2020. Fiestas de fin de año

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Afuera, la pandemia había convertido a la ciudad en un paisaje fantasmal, pero dentro de este departamento, el calor era sofocante de una manera completamente distinta. Me siento un semental cada vez que ella esta desnuda frente a mí.

Johana era la hija de Cristina. La hija de la ex pareja con quien, apenas nueve meses atrás, había compartido una noche de excesos junto a Jessica, su amiga lesbiana que curiosamente disfrutaba tanto de los hombres como de las mujeres cuando se trataba de juegos de tres. Pero eso fue antes. Antes de que todo se fuera al carajo.

Cierro los ojos y puedo ver la escena: marzo de 2020, esa semana previa al caos mundial. Cristina, con su piel aceitunada y esos rizos negros azabache que olían a vainilla y sexo, arqueándose sobre mí mientras Jessica, tatuada y voluptuosa, la penetraba con los dedos desde atrás. Eran las tres de la mañana, el sudor, el whisky, el olor a sexo sin forro ni remordimientos. Habíamos caído exhaustos sobre la cama king-size, una masa de cuerpos entrelazados, desnudos, expuestos. Y entonces ella apareció.

Johana entro, buscando a su madre, y nos encontró así: dormidos, desnudos, con Jessica todavía medio montada sobre Cristina y yo pegado a ellas, la polla aún húmeda y flácida sobre mi muslo. Recuerdo haber abierto los ojos confundido, ver la figura de Johana enmarcada en la puerta, su silueta contra la luz del pasillo. No dijo nada. Solo sus ojos negros, idénticos a los de su madre pero cargados de una furia distinta, una mezcla de asco y… ¿algo más?

Se fue esa misma noche, a la casa de sus abuelos. Y durante los primeros noventa días de encierro obligatorio, cuando el mundo se detuvo, el trío y la pareja estallaron por los aires. Fue un desenlace escandaloso, de gritos, de celos exacerbados por parte de Cristina que no entendía por qué de pronto yo quería soledad. No podía explicarle que su hija me había mirado de una manera que me había hecho sentir expuesto, vulnerable y extrañamente excitado.

Los mensajes de Johana comenzaron a los tres meses. Primero furiosos, reprochándome lo que había visto, llamándome degenerado, hijo de puta. Pero la furia fue mutando. Los mensajes se volvieron más largos, más personales. Me hablaba de su soledad en casa de los abuelos, de cómo odiaba la promiscuidad de su madre, de cómo ella era diferente, más “seria”, más “selectiva”. Me pedía que cortara con Cristina pero que la “salvara” de ese estilo de vida.

Y yo, veterano de mil batallas, caí. Acepté verla, al aire libre en una plaza, cada uno con su termo y mate, barbijos, distancia de dos metros que rápidamente se evaporó cuando ella se quitó la bufanda y vi que llevaba puesto un escote que dejaba ver la misma piel caramelo que su madre, pero más tensa, más joven, más firme. Diecinueve años. Legal. Peligrosa.

—No quiero que vuelvas con mama —dijo, mientras subía el cierre de su campera hasta ocultar todo. Sus labios eran gruesos, moriscos, idénticos a los de Cristina, pero sin el cinismo acumulado de los años.

—No voy a volver —respondí, y mi voz sonó ronca, ajena.

Y, aunque todo era red flag, nos fuimos a mi departamento. Esa misma tarde. Hoy estamos en noviembre, llevo 5 meses casi sin respiro con una bomba sexual, con una intensidad que me avergüenza admitir supera todo lo que viví con Cristina y Jessica juntas. Es diferente. Salvaje. Obsesiva.

Esta noche, por ejemplo, la tengo contra el espejo del vestidor. Sus piernas envuelven mi cintura, sus uñas se clavan en mi espalda. Es más morena que su madre, más compacta, con un culo redondo y perfecto que contrasta violentamente con la blancura de mi piel cansada de 51 años.

—Más duro —susurra, y su aliento huele a menta y tabaco ilegal—. Cogéme como nunca le cogiste a la puta de mi vieja.

Y lo hago. La penetro desde atrás, viendo su reflejo en el espejo, esos ojos negros que me miran con una mezcla de venganza y deseo. Es un sexo cargado de electricidad incestuosa aunque no haya sangre compartida entre nosotros. Soy su papi del corazón, el ex de la madre, ahora convertido en el amante secreto de la hija.

