El fotógrafo de los deseos: Desconocidos

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Ese día probaba el nuevo PC que me compré, una bestia; ahora podría editar mejor los videos y hacer imágenes con Flux sin sudar. De pronto se abre la puerta de mi estudio y entra una chica muy joven, pálida, con ojos muy almendrados; pensé que era maquillaje que pretendía achinar los ojos, muy de estilo girly de una otaku; pero no, era una asiática cien por ciento real.

Ese día hacía calor, así que la asiática vestía ligero: un short de jeans, una camiseta blanca y zapatillas Converse blancas. Era baja, con suerte llegaba al metro sesenta, pero su cuerpo estaba hecho a medida para ese tamaño. La ropa dejaba ver una figura proporcionada, con curvas naturales y sin estridencias. Tenía el cabello negro, cortado al estilo bob con flequillo, y un cuello largo. Sus pechos eran discretos pero firmes.

Las piernas se notaban curvilíneas y algo tonificadas; rectas, sin ese arqueado (genu varum) que algunas asiáticas desarrollan por sus posturas. Sus muslos, gruesos y macizos, se unían a la perfección con una cadera no muy ancha, pero lo bastante marcada como para contrastar con su cintura. Las asiáticas suelen tener el trasero más plano que las latinas, pero el de ella era redondito. Definitivamente, esta asiática estaba hecha con amor.

Con los asiáticos tengo el efecto de raza cruzada, o sea: los veo a todos idénticos. No distingo si son de Corea, Japón o China, así que un tanto tímido le dije “hello”. Ella rio y me habló en mi mismo dialecto; ¡era una compatriota! Al tiempo me comentó que sus padres llegaron de Japón en una misión diplomática, se enamoraron de esta tierra y se quedaron para siempre; ella nació y se crio acá y, a pesar de tener genes 100% japoneses, se considera 100% de este país, aunque obviamente, por sus padres, guarda respeto y cariño por todo lo japonés.

—¿Tú eres el fotógrafo que cumple deseos? Ricardo me habló de ti —me dijo.

Hice memoria y recordé al chico con cara de nerd y a las secretarias.

—Sí, supongo que soy yo —le dije riendo.

Antes que me contara su solicitud, le pregunté su edad; los asiáticos suelen tener una muy marcada neotenia. La dermis de las mujeres asiáticas es más gruesa y produce más colágeno, por lo que las arrugas tardan mucho más tiempo en aparecer. Una japonesa de 25 puede pasar tranquilamente como una de 15, o una de 15 de 25, como en este caso, y no quería caer en la trampa del jailbait. Me pasó su documento de identidad para corroborar, y sí, era “legal”.

Ya estaba pensando en cómo iba a conseguir un pulpo o unos tentáculos cuando ella me trajo a tierra; su deseo era más terrenal, pero no menos complejo.

Emi me contaba; sí, su nombre era Emi, no era el diminutivo de Emilia o algo así; en japonés, Emi significa bendición. En fin, Emi me contaba que desde muy joven sus instintos sexuales florecieron —el gen pervertido de los japos, pensé para mis adentros—. Y veía recurrentemente pornografía, sobre todo la japonesa; ella hablaba, leía y escribía fluidamente el idioma de sus padres, así que entendía todo.

Personalmente, no me gusta mucho el porno japo; lo encuentro muy violento: sexo no consensuado, sumisión, amarres; además, es muy ruidoso, es como cuando comen ramen, mucho sorbeteo es molesto; además, esos píxeles de censura le quitan toda la gracia… Prosigo, Emi me contaba que había una situación del porno japo en particular que le quitaba el sueño, deseando experimentarla, y, dado lo complejo, no podría pasar jamás en la vida real: Ser follada por muchos desconocidos en un vagón de tren subterráneo.

¡Pfff! A su edad yo deseaba ver ganar a mi equipo en la Libertadores; en fin, esta juventud actual… Prosigo:

Ella nunca había experimentado sexo grupal, solo había follado con una sola persona a la vez, y cuando veía videos “chikan”, le excitaba pensar ser penetrada múltiples veces a la vez. Lo más cercano que ha estado de esa fantasía fue una vez que, el metro estaba repleto, un tipo puso su paquete en el culo de ella, y ella sentía el pene duro del pervertido entre sus nalgas. Dudó en seguirle el juego o no, quiso, se excitó, pero prefirió no hacerlo y se bajó varias estaciones antes; aunque esa noche se masturbó pensando en la escena.

