Tres, un número perfecto

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—¡No sabes las ganas que tengo, guapa! —exclamó Andrés mientras descargaba las maletas del maletero del auto.

Llegamos al mediodía a la cabaña familiar ubicada en Pichilemu, ese paraíso del surf a 210 kilómetros al sur de Santiago. Habíamos planeado estos días para desconectar por completo de la ciudad, de los correos electrónicos y de la rutina asfixiante. Un refugio perfecto para relajarnos en el sentido más primario y carnal de la palabra.

Y tenía toda la razón. Apenas cruzamos el umbral de la habitación, la tensión acumulada estalló. Andrés me tomó por la cintura con esa urgencia que ya le conocía, deslizando sus manos bajo mi polera para masajear mis pechos con avidez, exprimiéndolos como si fueran fruta madura.

—Es justo lo que necesito para relajarme —me susurró al oído con voz ronca—. Ya sabes que tus tetas son mi debilidad, mi puta fruta favorita.

Mientras hablaba, soltó el cinturón de su pantalón y bajó la cremallera con un movimiento brusco. No me dio tiempo a reaccionar: con un tirón experto hizo volar mi ropa por los aires, dejándome completamente desnuda frente a él. Sentí su aliento agitado en mi nuca mientras su polla palpitante buscaba desesperadamente el calor entre mis piernas, rozando mi entrada con impaciencia.

Las ganas eran demasiado urgentes. De un salto, me monté sobre la mesa de diario, abriendo las piernas de par en par hasta quedar a la altura perfecta de su cintura. Mi vagina ya chorreaba, empapada de deseo, los fluidos brotando sin control por mis muslos. Su verga erecta y venosa parecía tener vida propia, luchando por encontrar mi entrada para embestirme sin piedad, ganándose cada centímetro de mi interior húmedo y ansioso.

—Fóllame, Andrés. Fóllame como la puta que soy —gemí.

Entró y salió de mi cuerpo con fuerza descomunal, cada embestida más profunda que la anterior. Mis gemidos resonaban en la habitación, alentándolo a darme más duro, más rápido, sin misericordia. Sentí cómo sus bolas golpeaban contra mi culo, el sonido húmedo de nuestras carnes chocando llenando la estancia. Cuando sentí que explotaba dentro de mí, inundando mi útero con su leche caliente y espesa, su polla se contrajo una y otra vez, expulsando todo el semen acumulado. El calor de su semilla desencadenó mi propio orgasmo: intenso, prolongado, haciéndome convulsionar sobre la madera de la mesa.

Después de una breve siesta reparadora, nos duchamos juntos, enjabonándonos con manos traviesas, y nos preparamos para salir a comer.

Pichilemu estaba colapsado. Miles de surfistas de todas partes del mundo invadían las calles arenosas con sus tablas sobre los hombros, buscando desesperadamente donde dormir, comer y beber. El campeonato mundial de surf había saturado cada rincón. No cabía un alma más en el pueblo.

Caminamos entre el gentío multicolor hasta dar con un pequeño bar donde apenas quedaba espacio en la barra. Con esfuerzo, ocupamos dos taburetes estrechos. Él pidió una jarra de cerveza espumante y yo una copa de vino blanco.

Estábamos conversando cuando irrumpió en el bar una rubia casi colorada, despeinada y desesperada. Se colocó justo detrás de nosotros, entre los dos, gritando por encima del bullicio:

—¡Oye, tú! ¡Listen to me! —Gritó al camarero—. Please, please, ¿tú saber dónde dormir tonight? —Hizo el gesto universal de dormir con las manos junto a la mejilla—. Caminar toda la mañana. No encontrar nada. Please.

El chico negó con la cabeza, ocupado en servir nuestros sándwiches.

—¡Shit! —Exclamaba ella una y otra vez, consultando su teléfono con desesperación—. Nothing at all, not even Airbnb. ¡Quedar botada otra noche! ¡Ni en la playa hay lugar!

Me miró buscando complicidad.

—Llevar tres días sin baño —dijo, haciendo una mueca—. ¡I need a bath! ¿Tú saber algo, please?

La observé por unos instantes. Estaba realmente angustiada, con ojeras de dormir a la intemperie.

