La prima Sofía: Promesa

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Después de que nuestras respiraciones se calmaran, Sofía se acurrucó contra mi pecho. El ambiente aún olía a nosotros, pero ella ya estaba pensando en el siguiente movimiento.

—Oye… te quería decir algo —murmuró, con una voz que recuperaba su tono calculador—. Invité a Avril a la casa esta tarde. Pero no te emociones, primito; esta vez no habrá casa sola. Mis papás ya volvieron y Rebeca tiene el radar más encendido que nunca —concluyó con una sonrisa burlona, como si disfrutara ponérmelo difícil.

—Creo que mejor salgo a despejarme un rato —respondí—. Necesito aire.

Me vestí bajo su mirada silenciosa, bajé las escaleras y salí a la calle. Caminé un par de cuadras sin rumbo fijo, intentando procesar cómo Sofía podía pasar de la entrega absoluta a la planificación fría en cuestión de segundos. Apenas doblé la esquina, la vi.

Era Avril.

Caminaba hacia la casa con un aire despreocupado pero letal: unos jeans que le marcaban cada curva, una blusa corta que dejaba ver su abdomen y el cabello suelto moviéndose con el viento. Al verme, su rostro se iluminó con una chispa de sorpresa y alegría genuina.

—Andrés… ¡qué casualidad! —dijo, acortando la distancia con paso decidido—. Justo iba camino a ver a Sofi.

Se acercó y me envolvió en un abrazo que duró un segundo más de lo necesario. Pude sentir la firmeza de su cuerpo contra el mío y un perfume dulce que contrastaba con el aroma a sexo que todavía sentía en mi propia piel.

—Qué bueno que te encuentro solo… —continuó, sosteniéndome la mirada con un descaro que me descolocó—. La verdad, quería pedirte tu número personalmente. Sofía me dijo que eras un hombre muy ocupado, pero me gustaría conocerte un poco mejor. Sin público de por medio como la última vez

Se mordió el labio inferior de forma sutil, una invitación silenciosa que conocía demasiado bien, y bajó la voz a un susurro juguetón:

—¿Me das tu número? Prometo no ser muy intensa… al menos al principio.

Avril se quedó mirándome con esa sonrisa coqueta, sosteniendo el silencio como si supiera que yo terminaría cediendo. No lo pensé demasiado; cualquier cosa era mejor que volver a esa casa a seguir el guion de mi prima.

—¿Quieres dar una vuelta? —le propuse—. No tengo nada que hacer ahora y, para ser sincero, tengo ganas de caminar un poco.

Su rostro se iluminó de inmediato, una chispa de triunfo cruzando sus ojos.

—Claro que sí —respondió sin dudar—. Me encantaría.

Empezamos a caminar a paso lento. Al principio, la charla fue ligera, casi inofensiva: el calor sofocante, lo pintoresco del barrio, anécdotas de su amistad con Sofía. Pero Avril no tardó en acortar las distancias. Cada cierto tiempo, su brazo rozaba el mío “sin querer”, un contacto que ella prolongaba lo justo para que no pareciera un accidente.

En una esquina, mientras esperábamos que el semáforo cambiara, se plantó frente a mí.

—Sofía me contó algunas cositas de ti… —soltó con tono juguetón, mordiéndose el labio mientras me escaneaba de arriba abajo—. Y la verdad, me picó bastante la curiosidad.

—¿Ah, sí? —respondí, arqueando una ceja con interés—. ¿Qué clase de cosas cuenta mi prima sobre mí?

Avril soltó una risita vibrante y se acercó un centímetro más, obligándome a inclinarme apenas para escucharla.

—Cosas interesantes… —dijo bajando la voz hasta convertirla en un susurro sugerente—. Que eres alguien muy… intenso.

Continuamos caminando hasta un pequeño parque cercano y nos sentamos en una banca protegida por la sombra de un gran sauce. El aire entre nosotros cargado de una química que ella no tenía intención de frenar. Avril giró el cuerpo hacia mí, apoyando un brazo en el respaldo de la banca y acortando el espacio personal.

—Oye, Andrés… la verdad, no me gusta perder el tiempo con rodeos —dijo con una seguridad aplastante—. ¿Te gustaría que saliéramos solos algún día? Sin Sofía, sin planes de grupo… solo tú y yo.

