2023 Marzo. La nieta traviesa

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T. Lectura: 10 min.

El trabajo institucional tiene esas ironías que nadie te advierte cuando firmas el contrato. Ahí estaba yo, Jorge, a mis cincuenta y cuatro años, profesional de la gestión y administración institucional, músico de noche, docente universitario, divorciado; con la misión de “desarrollar dispositivos de contención” en un programa de extensión para la diversidad sexual que crecía exponencialmente en los barrios periféricos.

Empecé en agosto de 2022 y mi oficina era una casilla elevada dentro de un galpón adaptado y reconvertido en centro cultural. El gobierno local había decidido que se necesitaba “organizar” al colectivo LGTBQ+ antes de que se organizaran solos. Esa era la lógica de la burocracia: contener lo incontenible.

Fue allí donde conocí a Alma. Ella tenía 50 años, piel tersa y suave, una MILF de mente curtida por la vida, tatuajes que contaban historias en sus brazos, y una mirada que había visto demasiado como para sorprenderse por nada. Activista de derechos humanos, capacitadora en Educación Sexual Integral, y según confesó una tarde de lluvia mientras tomábamos mate en mi escritorio, ex trabajadora sexual que había dejado la profesión más vieja del mundo para dedicarse a “cobijar”, como ella decía, a los excluidos del sistema.

—Yo no juzgo, Jorge —me dijo esa primera vez, encendiendo un cigarrillo a pesar de la prohibición—. Porque al final somos personas, somos humanos, ¿entendés? Gente espectacular y gente de la otra. Pero acá, en este espacio, somos todas personas.

Y así, me presentó a su familia elegida. Había chicos y chicas de todas las edades e identidades, pero Alma tenía ojos para Rosy, de la que hablaba con la ternura que trasciende la sangre. En julio de 2022 (antes que yo llegara) se fue a cuidar a su madre enferma, y según escuche, venía después del carnaval.

—Es mi nieta del alma —me dijo mostrándome una foto en el celular—. Tiene 21, es trans, y es la persona más hermosa que vas a conocer. Natural, ¿viste? Natural en su cuerpo, natural en su actitud.

Las fotos y videos mostraban a una joven de rasgos andinos suavizados por la feminidad, pelo largo y oscuro, sonrisa despreocupada, vos cantarina y muy femenina.

Ya era febrero y Rosy apareció físicamente en el espacio y ahí entendí lo que Alma quería decir con “natural”. Rosy llegó el jueves, después del miércoles de ceniza, vestida con unos jeans ajustados y una remera blanca que dejaba ver el ombligo. Se movía con esa seguridad que solo tienen quienes han transitado un camino difícil y han salido airosos del otro lado.

—Vos debés ser Jorge —dijo extendiendo la mano—. Mi Abu me habló de vos. Dice que sos de los pocos funcionarios que no son hijos de puta y espero no seas machirulo.

Me reí. Su mano era pequeña, firme, con uñas pintadas de un violeta intenso.

—Le agradezco a tu Abu la referencia —respondí—. Aunque no sé si es un cumplido o una condena a medias.

Y ese torbellino, empezó a venir todos los días a ayudar en lo que fuera necesario. Organizaba el archivo, preparaba mates, diseñaba flyers para los eventos en su celular con una habilidad que yo no podía ni imaginar.

Hablamos de música. Resultó que le gustaba el rock nacional de mi época, los clásicos que yo tocaba en las barras los fines de semana con mi banda de medio pelo.

—Tenés que venir a vernos tocar alguna vez —le dije una tarde mientras ella doblaba panfletos informativos sobre prevención de VIH.

—Me gustaría —respondió sin levantar la vista, pero sonriendo—. Pero primero tenés que venir vos a verme a mí.

Levanté una ceja. Ella dejó los panfletos y me miró directamente.

—El miércoles 8 de marzo, está la marcha por el día de la mujer —explicó—. y el sábado después hacemos la Maricoteka. Es como una fiesta, pero diferente. Vos, como activo del espacio, tenés que estar.

—¿La Maricoteka? —repetí probando el nombre en mi boca.

