Los neumáticos del auto crujieron contra la grava fina del acceso lateral del Hotel Boutique Nova, deteniéndose en un rincón donde la hiedra trepaba por los muros de piedra volcánica. El seguro de la puerta trasera saltó con un golpe seco. Bianca bajó del auto, sintiendo de inmediato el azote del aire frío de la noche en sus piernas descubiertas. Detrás de ella, el vehículo se alejó en silencio, dejándola frente a una pesada puerta de madera oscura equipada con un lector digital que parpadeaba con una luz azul cobalto. Al dar un paso al frente, el dispositivo emitió un pitido sutil, la luz cambió a verde y un chasquido metálico liberó la entrada.
Bianca empujó la madera, adentrándose en un pasillo envuelto en un silencio absoluto, donde una alfombra densa de color tabaco amortiguaba el sonido de sus tacones. El aroma a madera de cedro y sándalo flotaba en el ambiente, iluminado apenas por apliques de pared que proyectaban conos de luz difusa hacia el techo. Caminó con los dedos aferrados a las asas de su bolso, buscando el número de bronce en relieve hasta detenerse frente a la “Suite Ejecutiva 09”. Sostuvo la respiración, acomodó la caída de su abrigo y giró la manija.
La suite la recibió con la calidez de una chimenea encendida de fondo y una música de jazz ambiental tan baja que parecía un susurro. Sin embargo, el verdadero pulso del lugar provenía de las tres esquinas del techo, donde los pequeños lentes ópticos de las cámaras parpadeaban con un punto rojo constante y silencioso.
En el centro del salón, junto a una barra de mármol, un hombre observaba el lento vaivén del hielo dentro de su vaso de cristal. Vestía una camisa de lino gris con los puños ligeramente remangados y un pantalón de sastre oscuro que entallaba a la perfección con su estatura. Parecía rondar los cuarenta y tantos años; poseía una contextura atlética y robusta, visible en la amplitud de sus hombros y la firmeza de su postura. Una barba densa, cuidada al milímetro y salpicada por hilos grises en las sienes, enmarcaba unas facciones angulosas y una mirada profunda, acostumbrada a imponer presencia sin necesidad de alzar la voz.
Bianca se quedó inmóvil junto al umbral. Aquel rostro aparecía con frecuencia en las páginas de economía y las secciones de alta sociedad de los diarios: era Mauricio Vega, el poderoso productor de medios y esposo de la presentadora estrella de la televisión, Valeria Santoro.
Al notar su llegada, Mauricio no mostró sorpresa. Dejó el vaso sobre el mármol con un movimiento pausado, permitiendo que el cristal tintineara suavemente, y caminó hacia ella con paso firme y una sonrisa lánguida y hospitalaria. Su lenguaje corporal irradiaba la seguridad de un anfitrión acostumbrado a los eventos de gala.
—Buenas noches —dijo, deteniéndose a una distancia prudente. Su voz era un barítono profundo, modulado con una calma absoluta—. Pasa, por favor. Déjame ayudarte con el abrigo. La noche va a ser bastante larga y lo mejor es que te sientas cómoda desde ahora.
Bianca sintió que las piernas le pesaban. La cortesía de Mauricio, tan alejada del salvajismo morboso que imaginaba encontrar en el grupo, la descolocó por completo. Dio un paso tímido hacia el interior de la habitación, permitiendo que él se deslizara a su espalda con movimientos suaves y profesionales. Los dedos de Mauricio rozaron apenas la tela de su abrigo para deslizarlo de sus hombros; fue un contacto efímero, pero Bianca pudo percibir la calidez de sus manos y un aroma a tabaco dulce y colonia de diseñador que la envolvió de golpe.
Mauricio colgó el abrigo en un perchero de madera fina junto a la entrada y regresó a la barra de mármol.
—¿Te sirvo algo de tomar? —ofreció, señalando las botellas de cristal labrado—. Tengo un buen whisky, o si prefieres algo más suave, hay vino tinto. Ayuda a calmar los nervios, te lo aseguro.
