Embarazada y caliente

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Así estaba yo hace unos años, cuando mi embarazo transcurría por la semana veinte de gestación. Mi libido estaba por las nubes; mi ninfomanía o las benditas hormonas me tenían completamente alborotada. Cada mañana me comía a mi exmarido por ese entonces; él quedaba completamente exprimido y yo con las energías a tope para iniciar el día.

Una tarde, mientras terminaba mis clases de yoga, apareció él tras un largo año de no verlo: un colágeno delicioso que me había comido como quise en el pasado. Era un chico de unos dieciocho años cuando todo comenzó, y que para ese entonces ya tenía veinte. Cuando lo vi entrar al salón, el mundo se detuvo.

—Sabía que encontrarte sería un espectáculo, pero esto ya es otro nivel, Gabriela —la voz de Santiago, más profunda y ronca de lo que recordaba, rompió el silencio del salón.

Abrí los ojos y lo vi. Estaba allí parado, vistiendo una chaqueta de cuero y portando esa mirada de “perro con hambre” que jamás podía disimular. Sus ojos viajaron descaradamente desde mis pies hasta mi rostro, deteniéndose sin tapujos en la curva de mi vientre y luego en el escote que subía y bajaba con mi respiración agitada.

—Santiago… —dije sin soltar la toalla con la que secaba mi rostro—. Tu madre me dijo que vendrías, pero no pensé que fuera tan pronto.

Él caminó hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume, ese aroma a hombre joven y peligroso. Se detuvo a escasos centímetros, mirando mi mano apretando la toalla y luego clavando sus ojos en los míos.

—Mi madre no me advirtió que vería a una diosa —susurró, y su mano amagó con tocar mi vientre, pero se detuvo en el aire, temblando ligeramente—. Estás… prohibida, embarazada y más hermosa que nunca. Andas con un brillo que me está volviendo loco.

Le regalé una sonrisa ladeada, esa misma que sabía que lo dejaría sin dormir por varias noches. No me alejé; al contrario, me incliné un poco hacia él, dejando que el calor de nuestros cuerpos se rozara sutilmente. Santiago estaba a punto de decir algo más y su rostro se inclinaba peligrosamente hacia el mío cuando el sonido seco, firme y autoritario de unos zapatos de diseñador impactando sobre el piso de madera hizo que el aire se congelara al instante.

—¿Interrumpo algo? —La voz de mi exmarido no fue un grito; fue un rugido contenido, bajo y vibrante, de esos que te hacen templar los huesos.

Santiago se tensó y se separó de mí de un salto, girándose para enfrentar a la mole de hombre que avanzaba hacia nosotros con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón sastre y una expresión de absoluta calma… esa temible calma que siempre precede a un huracán.

Mi ex ni siquiera miró a Santiago al principio. Sus ojos se clavaron en mi mano, que aún sostenía la toalla, y luego recorrieron mi cuerpo sudado con una densa mezcla de adoración y furia posesiva. Caminó derecho hacia mí, ignorando por completo la existencia del otro hombre, y rodeó mi cintura con un brazo de hierro, pegándome a su pecho con una fuerza que me hizo jadear.

—Hola, amor —me susurró al oído, dándome un beso profundamente posesivo antes de girar la cabeza hacia Santiago con la mirada de un depredador que acaba de encontrar a un intruso en su territorio—. No sabía que teníamos visitas… y mucho menos tan cerca.

Santiago, aunque visiblemente intimidado por la estatura y la presencia abrumadora de mi ex, trató de mantener la compostura a como diera lugar.

—Solo pasaba a saludar —dijo con un tono de voz forzadamente masculino— y a recordar viejos tiempos.

Mi ex arqueó una ceja. Su mano bajó lentamente por mi cadera y se posó con firmeza sobre mi vientre, reclamando cada centímetro de mi piel y de mi hijo.

—Santiago… —repetía él, saboreando el nombre como si fuera un trago amargo—. Ya veo. Especialmente por la cercanía que tenías con mi esposa. ¿Nos vamos? —giró su rostro para verme.