Ella me contaba que tenía una colección de consoladores, y de vez en cuando se metía uno en cada agujero, uno en la boca y uno en cada mano, fantaseando que estaba dentro de un metro siendo follada. Siempre lo creyó una mera fantasía, hasta que escuchó hablar de mí.

—Dicen que tú puedes hacer posibles los deseos difíciles —me dijo.

Honestamente, estaba decepcionado, esperaba pulpos y tentáculos, pero es lo que hay.

—¿Eso dicen? —pregunté—. Vaya responsabilidad; pero lo tuyo no es muy difícil, lo que sí creo es que no saldrá nada barato, dada la magna producción.

—El dinero es lo de menos, el cumplimiento de la meta es lo que importa —me habló su gen japonés. Ella era de estrato social alto, así que el dinero realmente no era un problema.

Su personalidad era muy extrovertida, sabía claramente lo que quería y cómo lo quería; no hubo cohibición ni restricción en lo absoluto. Me gustó su forma de ser.

Le dije que cotizaría todo y le mandaría el presupuesto de cuánto le costaría cumplir su deseo; nos despedimos y me puse manos a la obra.

Primero me empapé del tema. Emi me mandó unos links con videos chikan; casi todos guardaban el mismo argumento: una chica violentada sexualmente dentro del metro, pero después ella es quien buscaba a los perpetradores por más, ya que le quedó gustando… Al parecer querían normalizar el hecho de “déjate violentar, te gustará”. También los había, en menor medida, al revés, chicas que violentaban a pasajeros, en su mayoría hombres mayores; y varios más dentro de trenes y buses; al parecer, el acoso y el sexo dentro del transporte público es un cliché para los japos.

Es que los japoneses tienen una desconexión absoluta entre fantasía y realidad; ellos separan de forma tajante la conducta pública (tatemae) de los deseos privados (honne). En la vida real, Japón es una cultura hiperregulada, donde el orden, el respeto al espacio ajeno, la cortesía extrema y la represión de los impulsos individuales son obligatorios para que el sistema funcione. Por eso el porno para ellos es una válvula de escape de presión psicológica. Cuanto más rígida y controlada es la norma social en el día a día, más extremo, caótico e incorrecto es el contenido de la fantasía en la intimidad. Por eso el porno y el hentai no busca reflejar cómo actúan, sino precisamente lo contrario: representar lo que está absolutamente prohibido y es impensable hacer en la realidad.

Lo anterior fue algo denso, pero necesitaba saber por qué tanto pulpo y tentáculos, jeje… Prosigo.

Lo más difícil era el vagón de metro. Tuve dos opciones: o recrear uno fabricándolo, o la opción que, por serendipia, me llegó. Buscaba algo fuera de este caso y leí en un sitio que en una planta de desguace había unos carros de metro que los vendían por partes; me comuniqué con la desarmaduría y partí raudo. Al llegar, el encargado se lamentó diciéndome que solo quedaba un trozo de carro, la parte final; medía unos tres metros de ancho por cuatro de largo, tenía una hilera de asientos a cada lado, una puerta, un tubo pasamanos y manillas de sujeción colgantes, no tenía vidrios. ¡Era perfecto!, me dije, así que lo compré y días después lo llevaron al estudio.

Conseguir los tipos era lo más fácil; millones querrían saborear a una hermosa y joven japonesa como Emi, y hasta pagarían por ello; sin embargo, preferimos a profesionales, al menos en su mayoría. Hay muchos escorts hombres, así que decidimos ir por ese lado. Le pregunté por la edad de su preferencia y me dijo sin rodeos: “¿En un carro de metro hay variadas edades, ¿no?”, comprendí. Decidimos también la cantidad: cinco; por presupuesto, y más que nada por cuando ella fantaseaba con los cinco consoladores. “Si me queda gustando, vamos por más”, me dijo riendo. Spoiler: fue por más.

Hice una selección de tres escort hombres y dos fuera de ese grupo para la variedad; este asunto de cumplir deseos funciona como esa película de la cadena de favores; todos mis clientes se comprometían a participar de algún otro deseo si así lo querían; en este caso llamé a dos conocidos: Don Fermín, el anciano, y Luis, el chofer bajito de la señora Camila.

