La cinta

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T. Lectura: 7 min.

Ahora cuesta situarse en aquellos años, no tan distantes, pero casi una época, tecnológicamente hablando.

Entonces había comenzado la segunda era de los aparatos grabadores-reproductores domésticos. Había las nuevas handy de reducido tamaño, que destinaron a las grandes y poco manejables cintas VHS al museo de los avances superados del consumismo. Éstas tenían unas cintas mucho más pequeñas y fácilmente almacenables.

De aquí parte nuestra pequeña historia de hoy.

Nuestros amigos, Berta y Manuel habían planificado un viaje a Puerto Rico y nos pidieron que echáramos un vistazo a su apartamento; que regásemos los cactus y geranios; las demás plantas un par de veces en la quincena que iban a estar de vacaciones. El favor era mutuo cada vez que alguno de nosotros íbamos de turismo, así que lo hacíamos muy gustosos por la amistad de tantas décadas.

Y así, un miércoles tarde Rodolfo y yo nos acercamos al piso. Todo estaba en orden. Regamos las plantas y dejamos correr un poco de agua en cada desagüe. Cuando ya salíamos, Rodolfo señaló la pequeña cassette de la filmadora doméstica que estaba en el sofá, sin duda olvidada después de su visionado, tal vez por las prisas de empacar de cara al viaje. La recogió y me dijo: debe ser de las vacaciones de invierno, ¿nos quedamos un poco más y le echamos un vistazo? Yo asentí, la tarde era larga y no teníamos planes. Manuel y Berta solían compartir las películas de sus viajes (viajaban a menudo, gracias a su alto standard de vida y su gusto por el turismo a todas partes).

Nos sentamos en su amplio tresillo y conecté el televisor (entonces eran todavía panzudos) e introduje la pequeña cajita en el reproductor.

Las imágenes mostraron el aeropuerto, antes de salir, y a la llegada. Era un destino de playa y sol que no identificamos. Cosa extraña, porque sus grabaciones solían comenzar con una panorámica del exterior de los aeropuertos, donde figuraba en grandes rótulos el nombre del mismo.

Después un recorrido por el interior del hotel y sus instalaciones deportivas, particularmente las piscinas, pista de tenis y demás; los espaciosos comedores… Hasta la habitación de ellos, grande y muy luminosa, con un baño de excéntricas proporciones, con una bañera con jacuzzi.

La toma la hacía Manuel. Berta sonriendo; Berta desempacando; Berta haciendo muecas y divertidas gañotadas; Berta tirándose, literalmente, sobre la enorme cama; Berta abriendo la puerta corrediza del balcón; Berta señalando la extensión verde que rodeaba el hotel y la playa, que estaba a pocos metros de la entrada del hotel, y una lejana ciudad con algunos edificios desfigurando el bello paisaje; Berta entrando y cerrando la puerta del balcón. Corte de imagen y plano en negro de unos segundos.

La cinta volvió a iluminar la cóncava y gran pantalla del antiguo televisor. De nuevo, Berta. Se está cambiando. De espaldas. Su blusa se desliza y cae por su espalda hacia el suelo. Se quita la falda y queda en bragas. Una pequeña braga de color negro que muestra los lindos arcos inferiores de sus nalgas. Berta fue siempre, y también en su madurez ahora, muy linda y su cuerpo delgado y alto muy atractivo.

Rodolfo pausó la cinta. Yo lo miré interrogativa. No sabía si loque estábamos haciendo era correcto. Ver esas imágenes que ya eran íntimas, sin que Manuel y Berta nos las mostrasen (y no parecía probable que lo hicieran) era moralmente reprobable bajo mi punto de vista, aunque mi curiosidad se había despertado y un gusanillo traidor remoloneaba por mi estómago. Rodolfo sonreía pícaramente; parecía disfrutar y deleitarse con aquel comienzo. «Que sea nuestro secreto, cariño» alegó. Yo estuve de acuerdo y me arrellané en el tresillo subiendo las piernas. La cinta volvió a pasar.

Berta se giró. Sus senos de mediano tamaño evolucionaban en el vacío mientras se bajaba la braga. Los pezones destacaban en medio de la masa flotante de las tetas. Al caer la braga descubrió un pubis de colegial, depilado y con el corte de los labios de la vulva muy marcado. Yo di un respingo y volví a mirar a Rodolfo, que parecía nervioso. Pausó de nuevo la imagen.

De sus labios escapó un silbido apagado y expulsó sonoramente el aire con los labios apretados. «Vaya, vaya…», dijo. Yo me moví inquieta: «Rodolfo… no sé yo si…», dije, a pesar de que me moría de ganas de ver toda la cinta y de notar que se había despertado una excitación incipiente en mi vientre. «No decimos nada y ya está, Cristina; aquí nadie nos ve; luego la dejamos en el mismo lugar…No se enterarán ni van a sospechar que los espiamos. Además, la cinta podría haber sido de las “normales”. ¿Cómo podríamos nosotros imaginar…?». Sonreí, hice un mohín y le di la razón. Él volvió a pulsar el play.