Johana es celosa, posesiva. No soporta que mencione a Cristina, aunque, en la oscuridad, me pide que le cuente detalles de aquella noche de marzo. Quiere saberlo todo. Cómo gemía su madre, qué posiciones usábamos, dónde acabé. Y mientras le susurro esas verdades, ella se masturba frenéticamente, o me obliga a penetrarla justo en el momento más explícito de la confesión.

—Decime que soy mejor —exige ahora, arqueándose contra mí, su concha apretada y húmeda tragándome hasta la raíz—. Dime que soy más estrecha, más caliente.

—Sos mejor —miento, o tal vez digo la verdad, mientras la embisto con fuerza, sintiendo cómo sus músculos internos se contraen alrededor de mi pija—. Sos la mejor, Johana. La puta más deliciosa.

Ella ríe, gutural, y se gira para besarme con una lengua insistente que sabe a pecado. Jessica aparece en mi mente un segundo. Su cuerpo tatuado, sus pechos pesados, la manera en que lamía el clítoris de Cristina mientras yo la penetraba por detrás. Pero se desvanece rápidamente ante la realidad tangible de Johana, de su piel más suave, de su entrega más desesperada.

—Voy a acabar adentro — le digo

—Sí, papi —gime ella, y la palabra me electriza, me empuja al borde.

Acabamos juntos, violentamente. Yo llenándola de mi leche caliente, ella contrayéndose alrededor de mí en espasmos que parecen no terminar nunca. Nos desplomamos sobre la alfombra, jadeantes, mirando el techo.

—Mi mama me llamó hoy —dice Johana después de un rato, trazando círculos en mi pecho con su dedo índice—. Quiere que pase las fiestas con ella.

— ¿Y qué le dijiste?

—Que estaba ocupada. —Sonríe, maliciosa—. Que había conocido a alguien. Alguien mayor. Alguien que me hacía sentir… especial.

Me incorporo sobre un codo y la miro. Está hermosa con el pelo revuelto, los labios hinchados, mis marcas de mordiscos en sus pechos pequeños y perfectos. Es un espejo distorsionado de Cristina, pero más puro en su perversidad, más auténtico en su lujuria.

—Esto se va a terminar mal, Johana —digo, aunque mi cuerpo ya se prepara para la segunda ronda, sintiendo cómo la sangre regresa a mi entrepierna.

—Todo terminó mal en marzo, hijo de puta —responde ella, montándose sobre mí, guiando mi polla semierecta hacia su entrada todavía húmeda de mi semilla—. Ahora estamos en noviembre. Y quiero que me rompas toda, hasta que olvide que alguna vez te vi con ella y la zorra de su amiga.

Y así lo hago. La tomo de las caderas, la levanto y la estrello contra mí, viendo cómo sus ojos se ponen en blanco de placer. 5 meses de esto. 5 meses de sexo que borra fronteras, que anula moralidades, que convierte este año en una locura, a pesar de la pandemia que nos encierra juntos.

Más tarde, cuando ella duerme envuelta en mis brazos, pienso en lo lejos que hemos llegado desde esa noche de marzo. Desde el trío desenfrenado con la madre y la amiga, hasta esta obsesión clandestina con la hija. Pienso en Cristina, probablemente despierta en algún lugar de la ciudad, ignorante de que su hija está en mi cama, tomando mi pija con más lujuria de la que ella jamás mostró.

Johana se mueve en sueños, apretándose contra mí, y siento que vuelvo a endurecerme. No hay respiro con ella. No hay saciedad. Solo este deseo que creció de la furia, del rechazo, de la mirada que nos cruzamos aquella madrugada de marzo cuando ella nos encontró, desnudos y expuestos, y algo en sus ojos dijo que ella también quería ser parte de eso, aunque entonces no lo supiera.

Ahora lo sabe. Y yo también. Un mes después, ya diciembre sigue la historia como cada día. Johana se pone de rodillas frente a mí, en el medio del living, con la única iluminación proveniente de las luces navideñas. Su piel caramelo brilla con un ligero vello de sudor, producto del calor que teníamos puesto a tope. Lleva puesta solo una camiseta vieja mía, blanca, que se había convertido en transparente contra la luz, dejando ver la oscuridad de sus pezones erectos.

—Quiero que me mires —dijo, y su voz tenía ese timbre ronco que había desarrollado desde que nos veíamos a escondidas—. Quiero que veas exactamente lo que te estás cogiendo.