Los tres escort iban de los veinte a los treinta y tantos años; muchos me rechazaron por lo de las fotos, pero a estos tres les daba lo mismo, siempre y cuando les pagaran una comisión; además, les mentí, no les dije que era para cumplir un deseo, les dije que era para un “demo reel” para una empresa porno japonesa y debía mandar un video, algo así inventé.

Dentro de los escort tuve la suerte de encontrar a un asiático, un coreano; hubiese preferido a un japonés, pero al menos a mí me daba lo mismo, los veo a todos iguales.

Una salvedad: Emi no sabía cómo eran los cinco; los conocería el día de la filmación, ya saben: “los desconocidos”.

Y llegó el día.

El estudio estaba increíble; el carro de metro daba la pantalla gigante LED donde se proyectaba un recorrido. Le había preguntado a Emi qué estaciones de metro solía recorrer y puse una cámara en la ventana de un vagón para filmar todo el trayecto y proyectarlo en la pantalla; además, puse parlantes que simulaban el sonido del metro en movimiento y, a lo lejos, un ventilador, en velocidad muy lenta, delante de un foco que proyectaba un haz de luz estrecho hacia el carro, y daba el efecto de movimiento cuando las aspas del ventilador tapaban y revelaban el haz del foco… Los detalles hacen la perfección.

Emi, luego de cambiarse, estaba como sacada de un anime: Vestía el traje típico de colegiala japo, ese atuendo “sailor fuku”: blusa blanca de manga corta con un distintivo cuello marinero azul con dos finas rayas blancas a lo largo del borde. Un pañuelo azul marino atado cuidadosamente al cuello. El pañuelo tiene una banda blanca donde se ata. La parte inferior: una minifalda plisada azul marino oscuro, calcetas azules oscuras y zapatos negros tipo mocasín.

Ella estaba nerviosa, no, más bien ansiosa. Entró al vagón y sonreía al ver las estaciones que le eran muy conocidas pasar en la pantalla; sus ojos brillaban; mi primer pago estaba hecho; ver la cara de felicidad de alguien me motiva.

Los desconocidos estaban en otra habitación, esperando mi llamado. Habíamos coordinado todo lo máximo que se pudiera; la idea es que follar no sea una coreografía, pero algunos detalles de cómo iba a suceder cada cosa se hablaron por adelantado; dejé en claro que no habría violencia extrema, forcejeo sí, pero nada de golpes… Bueno, una que otra nalgada no es mala, pero más allá de eso, no.

Por lo general, guio las acciones; esta vez no, solo me dedicaría a registrarlo todo. Mi voz no iba a entorpecer la fantasía; ella no quería fotos, quería un video, su propia peli porno, así que puse mi cámara en modo filmación 4K, Shutter Speed, por si había que extraer capturas. Y comenzó:

Emi se puso de pie, apoyando su mano en una manija colgante, mirando hacia la ventana del vagón cuando llamé a los desconocidos y se pusieron tras ella, rodeándola; dos vestían trajes de oficinistas, otro, jeans y polera; Luis, en bajito, vestía de escolar y el don Fermín, pues de “don Fermín”.

Emi, cuando sintió los cinco desconocidos tras ella, mordió su dedo índice, ávida; Don Fermín, el anciano, comenzaría las acciones, se puso tras ella poniendo su pelvis contra el culo de Emi, como esa vez en la vida real donde ella no hizo nada, ella miró hacia atrás y se movió más adelante, como escapando, él se acercó y presionó su pelvis más fuerte contra ella, ella miró hacia abajo, como fingiendo incomodidad mientras el anciano presionaba más, ella trató de alejarlo de sí con su mano, pero él la tomó de la cadera, ella trató de zafarse, oponiendo resistencia, pero los otros cuatro comenzaron a manosearla.

Las manos de los desconocidos la recorrían completa, tocando sobre su ropa sus pechos, su vientre, apretando su culo, sobando sus muslos; ella fingía incomodidad con tan buen acting que pensé en parar al verla angustiada, pero no, una media sonrisa delató que era parte de su juego; los toqueteos se intensificaron; abrieron su camisa y dos metieron sus manos dentro del sostén de Emi tocando sus tetas, otro metió su mano dentro de su falda y comenzaba a acariciar su vagina dentro del calzón, el otro seguía apretando su culo mientras el anciano besaba su cuello.