—Es un festejo —aclaró Rosy—. De lo que somos. De lo que elegimos ser. Y después… —dudó un segundo y levanto sus brazos como diciendo no se sabe.

La previa del 8 de marzo fue caótica. Organizamos jornadas de capacitación masiva sobre todo en lo relativo a seguridad, panfleteadas, el merchandaising, la banderas, la cartelería y “la mistica” Alma estuvo en todo, dirigiendo con la voz ronca de quien ha gritado demasiado en su vida. Rosy coordinaba a las chicas más jóvenes, asegurándose de que nadie quedara afuera, de que todos los cuerpos fueran respetados y de la seguridad. El día de la marcha no fui por disposición de la Organización, “es un espacio para las mujeres y el colectivo no para los varones cisgénero” (repetían).

Donde manda capitán, no manda marinero. Así que me dedique a esperar y con un grupo de voluntarios dejamos todo acomodado y en su lugar para cuando volvieran, esperando con una vianda y organizando la logística para el retorno con seguridad a los respectivos domicilios.

Al otro día, llegue tarde. Tipo 13.00 horas. Cuando llegue Alma se dirigía a unas 30 personas.

—Buen día o buenas tardes, señor Jorge. Parece que alguien termino tarde ayer (risas generales), les decía: nuestra participación en la marcha de ayer estuvo espectacular, nos felicitó la comisión organizadora por nuestra visibilidad, orden y creatividad. Ah (señalándome) y muchas gracias por ayudarnos a lograrlo en tan poco tiempo, éramos un corso a contramano, hasta que llegaste —dijo Alma a los gritos mientras todos los presentes se reían y para mi sorpresa abrazos, aplausos y agradecimiento.

—Te lo decimos en serio, aunque no estuviste físicamente tu trabajo se notó y mucho – Otra andanada de aplausos

—Recorda que el sábado es la Maricoteka. Tenes que venir, Jorge. Varon Cis. De verdad. Es importante. – (y se escuchaba el griterío Que vaya, que vaya)

Después de semejante demostración, no podía decir no.

La Maricoteka se realizó en un espacio cultural alternativo más grande. Era un galpón enorme, con paredes de ladrillo a la vista, luces de colores colgando del techo, y un escenario improvisado donde DJs y bandas alternaban durante la noche. Lo que vi y escuche me sorprendió.

Cuando llegué, ya pasada la medianoche, la fiesta estaba en su punto álgido. Cuerpos bailaban en todas las configuraciones posibles. Había gente de todas las edades, aunque predominaban los jóvenes. El ambiente era de liberación genuina, no de performance. Estos eran cuerpos que habían sido negados, medicalizados, violentados, y que ahora reclamaban su derecho a existir plenamente.

Alma me encontró en la barra. Vestía una camisa roja abierta sobre un top negro, pantalones de cuero, botas. Parecía otra persona que la activista y estaba para tirarse a la pileta de esa MILF, aunque muriera en el intento.

—Te estaba esperando —dijo tomando mi mano—. Rosy también.

Me llevó hacia el fondo del galpón, donde había una zona más tranquila con sillones viejos y mesas bajas. Rosy estaba allí, sentada en el borde de un sofá de terciopelo verde, conversando con un grupo de chicas que se dispersaron cuando nos vieron llegar.

—Llegaste —dijo Rosy, y su voz tenía una profundidad que no había notado antes.

—Me dijeron que era importante —respondí, sintiéndome de pronto torpe, demasiado grande, demasiado cisgénero, demasiado funcionario.

—Es importante —confirmó Alma, sentándose junto a su nieta—. Porque acá, en este espacio, somos libres. Y porque vos, Jorge, sos de los nuestros. Aunque todavía no lo sepas. (Pensé muchas cosas juntas)

Rosy se levantó. Se acercó a mí despacio, con esa naturalidad que Alma había destacado. Su cuerpo se movía bajo la luz tenue con una gracia que me dejó sin aliento. Estaba vestida con una mini de jean y una musculosa blanca que marcaba sus formas. Llevaba el pelo suelto, maquillaje sutil que resaltaba sus ojos oscuros.

—¿Bailamos? —preguntó extendiendo la mano.

