1984 Enero. La tía política

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Hermoso recuerdo, esto sucedió y fue posta, posta.

  1. Enero. El sol del Atlántico Sur caía a plomo sobre las siete carpas de lona verde que formaban nuestro campamento provisional. Hola, soy Jorge, por entonces, tenía 18 años recién cumplidos, 1,84 metros de estatura, 81 kilos de músculos y un pelo negro permanentemente revuelto por el viento salado.

El camping del balneario municipal era un lugar modesto pero mágico para un pibe de barrio. No había televisor —salvo el viejo aparato en blanco y negro del salón central del camping— y la radio AM que nos mantenía conectados al mundo mientras el océano rugía de fondo. Éramos 21 almas: seis hermanos casados, sus cónyuges, novios, novias, y un enjambre de sobrinos y primos que corrían entre las carpas como langostas descosidas.

Yo había sido designado —o mejor dicho, condenado— a la guardia del campamento. Desde el domingo al atardecer, cuando los mayores partían a sus trabajos en la ciudad, hasta el viernes a la media tarde, cuando regresaban para disfrutar el fin de semana, yo era el custodio oficial de siete carpas, veinte reposeras, ollas, mates y pertenencias varias.

En teoría, era una responsabilidad. En la práctica, era el paraíso. La primera semana fue solitaria pero mía. Me despertaba al amanecer (por el calor cerrado de la carpa de lona), nadaba hasta que mis hombros ardían me ponía una crema de marca Sapolan Ferrini y seguía tomando sol. Luego me probaba en los picados de futbol 5 o en el vóley mixto playero. Había una rubia de Córdoba, hija de unos acampantes, que me tenía loquito desde que la vi en su bikini a lunares. Pero eso es otra historia.

El segundo viernes de enero, la libertad fue engrillada, el pájaro vio el cielo y no se voló.

Llego la parentela con su habitual alboroto de fin de semana: bolsos, cajas de cerveza, la “vaquita pal asado”, risas estridentes, el ajetreo de familias que se reencuentran después de cinco días de separación, argentinidad al palo. Yo jugaba con la rubia al vóley, cuando empezó el despelote.

Mi tía Elena a los gritos — ¡me faltan dos frazadas! Y rezongaba y su marido la miraba y me miraba como diciendo ¡boludo!, y los reproches volaban como gaviotas hambrientas.

—¡Jorge no cuidó nada! ¡Debe haber dejado la carpa abierta!

—¡Es un irresponsable!

Mi calentura por ser acusado justo frente a la rubia fue muy notorio, la rubia huyo despavorida y mi madre —siempre la mediadora— levantó las manos.

—Bueno, che… paren un poco, a ver (mirando a todos los presentes) ¿Quién va a dar una mano y se postula para acompañar a mi hijo? (peor el remedio, más loco quede), ¡Sino nos tenemos que llevar todo de acá!!!, todos hicieron silencio y tímidamente, Magali levanto la mano.

Levanté la vista. Magali estaba apoyada en el poste de la carpa tres, fumando un cigarrillo con esa elegancia indolente que tenían las mujeres de veintidós años en 1984. Mi tía política, novia de mi tío Roberto, un tipo callado y querido que trabajaba en un taller mecánico.

Magali me sonrió. Sus ojos verdes —verdes como el agua del mar en días de tormenta— me atravesaron.

—Saca esa cara de culo, torito —dijo, y el apodo cariñoso sonó diferente en su boca. —Yo me quedo porque arregle con mi hermana que se haga cargo del kiosco en enero. No lo iba a decir hasta el domingo pero ya estamos en el baile y soltó su risotada estridente.

Luego del incidente y saber que no estaría solo, me dedique a hacer sociales en el camping (vóley mixto, futbol), una caminata con la rubia (a ver si podía salir del lugar donde estaba pero nada) y algún que otro acorde folclórico en el fogón común.

El domingo a la noche, cuando todos se fueron no dormí. No por la humedad de la carpa, ni por el calor de enero, ni por los ruidos lejanos de la marea humana que se iba yendo. Me puse a pensar en Magali: sus 1,69 metros de altura, sus sesenta y ocho kilos distribuidos en curvas que yo —en mi ignorancia juvenil— solo podía describir como celestiales. Su pelo negro, lacio, brillante, que le llegaba hasta la cintura y que ella se recogía en una trenza cuando iba a la playa. Sus ojos verdes. Sus manos largas, con uñas pintadas de rojo.

En los 80 y a los 18 años, una mujer de veintidós es un universo inalcanzable. Y sin embargo, allí estaba, a tres metros de distancia, durmiendo sola en la carpa número dos.