Aburrida ante la presencia posesiva de él, me despedí de ese colágeno delicioso y me fui con mi exmarido. Al llegar a casa comenzaron los reclamos de siempre: que si caería de nuevo en brazos de ese niñato… ¡Ash! Estaba hastiada de su posesión. En vez de estar peleando, deberíamos estar haciendo un trío con el colágeno y el Ensure, pero bueno, eso se quedaría en mis sueños húmedos porque mi ex jamás se habría prestado para una fantasía así.

Días después, me encontraba en mi casa haciendo los quehaceres cotidianos cuando sonó el timbre. Me asomé por la ventana y vi que era Santiago. Mi corazón latió tan rápido que llevé mis manos al pecho de inmediato. Abrí la puerta y traté de que mi voz se escuchara lo más natural posible.

—Hola, Santiago, ¿qué haces por aquí?

—Sabía que podía pasar a verte a esta hora. ¿Puedo entrar?

—Adelante, sigue —abrí más la puerta para dejarlo pasar.

Él caminó con seguridad y se sentó en el sofá, el mismo lugar donde varias veces en el pasado me había hecho suya.

—¿Quieres tomar algo, comer algo? —le pregunté, intentando disimular el nerviosismo.

—Sí… a ti, hermosa.

El calor me quemó por dentro en un segundo; mi sexo estaba bastante mojado y palpitaba con fuerza, deseando su estaca dentro de mí para que me taladrara como solo él sabía hacerlo. Mis pezones se habían marcado intensamente sobre la tela de mi blusa, dejando al descubierto todo el deseo que estaba experimentando. Santiago, sin dudarlo un instante, rozó un dedo por encima de la prenda, acariciando uno de mis pezones mientras me observaba con puro morbo.

—Esos teteros me están llamando a gritos para que los chupe.

—Santiago, esos teteros, como los llamas, ya tienen un dueño muy exclusivo —le respondí con la voz entrecortada.

—¿Quién, tu marido? —preguntó sin dejar de estimular el botón erecto.

—No. Mi bebé. Él es el único afortunado dueño de estos melones.

—Yo bien podría hacer una prueba de control de calidad —sugirió, introduciendo un dedo sutilmente por mi escote, tratando de colarse hasta el pezón desnudo.

—¿Ah, sí? Lástima, pero ya tengo a alguien que hace esa inspección todas las noches y por las mañanas —le aseguré, sin quitarle la mirada a ese dedo travieso que profanaba mi cuerpo.

—No es lo mismo. Yo soy más joven y, por mi edad, aún no se me ha olvidado cómo es chupar teta. Eso lo tengo grabado a fuego en la memoria.

—Jajaja, ¿o sea que recuerdas perfectamente cuando eras un bebé? —inquirí. Ya había logrado su cometido y no paraba de masajear mi pezón erecto.

—Sí, y he tenido la gran suerte de seguir chupando desde mi adolescencia —subió su mirada y la clavó directamente en mis ojos. Me estaba embistiendo con la pura vista.

—Ah, okay. ¿Ahora me vas a sacar a relucir la lista de mujeres maduras con las que has estado? —solté, dejando escapar un evidente tono celoso en mi voz.

—Pero es que desde que chupé las tuyas, desde que te las mordí, te las jalé y vi cómo rebotaban al soltarlas y la reacción que eso provocaba en ti… no ha habido otras como las tuyas. Y ahora que están más grandes por el embarazo, las deseo todavía más; se me hace agua la boca y mi verga ya gotea, mojando mi ropa interior.

Sus palabras explícitas me transportaron de inmediato a esos momentos salvajes que pasé con él. Mi cuerpo reaccionó violentamente a cada palabra pronunciada; tuve que mover el cuello hacia atrás, tratando de canalizar todo lo que estaba sintiendo mientras permanecíamos sentados en ese sofá.

—Deseo en este mismo instante liberarlas de esa blusa, cogerlas a dos manos y amasarlas con fuerza mientras saboreo cada una de ellas, al mismo tiempo que te clavo mi verga muy dentro. Imagina tu vientre rozando mi abdomen con cada sentada fuerte, como si quisieras atravesarte con ella y, al final, sentir cómo me mojas entera al estallar sobre mí.

—No sigas, Santiago… Detente —le supliqué.

Él no se imaginaba la tremenda lucha que yo tenía en esos momentos. Era exactamente como tener enfrente esa línea blanca, esperando ansiosa por ser inhalada.