—Yo te puedo ayudar, tengo un lugar —dije a viva voz.

Andrés se sobresaltó y me miró incrédulo, susurrándome al oído:

—¿Pero Fabiola, cómo se te ocurre?

—No es justo que duerma en la calle teniendo nosotros habitaciones de sobra —repliqué, vaciando mi tercera copa de vino—. Te doy alojamiento y un buen baño con ducha caliente.

La chica se volteó, asombrada. Sin perder un segundo, tomó su mochila y me agarró del brazo con fuerza.

—¿Let’s go?

Casi me arrastró entre la multitud mientras Andrés caminaba detrás con una sonrisa picarona. Algo turbio ya se cocía en su mente.

En el camino conversamos en un spanglish divertido. Se llamaba Elizabeth, tenía treinta años, era surfista profesional y psicóloga. Había dejado Estados Unidos a los veinticinco para recorrer el mundo con su tabla. No era convencionalmente hermosa, pero su estatura de casi 1.75 metros, su cabello rojizo, sus ojos color cielo y las pecas salpicadas en nariz y mejillas le daban un aire salvaje. Y ese cuerpo… Dios, ese cuerpo. La definición muscular del surf hacía que sus curvas fueran escultóricas: pechos grandes y firmes, caderas anchas, y un culo pronunciado que movía con naturalmente provocativa.

Andrés no podía apartar la mirada. Lo notaba babear disimuladamente, con los ojos clavados en aquellas voluptuosas sinuosidades que se marcaban bajo la ropa ajustada.

Al llegar a la cabaña, Elizabeth tomó del brazo a Andrés por un lado y a mí por el otro.

—Thank you, thank you —repetía sin cesar—. Deber agradecer simpatía ustedes.

Y de repente, sin aviso, besó a Andrés en los labios. Un beso húmedo, con lengua. Al segundo siguiente, hizo lo mismo conmigo. Su boca sabía a sal marina y cerveza. Nos quedamos petrificados un instante, para luego estallar en carcajadas.

Una vez dentro, Elizabeth se acomodó en el sillón mientras Andrés y yo ocupábamos el sofá. Pero él no podía estar quieto: sus manos traviesas buscaban incansable mis entrepiernas, hurgando bajo mi falda.

—No es necesario que duermas en el sillón —dije, apartando las manos de Andrés—. Tenemos habitaciones de sobra.

—Thank you. Querer dar baño —dijo riendo—. ¡I smell like a horse!

—Segunda puerta a la derecha —indiqué.

Mientras Elizabeth se bañaba, Andrés preparó unos tragos.

—¿Qué onda esta mina, Fabiola? —Dijo, agitando el hielo en su vaso—. Ahí va nuestro fin de semana tranquilo. Vaya panorama.

—No seas así —repliqué—. Estaba angustiada, lleva días durmiendo en la calle. Además, un día que nos portemos bien no va a pasar nada —le guiñé un ojo—. Un poco de empatía no te vende mal. Y ya tuvimos un buen desahogo esta tarde.

Pasados unos minutos, Elizabeth apareció en el salón. Llevaba una polera suelta de hombre y unos shorts diminutos que dejaban ver sus muslos tonificados. Cada paso que daba, sus pechos enormes bailaban de lado a lado, y a través de la tela fina se transparentaban las puntas de unos pezones rosados y erectos.

—¡Aquí estoy, renovada! —anunció, posando como modelo en la entrada.

—¿Quieres beber algo? —preguntó Andrés, tratando de disimular la erección que ya se le marcaba en los pantalones.

—¡Oh, yes! ¿Do you have beer?

—Eso es lo que menos falta —dijo Andrés, entregándole una botella helada.

Bebimos. Andrés tomó otra cerveza y yo iba por mi quinta copa de vino. La risa me brotaba fácil, el alcohol me había soltado las inhibiciones.

De pronto, Elizabeth sacó su celular.

—Amigos, ¿they have where to connect bluetooth? ¿Querer escuchar música?

Andrés, con un gesto de resignación, le indicó el equipo y le dio la clave.

—¡Falta ritmo aquí! —exclamó Elizabeth, subiendo el volumen hasta que la música retumbó en las paredes.