Lunes y martes fueron un tormento de proximidad. Magali se adaptó a mi rutina con una naturalidad que me desarmaba. Se levantaba temprano —más temprano que yo— y ya tenía el mate listo cuando yo salía de mi carpa, todavía medio dormido y con el pelo más revuelto de lo habitual.

—¿Dormiste bien, torito? —me preguntaba, y su voz ronca de fumadora hacía que el apodo sonara a promesa.

Torito. Así me llamaba. Yo presumía que por mi estatura, por mis hombros o por haber nacido en mayo. Ella reía y me decía, nada que ver ¡!! Y susurraba “ya te vas a dar cuenta”.

Íbamos juntos a la playa. Ella en su bikini rojo —un modelo que dejaba ver más piel de la que mi madre hubiera aprobado— y yo en mi malla negra, sufriendo cada vez que ella se agachaba para acomodar la reposera o se estiraba para tomar sol. Aprendí a nadar de espaldas porque así podía observarla sin que ella se diera cuenta: la curva de su espalda, la línea de su cintura, la forma en que el sol hacía brillar su piel aceitada.

—Vení, Torito —me llamaba desde el agua.

Y yo la seguía, con mis piernas largas pero torpes, con mi corazón martilleando en las sienes, con la sangre corriendo por lugares que hacían imposible disimular mi deseo en aquella malla ajustada.

Magali fingía no notarlo. O quizás no fingía. A los veintidós años, ¿se dan cuenta las mujeres de los deseos torpes de los pibes de 18? Yo creía que no. Yo creía que mi torpeza era invisible, que mi excitación pasaba desapercibida. Me equivocaba.

Fue el miércoles el punto de quiebre. Habíamos pasado la mañana en la playa, pero al mediodía se levantó viento sur y tuvimos que refugiarnos en el camping. Magali preparó fideos con salsa bolognesa en la cocina de campaña —una de esas glorias de aluminio que se usaban en los ochenta— y yo puse la mesa en la carpa común, la grande, la que usábamos los fines de semana cuando venían todos.

Comimos en silencio. Afuera, el viento golpeaba las lonas con furia sorda.

—Se va a poner feo —dijo Magali, mirando por la ventanilla de plástico transparente. —Parece que viene tormenta.

—Sí —respondí, con mi voz que aún se quebraba en los momentos inesperados.

Ella se rio. No de mí, creo. De la situación. De la tormenta que se avecinaba. De algo que yo no entendía.

—Ya sos un, ¿sabés? —dijo, de pronto. —Hace tres meses que no te veía y parece que creciste diez años, (esas fiestas no la pasamos juntos).

No supe qué responder. Me quedé mirando el plato de fideos, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello.

Magali se levantó. Cruzó la carpa y se sentó a mi lado, en el banco de madera, tan cerca que su muslo rozaba el mío. El bikini rojo se había cambiado por un vestido liviano de algodón, amarillo, con flores blancas. Dejaba ver sus hombros bronceados, la línea de su clavícula, el valle entre sus pechos cuando se inclinaba.

—Jorge —dijo, y su voz había cambiado. Ya no era la voz de mi tía política, de la esposa de mi tío Roberto. Era otra voz. —¿Alguna vez besaste a una mina?

La pregunta me golpeó como el viento sur de afuera. Sentí que la cara me ardía, que las manos me sudaban, que algo se me hacía nudo en la garganta.

—Si, se podría decir

Magali no se rio. No me tomó de broma. Se quedó mirándome con esos ojos verdes que parecían leer algo más allá de mi vergüenza.

—Qué lástima —susurró. —Con esa cara… seguro las pibas mueren por vos.

—No —repetí, como un idiota.

Ella se inclinó más. Su pelo negro, suelto ahora, cayó sobre su hombro y rozó mi brazo. Sentí el contacto eléctrico de esos cabellos contra mi piel, y algo se rompió dentro de mí.

—Yo tampoco me moría por nadie a los 18 —dijo, y su aliento olía a mate y a cigarrillo. —Pero a los veintidós… aprendí algunas cosas.

Sus labios estaban a centímetros de los míos. Labios pintados de un rojo oscuro, casi bordó, que contrastaba con su piel bronceada. Yo estaba paralizado, atrapado entre el pánico de hacer algo mal y el terror de no hacer nada.

Magali tomó la decisión por mí. Su boca se posó sobre la mía con una suavidad que me desarmó. No fue un beso de tía a sobrino, ni de adulta a niño. Fue un beso de mujer a hombre, aunque ese hombre aún no supiera muy bien qué hacer con sus manos, con su lengua, con el fuego que ella encendía.

Cuando nos separamos, yo estaba temblando. Temblando como un chico que tiene frío, aunque afuera hiciera treinta grados.

