se deje…como tú.
—No es eso, me gusta más a pelo, pero bien dices, me gusta probar diferentes vergas y cuidarme, además ya te dije que estoy intentando quedar embarazada de Guillermo, no puedo arriesgarme.
—Ni hablar, quiero sentir tu coño al natural así que te vas a arriesgar, o le voy a decir a Guillermo lo que hicimos, se va a divorciar de ti y vas a perder todo, ¿cómo ves?
Andrea se quedó helada. Creo que no sospechaba que en este juego ella pudiera tener la mano perdedora.
—Eres un miserable, Martín. Un mal amigo y de muchas maneras lo que estás haciendo es peor que lo que yo hago. Pero no me puedo resistir a una buena verga. Está bien, sólo no vayas a eyacular dentro de mí, ¿estamos de acuerdo?
—Claro que sí, puta, sólo alguien tan estúpido como mi amigo estaría dispuesto a preñar a una zorra infiel como tú —dije y me abalancé sobre ella.
La abrí de piernas y la penetré en un solo movimiento. Su coño estaba empapado y muy apretado. Entendí en un segundo la locura de mi amigo. Comencé a moverme dentro de ella con lujuria y odio. Ella disfrutaba de lo lindo.
—Ay así, Martín, cógeme, cógeme como no lo han hecho en meses.
—Cállate —ordené, poniéndole una mano sobre la boca. Ella reaccionó y comenzó a ahorcarme. Cogimos así un rato hasta que sentí una mordida en la boca. La liberé.
—Ya vi que te gusta coger duro, cabrón. Ahora vas a ver.
Sin avisar me soltó del cuello y me clavó las uñas en la espalda, dejando marcas y haciéndome sangrar un poco. Me arañó de los hombros a las nalgas y yo disfruté ese dolor mientras la fuerza de mis embestidas aumentaba. Me volvía loco ver sus tetas rebotar al ritmo de mis movimientos.
—Qué buenas tetas tienes, puta. Las mejores del mundo —dije y sin pensarlo comencé a darle cachetadas en sus tetas hasta que se pusieron rojas.
—Eres un brusco, me encanta —fue su respuesta.
Nos besamos mientras seguí penetrándola hasta que le ordené que se montara en mi verga.
Sus sentones eran deliciosos, casi profesionales y recuerdo haber pensado si además de ser recepcionista, aquella ninfómana casada no se habría desempeñado como prostituta para solventar sus gastos.
Mientras cabalgaba en mi verga, volvió a arañarme, esta vez el pecho.
—Uy, qué rico —confesé. Tú sí sabes coger. Ahora veo porque tienes tan enamorado a mi amigo —dije y me senté para tener sus tetas a la altura de mi cara. Las lamí un rato y aventuré una pequeña mordida a su pezón. Ella soltó un gemido de dolor y placer.
Me jaló del pelo para que me acostara y comenzó a ahorcarme de nuevo.
—Ahora mando yo, cabrón. Ni pienses en moverte hasta que vuelva a venirme.
Aguanté todo lo que pude, estuve a punto de eyacular cuando por fin sentí las contracciones de su vagina apretando mi pene. Se había venido de nuevo. Me desmontó y se tiró a un lado de la cama, pensando que habíamos terminado. No la dejé relajarse. Como si fuera una muñeca de trapo, la moví hasta ponerla bocarriba, con las nalgas casi a la orilla de la cama, me puse de pie y se la metí de perrito. Ella respondió arqueándose.
Esa posición es mi favorita, sentía cómo mi glande se abría paso hasta su desprotegido cérvix. Le di nalgadas hasta dejarla roja, la jalé del pelo largo y me abracé a sus caderas, de vez en cuando acariciando sus tetas que tenían un vaivén hipnótico.
—Acuérdate, imbécil, no me puedes rellenar, vente en mis nalgas o te voy a matar.
—Shhh. Cállate y disfruta, te dije que no te quiero preñar, puta.
—Ay —fue su réplica ante una embestida que le llegó hasta el fondo.
Seguimos así durante varios minutos y cuando sentí que estaba cerca, salí de ella. La volteé con fuerza y se la volví a clavar de misionero.
—Aguantas más que mi marido —confesó —y más que muchos hombres que me he cogido —añadió entre suspiros.
—Es que te coges a cualquier cabrón, te hacía falta verga de un hombre de verdad, que sepa complacerte aunque no te lo merezcas.
—Sí, cógeme, compláceme y si logras que tenga un tercer orgasmo esta noche, te prometo que siempre que venga a la ciudad te llamaré para que me cojas sin condón, sólo a ti y a mi marido los dejo hacer eso.
—Vaya, qué honor, viniendo de una puta como tú, pero lo aprecio. Yo te prometo que si no le dices a nadie, aquí conmigo siempre tendrás una verga que te hará venir.
Seguimos haciendo el amor con lujuria y odio durante varios minutos hasta que sentí que se iba a venir. Lo estaba consiguiendo. Se tensó mucho y luego se relajó. Yo ya estaba muy cerca también y en lugar de disminuir mis fuerzas, aceleré el ritmo.
En ese momento no pensé en nada. No pensé en mis años de amistad con Guillermo. No pensé que el riesgo de preñar a una mujer de tan mala reputación como Andrea, sólo pensé en el placer que me provocaba cogérmela sin condón y en la promesa de tener a mi disposición ese coño que sólo representaba perdición. Comencé a vaciarme adentro de ella.