Se puso a bailar desinhibida, moviendo las caderas con una sensualidad natural. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, llamando la atención de Andrés, que no podía apartar la mirada de aquella exhibición carnal.

—¡Andrés, ven! ¡No seas tímido! —Grité, ya bastante ebria—. ¡No te hagas el tímido con nosotras!

Elizabeth se acercó y lo tomó de las manos para sacarlo a bailar.

—¡Lo que Andrés no resiste son tus tetas! —Exclamé, muerta de risa—. ¡No ves cómo está embelesado mirándolas!

—¿That’s true? —preguntó ella, insinuante, acercándose a él—. ¿Are you boobies do you like them?

Y sin ningún pudor, se quitó la polera de un tirón. Sus pechos cayeron pesados, enormes, perfectamente formados, con pezones rosados y duros como guijas, apuntando directo a la cara de Andrés.

—Come, touch —lo instó, tomándole las manos y llevándolas a sus senos—. They’re soft and warm.

Andrés buscó mi aprobación con la mirada. Le sonreí, dándole permiso tácito. Él apretó aquellas tetas con codicia, masajeándolas, hundiendo los dedos en aquella carne blanca y tersa.

—¡Yo también puedo estar con las tetas al aire! —grité, bajándome los breteles del vestido y dejándolo caer al suelo.

Quedé completamente desnuda, excitada, con la vagina ya húmeda por la situación.

Elizabeth se acercó a mí y comenzó a acariciar mis pechos más pequeños pero firmes, pellizcando mis pezones hasta que se endurecieron. Luego me besó, metiéndome la lengua hasta el fondo de la garganta en un beso húmedo y profundo.

—¡Oh my god, my friend! —Suspiró, separándose un momento—. ¡No querer elegir, fuck tonight!

Andrés, desesperado, se desnudó por completo y se sentó en el sofá, comenzando a masturbarse frenéticamente. Su polla estaba enorme, la cabeza morada y brillante, con una gota de presemen ya asomando en la punta.

Era una postal inolvidable: aquel hombre con su verga erecta como trofeo entre las manos, acariciándose de arriba abajo, tratando de contener la explosión.

—¡Más acción, chicas! —Gritó Andrés, con la voz ronca de excitación—. ¡Denme más! Vamos, ¿cuál de las dos será la puta afortunada de chupar mi verga y beberse hasta la última gota de mi leche?

Elizabeth y yo nos miramos. Estábamos tan borrachas que nos costaba mantener el equilibrio. Nos quitamos lo que nos quedaba de ropa, quedando las dos completamente desnudas, piel contra piel. Nos besamos de nuevo, frotando nuestros pechos, nuestras barrigas, nuestras vaginas húmedas.

Ella notó mi humedad y curiosa metió dos dedos en mi vagina, girándolos dentro de mí. Los sacó brillantes de mi lubricación y se los llevó a la boca, chupándolos con deleite.

—¡Let the party begin! —gritó, destemplada.

De un empujón me tiró al suelo, sobre la alfombra. Se montó encima de mí y comenzó a mordisquear mis pezones con ferocidad, mientras frotaba su vagina contra la mía, haciendo una tijera con fuerza, nuestros clítoris frotándose uno contra otro.

—¡Sí, así, puta! —gemí.

Cuando su lengua se enredó con la mía, sentí que las piernas me temblaban. El orgasmo se acercaba imparable. Ella aceleró el ritmo, frotándose contra mí con desesperación, hasta que exploté en un violento orgasmo que me hizo convulsionar.

Aún jadeante, la volteé. Abrí sus piernas de par en par y hundí mi cara en su vagina, oliendo su aroma salado y femenino. Comencé a lamer y succionar su clítoris hinchado, metiendo la lengua en su interior, saboreando sus jugos. Ella se retorcía, agarrándome del cabello, empujando mi cara contra su sexo.

Andrés nos observaba, masturbándose sin piedad. De pronto se levantó, se acercó a nosotras y soltó su carga sobre nuestros cuerpos desnudos. La leche caliente cayó sobre mis pechos, sobre el vientre de Elizabeth. Aproveché para agarrar su polla aún pulsante y metérmela en la boca, chupando con avidez, exprimiendo cada gota restante, saboreando su semen salado y espeso.