—Así se besa —dijo ella, y su sonrisa era diferente ahora. Más lenta, más pesada. —¿Te gustó? No pude hablar. Asentí.

Magali se levantó. Tomó mi mano y me llevó hacia la carpa número dos. La suya. La que compartía con mi tío Roberto los fines de semana, pero que durante la semana estaba vacía, silenciosa, llena de su olor a perfume barato y cigarrillos y mujer. Adentro, la luz era tenue. Afuera, el viento sur había traído la tormenta, y los primeros truenos retumbaban lejos, sobre el Atlántico.

Magali se dejó caer sobre el catre. El vestido amarillo se le subió por los muslos, y yo vi —por primera vez en mi vida— el interior de sus muslos, la piel más clara, las venas azuladas, el triángulo oscuro de su ropa interior.

—Vení —dijo y fui.

No recuerdo cómo me saqué la ropa. Recuerdo la vergüenza de mi cuerpo desnudo frente a ella, la excitación que me impedía pensar, la forma en que Magali me observaba con esos ojos verdes que parecían saborear mi inocencia.

—Sos hermoso —dijo, y nadie me había dicho eso nunca. —Mirá esos hombros. Mirá esas piernas. Sus manos recorrieron mi torso, mi abdomen, bajaron por mis caderas. Yo estaba rígido, tenso, a punto de estallar sin que ella hubiera hecho más que tocarme.

—Tranquilo, torito —susurró. —Vos dejá que yo haga. Después ya vas a aprender.

Y comenzó una suave pero intensa mamada, una chupada de pija de campeón. Luego, me enseñó con su boca, con sus manos, con su cuerpo que se abría bajo el mío como un territorio desconocido que de pronto se volvía familiar. Me enseñó la geografía de una mujer: el cuello, los pechos, el vientre, el lugar húmedo y cálido donde todo terminaba y empezaba. Me enseñó a tocar sin apresurarme, a esperar, a sentir. Me enseñó que el placer no era solo mío, que podía darlo así como recibirlo.

Y bien torpe, me apure a meterla en su cueva mágica, húmeda y bien depilada y la rapidez me gano. Magali no se rio de mi inexperiencia. Me abrazó. Me acarició el pelo revuelto. Me dijo que había tiempo, que todavía quedaban días de campamento, que íbamos a practicar hasta que lo hiciera bien. Y practicamos.

Esa tarde, mientras la tormenta azotaba el balneario municipal, aprendí más que en todos mis años de escuela. Aprendí el sabor de su piel salada, el sonido de sus gemidos ahogados para que nadie en el camping vecino nos escuchara, la forma de moverme para que ella cerrara los ojos y mordiera el labio. Ahí supe que era el misionero, la cabalgata frenética amazona, la turca, etc.

Cuando el sol se puso y la tormenta pasó, salimos de la carpa como dos sobrevivientes de un naufragio. Magali encendió un cigarrillo y me miró con esos ojos verdes que ahora conocían mis secretos.

—Tu primera vez —dijo, y no era una pregunta. Asentí.

—Y no va a ser la última —agregó, y sonrió. —Pero acordate, Torito: esto queda entre nosotros. Si alguien se entera, se acabó.

—No voy a decir nada —prometí, y era la verdad (¿A quién podía contarle? ¿A mis primos? ¿A mi tío Roberto?) e inocente pregunte ¿Por qué Torito? y con una carcajada estruendosa dice —Lección uno de la vida: de los cuernos y la muerte nadie se salva, Torito y siguió riéndose hasta llorar.

Aprovechando mi energía y mi esperma urgente me dedique a recorrer su geografía de manera íntegra hasta quedar dormidos y seguir y dormir y seguir hasta la media tarde del viernes cuando llego la parentela para el fin de semana, yo estaba en mi carpa, fingiendo leer. Magali estaba en la suya, la número dos, recibiendo a mi tío con su habitual indiferencia cariñosa. Vi cómo él la besaba en la mejilla, cómo ella le sonreía, cómo todo parecía normal.

Yo sabía que debajo de ese vestido amarillo estaban las marcas de mis manos, que en su boca todavía quedaba el sabor de mis besos, que entre sus piernas guardaba el secreto de mi transformación. De repente se acerca y me pide acompañarla al Mercado fuera del camping, íbamos serios (yo más que ella) y me dice —Lección dos: No pienses, ojos que no ven corazón que no siente.

Los momentos que volvimos a estar solos fueron un delirio de carne y ocultamiento. De lunes a viernes, Magali y éramos amantes. En la carpa número dos, temprano en la mañana antes de que el camping despertara. En la playa, detrás de las dunas, mientras fingíamos que íbamos a buscar caracoles. En el agua, hasta donde nos cubría la profundidad, con nuestros cuerpos enlazados bajo la superficie mientras los otros acampantes nadaban a metros de distancia.

