El motor tosió una última vez y se apagó, dejando que el silencio de la carretera costera se filtrara en el habitáculo. Don Jorge no se movió. No maldijo, no golpeó el volante, ni salió a enfrentarse a la máquina con esa seguridad ruda que Hiroko tanto admiraba.
Ella lo observaba desde el asiento trasero, turbada. Para Hiroko, don Jorge era el último bastión de una masculinidad que entendía: la del hombre que resuelve. Lo había visto encarar a policías corruptos con una palabra firme, navegar el tráfico caótico como un capitán y, sobre todo, recordaba aquella noche en el bar. Mirella y ella estaban acorraladas por tres tipos borrachos hasta que Jorge entró como un vendaval, repartiendo trompadas con una eficacia brutal, sacándolas de allí sin despeinarse. En el inconsciente de Hiroko, él era el arquetipo: el hombre fuerte, el trabajador incansable que, detrás de su barriga prominente y su barba descuidada escondía la esencia de un macho capaz de proteger y satisfacer a su hembra.
Pero ahora, ese gigante estaba encogido.
—Se fue, Hiroko —susurró él, y el sonido de su voz rota dolió más que un grito—. Llegué antes… el auto falló… y los vi. Me miró a los ojos mientras él seguía sobre ella y me dijo que yo ya no servía. Que solo soy un viejo que huele a gasolina y cansancio.
La humillación de Jorge flotaba en el aire como un gas venenoso. Hiroko sintió una opresión en el pecho. Verlo derrotado no solo le causaba dolor; le provocaba una angustia existencial. Si el hombre que “siempre podía” se quebraba, ¿qué quedaba para el resto? Sintió una urgencia violenta por rescatarlo, por devolverle su hombría, por recordarle que seguía siendo ese ser capaz de dominar el mundo.
Y entonces llegó la fisura.
Hiroko buscó en su mente otra forma de consolarlo. Quiso encontrar palabras de aliento, un gesto de amistad pura, un abrazo de hija o de hermana. Pero su mente regresaba, una y otra vez, al mismo punto. Se dio cuenta, con una claridad que la asustó, de que su lenguaje se había reducido a una sola frecuencia. Estaba atrapada en su propia dependencia: para ella, la única forma de sanar, de empoderar o de salvar a un hombre, era a través del sexo.
Es lo único que sé dar, pensó con una mezcla de excitación y desprecio por sí misma.
Se deslizó al asiento delantero. El espacio era estrecho, olía a tabaco viejo y a la humedad de la noche. Jorge no la miró, avergonzado de su propia vulnerabilidad. Hiroko le tomó la cara con ambas manos, obligándolo a verla.
—Usted no es lo que ella dice, Jorge —dijo ella, y su voz ya tenía ese tono oscuro y magnético que usaba para dominar—. Usted es el hombre que me cuida, el que me salvó aquella noche, el único que sabe dónde estoy en cada madrugada. Usted es un macho, Jorge. Y yo quiero que me lo demuestre ahora mismo.
La idea de devolverle su ser, de reconstruir su orgullo mediante la entrega de su propio cuerpo, la excitó de una manera retorcida. Era como intentar salvar a un náufrago dándole a beber el mismo mar que lo estaba ahogando.
Jorge la miró, primero con duda, luego con una chispa de ese fuego antiguo que ella conocía. Cuando sus manos rudas y callosas se cerraron sobre los hombros de Hiroko, ella no sintió lástima. Sintió la satisfacción casi divina de estar reparando a un hombre. Se entregó a él allí mismo, entre la palanca de cambios y el tablero, en una lucha de cuerpos que buscaba desesperadamente enterrar la humillación bajo el peso del deseo.
El habitáculo del taxi se volvió asfixiante, cargado de una electricidad malsana. Jorge no solo estaba recuperando su hombría; estaba reviviendo su ejecución. Sus manos, antes cuidadosas, se cerraron sobre las caderas de Hiroko con una fuerza que buscaba marcarla, como si quisiera hundir sus dedos en la memoria misma del dolor.
Mientras la penetraba con una urgencia ciega, los ojos de Jorge se perdieron en la penumbra del techo del auto. Ya no veía a Hiroko. En el teatro de sombras de su mente, la imagen de su esposa bajo el cuerpo de aquel extraño se proyectaba con una nitidez insoportable. Los gemidos, el sudor ajeno, la traición en movimiento. Lejos de derrumbarlo, la visión lo golpeó con una descarga de adrenalina oscura que le tensó cada músculo.
—Te pareces a ella… —gruñó Jorge, con la voz deformada por una excitación que bordeaba la locura.
Hiroko sintió el cambio en el aire. La piedad se evaporó para dar paso a un morbo que la hizo vibrar. Entendió el juego de espejos al instante: Jorge no quería olvidar, quería dominar la escena que lo había destruido. Él necesitaba habitar el lugar del amante para dejar de ser la víctima.
—Así los encontré —jadeó Jorge, fuera de sí, con los ojos inyectados en sangre y el ritmo volviéndose violento—. Cachando… así, igualito que estamos cachando nosotros.
Hiroko se arqueó bajo él, entregándose a esa marea de suciedad y verdad. Sabía que en ese momento ella era el instrumento de un sacrificio. Decidió arrojar gasolina al incendio, convirtiéndose en el eco de la pesadilla de Jorge para terminar de romper sus cadenas.
—¡Entonces culéame! —le gritó al oído, con una voz ronca que no reconocía como suya—. ¡Cáchame, Jorge! ¡Dame por el culo si eso es lo que quieres! ¡Hazme todo lo que viste! ¡Igual como ese hombre se tiraba a tu esposa, así hazme a mí!
Esas palabras fueron el detonante final. Jorge soltó un rugido gutural, un sonido que era mitad placer y mitad agonía. Se ensañó en el acto con una ferocidad animal, usando el cuerpo de Hiroko como el campo de batalla donde finalmente lograba matar su propia humillación. Cada embestida era un clavo que cerraba el ataúd de su pasado.
Hiroko lo recibió todo, sintiendo cómo el dolor y el placer de Jorge se fundían en su interior. Disfrutaba de la brutalidad de la escena, del poder de ser el receptáculo de semejante tormenta emocional. En ese momento, ella no era una mujer, era el abismo donde Jorge podía arrojar su miseria y salir limpio.
Cuando el clímax los alcanzó, fue una explosión sorda que los dejó temblando, envueltos en el olor a cuero, gasolina y fluidos. Jorge se desplomó sobre ella, sollozando con la cabeza hundida en su cuello, pero esta vez sus lágrimas no eran de derrota. Había recuperado su ser en la forma más retorcida posible.
Hiroko se quedó quieta, mirando por la ventanilla empañada. Había salvado al náufrago, pero lo había hecho descendiendo con él a un lugar del que ya no se regresa igual. Sabía que después de esto, el sexo ordinario le parecería un lenguaje mudo. Ella solo sabía hablar en gritos.
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