Bianca se cruzó de brazos, frotándose los codos de forma inconsciente. El roce del encaje negro bajo el vestido le recordó el motivo por el cual estaba allí, expuesta ante las cámaras fijas del techo.
—Un poco de vino está bien, gracias —consiguió decir. Su voz sonó más baja de lo que pretendía, delatando el temblor en su pecho.
Mauricio asintió con una leve inclinación de cabeza. Tomó una copa de cristal largo y vertió el líquido oscuro con una parsimonia casi hipnótica. Parecía que el tiempo corría a un ritmo diferente para él; no había prisa, no había torpeza. Era un hombre acostumbrado a que las situaciones se desarrollaran bajo sus propias reglas.
Caminó hacia ella y le extendió la copa. Al recibirla, los dedos de ambos se rozaron durante un segundo. Bianca sostuvo la mirada oscura de Mauricio, buscando descifrar qué había detrás de esa fachada tan perfecta.
—Aceptaste el reto a ciegas, igual que yo —comentó Mauricio, dando un sorbo a su propio vaso mientras la estudiaba con una mezcla de curiosidad y picardía en los ojos—.
Es curioso cómo funciona este Círculo. Uno cree que lo ha visto todo en la vida, hasta que una puerta se abre y la realidad te sorprende de una manera… muy grata.
Bianca sostuvo la copa con ambas manos, sintiendo el cristal frío contra la palma de sus dedos. Dio un pequeño sorbo, dejando que el vino tinto le diera un destello de calor en la garganta antes de responder a su mirada.
—Para ser sincera… —comenzó Bianca, forzando una sonrisa que intentaba emular la compostura de él—, la sorpresa de ver nuestro código en la pantalla nos bloqueó por completo. El pánico del momento fue tan grande que entré a ciegas a este hotel.
Solo ahora, al decirlo en voz alta, una punzada de culpa e incredulidad la golpeó en retrospectiva. ¿Cómo diablos se le había pasado? Con un par de clics habría bastado para revisar el historial de videos del grupo y descubrir la identidad de la pareja 115. Qué estúpida había sido. Pero la duda sembró de inmediato una sospecha más fría: ¿A ella realmente se le había pasado, o acaso su esposo sí lo había revisado en secreto sin decirle nada?
Mauricio soltó una risa baja, un sonido sordo que vibró en su pecho y que reflejó una auténtica diversión.
—A todos nos pasa la primera vez, el Círculo sabe cómo infundir terror con esa ruleta —dijo él, acortando un paso de distancia de forma pausada—. Y ya que las cámaras nos exigen empezar a conocernos… ¿cómo te llamas?
—Soy Bianca —respondió ella.
—Un placer, Bianca. Yo soy Mauricio —se presentó, haciendo una leve inclinación con su vaso de whisky—. El miedo es una reacción natural, no te culpes. Aunque, en nuestro caso, entrar sin saber quiénes eran ustedes no fue un descuido. Mi esposa Valeria y yo tenemos una regla de oro desde que entramos al Círculo: jugar limpio. Jamás revisamos los historiales ni rastreamos códigos antes de una cita. Nos parece más interesante así.
Bianca lo miró con curiosidad, intrigada por la frialdad y el control con el que manejaban una situación tan extrema.
—¿Una regla? ¿Por qué? —preguntó ella, dando un paso sutil hacia una de las butacas de cuero de la suite.
Mauricio la siguió con la mirada, girando lentamente el hielo en su vaso.
—Porque nos gusta mantener el misterio —confesó con un tono de voz más bajo, impregnado de una picardía enigmática que le dio un vuelco al estómago de Bianca—.
Bianca se sentó con lentitud en la butaca, asimilando el peso de sus palabras. La seguridad de Mauricio, combinada con la revelación de que él y su esposa operaban bajo las mismas reglas, la envolvía en una red de tensión de la que cada vez era más difícil escapar.