—No luches contra algo que deseas tanto, hermosa. Vamos… ¿qué te parece si nos metemos a tu habitación matrimonial, donde tantas veces esa cama crujió mientras te hacía mía?

—Santiago, en cualquier momento puede llegar mi marido… —pasaba saliva porque estaba luchando contra mi propio cuerpo, que ardía de deseo.

—Ven, vamos, no perdamos el tiempo —me tomó de la mano y subimos apresuradamente a mi habitación.

Estando ahí, en ese lugar prohibido que era justamente lo que nos volvía locos, me arrancó de un solo jalón la blusa, haciendo volar los botones por el suelo. Se fue directo a mis grandes tetas, hinchadas por mi embarazo, amasándolas con fuerza. Las tomó a dos manos, uniéndolas, y comenzó a chupar, morder y jalar de ellas como si fueran resortes, mientras yo gemía con fuerza en la intimidad de la habitación.

—¡Qué ricas están, mamacita!… Tu embarazo las hace ver más provocativas.

—¡Ah, Santiago…! ¿Pasaron entonces la prueba de calidad?

—¡Sí! Creo que no voy a poder desprenderme de ellas nunca.

—Aprovecha que esto es por tiempo limitado.

Se separó de mí para irse a la cama mientras se despojaba rápidamente de sus prendas.

—¿Por qué no vienes y te culeo mejor con mi verga? Está tan dura que, al profanar ese coño tan rico que tienes, se debe sentir mil veces más caliente por el embarazo.

—¿Andas muy sabelotodo, no? ¿Cómo sabes eso? ¿Ya te cogiste a una preñada? —solté, dejando escapar mi voz visiblemente celosa.

—Jajaja… ¿Estás celosa, amor?

—No me digas amor.

—Hermosa, no, no me he cogido a ninguna preñada; solo lo sé. Entonces, hermosa… ¿vienes o te quedarás ahí parada?

Apreté mi puño con fuerza. Ese maldito sabía perfectamente cómo provocarme. De nuevo tenía justo en frente esa línea blanca, tentando mi fuerza de voluntad.

—Dime, hermosa… ¿A que deseas mi estaca atravesándote las entrañas?

—Sí —salió de golpe, sin filtros—. Lo deseo tanto en este momento.

—Ven, hermosa, y te culeo bien rico hasta que grites mi nombre como lo hacías antes.

Terminé de retirar la poca ropa que me quedaba y me fui directo sobre su cuerpo, clavándome esa estaca que tanto deseaba. ¡Ah, sí… qué rico! Fue lo único que salió de mi boca tan pronto lo sentí muy dentro de mí.

—Lo dicho, ese coño está que arde —Santiago me tomó firmemente por las caderas para hundirse más dentro de mí.

Solo se escuchaban jadeos en esa habitación, un sexo desenfrenado que tanta falta me hacía. En ese preciso instante, la puerta se abrió con firmeza.

—¿Qué pasa aquí? —entró mi exmarido.

Nos detuvimos en seco al verlo en el marco de la puerta. Comencé a temblar de puro miedo ante la reacción violenta que esperaba de él. Pero algo inesperado pasó en ese momento. Santiago, con total descaro, no se salió de mí; al contrario, apretó mi cadera y miró al hombre mayor a los ojos.

—Lo que ves: comiéndome a tu mujer. ¿Por qué en vez de arruinar el momento, no viene y nos la comemos juntos?

Giré de inmediato a ver a Santiago ante su descabellada propuesta. En ese momento quería que la tierra me tragara. Mi ex se quedó completamente estático mientras su respiración se volvía pesada, cuando de un momento a otro soltó el cinturón de su pantalón, entró a la habitación y cerró la puerta con llave tras de sí.

El sonido del pestillo de la puerta asegurándose me provocó un escalofrío que me recorrió toda la columna. Mi exmarido avanzó con pasos lentos, doblando el cinturón de cuero en su mano, con una mirada oscura de depredador que jamás le había visto. El miedo inicial que sentí se transformó instantáneamente en un golpe de calor uterino que me humedeció las piernas; la idea de tener a la madurez de mi exmarido y la juventud de mi amante sometiéndome al mismo tiempo era la fantasía definitiva de la súcubo que llevaba dentro.