Magali me enseñó todo. Posiciones que yo desconocía, ritmos que controlaba ella con su cadera experta, palabras que susurraba al oído y que me hacían estremecer. Me enseñó a durar más, a contenerme, a esperarla a ella. Me enseñó que el placer de una mujer era un arte que requería paciencia y atención.

Y yo, con la voracidad de los catorce años, aprendí rápido.

—“Tenés que aprender todo de la mujer, sobre todo si son mayores que vos”

—“Y si son menores”

—“Más a tu favor, torito”

En los albores de la democracia argentina fines del 83, principios del 84 se podía ver en todos los escaparates de revista y diarios, revistas de sexo (el famoso Destape Argentino).

—“Alguna vez tenés que hacer relatos así” y me mostraba una revista

—“Por ejemplo: acá te cuenta como se hace por detrás y el cuidado que hay que tener”. Tremendo el relato, el morbo y el asalto al culo de Magali, continuo y casi abusivo, durante toda una noche.

Y luego, aparecieron las confesiones, me hablaba de su vida, de su noviazgo con Roberto que no funcionaba, de sus sueños de ser maestra de danza que había abandonado y que estuvo buscando y logro la oportunidad de estar conmigo.

—¿Por qué? —le pregunté con su cabeza apoyada en mi pecho.

—Porque sos diferente —dijo. —Porque tenés esos ojos tristes de pibe grande. Porque me dabas curiosidad.

—¿Y ahora?

—Ahora me das masa como a esta turra de la revista y soltaba su risotada pero ojo con esa rubia insípida porque te la corto ¡!!!

La última semana de enero llegó demasiado rápido, se acercaba el final. El verano terminaba, la familia volvería a la rutina, Magali y yo volveríamos a ser solo tía y sobrino en las reuniones familiares, fingiendo que no habíamos compartido algo profundo entre las lonas de una carpa de camping.

El último viernes, antes de que llegaran los demás, hicimos el amor con una desesperación diferente. Magali lloró después, en silencio, con la cara hundida en mi cuello para que yo no viera las lágrimas.

—Vos sos muy joven —dijo. —Vos te vas a olvidar de esto. Vas a encontrar minas de tu edad, vas a enamorarte, vas a tener novias y después una mujer e hijos.

—No me voy a olvidar —prometí.

Ella se rio, amarga.

—Sí, torito. Te vas a olvidar. O mejor dicho, no te vas a olvidar, pero lo vas a guardar en un cajón. Y algún día, cuando seas grande, vas a recordar el verano del 84 y vas a sonreír y te vas a acordar de la lección tres e hizo silencio.

Se equivocaba. No sonrío cuando recuerdo. Siento algo más complejo, algo que no tiene nombre. Nostalgia mezclada con culpa, deseo mezclado con gratitud, la certeza de que Magali me inició en algo que no era solo sexo: fue una iniciación en la complejidad de los adultos, en los secretos que se guardan, en los placeres que se pagan con silencio. Nunca más volvimos a estar solos.

En las reuniones familiares de los años siguientes, Magali siempre mantuvo la distancia. Me saludaba con un beso en la mejilla, me preguntaba cosas triviales, por la música. Nunca hubo una mirada de más, nunca una palabra que delatara nuestro secreto.

Roberto y ella se pelearon dos años después. Ella se fue a vivir a esa Villa Balnearia, supongo que más cerca del mar que tanto le gustaba. La vi una última vez, en el velorio de mi abuelo, en 1988. Tenía 26 años, y yo 22, y durante cinco minutos, mientras los demás lloraban en el velorio, nos miramos desde los rincones opuestos de la sala y sonreímos. Fue nuestra despedida.

Ahora tengo cincuenta y siete años. El verano del 84 quedó atrás, como quedo mi cintura, el pelo rebelde y la figura estilizada pero torpe. Pero todavía recuerdo el sabor del mate en la boca de Magali, el sonido del viento sur contra la lona de la carpa, el verde de sus ojos en la penumbra.

Recuerdo sobre todo algo que ella me dijo esa última vez, cuando éramos dos extraños en un velorio, cuando todo había pasado y nada podía ya dañarnos:

—Gracias, torito —murmuró, al pasar a mi lado. —Vos me salvaste ese verano.

Ahí, entendí la lección 3 “Somos instantes” y sé que los dos nos salvamos ese verano. Ella de su soledad de mujer joven atrapada en una relación que no funcionaba. Yo de mi juventud incipiente, de mi corazón que necesitaba aprender que el deseo no era vergüenza sino belleza.

El verano del 84. La tía política. El secreto que guardo como un tesoro, en el cajón donde guardo los recuerdos que duelen pero que no quiero olvidar.

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