Manuel acercó el objetivo a Berta. Pasó de su cara alegre, sonriente, divertida, a sus pechos, que ella cogió en sus manos y apretó acariciándolos, levantándolos, pellizcando los pezones granulados y oscuritos.

La imagen recorrió su estómago bajando por el monte de Venus abultado de Berta; su rajita era abierta, mucho más que la mía; sus labios externos de un color ligeramente violáceo eran llamativos y, por qué no decirlo, apetitosos (me resulta extraño o impropio pensar eso de mi amiga, pero desterré el falso pudor que me ocultaba de mí misma y mis sensaciones y deseos profundos: eran “apetitosos”, sí, me repetí, alegre de ser yo misma en mi intimidad sin que los tabúes me cortaran). Manuel dio una vuelta alrededor de Berta. Su culito era… perfecto. Dos magníficas lunas firmes, tersas, donde no sobraba ni un gramo de carne o se veía grasa alguna. Manuel acarició sus glúteos y ella se arqueó. Él abofeteó las dos nalgas.

Yo me sobresalté. Rodolfo se movió más nervioso. No pausó esta vez. De soslayo eché un vistazo a su entrepierna. ¡Lo que esperaba! El bulto bajo la cremallera del pantalón se veía claramente. Estaba excitado y tenía una fuerte erección. Pero también yo lo estaba y notaba cierta humedad en la vagina. No había pecado; no había pecadores. La libertad de la lujuria y la concupiscencia rompían sus cadenas forzadas; la libido corría y recorría nuestro organismo, cuerpo y mente.

Berta se acercó a los pies de la cama, se apoyó en la madera y se agachó ligeramente; abrió sus dos piernas. Se cogió el culo con ambas manos y mostró su ojete. El pequeño agujerito prieto y estriado se distendió un poco, forzado por los dedos. Manuel acercó más la cámara. Ambos reían. Quedé muy sorprendida al ver que Berta disfrutaba de este modo del sexo; de su exhibicionismo descerrojado, del gusto por los placeres anales. Nunca imaginé que nuestra amiga pudiese ser tan abierta en cuestión de sexo; tampoco tan chistosa al mostrar su cuerpo íntimo. Rodolfo y yo no habíamos intimado tanto ni tan profundamente al hacer el amor.

El objetivo de la cámara siguió fijo en el ojo del culo. Un dedo -de Manuel- se posó en el ojete, circundo su perímetro y lo acarició. Desapareció un instante fugaz y volvió al agujerito; esta vez brillante, seguramente por la saliva. Acariciaba los pliegues radiales del año y los untaba con saliva empujando con la yema del dedo medio. Quedé parada al ver las imágenes; también por sentir crecer el deseo en mí.

Descubrí que me quedaba mucho por profundizar en mis propios deseos y fantasías sexuales, que el sexo anal despertaba instintos desconocidos en mí. ¡Las imágenes me estaban calentando! Rodolfo y yo veíamos frecuentemente pornografía. Nos excitaba e incrementaba la pasión al hacer el amor. A veces había sexo anal, pero para mí suponían un complemento del coito, los cunnilingus y las fellatios. Nunca hasta ahora había sentido placer y ganas al ver las escenas. Quizá fuera por ser verídicas uno de ficción; o por tratarse de nuestros amigos.

Manuel terminó por meter el dedo en el ano de Berta que se encogió algo y emitió un sonido entre queja y gemido gatuno de placer. «Te gusta, cielo», preguntó él. «Uhhmmmmm, sigue». «Sigue así», fue la respuesta entrecortada. Y vino algo más sorprendente todavía. El dedo entraba y salía del culo de Berta, que gemía; sin duda gozaba. «Fóllamelo, soy tu puta; dame por el culo». Quedé estupefacta. ¡¿Berta?! Diciendo aquello. Para mí el sexo era mudo, salvo por los jadeos y gemidos.

Todo lo más, roto por sonidos como «uffff; uhmmmm; ahhgh» o un «sigue» o un «más», a modo de súplica; lo máximo que le escuché decir a Sebastián, mucho antes de conocer a Rodolfo, el único hombre con quién me había acostado aparte de mí marido, fue «me corro», anticipo de su eyaculación en mi vagina. Ahora, oyendo aquellas palabras articuladas con dificultad, sentí en mi interior el impacto de la comunicación oral en el sexo.

Recibí un relámpago de placer remoto; junto a las imágenes sexuales, me producía un plus de placer escuchar el lenguaje grosero acompañando la pasión. Pensé que yo también quería participar en aquel juego. Por supuesto había tenido y tenía habitualmente fantasías sexuales, hasta las tenía mientras follaba con Rodolfo; las tuve desde el descubrimiento de mi sexualidad, con doce años, para y al masturbarme; pero aquello era diferente. Era como un arte de hacer el amor.