No respondí con palabras.

Me acerqué lentamente, acortando el último espacio que nos separaba, y tomé su rostro con una mano. La besé sin preámbulos. Avril soltó un leve gemido de sorpresa que se fundió de inmediato en un suspiro de aceptación. Respondió al instante, abriendo los labios y buscando mi lengua con una urgencia que delataba recuerdos de la “rutina de ejercicio” en la terraza de Sofía.

Cuando nos separamos apenas unos milímetros, manteniendo el aliento compartido y el roce de nuestras bocas, le susurré sin apartar la vista de sus ojos:

—¿No prefieres comprobar por ti misma si lo que Sofía te contó es verdad?

Avril sonrió contra mi boca, visiblemente encendida por el desafío de mis palabras. Su respiración se volvió errática, atrayéndome de nuevo hacia ella para besarme con una fuerza renovada. Mi otra mano bajó por su cintura, recorriendo la curva de su cadera.

Cuando finalmente nos separamos para recuperar el aire, Avril tenía las mejillas encendidas y la mirada empañada por el deseo.

—Entonces… —susurró con la voz rota, rozando sus labios contra los míos con una frase que me hizo hervir la sangre—: ¿Es una invitación?

No la dejé hablar. Me acerqué para sellar sus labios con otro beso que subió de temperatura en un parpadeo, volviéndose más profundo y posesivo. Mis manos bajaron por su cintura con autoridad hasta hundirse en su culo, agarrándola con firmeza. Avril soltó un gemido vibrante contra mi boca, arqueándose hacia mí en una respuesta cargada de un hambre que no intentaba disimular.

De pronto, se separó con la respiración entrecortada y como si necesitara recuperar el aliento.

—Espera… —dijo con una sonrisa cargada de una culpa fingida—. Había olvidado que Sofía me está esperando en su casa justo ahora.

Se mordió el labio, y por la mirada de decepción en sus ojos, supe que lo último que quería era irse. Metió la mano en el bolsillo de sus jeans, sacó su teléfono y lo desbloqueó con un gesto decidido.

—Pero no pienso dejar esto a medias —susurró, clavando sus ojos en los míos—. Dame tu número.

Se lo dicté y mi teléfono vibró en mi bolsillo un segundo después. Una llamada perdida para el registro.

—Esta noche —dijo con una voz baja, espesa, que era pura promesa—. Quiero verte a solas. En un lugar donde Sofía no pueda aparecerse para marcar territorio. ¿Te parece?

Sonreí, sintiendo el desafío en sus palabras, y asentí en silencio. Avril se inclinó una última vez, me regaló un beso lento que sabía a despedida temporal y me mordió suavemente el labio inferior, tirando de él antes de soltarme.

—Te escribo más tarde para decirte dónde —murmuró, con los ojos oscurecidos por el deseo—. No te vayas a dormir temprano, Andrés.

Se levantó de la banca, se acomodó la blusa que se había subido ligeramente y, antes de alejarse, me lanzó una última mirada de reojo mientras contoneaba las caderas con una cadencia hipnótica.

Me quedé sentado bajo la sombra del sauce, con el pulso martilleando en mis oídos y la verga todavía tensa contra la tela del pantalón. Tenía el sabor de Avril en la boca y el de Sofía todavía impregnado en la piel y me encantaba.

Llegue a casa después de un rato, entré en la cocina intentando proyectar una calma que mis pulsaciones traicionaban. Sofía y Avril estaban allí, moviéndose entre risas y el sonido de los platos, envueltas en una normalidad que me pareció casi irreal después de lo que acababa de pasar en el parque.

—Hola, ¿ya volviste? —preguntó Sofía con una sonrisa casual, sin dejar de picar algo de fruta.

—Sí, solo necesitaba estirar las piernas —respondí, sosteniendo el tono más neutro de mi repertorio.

Avril levantó la vista y me dedicó una sonrisa que, para cualquier otro, habría sido una simple cortesía entre conocidos, pero para mí fue un incendio provocado. Fue un segundo apenas; un cruce de miradas cargado con el peso de lo prohibido y la promesa de lo que vendría después. Pero la chispa se extinguió en cuanto mi mirada se desvió hacia la mesa.