Emi estaba extasiada siendo toqueteada, sentías los dedos dentro de su húmeda vagina, las palmas estrujando su culo, los dedos pellizcando sus pezones y la humedad en su cuello; el que agarraba su culo metió su mano dentro del calzón y comenzó a presionar su ano, solo un toqueteo, sin penetrar, el anciano sacó su pene y obligó a la mano de Emi a tocarlo, agarrarlo, pajearlo. El que tenía el dedo en su culo hizo lo mismo con su otra mano, ella movía la cabeza, como negando, pero estaba extasiada siendo penetrada por dedos, estrujada por manos y pajeando a dos hombres.

Luego, dos tipos la levantaron desde sus muslos, abriendo sus piernas y levantando su minifalda, otro, arrancó sus calzones dejando ver su rosada y depilada vagina. Luis comenzó a lamerle la vagina y succionar su clítoris mientras el anciano y el coreano chupaban sus rosados pezones. Ella negaba con la cabeza, pero sus ojos cerrados y sus labios apretados decían que el placer era intenso.

Luego la bajaron, la pusieron de rodillas en el piso y los cinco la rodearon, con sus penes fuera de sus pantalones y, la obligaron a pajearlos, ella se negaba, pero ellos insistieron, poniendo sus manos en sus penes, ella los pajeaba, mirando hacia un lado, pero uno volteó su cabeza para que mirara; mientras pajeaba a tres, dos se posicionaron a su lado y pusieron sus penes sobre la cara de Emi, presionándolos en sus mejillas, en la comisura de su boca. Ella movía la cabeza, negándose.

No todo era silencio; de vez en vez, un “qué rica eres”, “qué lindas tetas”, “qué buen culo tienes”, “eso, pajea con fuerza” y un “no, por favor” de Emi rompían la monotonía del sonido del metro andando y el contacto de la piel con la piel.

El anciano, que estaba al lado izquierdo, tomó la cabeza de Emi y la volteó hacia su pene y se lo metió dentro de su boca. Ella comenzó a lamerlo efusivamente. El otro, al lado derecho, hizo lo mismo, y ella no dejaba de dar profundas mamadas, los tres del frente no quisieron ser menos y voltearon la cabeza de Emi hacia sí; ella tenía dos penes en cada mano, y mientras se metía, de uno en uno, los tres penes frente a ella; a veces de a dos, y en cierto momento casi los tres, no cupieron del todo en su boca pequeña.

El más fornido la levantó, y la puso contra el tubo pasamanos, levantó su minifalda y la penetró por detrás. Emi gimió; otros dos tocaban sus tetas, otro la besaba y el otro soltaba una de sus manos del tubo pasamanos y la obligaba a pajearlo, Emi daba intensos gemidos nasales con cada estocada. Su rostro era de excitación máxima, contagiaba, que ganas de sumarme, pero ya saben: Soy un profesional.

Luego el anciano se sentó en un asiento, y obligaron a Emi a sentarse en el pene de don Fermín; ella a esas alturas ya estaba desnuda, solo tenía su corbata bow en el cuello, medias y zapatos. Ella, dándole la espalda al anciano, se sentó en su pene y comenzó a menearse de arriba abajo y dando movimientos circulares mientras le daba profundas mamadas a dos tipos frente a ella y pajeaba a los dos que estaban a su lado; luego, el anciano la agarró de las tetas y la empujó hacia sí.

Dos la levantaron, abrieron sus piernas y ensartaron su culo en el pene del anciano. Ella gimió con fuerza. El anciano tomó sus muslos y la subía y bajaba, mientras dos chupaban cada uno de sus pezones. Otro subió al asiento y obligaba a Emi a lamerle el pene y el último metía sus cuatro dedos en la vagina de Emi, estimulando su clítoris con el pulgar.

Luego, el que estimulaba su clítoris se puso frente a ella y penetró su vagina; ella sentía el choque de esos dos vergazos dentro de ella, la dureza y el calor de cada pene en sus manos, y el gran pene de un muchacho dentro de su boca, tal como lo había fantaseado tantas veces, y se vino por primera vez.

