El precio de ser cómplices (8)

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Bianca miró la mano extendida de Mauricio y luego subió la vista hacia sus ojos, sosteniéndole la mirada para ocultar el vuelco que acababa de dar su corazón. La pregunta sobre qué era lo que más le asustaba seguía flotando en el aire. En lugar de responder y mostrarse vulnerable, dibujó una leve sonrisa y colocó su mano sobre la de él, usándola como apoyo para ponerse de pie con total elegancia.

—No me asusta estar aquí contigo, Mauricio —respondió ella, manteniendo la voz firme mientras soltaba su mano con suavidad y daba un paso hacia el costado, buscando la barra de granito donde descansaban las botellas—

Pero creo que a esta noche le hace falta un trago para que la conversación fluya mejor. ¿Qué estás tomando?

Mauricio esbozó esa sonrisa lánguida y la siguió con la mirada, divertido por la forma en que ella intentaba ganar tiempo y desviar el tema.

—Whisky con dos hielos está bien para mí, Bianca —dijo él, girándose despacio y apoyando una cadera contra el borde de la mesa, observando cada uno de sus movimientos.

Bianca caminó hacia la barra. Tomó las dos copas de cristal, esforzándose para que sus dedos no temblaran, y pinzó un par de cubos de hielo, haciéndolos chocar contra el fondo del vidrio antes de verter el whisky. El eco seco del licor cayendo rompió el silencio de la suite. De pronto, sintió el calor de Mauricio justo detrás de ella, a centímetros de su espalda, sin llegar a tocarla…

—Es una buena estrategia de defensa —murmuró Mauricio al oído de Bianca, con esa voz profunda y pausada que le hizo vibrar la piel—. Servir un trago para no contestar. Pero el lenguaje corporal no miente, Bianca. Sé que estás nerviosa, y no tienes por qué ocultarlo.

Bianca sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Se giró de perfil, quedando atrapada entre el granito y el cuerpo de Mauricio, quien la miraba desde arriba con una seguridad imponente. Le entregó su vaso por encima del hombro, rozando sus dedos a propósito, e inclinó su propia copa, que había llenado casi hasta el borde. Se tomó el whisky de golpe, sintiendo el líquido espeso y ardiente bajarle como fuego por la garganta. Sin darle tiempo a su cuerpo a procesarlo, estiró la mano hacia la botella, se sirvió un segundo trago corto de licor puro y lo tragó con la misma urgencia, buscando desesperadamente anestesiar el miedo.

—No es defensa… es cortesía —replicó ella en un susurro un poco más denso, con la respiración alterada por el fuego del licor puro. Azotó la copa vacía sobre el granito de la barra, manteniéndose firme de espaldas a él, con una fijeza pesada y arrastrada por esa descarga de audacia que le encendía la sangre.

Mauricio imitó su gesto. Dejó su trago en la barra y eliminó el espacio personal por completo, pegando su pecho directamente contra la espalda de ella. Levantó una mano y, desde atrás, rozó la línea del cuello de Bianca con las yemas de sus dedos; bajó despacio por el costado de su clavícula hasta enganchar con un solo dedo el tirante de su vestido, haciéndola contener el aliento ante la cercanía de su respiración en la nuca.

—Entonces dejemos atrás las formalidades —dijo Mauricio, con un tono más bajo y sugerente—. El público ya esperó suficiente y la suite está empezando a calentarse. Es hora de ponernos cómodos.

El contacto de los dedos de él contra su piel la hizo estremecer. Mauricio deslizó la mano desde su hombro hacia la espalda, buscó el tirador del cierre y lo bajó por completo con un siseo suave. Sin darle tiempo a reaccionar, empujó la tela hacia abajo con caricias pausadas que le erizaron la piel. El vestido se deslizó por sus caderas hasta caer amontonado en el suelo, alrededor de sus pies.

Mauricio dio un paso atrás, recorriéndola con una mirada lenta, apreciando cada detalle de su figura con una mezcla de admiración y absoluto control, mientras ella intentaba mantener la respiración.

—Hermosa… —susurró Mauricio, dando un paso corto hacia el frente.

Mauricio apoyó las palmas en la cintura descubierta de Bianca y la guio un par de pasos hacia atrás, obligándola a salir del círculo que formaba el vestido en el suelo.