Allí estaba mi tía Rebeca. Nos observaba por encima de sus gafas de lectura con una fijeza gélida. Su mirada hizo un recorrido lento, casi quirúrgico: de Avril a mí, y de mí a Sofía. No pronunció una palabra, pero su silencio retumbó en la habitación como una acusación. Su radar no fallaba; sabía perfectamente que el aire entre nosotros tres se había vuelto demasiado denso.

—Voy a ducharme —anuncié, escapando de la cocina antes de que el instinto de Rebeca detectara el rastro del perfume de Avril que todavía me quemaba el cuello.

Bajo el agua fría, intenté lavar los restos de la tarde, pero el recuerdo de Avril mordiéndose el labio en el parque seguía tatuado en mi mente. Al salir, la noche ya se había adueñado del barrio.

Me senté en el borde de la cama, de pronto, el teléfono vibró en mi mano. Era ella.

«Te espero en el callejón detrás de la antigua bodega de vinos… la que tiene la reja oxidada. No tardes, Andrés. Mi paciencia es tan corta como mi falda esta noche.»

Una descarga de adrenalina me recorrió la columna, tensando cada músculo. Me puse una chaqueta oscura, verifiqué el pasillo y bajé las escaleras como un espectro.

Afuera, caminé rápido hasta la decadencia de la zona vieja. El callejón se abrió ante mí como una boca hambrienta, estrecho y flanqueado por muros devorados por la hiedra.

Empujé la reja oxidada, que soltó un quejido metálico, casi un aviso. El suelo, húmedo y desigual, desprendía ese aroma característico a humedad antigua y barrica de vino rancio.

—¿Avril? —susurré. El nombre pareció quedar suspendido en el aire denso.

Por un segundo, el silencio fue total. Entonces, desde la oscuridad más absoluta, emergió un sonido: el taconeo lento, rítmico y deliberado de unos zapatos contra el suelo de piedra.

Avril apareció entre las sombras. La falda, extremadamente corta y ajustada, marcaba cada curva de sus caderas, mientras que el escote de su blusa desafiaba cualquier intento de discreción. Tenía el cabello alborotado por el viento nocturno y los labios encendidos en un rojo que parecía brillar en la oscuridad. Se acercó con una seguridad que me descolocó.

—Llegas tarde, Andrés… —murmuró, acortando la distancia hasta que su pecho rozó el mío—. Empezaba a creer que Sofía te había metido en una jaula.

No hubo espacio para palabras suaves. Avril me asaltó con la boca abierta, buscando mi lengua con una desesperación que sabía a urgencia pura. Sus manos bajaron directamente a mi entrepierna, apretando con fuerza por encima de la tela, desesperada por sentir la erección que ella misma había provocado.

—Quiero saber si de verdad coges tan duro como ella dice. ¿Puedes hacerme pedazos a mí también? —jadeó contra mis labios, con la mirada encendida en una mezcla de lujuria y victoria

Me tomó de la mano y me arrastró hacia la penumbra de la bodega. En cuanto la puerta se cerró, el silencio se llenó con el sonido de nuestras respiraciones agitadas. Me empujó contra el ladrillo frío y se pegó a mí, restregando su pelvis contra la mía con una fricción que me hizo gruñir.

—Aquí solo eres mío, Andrés. Aquí te voy a exprimir hasta que no te quede nada —me susurró al oído y recorrió a lamer mi cuello.

La levanté en vilo, agarrándola con fuerza de las nalgas, y ella me rodeó la cintura con las piernas. La tiré sobre el viejo sofá de cuero, que crujió como si fuera a romperse bajo nosotros. Avril no perdió el tiempo; se subió la blusa exponiendo sus tetas con los pezones perforados, que subían y bajaban frenéticamente, y jaló la tanga hacia un lado con una impaciencia salvaje.

—¡Ya, Andrés! ¡Métemela ya, carajo! —me gritó, abriéndose de piernas y mostrándome lo empapada que estaba.