Bianca cruzó las piernas con lentitud, cuidando que la línea de su vestido no subiera más de lo debido, aunque la mirada fija de Mauricio le hizo dudar de si ese esfuerzo servía de algo. El vino empezaba a hacer su efecto, aflojando la rigidez de sus hombros, pero la lucidez del peligro seguía intacta.
—Mantener el misterio… —repitió Bianca en un susurro, recorriendo con el dedo el borde de su copa—. Hablas de esto con una tranquilidad que asusta, Mauricio. Para mi esposo y para mí, ver nuestro código ahí arriba fue una pesadilla. Sentimos que nos arrojaban a un abismo. En cambio tú, pareces estar en la sala de tu casa.
Mauricio caminó hacia el mueble bar, dejó su vaso vacío y se giró apoyando ambas manos en el borde del mármol, inclinándose ligeramente hacia ella.
—No te confundas, Bianca —dijo con ese barítono pausado que parecía dominar el aire del cuarto—. El miedo está ahí. Sé perfectamente quiénes están detrás de esas luces rojas en el techo. Pero en los negocios, y en la vida, aprendes que cuando no puedes controlar las reglas del juego, lo único que te queda es controlar cómo reaccionas tú ante ellas. Si dejas que el pánico te maneje, el grupo te devora en cinco minutos.
Se apartó de la barra y avanzó con pasos felinos hasta detenerse a un par de metros de su butaca. Había una elegancia magnética en la forma en que se movía, una seguridad que a Bianca le resultaba tan intimidante como extrañamente atractiva.
—Además —continuó Mauricio, bajando la voz a un tono más íntimo, cargado de esa picardía enigmática que manejaba a la perfección—, el grupo premia a los que saben jugar. Míranos. Podríamos estar aquí encerrados con dos desconocidos hostiles, sufriendo cada minuto hasta el amanecer. Pero la puerta se abrió y te encontré a ti. Una mujer hermosa, que intenta ocultar su nerviosismo detrás de una copa de vino, pero que tiene una chispa en los ojos que me dice que no está aquí solo por obligación.
El cumplido, directo y envuelto en esa sofisticación de hombre de sociedad, golpeó el pecho de Bianca. Sintió un calor repentino en las mejillas. Recordó el encaje negro que llevaba oculto, la adrenalina que la había perseguido durante todo el día en su casa y la discusión de la noche anterior con Bruno. El contraste era brutal: mientras su matrimonio se resquebrajaba por la culpa, el esposo de la mujer más deseada del país la miraba como si ella fuera el único premio de la noche.
—¿Y qué se supone que espera el grupo que hagamos ahora? —preguntó Bianca, sosteniéndole la mirada, aunque el corazón le latía con una fuerza sorda en los oídos.
Mauricio esbozó esa sonrisa lánguida que tanto lo caracterizaba y dio un paso más, acortando la distancia física entre los dos. Se detuvo justo frente a ella, lo suficientemente cerca como para que Bianca percibiera la calidez de su presencia y el matiz profundo de su voz.
—El grupo es un espectador exigente, Bianca… Ellos quieren ver cómo dos extraños cruzan el límite, y no se van a conformar con que miremos el reloj hasta el amanecer —respondió Mauricio, bajando la voz con una sutileza impecable, desprovista de cualquier vulgaridad—
Pero las cámaras solo captan lo que nosotros les permitimos ver. La tensión, el ritmo y el momento exacto en que decidamos ceder a lo inevitable… eso nos pertenece a nosotros. Al final del día, el arte de este juego no está en cumplir una orden, sino en disfrutar el proceso de perder el control.
Hizo una pausa deliberada, dejando que el peso de sus palabras flotara en el aire de la suite, y luego extendió una mano con suavidad para invitarla a ponerse de pie.
—Así que, si te parece bien, dejemos que ellos esperen un poco mientras nosotros seguimos conversando. Dime, ¿qué es lo que más te asusta de estar aquí conmigo esta noche?…
A varios kilómetros de la suite del hotel, la madrugada se vivía de una forma completamente distinta.