No recuerdo la música, solo recuerdo su cuerpo contra el mío, sus caderas moviéndose con libertad, sus manos en mi cuello, mi mano en su cintura. Rosy olía a algo dulce, vainilla tal vez, mezclado con el sudor de la noche y su propio perfume corporal.

Alma nos observaba desde el sofá, fumando, sonriendo. Cuando la canción terminó, Rosy tomó mi mano y me llevó hacia ella.

—La Abu y yo hablamos —dijo Rosy, sentándose en el regazo de Alma con una naturalidad que me dejó atónito—. Te queremos invitar a algo. Pero tiene que ser acá, ahora, en este lugar. Porque después se acaba la magia.

Alma acarició el pelo de Rosy con una ternura que no excluía el deseo.

—Jorge —dijo Alma—, vos sos un tipazo. Un hombre que escucha. Que no juzga. Y eso es raro en alguien de tu posición, de tu edad, de tu… mundo.

—Queremos darte algo —continuó Rosy, girándose para mirarme desde los brazos de su abuela—. Queremos que seas parte de nosotras, esta noche. De lo que somos. Sin compromisos, sin futuro, solo este momento.

Mi corazón latía con fuerza. A mis cincuenta y cuatro años, después de tanto trajín, de idas y vueltas, de relaciones desvanecidas, esta oferta era simultáneamente aterradora e irresistible.

—No sé si… —empecé a decir.

—No hables —interrumpió Rosy, poniendo un dedo sobre mis labios—. Solo sentí. Solo dejate llevar.

Alma se levantó del sofá. Tomó mi mano con una firmeza que no admitía discusión. Rosy tomó la otra. Me llevaron hacia una puerta al fondo del galpón, una puerta que yo no había notado, marcada con un letrero que decía “Sala de Descanso – Privado”.

Antes de entrar, el personal de seguridad nos saludó con deferencia y atención.

El cuarto era pequeño, con una cama de dos plazas cubierta con una frazada de colores, algunas velas encendidas en repisas, y una ventana que daba a un patio interior oscuro. Olía a incienso y a algo más, algo animal y humano.

Alma cerró la puerta. El ruido de la fiesta se redujo a un murmullo lejano.

—Acá estamos seguras —dijo Alma—. Acá somos nosotras. Y vos, si querés, podés ser parte.

Rosy se acercó a mí. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, cada poro de su piel suave.

—¿Querés? —preguntó en voz baja, casi un susurro.

No respondí con palabras. La tomé de la cintura y la atraje hacia mí. Nuestros labios se encontraron con una urgencia que me sorprendió. Rosy besaba con una mezcla de inocencia y experiencia que me volvía loco, su lengua explorando mi boca con curiosidad y entrega.

Alma se acercó por detrás. Sentí sus manos en mi espalda, desabrochando mi camisa, acariciando mi piel. Su boca encontró mi cuello, mordisqueando, lamiendo, mientras Rosy seguía devorando mi boca.

—Despacio —murmuró Alma—. Tenemos toda la noche. Queremos que sientas todo.

Me quitaron la ropa entre las dos. Rosy se encargó de mi camisa, besando cada centímetro de pecho que iba descubriendo. Alma bajó mis pantalones, sus manos firmes en mis caderas. Cuando quedé desnudo, me sentaron en el borde de la cama.

Rosy se apartó un momento. Se quitó la musculosa por la cabeza, revelando un corpiño de encaje negro que sostenía sus tetas pequeñas y firmes. Se bajó la mini, quedando solo en corpiño y tanga. Su cuerpo era esbelto, con caderas definidas, piernas largas, y entre ellas (ya se imaginan), solo diré que rivalizaba con el mío.

Alma se arrodilló frente a mí. Me tomó en su boca con una habilidad que solo da la experiencia, su lengua girando, succionando, mientras sus manos acariciaban mis muslos. Cerré los ojos, dejándome llevar por la sensación, pero Rosy me obligó a abrirlos y me decía: “No tengas miedo, soy pasiva con los hombres y activa con las mujeres y si son MILF mejor”. Alma solo miraba complaciente, chupando y chupando.