No hubo preámbulos. Saqué mi verga y la penetré de un solo viaje, hundiéndome hasta el fondo en su coño estrecho y ardiendo. Avril soltó un grito que se convirtió en un alarido gutural, arqueando la espalda con una violencia que hizo que sus uñas se enterraran en mi espalda.

—¡Mierda, sí…! ¡Rómpeme, Andrés! ¡Fóllame con ganas! —bramó, clavando sus ojos vidriosos en los míos.

Empecé a bombearla con una brutalidad animal, dándole estocadas secas y profundas que hacían que el sofá se deslizara por el piso de concreto. El choque rítmico de mis huevos contra su culo y el chapoteo de su humedad llenando cada rincón del lugar. Avril no paraba de gemir, retorciéndose bajo de mí mientras sus tetas rebotaban sin control y su coño me apretaba con una fuerza increíble.

—¡Eso es, carajo! ¡Más duro, métemela toda! —gritaba fuera de sí, mientras sus piernas me apretaban la espalda para obligarme a entrar más profundo.

Me perdí en el ritmo frenético, dándole con toda mi fuerza. Avril me empujó con una fuerza sorprendente, obligándome a hundirme en el respaldo del sofá. Sin mediar palabra, se subió encima de mí a horcajadas, abriéndose de piernas con una decisión que me dejó sin aliento. Sus rodillas se clavaron a los lados de mis caderas, fijándome en mi sitio.

—Ahora me toca a mí —gruñó con una voz ronca, cargada de una autoridad puramente sexual.

Agarró mi verga, que pulsaba gruesa y venosa bajo su mano, y la alineó con su entrada empapada. Sin dudarlo, se dejó caer de golpe, tragándosela entera, enterrándola hasta la raíz de una sola estocada brutal que me hizo arquear la espalda.

—¡Mierda, Avril! ¡Estás demasiado estrecha! —gemí, sintiendo cómo su vulva ardiente y apretada me envolvía, succionándome en cada milímetro.

Ella soltó un gemido gutural, un sonido de pura satisfacción animal, y empezó a cabalgarme con una furia posesiva. Sus movimientos eran salvajes; subía casi hasta el límite para luego dejarse caer con todo su peso, clavándose mi verga hasta el fondo, golpeando su cuello uterino sin piedad. El choque rítmico y húmedo de sus nalgas contra mis muslos llenaba el silencio del lugar, mientras sus tetas rebotaban violentamente a la altura de mis ojos.

—Esto es lo que quería… —jadeó, clavándome una mirada vidriosa, inyectada en deseo—. Sentir cómo esta verga gruesa me abre entera.

Apoyó las palmas de sus manos en mi pecho y aceleró el ritmo, como si quisiera dejar su marca en mis huesos. Su coño chorreaba sin control, empapándome los huevos y el vientre con cada bajada salvaje. Sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados, rebotando en las paredes de ladrillo.

—¡Sí! ¡Así, Andrés! ¡Rómpeme toda! —gritaba sin pizca de vergüenza, rotando las caderas en círculos lentos antes de rematar con golpes secos hacia abajo—. ¡Hazme pedazos mi cosita!

La agarré del culo con ambas manos, hundiendo mis dedos en su carne firme y separándole las nalgas para que la penetración fuera total. Avril echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta mientras su coño empezaba a cerrarse sobre mí con una fuerza sobrehumana.

—Voy a correrme… ¡Me voy a correr, Andrés! —advirtió entre jadeos eléctricos.

De pronto, su cuerpo se tensó y con un alarido que rasgó el aire, llegó al clímax. Sentía su coño contrayéndose en espasmos violentos que absorbían mi verga con cada pulsación de su orgasmo. Avril se quedó ahí, moviéndose apenas con lentitud mientras recuperaba el aire, con el pecho subiendo y bajando y una sonrisa de triunfo tatuada en los labios.

El aire del lugar estaba cargado con el olor del sexo crudo y el sudor que brillaba sobre la piel de Avril bajo la luz naranja. Ella apenas intentaba recomponerse, pero yo no buscaba tregua. La levanté con una fuerza que la hizo soltar un jadeo de sorpresa y la puse en cuatro sobre el sofá de cuero, obligándola a apoyar el pecho contra el respaldo.