Al primer lechazo que ella sintió, su relajación postorgásmica se disipó.
—¿Qué haces, pendejo? Te dije que adentro no. ¡Salte, salte!
Comenzamos a forcejear. Intentó ahorcarme y me tiró varios golpes a la cara. Me arañó la espalda, me mordió los hombros y los brazos y todo eso surtió el efecto contrario. En lugar de quitarme, la sometí con mi fuerza mientras seguía clavándole mi verga y llenándole su coño fértil de mi semilla. No dejé de someterla ni de bombear hasta que no saqué todo el semen que traía guardado. Cuando por fin me relajé y perdí fuerza de mi sometimiento. Me empujó lejos de ella y se sentó en la cama. Estaba llorando.
—¿Qué hiciste, animal?—Te dije que no te vinieras adentro. Son mis días fértiles y eyaculaste muchísimo semen, no como el débil de mi marido. Me vas a preñar, seguro, ¿qué voy a hacer?
—No vas a hacer nada, putita, ni tampoco le vas a decir nada a Guillermo. Ambos sabemos que sólo es bueno para ganar dinero pero que es un débil. Vas a ir a esa boda de mañana y vas a volver a Monterrey como si nada hubiera pasado. Luego, el domingo llegando te lo vas a coger y vas a dejar que se venga adentro de ti, así si lo que acabo de hacer rinde frutos, él no sospechará nada. Le vas a dar el hijo que tanto quiere y será nuestro secreto.
Acabo de darme cuenta de algo. Pasé tanto tiempo creyendo que te odiaba por puta e interesada pero ahora sé que siempre le tuve envidia a Guillermo por tener una mujer como tú. Debía hacerte mía a como fuera lugar. Sé que ahora no parece, pero lo que hice fue por amor; debía hacerte mía pero no soy tan egoísta para que dejes a Guillermo, que te da todos los lujos, así que la única manera de que fueras mía era llenarte de semen…
Andrea me miraba con los ojos enrojecidos. Mi semen escurría de su vagina y ella ya no lloraba.
—¿Qué estás diciendo?
—¿No es obvio? Todo este tiempo estuve en negación, tratando de convencerme de que te odiaba porque la idea de desear a la mujer de mi amigo era inaceptable. Pero eres una diosa, Andrea, una diosa que no puede estar limitada a un solo hombre, ni siquiera si ese hombre soy yo. Sé que eres una mujer libre, y mi única oportunidad de llamarte mía era hoy, con eso soy feliz.
Me observó en silencio mientras se secaba los ojos. Luego se puso en pie, caminó hacia mí y me dio un puñetazo. Me hizo sangrar de la nariz y cuando pensé que todo estaba perdido, me besó. Llenos de sangre, lágrimas y semen volvimos a la cama e hicimos el amor con la misma violencia tres veces más. En todas eyaculé dentro de ella.
A la mañana siguiente vio las llamadas perdidas de Guillermo, le marcó y él no sospechó nada. Se fue temprano para prepararse para la boda y lamenté no poder acompañarla.
Casi no hablamos durante las semanas siguientes hasta que recibí un mensaje por Instagram con una imagen: una prueba de embarazo positiva.
No le pregunté si era mío o de Guillermo o incluso de algún otro cabrón que haya conocido en la boda, pero me dio igual, durante una noche yo tuve acceso a la mujer de mi amigo, sin protección y ahora con la posibilidad de haberla preñado.
Durante el embarazo sólo la vi tres o cuatro veces, siempre acompañada de Guillermo, así que debimos ser creativos y discretos para poder coger. No tenía caso usar condón. Cuando el niño cumplió el año, Andrea vino de visita a Ciudad de México para ver a su familia. De nuevo Guillermo estaba ausente.
Después de haber terminado de hacer el amor, siempre sin condón, reuní el valor para decirle:
—Me gustaría hacerme una prueba de paternidad y ver si Guillermito es mío.
—¿Para qué, pendejo? Ese niño es oficialmente de Guillermo y le da todo lo que necesita.
—No quiero hacer nada que los afecte, pero tengo que saber, ¿aceptas?
—Déjame pensarlo.
Al final aceptó y la prueba salió positiva.
Me dio gusto saber que mi aventura con Andrea había tenido ese resultado y que mi hijo y la mujer que amaba estuvieran recibiendo los mejores lujos.
—No puedes decir nada, Martín, perderíamos todo.
—No te preocupes, yo quiero lo mejor para ustedes.
He visto crecer a mi hijo y sigo viendo a Andrea cada vez que podemos. Ella tuvo otros dos hijos, uno es mío y el otro al parecer es de algún mesero de un bar de Cancún. La vez que le confesó sí me enojé:
—¿Cómo pudiste ponernos en riesgo cogiéndote a un desconocido sin condón?
—Estaba muy borracha, no lo recuerdo realmente y además estoy bien. Me hice todas las pruebas y salieron negativas. ¿Me la vas a meter o no?
No pude resistirme a la visión de Andrea con su coño depilado y abierta de piernas.
La verdad me da igual, a veces me siento mal por Guillermo pero incluso él parece feliz y mientras yo siga teniendo acceso a la vagina de Andrea sin tener que ponerme condón, no me importa a quien más le abra las piernas. De todas maneras siempre he sabido que es una puta interesada, aunque la ame.
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