Se levantó la camiseta lentamente, revelando su torso compacto y juvenil. Sus tetas perfectas, más pequeñas que los de su madre pero infinitamente más firmes, con aureolas de un marrón oscuro casi negro que se fruncían en picos duros y exigentes. Se pellizcó los pezones con las yemas de los dedos, gemiendo teatralmente y hablando en tercera persona.

—Me contaron que en marzo te encontraron con la mama de Johana y Jessica —recordó —. ¿Estaban en bolas? ¿Te gustaba eso?

Asentí, mi mano ya masajeando mi pija, sintiendo cómo crecía bajo mi propio tacto mientras la veía.

—Mostrame qué les hiciste. Quiero ver la pija que se cogió a esas viejas degeneradas.

Johana jadeó, una inhalación aguda que la hizo temblar y volvió a hablar en primera persona

—Más grande que hace un rato, papi —susurró, y entonces se arrastró hacia mí sobre sus rodillas, como una felina, su culo redondo y perfecto.

Cuando llegó a mi altura, no usó las manos. Solo abrió la boca y envolvió la punta de mi polla con sus labios gruesos y carnosos. El calor húmedo de su boca me hizo arquear la espalda, mis dedos enterrándose en sus rizos negros azabache. Johana no succionó suavemente como hacía Cristina, con esa técnica calculada de mujer experimentada. No. Ella devoró con hambre adolescente, tomando más de la cuenta, atragantándose deliberadamente para producir ese sonido obsceno, húmedo, de garganta forzada que me volvía loco.

—Uff, Johana —gemí, viendo cómo sus mejillas se hundían por la succión, cómo su lengua giraba alrededor del glande con una urgencia desesperada.

Se apartó un segundo, saliva brillando en su barbilla, y me miró con los ojos llorosos pero sonriendo.

—¿Así la chupa mami? —preguntó, y antes de que pudiera responder, volvió a tragarme hasta la base, su nariz tocando mi vello púbico, manteniéndome allí, asfixiándose a propósito, contrayendo su garganta alrededor de mi eje.

La agarré por el pelo y la saqué, la miré a los ojos mientras ella jadeaba, desesperada por aire, su boca abierta y roja.

—No —gruñí—. Tu madre chupaba como puta profesional. Tú chupas como puta desesperada. Y eso me pone más duro.

Sonrió con satisfacción y se levantó de un salto. Su cuerpo de diecinueve años era una obra de arte. Se giró, mostrándome su espalda, y se inclinó, agarrándose las rodillas, ofreciéndome la visión de su ano oscuro y apretado y su vagina goteando. Le escena se repetía con el mismo leiv motiv:

—Cogéme como nunca la cogiste a ella —suplicó, mirándome por encima del hombro—. Rómpeme, Jorge. Soy tu regalo de Papa Noel y Reyes, soy tu puta.

Me levanté y me acerqué. Con una mano agarré su cadera y con la otra guie mi pija, frotando la punta arriba y abajo por su hendidura, mojándome en sus fluidos. Estaba empapada, caliente como un horno, y cuando finalmente empujé hacia adentro, ambos gemimos en unísono.

—Dios, qué estrecha —gruñí, entrando centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes internas me succionaban, me resistían, se adaptaban a mi grosor.

—Más —gritó ella—. Todo. Métemela toda.

La penetré de una estocada profunda, hasta el fondo, nuestros cuerpos chocando con un sonido seco. Johana gritó y empecé a moverme con fuerza, sin piedad, sacando casi hasta la punta y volviendo a enterrarme con violencia controlada.

—Así… así… —repetía ella, sus manos agarrando el borde de la mesa de centro para estabilizarse mientras yo la embestía desde atrás—. Más duro, viejo puto.

El sonido del choque llenaba el apartamento. Rítmico y obsceno. Mis manos se aferraban a sus nalgas morenas, separándolas para ver mejor cómo mi pija desaparecía dentro de ella, brillante de su humedad, desapareciendo entre esos labios hinchados.

—Tócame las tetas —ordenó, jadeante—. Pellízcame los pezones y acabo.

Y seguía obedeciendo, masajeando esos pequeños montículos firmes, tirando de sus pezones oscuros, sintiendo cómo ella se estremecía. Su mano bajó entre sus piernas, encontrando su clítoris, frotándolo frenéticamente mientras seguía montándome.