Su culo quedó enmarcado ante mis ojos: con el coño hinchado y palpitando, empapado en una mezcla de sus fluidos y los míos que le recorría los muslos. Agarré mi verga, que se sentía a punto de estallar, y la hundí de un solo tajo profundo. El sonido del choque de nuestras carnes fue seco, rotundo.

—¡Ahhh, mierda! —gritó Avril, hincando las uñas en el cuero del sillón mientras su espalda se arqueaba como un arco tenso.

Empecé a bombearla con una violencia mecánica, dándole estocadas que la empujaban hacia adelante en cada golpe. El eco de mis huevos chocando contra su culo era lo único que se escuchaba en el refugio. Sus tetas se sacudían descontroladamente y ella, lejos de quejarse, echaba el culo hacia atrás, buscándome, pidiendo más profundidad.

—¡Sí! ¡Así, carajo! ¡Úsame, Andrés! ¡Rómpeme toda! —gemía, con la voz quebrada por el placer.

La agarré del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para que pudiera sentir mi respiración caliente en su nuca mientras aceleraba el ritmo. Con la mano libre empecé a darle nalgadas secas, dejando la marca roja de mis dedos sobre su piel, un contraste violento que solo servía para que su coño me apretara con más saña. Ella estaba fuera de sí, entregada totalmente a la brutalidad del momento.

—¡Más duro! ¡Dámelo todo! —suplicaba, con los ojos en blanco, mientras el sofá crujía bajo la presión de nuestro encuentro.

Sentí que mi propio límite estaba cerca. La fricción de sus paredes internas, todavía vibrando por su orgasmo anterior, me estaba ordeñando. Me aferré a sus caderas, clavando mis dedos en su piel, y dándole estocadas más brutas.

El clímax de Avril fue una explosión sísmica. Sus paredes internas se cerraron sobre mi verga con la fuerza de una prensa hidráulica. El chorro de fluido caliente salió con una presión tal que me obligó a salir de ella, salpicando mis muslos y el cuero del sofá en una inundación de deseo puro.

Avril se quedó suspendida en ese instante de éxtasis, con el cuerpo rígido y las uñas enterradas en el respaldo del sillón, mientras su sistema nervioso colapsaba.

—¡Ahhh, carajo! —el grito fue crudo, una mezcla de dolor y placer absoluto que retumbó en las vigas del lugar.

Sus piernas fallaron, vibrando con una intensidad eléctrica que no podía controlar. Su coño, ahora expuesto y palpitando violentamente ante mis ojos, seguía expulsando espasmos de fluido que goteaban rítmicamente sobre el suelo. Me quedé ahí, de pie, contemplando la carnicería erótica que habíamos provocado. El sudor le corría por la espalda, brillando bajo la luz naranja, y su piel morena estaba encendida por el esfuerzo y las marcas de mis manos.

Pasaron los minutos. El único sonido era su respiración rota, ese jadeo animal de quien ha regresado de un lugar del que pocos vuelven. Finalmente, Avril dejó caer el peso de su cuerpo, girando el rostro hacia mí con una lentitud de agonía placentera. Tenía el cabello pegado a la frente y la mirada perdida en algún punto del techo, con las pupilas todavía dilatadas.

—Eres… un hijo de puta… —susurró, y esa sonrisa exhausta fue el mejor trofeo que pude recibir—. Casi me matas, Andrés… nadie me había dado así en toda mi vida.

La tensión en ese cuartel cambió. Ya no era urgencia, era una complicidad densa, el tipo de conexión que solo se forja cuando dos personas se destruyen mutuamente en un sofá de cuero.

Yo todavía estaba allí, de pie, con la verga dura y palpitante, brillando bajo la luz naranja por el rastro del abuso que acababa de darle a Avril. Ella era un despojo de placer sobre el cuero del sofá: el pecho subiéndole y bajándole violentamente, el sudor pegándole el cabello a la frente y las piernas todavía sacudiéndose en espasmos residuales.

Iba a dar un paso hacia ella para terminar lo que había empezado, cuando el sonido nos heló la sangre: un chirrido metálico, agudo y violento, cortó el silencio del callejón. La reja oxidada.