Bianca se dejó llevar, sintiendo la textura de la alfombra bajo sus pies descalzos mientras el fuego del whisky borraba los bordes del pánico, transformándolo en una entrega consciente al juego.

Sin romper el contacto, él la acomodó con firmeza contra su propio pecho frente al gran espejo de la barra, bajando sus manos hasta entrelazar sus dedos con los de ella…

—Mírate, Bianca —murmuró él desde atrás—. No hay razón para tener miedo. Quienes nos miran sólo pueden envidiar lo que está pasando en esta habitación.

Se vio a sí misma, expuesta en su ropa interior negra, y vio el rostro maduro de Mauricio apoyado casi en su hombro, observándola con una fijeza que la desarmaba. La frialdad del espejo y la calidez del cuerpo de Mauricio cubriéndola por detrás crearon una atmósfera asfixiante, pero extrañamente magnética.

Él soltó una de sus manos, apartó con delicadeza su cabello hacia un lado y posó sus labios en la base de su nuca en un beso lento y húmedo que hizo que a Bianca se le escapara un suspiro contenido entre los dientes.

—Mauricio… —susurró ella, apoyando las palmas en el borde de la barra para no perder el equilibrio, sintiendo cómo sus piernas empezaban a flaquear.

—Déjate llevar, Bianca —respondió él, subiendo los besos por la línea de su cuello hasta llegar justo detrás de su oreja—. La noche recién empieza, y tú y yo tenemos un largo camino antes del amanecer.

Mauricio la giró con firmeza para que quedara frente a él. Su mano libre bajó hacia la espalda de Bianca, buscando el broche del sostén de encaje, mientras sus ojos oscuros se clavaron en los de ella, esperando el consentimiento silencioso de su próxima mirada.

El calor del whisky terminó de disipar la última pizca de timidez en el cuerpo de Bianca. Al sentir los dedos de Mauricio en el broche de su espalda, en lugar de quedarse estática, dio un paso definitivo hacia el frente, pegando su cuerpo al de él de una forma tan directa que lo obligó a detener las manos.

Bianca subió la mirada, con los ojos brillando por el alcohol y una chispa de audacia que tomó a Mauricio por sorpresa.

—Si vamos a dejar atrás las formalidades, no vas a ser el único que dicte las condiciones, Mauricio —dijo ella en un susurro, con la voz baja y segura.

Sin esperar respuesta, Bianca apoyó las manos en los hombros de la costosa camisa de Mauricio. Con dedos decididos, empezó a abrir los botones uno a uno, bajando con una lentitud provocativa. El contraste entre su piel descubierta y la tela fina de la ropa de él sumó una nueva capa de calor a la suite. Mauricio se quedó inmóvil, observándola con una expresión de genuina sorpresa y fascinación; no esperaba que ella tomara las riendas tan rápido.

Cuando Bianca desabrochó el cuarto botón, metió las palmas por la abertura, acariciando el pecho firme de Mauricio y empujando la tela hacia los lados para descubrir sus hombros. Con un movimiento continuo, le deslizó la camisa por los brazos hacia abajo, dejando las mangas atrapadas en sus muñecas hasta que él, con un gesto ágil, terminó de quitársela. La prenda cayó sobre la alfombra, justo al lado del vestido.

Bianca no se detuvo ahí. Enredó los dedos en el cabello de Mauricio y lo tiró sutilmente hacia abajo, obligándolo a cortar los pocos centímetros que los separaban. Lo besó. Fue un beso directo, húmedo y cargado de una urgencia que el whisky había terminado de liberar. Mauricio respondió de inmediato, rodeando la cintura de Bianca con fuerza, levantándola ligeramente del suelo para pegarla por completo a su cuerpo desnudo.

El sonido de sus respiraciones agitadas se mezcló con el parpadeo constante de la luz roja en el techo. Bianca se separó apenas unos milímetros, con los labios encendidos, y bajó las manos hacia la hebilla del cinturón de Mauricio.

—Dijiste que el arte de este juego es disfrutar el proceso de perder el control… —murmuró ella, rozando su mandíbula con los labios mientras sus dedos se enganchaban en el metal de la hebilla—. Demuéstramelo tú también.