Bruno permanecía inmóvil en medio del salón, intentando procesar las últimas palabras de Valeria Santoro. El impacto de tener frente a él a la presentadora de noticias más importante del país todavía le nublaba el juicio, pero fue ella quien rompió el silencio.
Valeria se puso de pie con calma. El suave movimiento hizo que la tela roja de su vestido reflejara la luz tenue del lugar mientras avanzaba hacia él con pasos firmes y silenciosos. No tenía prisa por acercarse; caminaba con la espalda recta y la seguridad de quien está acostumbrada a ser el centro de atención. Se detuvo a poco más de un metro de distancia y cruzó los brazos con tranquilidad. Su expresión mostraba confianza y una ligera sonrisa que dejaba ver un aire coqueto, pero también el carácter fuerte de una mujer que sabía exactamente lo que quería.
—¿Te vas a quedar ahí petrificado toda la noche, Bruno? —preguntó ella, clavando sus ojos oscuros en los de él con una intensidad casi profesional—. Llevas dos minutos sin mover un solo músculo. En mi profesión, un silencio tan largo suele significar que la otra persona está ocultando algo o que el miedo le ganó la partida. ¿Cuál de las dos es?
La pregunta, directa resonó en la estancia. Bruno sostuvo la mirada de la presentadora y se obligó a mantener la calma, pero por dentro sus pensamientos acababan de tomar otro rumbo.
«Con mi esposo tenemos una regla…», había dicho ella segundos antes.
Mauricio Vega.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Mientras él intentaba manejar la presencia imponente de Valeria, el hombre más poderoso de los medios de comunicación estaba con Bianca.
Los nudillos de Bruno se tensaron dentro de los bolsillos de su saco mientras el pulso le golpeaba en las sienes. Valeria seguía frente a él, con la cabeza ligeramente inclinada, observando cada gesto y cada parpadeo, esperando la respuesta de un hombre al que parecía considerar fácil de leer.
Bruno tragó saliva. Obligó a sus hombros a relajarse y dibujó una sonrisa tensa que intentó hacer pasar por confianza. No podía quebrarse. Si mostraba el pánico que le provocaba pensar en Bianca y Mauricio, Valeria tomaría la iniciativa por completo.
—Ninguna de las dos, Valeria —respondió Bruno, dando un paso corto hacia adelante para reducir la distancia entre ambos—. No hay miedo ni secretos. Solo estaba intentando entender con quién tengo delante. Después de todo, no todos los días uno termina encerrado con la mujer que marca la opinión pública del país. Tienes una presencia que intimida, y supongo que te gusta usarla para descolocar a los demás.
Valeria entrecerró los ojos. La frialdad de su expresión profesional dio paso a una sonrisa discreta, claramente divertida por el cambio de actitud de Bruno.
—Me gusta la gente que sabe reaccionar bajo presión, Bruno —dijo en un tono más bajo—. Porque la cortesía y la timidez desaparecen en cuanto el reloj empieza a correr. Y aquí adentro, tú y yo tenemos mucho de qué hablar antes de que amanezca.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Bruno sostuvo la mirada de Valeria, intentando descifrar qué había detrás de aquella seguridad que parecía inquebrantable. Ella tampoco apartó los ojos. Permanecía frente a él con absoluta calma, observando cada reacción, cada pequeño gesto que cruzaba su rostro.
El silencio se volvió pesado. No era incómodo, pero sí estaba cargado de una tensión difícil de ignorar. La sensación de estar siendo observados a través de las cámaras seguía presente, aunque por momentos parecía quedar relegada a un segundo plano.
Fue entonces cuando Bruno decidió dejar de actuar como un invitado fuera de lugar.
Sintió el calor que irradiaba la cercanía de Valeria y el suave aroma de su perfume, que parecía ocupar el espacio entre ambos. Sin apartar la vista de sus ojos oscuros, llevó las manos a los botones de su saco y comenzó a quitárselo con calma, dejando atrás parte de la rigidez que había mostrado desde que llegó.
