Carlos y Ana pierden su virginidad

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T. Lectura: 3 min.

Aquellos tiempos eran muy distintos ahora. Un chico de 13 años sabe más que yo con 20. Me llamo Carlos, en aquel año 95, cumplí los 18 años. Mucho por aprender en todos los aspectos y en sexo ya ni os digo.

Mis padres me regalaron el carnet de conducir y después de un suspenso, ya tenía mi licencia de conducción. Mi padre tenía un Seat 127 y me lo prestaba para alguna salida a fiestas de pueblos cercanos o para salir los domingos. Ese sábado salí con Ana, era una chica de mi edad que no estaba mal. Pelo largo, piel blanquísima, unas tetas medianas y un culito que no destacaba mucho porque la faldita que llevaba no dejaba notar sus formas.

Fuimos al cine aquella tarde. En la butaca del cine amparados por la oscuridad, aprovechábamos a darnos un buen boca a boca y a meter mano. Empecé tocándole la pierna con la excusa de las palomitas. Ella me la quitaba, y me decía ¡no seas sobón! Me arrime un poco más a Ana y le acaricie el brazo hasta llegar a su teta.

La acaricie por encima de la tela y vi como Ana se revolvía las piernas en su asiento. La cosa marchaba bien. Empecé a besarla y a meter la mano por debajo del vestido. Escale y pude tocar su braguita. Era la primera vez que tocaba ese sitio tan especial. Mi rabo se calentó tanto que me dolía el contacto con el pantalón. Ana se ponía roja por la calentura. Imaginaos dos horas de película, calentándose el uno al otro. No me preguntéis de que era la película. Nosotros estábamos protagonizando nuestra propia película.

Salimos del cine cogidos de la mano, al lado del coche nos dimos un lotazo. Explore su boca y jugué con su lengua y le metí las manos por debajo de su falda, tocando su culito por encima de las bragas. Cambie la mano para su parte delantera y empecé a manosear las braguitas que estaban en contacto con su pubis. Noté el esponjoso pelo y por instinto bajé la mano hasta su raja. Que bien se sentía ese tacto.

Entramos al coche y seguimos besándonos. Ana me dijo, vamos a un sitio discreto, ¡arranca! Fuimos a un descampado donde las parejas iban a darse amor. Aparqué lejos de los otros coches que se veían llenos de vaho los cristales por el calor dentro de ellos.

Nos empezamos a besar, le subí la falda y pude ver sus piernas finas y esbeltas. Le desabroché el vestido que callo hasta su cintura, dejando un sostén rosa ante mi vista y unas tetas no del todo desarrolladas. Por instinto lance mis manos sobre sus tetas con delicadeza. Éramos un novato y una novata en el sexo. Yo había visto alguna revista porno y alguna película del destape lo único que sabía de las mujeres y Ana creo que peor que yo. Eran nuestros instintos atávicos de animales lo que mandaban y ordenaban que hacer.

Si habéis intentado hacer el amor en un SEAT127 sabréis que es incómodo. Me quité la camisa y Ana me tocaba mi pecho, me saqué el pantalón y mi calzón marcaba mi rabo. Le pregunté ¿Ana estás segura? ¿Quieres hacerlo? Ella me dijo, estoy ardiendo. Le baje las braguitas, ella ayudó elevando su culito. Se las baje hasta las rodillas. Delante de mí su vello púbico y más abajo su rosada rajita. Ella bajo un poco mi calzón y como un cohete salto mi rabo. Nunca había visto antes una pirula, dijo Ana. Con un dedo tocó mi capullo, que ya se movía automáticamente y yo di un gruñido.

Ella acaricio mis huevos. ¡Qué ricos se sienten! son muy suaves. Yo estaba que explotaba. Pusimos el asiento de copiloto lo más atrás posible. El respaldo hacia atrás. Salí del coche, abrí la puerta del acompañante y me acomode encima de Ana. Le desabroché con dificultad el sostén y las pocholitas quedaron en el aire. Rectas, la gravedad no podía con ellas. Eran más pequeñas que las que estaba acostumbrado a ver en las revistas eróticas. Pero eran reales. Las toque con curiosidad y suavemente. Vi como los pezones se cerraban y se ponían duros con mi tacto. Ana dio un suspiro.

El instinto me impulso a besarlos y empecé a mamar esas tetas jovencitas como si fueran a dar leche. Empecé a moverme sobre Ana buscando su entrada. Después de varios intentos fallidos conseguí colarme entre sus labios vaginales. Notaba una resistencia que no dejaba a mi pene entrar. Ana se quejaba, ah, ah, me duele. Le podía más la calentura que el dolor. Mi rabo era un ariete implacable, en una de las ocasiones que di una embestida, mi rabo rompió la membrana de la virginidad de Ana y entró de sopetón. Ella grito.

Unas lágrimas le corrían por la mejilla, yo estaba muy excitado y seguí bombeando con fuerza. Era una fuerza imparable. Le daba besos en la boca acompasados de una cadencia de meter y sacar. Vi como Ana empezaba a gemir y yo vi como un chorro de semen era catapultado de mis huevos, pasando por mi pene y llenando de mi semilla la vagina ex virginal de Ana. Ella en ese momento llegó al orgasmo y empezó a convulsionar y a echar liquido por la vagina.

Cuando me incorpore me asuste. Mi rabo estaba lleno de sangre y restos de semen. Ella tenía restos de sangre y semen saliendo de su vagina y resbalando por su pierna. Nos limpiamos como pudimos y quedamos un rato acurrucados disfrutando de los sentimientos que afloraban en nosotros.

Iniciamos el regreso a casa. Las cosas serán diferentes a partir de ahora. Nunca olvidaríamos nuestra primera vez. Una noche de sexo, amor e inocencia perdida.

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