Luego, el anciano se recostó en el asiento, y obligaron a Emi a sentarse en él, y mientras su vagina era penetrada, otro se puso detrás de ella metiendo su enorme pene dentro del dilatado ano de Emi. Un tipo a cada lado lo obligaba a pajearlos, mientras Luis, frente a ella, empujaba su cabeza contra su pene.

Luego, en una contorsión que no supe del todo cómo la lograron, el anciano y otro tipo en el piso, glúteo con glúteo, sentaron a Emi en sus penes, mientras ella tenía esos dos penes dentro de su ano. Los otros tres desconocidos golpeaban la cara de Emi con sus largas vergas; se escuchaba como cachetadas. Ella dejó su acting de sometida y sonrió levemente, pero volvió pronto a su personaje; y se metía los penes a la boca, agarrándolos con frenesí; uno, luego dos y, tras mucho esfuerzo, los tres.

Luego, de pie, levantaron a Emi entre dos, uno por delante levantándola desde los muslos, penetrando su vagina, y el de detrás, como un sándwich, la penetraba por su ano; ella gemía con cada estocada, sintiendo su interior, literalmente, lleno de carne. Besaba apasionadamente al tipo del frente mientras el de atrás lamía su cuello y los otros tres tocaban sus pechos; se vino por segunda vez.

Luego, el anciano la acostó de espaldas en el asiento, poniendo las piernas de Emi en sus hombros y penetrándola con fuerza por el ano, mientras los demás se masturbaban cerca de la cara de Emi, que, una vez más, negó con la cabeza con acting de reticencia. Luego, ellos fueron eyaculando sobre Emi: primero uno, detrás de ella, cubriendo su frente, ojo izquierdo y nariz con abundante semen viscoso y semitransparente; luego, otro, acabó en el labio inferior de su boca, y el semen escurría por su cuello y colgaba como péndulo en su barbilla; luego, los otros dos, a la vez, eyacularon en su cara y boca, que al principio estaba cerrada y luego abierta.

El semen brillaba en sus labios y se escurría dentro de su boca; y por toda su cara escurría con un glutinoso y blanquecino líquido.

El anciano, que no paraba de penetrar con fuerza su ano, se despegó y raudamente se puso de pie, agarrando su pene y soltando una gran cantidad de semen dentro de la boca de Emi. Ella sacó parte de él con su lengua y otra porción lo tragó, quedando recostada en el asiento con las piernas abiertas, cubierta de semen y acariciando suavemente su clítoris, jadeando.

Me acerqué para tomar imagen en primer plano de su cara brillante y repleta de semen y ella sonriendo dijo — soy una puta — haciendo globitos mientras pronunciaba la oración.

Me dieron ganas de decirle, al verla tan satisfecha: “No, no lo eres, solo eres alguien que no se reprime ni tiene miedo de alcanzar lo que realmente quiere, y eso te hace grande”, pero no me iba a poner a filosofar con una japonesa a la que se la acaban de follar cinco desconocidos.

—¡Corte! —dije—. Perfecto, son unos profesionales — Mientras me alejaba, escuchaba el aplauso de los cinco desconocidos. Yo había estado en filmaciones de comerciales y cuando el director decía que se había hecho la última toma, surgía un aplauso espontáneo, pero nunca lo imaginé en una filmación porno.

Mientras me dirigía hacia mi escritorio, miré de reojo y Emi aún yacía en el asiento, y se sobaba la cara llena de semen.

Mucho más tarde, Emi se deshizo en agradecimiento antes de irse; ver su cara irradiando felicidad por, al fin, haber hecho realidad su fantasía me alegró, pero me inquietó.

Al final de la jornada, ya cuando todos se habían ido, con un cigarrillo en la mano y un vaso de cerveza en la otra pensaba en los clientes que habían venido, es sus deseos, en sus fantasías, y en que pediría yo si conociera a alguien que hiciera mi trabajo; no tengo grandes fantasías que amerite contratarme, a pesar de que me dedico a esto soy muy vergonzoso, y no me gusta los juegos de roles, ni nada raro en la cama, soy bastante aburrido en ese sentido: bajo, hago el trabajo y me limpio. —¿Estaré mal si no tengo nada que pedir? —pensaba…

¿Y tú qué le pedirías al fotógrafo de los deseos?

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