—Mírame —exigí—. Mírame mientras te lleno.

—Sí, sí, papi, por favor, estoy acabando

Yo no paré. Seguí a través de su orgasmo, sintiendo esos músculos internos masajeando mi polla, empujándome al borde. Y cuando ella estaba en el pico, yo también exploté, empujando hasta el fondo, presionando contra su cuello uterino, descargando chorros calientes de semen dentro de ella, una, dos, tres contracciones dolorosas que me vaciaron por completo.

Nos quedamos así, jadeando, unidos por el sudor y mi leche que ya empezaba a derramarse entre nosotros.

—Eso —dijo ella finalmente, con una sonrisa satisfecha—. Eso es lo que quería desde marzo. Cada día me calentas mas, viejo puto.

Más tarde, en la cama, recordamos aquella noche mientras nuestras manos vagaban por los cuerpos agotados.

—Cuando entré y los vi —dijo Johana, trazando círculos en mi pecho—. Tú estabas sobre mi madre, ¿verdad? Y Jessica… Jessica estaba…

—Estaba entre las piernas de tu madre —completé el recuerdo—. Lamiéndola. Mientras yo la penetraba.

Johana se incorporó sobre un codo, sus ojos brillando en la oscuridad.

—Volve a contarme, papi —susurró, y su mano bajó para agarrarme, empezando a masturbarme lentamente— mientras yo te la chupo (mismo leiv motiv)

Le describí la noche de marzo con todo lujo de detalles mientras ella me tomaba en su boca entre pausa y pausa de mi narración. Le conté cómo Cristina, su madre, se había arrodillado frente a mí en la alfombra multicolor de su casa, cómo había tomado mi pija con esas manos de uñas largas y rojas, cómo la había metido en su boca experta, haciendo ese truco con la lengua en el frenillo que la hacía única.

—¿Y Jessi? —preguntó Joana, interrumpiendo su propia succion—. ¿Qué hacía la zorra?

—Estaba detrás de tu mama —recordé, mi voz ronca por la excitación—. Con un arnés, rompiéndole el orto, mientras tu madre me chupaba.

Johana gimió contra mi muslo. —Y luego —continué, cerrando los ojos, viendo la escena—. Jessica se acostó en el sofá, y tu madre se montó sobre su cara. Jessica la lamía, profundo, mientras yo me ponía detrás y se la metía por el culo. Estaba tan caliente, tan abierta…

—¿Doble penetración? —preguntó Johana, casi sin aliento.

—No. Jessica tenía el arnés puesto. Pero yo la tenía en el culo y ella gemía como loca, cabalgando la cara de Jessica, mientras yo la embestía por detrás.

Johana se subió sobre mí —Yo también quiero eso —dijo, bajándose sobre mí, tomándome completa en su interior—. Quiero que rompas el orto, una y mil veces.

—Hacelo, por Dios, Papi, de nuevo —dijo, mirándome por encima del hombro—Quiero sentirte en todas partes.

Me puse detrás de ella, hasta que pude introducir primero un dedo, luego dos, sintiendo ese calor diferente, más intenso, más prohibido.

Empujé lentamente, sintiendo la resistencia, viendo cómo ella se abría para mí, cómo mi glande desaparecía dentro de ese oscuro placer.

—Toda —pidió ella, la voz ahogada—. Metémela toda. Quiero sentirte hasta el fondo, como siempre.

La penetré completamente, nuestros cuerpos unidos en la unión más íntima, más prohibida. Empecé a moverme, primero lento, luego más rápido, cada embestida haciendo que sus nalgas morenas rebotaran contra mí.

—Eres perfecta. Eres mi puta perfecta.

—Sí, sí, tuya —repetía ella, una y otra vez—. Solo tuya, papi, mientras caían lágrimas en su rostro.

Y exploté, profundo dentro de ella, chorros de leche caliente llenándola, marcándola por dentro, posesión total y absoluta mientras ella se masturbaba frenéticamente y se acababa por enésima vez, su ojete contrayéndose alrededor de mí, exprimiendo cada gota.

—Felices Fiestas, papi —susurró Johana, y se quedó dormida en mis brazos, satisfecha, poseída, y completamente mía.

Al menos por ahora, mientras el mundo se muere afuera, yo resucito dentro de ella, una y otra vez, hasta que el amanecer nos encuentre exhaustos, culpables, y completamente vivos.

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