—¡Ésta sí es la mejor manera de bañar a un par de putas calientes! —exclamó Elizabeth, riéndose—. ¡What a joy!

Tirados sobre la alfombra, desnudos y sudorosos, bebimos otro trago. Elizabeth se acercó a mi oído y me susurró:

—¿Por qué no gozamos todos juntos?

—¿Los tres? —pregunté, envuelta en deseo.

—¡Of course, all three together! —exclamó ella—. Nada malo, muy bueno. Just enjoy.

Se levantó y se montó sobre el cuerpo de Andrés, guiando su polla erecta hacia su vagina. Lo cabalgó con maestría, subiendo y bajando, dejando que su verga desapareciera por completo dentro de ella. Los gemidos de Elizabeth llenaron la habitación.

Yo no podía quedarme atrás. Me acerqué por detrás de ella y comencé a acariciar su espalda, mordiendo su cuello, llegando hasta sus pechos colgantes para pellizcar sus duros pezones. Andrés, embriagado de lujuria, hundió su boca en aquellas tetas, succionando, mordiendo, dejando marcas rojas en su piel blanca.

De pronto, Andrés se levantó, haciendo que Elizabeth cayera de rodillas. La volteó bruscamente, dejando su culo redondo y perfecto expuesto.

—¡Ahora sí que empieza la fiesta! —Exclamó Andrés, con los ojos brillantes de lujuria—. I guess you understand what’s coming now. ¿Agree?

Ella asintió, jadeante, y cerró los ojos.

Andrés acarició sus caderas, luego sus nalgas, separándolas para dejar ver su ano rosado y apretado. Metió dos dedos en su vagina empapada, los lubricó bien, y los deslizó hasta su ano, preparándola para la embestida. Se colocó un condón, ubicó la punta de su polla en aquella entrada estrecha, y comenzó a penetrar lentamente.

Elizabeth gimió fuerte, no de dolor, sino de placer intenso, de esa mezcla de dolor y goce que la volvía loca.

Yo me posicioné frente a ella, abriendo mis piernas para ofrecerle mi vagina.

—My tongue is an expert. Better than a penis —dijo ella, jadeando.

Comenzó a lamer mi clítoris con destreza, mientras con los dedos entreabría mis labios, dándole espacio a su lengua que entraba y salía de mi vagina, jugueteando, penetrando, saboreando.

Andrés embestía su culo con más fuerza, viendo con deleite cómo Elizabeth me devoraba el sexo mientras él la penetraba analmente. El sonido de sus nalgas chocando contra sus muslos, los gemidos de ella vibrando contra mi clítoris, la vista de aquella verga entrando y saliendo de aquel culo perfecto…

—¡Ya no puedo más, me voy a correr! —gritó Andrés.

—¡Yo tampoco aguanto! —Grité, casi sin aliento—. ¡Pero espera, no te corras todavía!

Elizabeth se retorció, aprisionando mi clítoris con sus labios, succionando con fuerza. De pronto estalló en un orgasmo violento, tiritando espasmódicamente, con la lengua aún en mi vagina, lo que me llevó al límite.

—¡Ahora! —grité—. ¡Córrete, Andrés, córrete con toda tu alma!

Se sacó el condón a toda prisa y colocó su polla en mi boca abierta. Chupé con fuerza, succionando, hasta que explotó, eyaculando torrentes de semen caliente. La leche rebosó mi boca, escurriéndose por mis labios, cayendo sobre mis pechos. Tragué lo que pude, no queriendo desperdiciar ni una gota de aquel manjar.

Quedamos los tres rendidos, agitados, cubiertos de semen y sudor, sobre la alfombra. Nos abrazamos, formando un montón de carne satisfecha, y nos dormimos profundamente, entrelazados.

Al mediodía siguiente, entreabrimos los ojos. Elizabeth ya no estaba. Se había ido antes del amanecer, siguiendo las olas.

Sobre el pecho de Andrés había una nota escrita a mano:

“For the greatest fuck of my life.

Thank you, friends.

With love,

Elizabeth.”

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