Fugaz en la casa

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Hacía poco que convivían, el fuego todavía estaba. En realidad, se incendiaban constantemente. No paraban. En la era de las comunicaciones, si estaban lejos se decían qué se harían más tarde, o se mandaban fotos, o videos. Y a la distancia, aparecían erecciones en él o ella se humedecía y se relamía los labios.

Era un día como cualquier otro. Él trabajaba y ella no. Se despertó algo excitada. Eran las diez de la mañana y quería a su varón al lado. No estaba tan lejos, trabajaba a solo dos cuadras, pero quería sentirlo, saciarlo, sentir su satisfacción entre sus piernas. Ella sabía que no iba a ser difícil lograr una foto, un video, o algunas palabras que le permitan autosatisfacerse.

-Estoy sola en la cama y no tengo a nadie al lado. Estoy caliente.

-Ufff. ¿De qué tenés ganas?

-De que me la metas

-¡La puta madre! No puedo amor, estoy trabajando.

Decidió no contestar. Tenía una notebook a su disposición y videos por doquier. No iba a ser difícil encontrar algo para masturbarse y llegar al orgasmo. Él se lo perdía.

Se lavó los dientes, se quedó solo con una remera de él puesta y encaró para la cocina. Se preparó un té, se puso a calentar una tostada y volvió al baño.

Cuando salió, él la estaba esperando. Ella se sorprendió y notó cómo se humedeció aún más. Le comió la boca de un beso. Se besaron, se mordieron, se tocaron, se gimieron al oído. Él tenía ropa de trabajo, ella solo una remera que le quedaba gigante.

La tocó, sintió su humedad, la penetró con uno de sus dedos. Ella estaba excitada, gemía, respiraba fuerte, no se podía controlar. Estaba pasando lo que ella tenía ganas desde que se despertó. Le sacó la remera, la dejó completamente desnuda.

La dio vuelta, apoyó sus tetas contra la pared, y apoyaba su pija en completo estado de erección en sus nalgas. Él se fue abriendo el cinturón mientras la besaba, le mordía los hombros, la espalda. Estaban los dos completamente excitados. Querían ese momento, esa penetración.

Su miembro completamente al desnudo. Ella lo sintió y simplemente le dijo: ¡Cogeme!

Y le hizo caso. No entró directamente. Ya se conocían. Sabían que en el primer embate había una mínima resistencia y un mínimo dolor de ella, volvía para atrás y la volvió a penetrar. Y ahí sí, ella se sentía llena por dentro. Era lo que quería, era lo que anhelaba. No quería un orgasmo, no quería más placer que disfrutar de ese momento. Quería su leche, quería su semen adentro suyo. Quería sentir cómo eyaculaba.

Él aminoró la marcha, no quería que todo sea tan rápido, pero ella no tenía ganas de que eso pasara. Así que se movió se penetró a ella misma.

-Estoy por acabar, esperá.

-No, quiero que acabes, lléname de leche.

Aceleró con toda su energía.

-Cogeme, cogeme fuerte. – le pedía ella.

Y la llenó de leche, tuvo su orgasmo pero siguió moviéndose. Se sentían ambos felices. Habían disfrutado. Él la abrazaba desde atrás, como siempre hacía: con todo su cuerpo. Ella todavía lo sentía adentro y además abrazada, se sentía amada, protegida, cuidada, deseada.

Se separaron, la dio vuelta, se besaron. Se dijeron cuánto se amaban y él tuvo que volver al trabajo.

Entre que entró a la casa y se fue no pasaron ni diez minutos. Pero ellos tenían ganas de eso, vivir su sexualidad constantemente, como se les ocurriera.

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