—Así que el niñato quiere compartir —dijo mi ex con un rugido bajo, deteniéndose al borde de la cama, desabrochándose la camisa sastre y dejando al descubierto su pecho—. Vamos a ver si tienes el calibre para aguantar el ritmo, Santiago.

Santiago soltó una risa ronca, desafiante, y para demostrar que no tenía miedo, dio una embestida profunda dentro de mí que me hizo soltar un gemido agudo. Mi ex se tensó, marcando la mandíbula, y se despojó del pantalón. Su verga madura, gruesa y con las venas brotadas por la furia competitiva, emergió buscando su territorio.

—Ponte a cuatro patas, Gabriela —me ordenó mi exmarido con una voz autoritaria que no admitía réplicas.

Santiago se salió de mí con un suspiro y me ayudó a acomodarme, arrodillada en medio de la cama matrimonial. Mi vientre de cinco meses colgaba levemente sobre las sábanas, y mis nalgas quedaron elevadas, totalmente expuestas para los dos.

Mi ex no esperó. Se posicionó justo detrás de mí, tomándome firmemente de las caderas con sus manos grandes, mientras Santiago se acomodaba de rodillas frente a mi rostro, ofreciéndome su verga erecta y goteante a centímetros de mi boca.

—Chúpale la verga al niño, Gabriela, mientras yo te enseño quién manda en esta casa

—me gruñó mi exmarido al oído.

Y sin preámbulos, apuntó a mi entrada anal. Se hundió de un solo golpe seco y brutal en mi culo, expandiendo mis músculos traseros al máximo. Un grito desgarrado se ahogó de inmediato cuando Santiago introdujo su verga en mi boca, llenándome la garganta, obligándome a tragarlo mientras mi trasero era taladrado por la fuerza implacable de mi ex.

El ritmo se volvió salvaje. Mi exmarido me culea el culo con una rabia posesiva, haciendo que mis pechos rebotaran con violencia, mientras sus huevos chocaban ruidosamente contra mis nalgas. Por delante, Santiago me tomaba del cabello con una mano, moviendo su pelvis con la agilidad de sus veinte años, embistiéndome la boca con un morbo que me nublaba la vista. Yo estaba atrapada en medio de la lucha de titanes, gimiendo ahogadamente, salivando la verga del colágeno mientras mi culo ardía y se dilataba con el gran calibre del Ensure.

—¡Mírala cómo se traga lo tuyo mientras yo le rompo el culo! —le jadeó mi ex a Santiago, completamente desquiciado por el morbo de la escena.

—¡Está empapada, don! —respondió Santiago, sacando su verga de mi boca por un segundo para mirar cómo mis pezones goteaban—. ¡Esta preñada se está viniendo solo con el dolor rico!

Mi exmarido me tomó por el cuello con suavidad pero con firmeza, obligándome a arquear más la espalda, y aceleró las embestidas traseras con una potencia animal. Sentí que me tocaba las entrañas. Al mismo tiempo, Santiago se acomodó por debajo de mi vientre y apuntó directo a mi coño suelto y chorreante. Con un movimiento coordinado, mientras mi ex se hundía por el culo, Santiago se clavó por mi coño de un solo golpe limpio.

La doble penetración real y simultánea me hizo ver blanco. Mis dos agujeros estaban completamente invadidos; la verga joven por delante y la verga madura por detrás, rozándose a través de las paredes de mi intimidad, estirándome al límite. El placer fue tan violento y masivo que un deseo incontrolable de orinar me invadió por completo.

—¡Me voy a mear! … me voy a mear! —grité con la respiración rota, clavando las uñas en las sábanas.

—¡Suéltalo, perra! ¡Inúndanos! —gruñeron los dos al unísono.

Las glándulas de mi sexo estallaron en un squirt hirviente que bañó los muslos de Santiago y empapó la cama matrimonial, mientras mis músculos se contraían con tanta fuerza que mordían ambas vergas dentro de mí. El orgasmo doble me sacudió el cuerpo entero, haciéndome llorar de puro placer.

Sintiendo el abrazo de mi humedad extrema, ambos hombres llegaron a su límite. Mi exmarido soltó un rugido gutural y se vino en lo profundo de mi culo, llenándome de su leche caliente, mientras Santiago, con un gemido largo, se vaciaba a borbotones dentro de mi coño, preñándome doblemente con su semen joven.

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