Lo dobló con tranquilidad y lo dejó sobre el respaldo de una silla cercana, quedándose solo en camisa.
—No soy tímido, Valeria. Solo soy realista —dijo, regresando su atención por completo a ella, con una voz más firme y segura—. Pero tienes razón en algo. Aquí dentro la formalidad no sirve de nada, ninguno de los dos sabe cómo va a terminar esta noche. Estamos jugando con las mismas reglas.
Lejos de molestarse por el tono directo de Bruno, la seriedad de su expresión dio paso a una sonrisa sutil, casi divertida.
—Me alegra escuchar eso —respondió ella—. Detesto perder el tiempo con hombres que se asustan ante el primer reto. Si de verdad entiendes que aquí somos iguales, entonces sabes que no tenemos que fingir nada para quienes nos observan del otro lado.
Valeria lanzó una breve mirada hacia el lente de la cámara antes de regresar sus ojos a los de Bruno. Había algo desafiante en aquella mirada, como si estuviera esperando ver hasta dónde era capaz de llegar él.
—Ellos son impacientes, Bruno, y el reloj ya está corriendo —murmuró.
Entonces levantó una mano y la apoyó con suavidad sobre el pecho de él. Bajo la tela de la camisa podía sentir el ritmo acelerado de sus latidos.
Bruno sintió el calor de la mano de Valeria a través de la tela de su camisa. El contacto era firme, directo, y pudo notar perfectamente cómo ella registraba el ritmo acelerado de su corazón.
Con un movimiento pausado pero seguro, Bruno levantó la mano y rodeó la muñeca de Valeria, sosteniéndola con firmeza para detener el avance de sus dedos, pero sin llegar a apartarla de su pecho.
—Sé perfectamente que el tiempo corre, Valeria —dijo Bruno, manteniendo la voz baja y tranquila, con una seguridad que no había tenido desde que entró al departamento—. Pero si vamos a jugar, las reglas las ponemos los dos. No voy a dejar que manejes los hilos de esta noche como si esto fuera uno de tus programas de entrevistas.
Valeria se quedó estática, mirando la mano de Bruno sobre su muñeca. Lejos de retroceder o mostrar fastidio, sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y curiosidad. La resistencia de Bruno parecía gustarle más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Vaya… parece que al final sí tienes garras —murmuró ella, suavizando la tensión de su brazo pero sin apartar los ojos de los de él—. Eso hace que las cosas se pongan mucho más interesantes.
Valeria deslizó su muñeca con suavidad para soltarse de su agarre, pero no retrocedió. Se dio la vuelta despacio, caminando un par de pasos hacia el sofá de cuero negro, haciendo que la caída de su vestido rojo acompañara el movimiento de sus caderas de una forma pausada y segura. Se sentó en uno de los extremos, apoyando un brazo en el respaldo y mirándolo desde ahí con esa seriedad coqueta que dominaba toda la estancia.
—Ya pasamos las presentaciones y ya sabemos qué tablero estamos pisando —dijo ella, palmeando sutilmente el espacio libre a su lado—. Ven aquí y siéntate y hablemos de lo que de verdad vinimos a hacer aquí adentro.
Bruno dio un par de pasos cortos hacia el sofá, acortando la distancia sin quitarle los ojos de encima. El cuero negro crujió sutilmente cuando se sentó a una distancia prudente, lo suficientemente cerca como para mantener el tono íntimo de la conversación, pero sin entregar por completo su espacio personal. Apoyó los antebrazos sobre sus rodillas, entrelazando los dedos mientras miraba de reojo la luz roja que parpadeaba en el techo.
—Hablar de lo que vinimos a hacer… —repitió Bruno, regresando la vista hacia ella, con una seriedad limpia—. Suena bien en papel, Valeria. Pero los dos sabemos que en este grupo nadie viene por voluntad propia. Tú estás aquí por una razón, y yo por otra. Si vamos a dejar de actuar para los que nos miran, empecemos por ser honestos. ¿Qué es lo que busca una mujer como tú en un lugar donde todos entran obligados?