—Mirá —dijo, arrodillándose junto a Alma—. Mirá lo que somos.

Y vi. Vi a estas dos mujeres, tan diferentes y tan unidas, compartiendo mi cuerpo con una generosidad que me hacía sentir a la vez utilizado y reverenciado. Alma succionaba con ritmo lento, profundo, mientras Rosy lamía la base, sus manos jugando con mis testículos, sus ojos clavados en los míos.

Cuando estaba al borde, Alma se detuvo. Se levantó y se desvistió con movimientos deliberados. Su cuerpo de 50 años era un mapa de la vida: cicatrices, estrías, tatuajes, celulitis y sorprendentemente brillante. Se acostó en la cama, abriendo las piernas, mostrándose.

—Vos con ella primero —dijo Alma, indicando a Rosy—. Yo quiero ver. Quiero ver a mi nieta disfrutar.

Rosy se levantó. Su cuerpo era una obra de arte en transición: la suavidad femenina combinada con la estructura ósea masculina que aún persistía en caderas y hombros, una combinación perfecta, única, irresistible.

Se acostó sobre Alma, besándola con una pasión que trascendía cualquier vínculo convencional. Vi cómo sus lenguas se enredaban, cómo las manos de Alma recorrían la espalda de Rosy, cómo las caderas de Rosy se movían contra el vientre de su abuela.

—Vení —dijo Rosy, girándose para mirarme—. Vení a estar con nosotras.

Me acerqué. Me tendí sobre ellas, mi cuerpo más grande cubriendo los dos, mis manos tocando piel por todas partes. Besé a Rosy, luego a Alma, luego de nuevo a Rosy, perdiéndome en el sabor de sus bocas, en la textura de sus pieles.

Rosy me guió hacia ella. Entré despacio, sintiendo su calidez, su estrechez, su aceptación, su culo trabajado. Gimió contra mi cuello, sus uñas clavándose en mi espalda. Alma nos observaba desde abajo, sus manos entre las piernas de Rosy, tocándola donde yo la penetraba y chupando su humanidad, creando una sensación que hacía a Rosy temblar sin control.

—Así —murmuraba Alma—. Así, mi amor. Sentílo. Sentí todo.

El ritmo se estableció naturalmente. Rosy se movía contra mí, encontrando su propio placer, mientras Alma nos sostenía, nos guiaba, nos bendecía con sus manos y su mirada. En un momento, Alma se deslizó desde abajo, emergiendo a mi lado, y me besó profundamente mientras seguía moviéndome dentro de Rosy.

—Ahora yo —dijo Alma, y su voz era una orden suave—. Quiero sentirte también.

Salí de Rosy con reluctancia. Alma me empujó suavemente hacia abajo, hacia ella. La penetré con más facilidad, su cuerpo experimentado abriéndose para recibirme, sus piernas envolviendo mi cintura, empujándome más profundo.

Rosy no se quedó al margen. Se posicionó sobre Alma, a horcajadas sobre su cara, ofreciéndose a la boca de su abu, un instrumento colosal mientras yo la penetraba desde abajo. El trío encontró un ritmo perfecto, una sincronía que parecía coreografiada por años de intimidad compartida.

Las manos de Rosy se posaron en mis hombros. Sus ojos, medio cerrados de placer, se encontraron con los míos. En esa mirada hubo un reconocimiento, una conexión que trascendía el sexo. Era la mirada de alguien que había encontrado su verdad y la compartía generosamente.

Acto seguido, Alma comienza a lamer ese culito hermoso que ya había penetrado, las vibraciones de su voz aumentando el placer de la joven. Yo estaba perdido, moviéndome entre ellas, sintiendo la diferencia de sus cuerpos, la complementariedad de sus deseos.

—Venite —dijo Rosy de pronto, bajando de Alma, girándose—. Quiero sentirte acá.

Se puso a cuatro patas, ofreciéndose. Alma se acomodó debajo de ella, tomando sus pechos en la boca, una mano entre las piernas de Rosy. Me posicioné detrás, entrando nuevamente, esta vez con un ángulo diferente, más profundo, más intenso.