—¡Vístete! ¡Rápido, carajo! —soltó Avril en un susurro desesperado, el pánico borrando de golpe la neblina del orgasmo.

Fue un caos de extremidades y tela. Avril saltó del sofá con las piernas flaqueando, rescatando su ropa del suelo como si su vida dependiera de ello; se puso la falda torcida y la blusa al revés en un movimiento espasmódico. Yo me subí el pantalón y forcejeé con el cinturón, con los dedos entumecidos por la adrenalina. Apenas logré cerrar la cremallera cuando la puerta de servicio se abrió de par en par.

Melissa estaba ahí, recortada contra la luz de la calle.

Se quedó congelada en el umbral, con la mano todavía en el pomo. No era necesario ser un genio para leer la escena: el olor a sexo crudo, denso y caliente, lo llenaba todo. Avril estaba apoyada en el respaldo del sofá, con el rostro encendido y el cabello enredado, respirando como si hubiera corrido un maratón. Yo, con la camisa mal abotonada y el sudor chorreándome por las sienes, intentaba recuperar un aire que se sentía demasiado pesado.

Y luego estaba el sofá. El cuero brillaba bajo la luz, marcado por los charcos de los fluidos que Avril había expulsado con tanta furia apenas unos minutos antes.

Melissa parpadeó, con la mirada saltando de los muslos temblorosos de su hermana a mi rostro, y finalmente a las manchas húmedas en el suelo.

—¿Qué… carajo es esto? —murmuró. Su voz no era solo de sorpresa; había una nota de confusión y un brillo extraño en sus ojos, algo que no era precisamente indignación.

Avril intentó dar un paso hacia ella, pero sus rodillas cedieron y tuvo que aferrarse al mueble para no desplomarse. El temblor de sus muslos era evidente, y el rastro de nuestra entrega todavía le brillaba en la piel.

Melissa dio un paso hacia adentro y, con una lentitud deliberada, cerró la puerta a sus espaldas.

Avril intentó recomponerse, pero su cuerpo no le obedecía. Con la falda mal ajustada, el cabello como un nido de pájaros y las mejillas encendidas por un rojo que delataba cada embestida, soltó una explicación que nació muerta:

—Mel… Melissa, no es lo que parece… o sea… nosotros solo… estábamos hablando y… se nos pasó la mano, ya sabes cómo es esto… —tartamudeó, mientras una gota de sudor le resbalaba por el cuello.

Fue una actuación desastrosa. Melissa no se movió; se limitó a cruzar los brazos, dejando que el silencio pesara mientras sus ojos escaneaban el desastre. Su mirada se detuvo en el sofá, donde el cuero todavía brillaba por los fluidos de su hermana, y luego bajó a los charcos en el suelo de concreto.

—¿Hablando? —repitió Melissa, arrastrando las sílabas con un sarcasmo letal—. Vaya, no sabía que las charlas filosóficas ahora dejaban el piso empapado y a ti sin poder sostenerte en pie.

Avril abrió la boca, pero solo emitió un balbuceo incoherente, como un pez fuera del agua. Estaba acorralada en su propio refugio. Melissa suspiró, sacudiendo la cabeza con una mezcla de incredulidad y una extraña fascinación que no lograba ocultar del todo.

Aproveché ese limbo de tensión para terminar de abotonarme la camisa y caminé hacia la salida, tratando de recuperar una dignidad que se había quedado en aquel sofá.

—Creo que es mejor que me vaya —dije, manteniendo la voz lo más neutra posible, aunque mis sentidos seguían alerta.

Al llegar a la puerta, tuve que pasar a escasos centímetros de Melissa. Ella no se apartó. Me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mi entrepierna todavía marcada, y una sonrisa pequeña, casi imperceptible, curvó sus labios. Se inclinó hacia mí y, con un tono que no tenía nada de reproche y todo de invitación, murmuró al oído:

—Hasta luego, amiguito de Avril… que descanses.

Salí de un salto, sintiendo el aire frío de la noche golpeando mi piel sudorosa. Caminé rápido, con la adrenalina martilleando en mis sienes, ¿Quién era esta chica? Y recordé su mirada perdida en mi entrepierna. Eso me calentaba aún más…

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