Berta disfrutaba mucho, era evidente y Manuel sabía cómo hacerla gozar. El objetivo pareció volverse loco, giraba y las imágenes eran borrosas, los colores se difuminaban, iban y venían los objetos; después recuperó la verticalidad. De repente, pudimos apreciar nítidamente la verga tiesa de Manuel. El enfoque mostraba su glande enorme, rosado. Las venillas, la red de capilares azulados y rojizos se apreciaban claramente. Luego seguía un plano del ojo del culo de nuestra amiga, muy abierto. Manuel apuntó al ojete -estaba brillante; le había untado alguna crema- y fue penetrando poco a poco el trasero de Berta.

Ésta gemía a cada embate. La piel de las nalgas estiradas, seguramente por los dedos. La polla de Manuel entraba y salía hasta que se hundió hasta el fondo. Dejamos de ver el ojete y su tranca ocupaba toda la pantalla. La metía y la sacaba despacito, con una cadencia. «Más, más. Dame por el culo, vida», exclamaba Berta. «Te la voy a clavar y me voy a dejar ir en tu culo. Eres una ramera», jadeaba la voz de Manuel. «Hazlo, lléname el culo de leche, amor», respondía Berta.

Rodolfo y yo estábamos estupefactos, casi escandalizados. Yo tragué saliva. Estaba ardiendo de necesidad sexual. Miré de nuevo a Manuel, su polla estaba tan hinchada que el bulto emergía visible. Bromeando puse mi mano en el pantalón y apreté. Los dos reímos. La situación era impensable apenas media hora antes.

En la televisión Manuel seguía follando a Berta por el culo. Los jadeos aumentaron hasta que él gimió. La grabación se detuvo. Evidentemente, había llegado a la eyaculación y no pudo sostener la cámara. Apenas duró unos segundos y en la imagen volvió a aparecer el trasero de Berta, de su ojo del culo salía un hilo de semen que discurría hacia abajo, en dirección a su chumino.

Como tenía la mano sobre la pija de Rodolfo, comencé a moverla y a acariciarlo por encima de los pantalones. Nos miramos y él se abrió la cremallera y dejó caer el pantalón y el calzoncillo hasta los tobillos. Su pene estaba totalmente erecto, como pocas veces lo había visto. El glande de color violáceo; ligeramente húmedo por la excitación. Me quité la falda y me bajé las braguitas. Tomé la verga endurecida entre los dedos; Rodolfo exhaló y tragó saliva sonoramente. Acarició mi matojo de vello, llevando los dedos a mis labios vulvares.

En la pantalla. Berta cogía la de Manuel entre sus labios y se tragaba el flujo de su tranca. Me descubrí deseando ser yo la que mamase aquella polla brillante que había horadado el ojo del culo de Berta y había descargado a golpes su leche en el estrecho tunelito; haber sido jodida también por ese miembro tieso de glande hinchado. No me importaba admitirlo, después de todo, Rodolfo estaba trempado al ver cómo Berta y su ojete eran jodidos por Manuel.

Berta se subió a la cama y el enfoque se centró en su concha lubricada por la lujuria. Manuel introdujo un dedo entre los bellos labios sexuales y lo sacó mojado en el fluido de su mujer. Yo agitaba la picha de Rodolfo que jadeaba un poco. Él me hacía una paja metidos los dedos en mi coño abierto. Ahora, Manuel dejó la cámara en algún mueble, y desnudo subió a la cama. Tenía un trasero masculino y juvenil. Se agachó y le lamió el chocho a Berta antes de arremeter con su lanza la concha abierta de ella. Se la jodió rápidamente y tuvo un fuerte orgasmo. Berta terminó masturbándose, con él mirando. Luego la cámara se apagó. Cuando la cinta terminó y volvió automáticamente al principio, nosotros seguimos.

Por nuestra parte, Rodolfo estaba congestionado, encarnado y con la cabeza reposando en el sofá. Emitió un fuerte gemido y su leche saltó a mi mano, a golpes húmedos. El semen grueso y espeso discurría por mis dedos que tenían la pija cogida y seguía agitando el prepucio, hasta que se relajó y dejó de manar semen. Bajé a chupar y sorber los restos de la leche. Y, sin pensarlo, seguramente influida por la película le dije: «Ahora, lámeme la perla y cómeme la concha hasta que me venga». Rodolfo me miró un segundo y los dos nos reímos. Bajó al suelo y me abrió el chumino. Me hizo un cunnilingus suave que hizo que me corriera enseguida con un grito de placer intenso.

Nos vestimos y apagamos el televisor y el reproductor. Dejamos la pequeña cinta donde la encontramos y nos fuimos con una sensación extraña, pero satisfechos. Aunque no dijimos nada, creo que a ambos nos quedó una duda: ¿qué la cinta quedase en el tresillo, fue en verdad un olvido?

Tardaríamos un tiempo en saberlo.

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