Rosy gritó. No de dolor, sino de liberación, de placer acumulado que finalmente encontraba salida y penetro a su Abu. Sus gritos se mezclaban con los gemidos de Alma y con mis propios gruñidos de esfuerzo y delicia, mientras la penetraba con fuerza de manera acompasada con mi empuje.

El ritmo se aceleró. Perdimos la delicadeza, abandonados a la urgencia del momento. Rosy se empujaba contra mí, reclamando más, siempre más. Alma salió de debajo de ella y se arrodilló a mi lado, sus manos en mis nalgas, empujándome, guiándome, posesionándose de mi cuerpo tanto como yo me posesionaba de las ellas.

—Dale —susurraba Alma—. Dale todo. Que se sienta amada. Que se sienta deseada.

Y así fue. Con un último empujón profundo, sentí a Rosy contraerse a mi alrededor, su orgasmo llegando en oleadas que la hacían temblar violentamente, que le arrancaban gemidos ahogados, que la dejaban sin aliento. Alma la sostenía, la besaba, la acariciaba y la chupaba, mientras yo seguía moviéndome, prolongando su placer hasta que no pude más.

Cuando me retiré, Alma me tomó en su boca nuevamente, llevándome al borde con su experiencia, hasta que exploté en su garganta, un orgasmo que parecía arrancarme de adentro, que me dejaba vacío y completo simultáneamente.

Rosy se desplomó sobre la cama, jadeando. Alma se tendió a su lado, acariciándole el pelo dándole un exquisito beso blanco. Yo me dejé caer al otro lado, mi cuerpo pesado, mi mente en estado zen.

Ninguno habló durante largos minutos. El sonido de nuestra respiración volvía acompasarse. Afuera, la fiesta continuaba, pero en esa habitación había un silencio sagrado.

Fue Rosy quien rompió el hechizo.

—Gracias —dijo, volviéndose para mirarme—. Gracias por vernos. Por verme.

—Gracias a vos —respondí, mi voz ronca—. A las dos.

Alma sonrió. Era una sonrisa cansada, satisfecha, maternal y erótica a la vez.

—Esto es la Maricoteka —dijo—. Esto es lo que somos. Lo que podemos ser cuando nos dejan.

Nos vestimos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de quienes han compartido algo genuino, algo que no necesita explicaciones ni promesas.

Cuando salimos de la habitación, la fiesta empezaba a disminuir. Eran casi las seis de la mañana. En la barra, alguien preparaba café. Rosy fue a buscar tres tazas.

—Nos vemos el lunes —dijo Alma, acomodandose la camisa roja—. En el trabajo. Todo sigue igual.

Todo seguía igual, y nada volvería a ser igual.

Rosy regresó con el café. Nos sentamos los tres en el sofá de terciopelo verde, ahora vacío, observando cómo la gente se despedía, cómo la noche terminaba, cómo la vida seguía.

—Vení a tocar un día —dijo Rosy de pronto—. Quiero escucharte tocar pero en la próxima Maricoteka.

—Vendrán las dos —aclaré.

—Las dos —confirmó Alma, tomando mi mano un segundo antes de soltarla.

Salieron juntas, abrazadas, dos siluetas contra la luz gris del amanecer porteño. Me quedé un rato más, terminando mi café, sintiendo el peso de la noche en mi cuerpo, la huella de sus manos en mi piel.

Marzo de 2023. La gestión institucional me había llevado a organizar colectivos LGTBQ+. Allí conocí a Alma, activista, ex trabajadora sexual, cobijadora de excluidos. Y a Rosy, su nieta del alma, preciosa trans de veintiún años, natural en su cuerpo y su actitud.

Una sola noche. Una noche que no se repetiría, que no necesitaba repetirse. Una noche que existía completa en sí misma, como un regalo del universo, como una demostración que todavía, a mis cincuenta y cuatro años, podía ser sorprendido, podía aprender, podía ser tocado en lo más profundo.

La Maricoteka. El lugar donde los cuerpos prohibidos celebraban su existencia. Y donde yo, por una noche, había sido bendecido con la oportunidad de celebrar junto a ellos.

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