Valeria acomodó su postura en el respaldo, cruzando las piernas con una parsimonia que dejaba ver la seguridad con la que se movía en terrenos difíciles. Estudió los dedos entrelazados de Bruno y luego subió la mirada hacia su rostro, manteniendo esa fijeza analítica y sugerente.
—La misma palabra lo dice, Bruno: supervivencia —respondió ella, bajando el tono de voz a uno casi imperceptible para el micrófono ambiental—. Afuera, la gente cree que el poder y la fama te hacen intocable. El grupo te demuestra que, no importa cuántos ceros tenga tu cuenta o cuántas pantallas domines, un solo desliz te puede costar la vida entera. Mi esposo y yo entendimos eso hace mucho tiempo. Por eso jugamos bajo sus reglas.
Se inclinó ligeramente hacia el frente, reduciendo la distancia entre sus rostros de forma deliberada, permitiendo que la calidez de su respiración acortara el ambiente tenso que los rodeaba.
—Pero una cosa es cumplir con la obligación, y otra muy diferente es sufrir la noche —continuó en un susurro, con una sonrisa sutil que suavizó la frialdad de su rostro profesional—.
El público ya vio que no te achicas. Ahora quieren ver qué pasa cuando dos personas que lo tienen todo que perder deciden, por unas horas, olvidarse del mundo exterior.
Extendió su mano despacio, apoyando las yemas de sus dedos sobre la rodilla de Bruno, ejerciendo una presión sutil que le devolvió el pulso acelerado al cuerpo.
—Así que dime… ¿qué es lo que te da tanto miedo dejar atrás por unas horas? ¿Tu esposa?
El nombre de Bianca flotando en el aire fue como un golpe directo a la mandíbula. Bruno sintió que los músculos de la espalda se le tensaban de inmediato, pero se obligó a no apartar la mirada ni a quitar la mano de Valeria de su rodilla. Sabía que cualquier movimiento brusco delataría el vuelco que acababa de dar su estómago.
—No es miedo, Valeria —respondió Bruno, forzando a que su voz sonara con una calma absoluta, casi fría—. Es respeto. A la realidad que tengo afuera. Pero tienes razón en algo: aquí adentro el mundo exterior no puede ayudarte.
Bruno estiró el brazo y, esta vez de forma mucho más pausada, deslizó la mano por el brazo de Valeria, subiendo desde su muñeca hasta detenerse cerca de su hombro, sintiendo la suave textura de la piel de la presentadora.
Fue un movimiento seguro, rompiendo esa distancia que ella misma había acortado al inclinarse hacia él.
—Me preguntas qué me da miedo dejar atrás —continuó, fijando sus ojos en los de ella con una seriedad sugerente—. Pero la que está midiendo cada palabra como si estuviera cuidando su reputación frente a la pantalla eres tú. Hablas de supervivencia y de cumplir con el grupo, pero sigues manteniendo una distancia segura detrás de ese papel de mujer intocable.
Valeria detuvo la respiración por un breve segundo al sentir el contacto de la mano de Bruno en su hombro. Sus ojos oscuros se abrieron un poco más, sorprendida por la audacia con la que él estaba devolviéndole el juego. La rigidez profesional de su postura desapareció por completo; la sutil provocación de Bruno había dado en el blanco.
Dejó caer la espalda contra el cuero del sofá, pero no se alejó. Al contrario, estiró el cuello hacia atrás con una lentitud coqueta, sosteniendo la mirada con una sonrisa de lado que esta vez se sintió completamente real, desarmada de la frialdad de los noticieros.
—Touche, Bruno… —murmuró ella, con la voz un poco más baja y pastosa—. Nadie de los que me conoce afuera se atrevería a hablarme con esa falta de filtros. Me gusta que no pidas permiso.
—Entonces dejémonos de discursos —susurró ella, fijando la vista en sus labios—. Si de verdad no tienes miedo… demuéstramelo….
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