Mauricio soltó una risa baja, un sonido sordo que vibró directamente contra el pecho de Bianca. Lejos de intimidarse por el desafío, el gesto de ella pareció encender una chispa completamente nueva en su mirada.

—Me gusta cuando las cartas se ponen sobre la mesa —respondió él, con la voz más ronca, dejando que sus manos bajaran firmes hacia las caderas de ella.

Bianca deslizó las palmas subiendo desde el abdomen de Mauricio hacia su pecho. Al recorrer la línea de sus costillas y la firmeza de sus hombros, no pudo evitar contener el aliento por un segundo, el cuerpo de Mauricio ocultaba una constitución sólida y atlética; la piel se sentía tensa, los músculos de los brazos y del torso perfectamente marcados y duros como el mármol al tacto, delatando una disciplina física estricta.

Esa firmeza bajo sus dedos le dio a Bianca una descarga de adrenalina pura. Acompañada por el mareo del alcohol, se sintió dueña de la situación. Sus dedos tiraron con un golpe seco de la hebilla del cinturón.

Mauricio la observó desde arriba, con los ojos fijos en su soltura. Sin darle tiempo a terminar de deslizar la prenda, la tomó de la cintura con una fuerza imponente, levantándola del suelo para romper su balance. Bianca soltó un jadeo de sorpresa, enredando las piernas alrededor de sus caderas de forma instintiva mientras él caminaba tres pasos largos y seguros, llevándola directo hacia la enorme cama King Size que dominaba el fondo de la habitación.

El colchón cedió bajo el peso de los dos.

Bianca cayó de espaldas sobre las sábanas, con el cabello desparramado y la respiración agitada, viendo cómo Mauricio se posicionaba sobre ella, apoyando los brazos a ambos lados de su cabeza. La luz roja del techo los cubría por completo, tiñendo la escena de un tono carmín oscuro.

—Ahora el reloj corre bajo nuestro propio ritmo, Bianca —susurró Mauricio, rozando la punta de su nariz con la de ella, mientras su mano buscaba su muslo descubierto.

Él se tomó un segundo, suspendido sobre ella, dejando que el silencio de la habitación devorara el espacio. Bianca mantenía la respiración entrecortada, sosteniéndole la mirada con una fijeza desafiante.

Sin prisa, Mauricio se enderezó sobre sus rodillas. Sus ojos recorrieron despacio el cuerpo de Bianca, bajando desde el pulso acelerado en su cuello hasta el encaje negro que la cubría. Extendió las manos hacia la espalda de ella, deslizando los dedos por debajo de la tela para liberar el broche del sostén con un movimiento limpio y experto. Bianca arqueó sutilmente la espalda, permitiendo que la prenda se desprendiera y quedara a un lado sobre las sábanas.

La mirada de Mauricio se volvió más densa, más fija. Sus ojos recorrieron la redondez firme de sus pechos, que subían y bajaban al ritmo de su respiración agitada. Sin prisa, bajó las manos hacia la última prenda de encaje que descansaba en sus caderas. Sus dedos rozaron la piel de los muslos de Bianca, provocando un escalofrío que la hizo tensar las piernas. Despacio, tiró de la prenda hacia abajo, deslizándola por sus piernas hasta sacarla por completo.

A través de los ojos de Mauricio, Bianca se veía imponente, completamente desnuda sobre el mar de sábanas claras, con el cabello castaño desparramado y las mejillas encendidas por el whisky. No había imperfecciones; la luz roja dibujaba el contorno exacto de su cintura, la curva suave de sus caderas y la entrega absoluta de su postura. Era una belleza limpia, expuesta sin defensas pero con una dignidad que a Mauricio le pareció fascinante.

—Eres perfecta, Bianca —murmuró él, con la voz más ronca, rota por la expectación.

Se deslizó hacia abajo por el centro de la cama con una lentitud deliberada. Sus manos acariciaron las piernas de Bianca, abriéndolas con una firmeza segura, acomodándose entre ellas. Bianca contuvo el aliento, apoyando los codos en el colchón para levantar ligeramente la cabeza, viendo cómo Mauricio se inclinaba entre sus muslos.

El primer contacto de la boca de Mauricio fue un roce húmedo que hizo que Bianca soltara un gemido ahogado y dejara caer la cabeza hacia atrás contra las almohadas. Mauricio conocía el ritmo exacto del juego. Con la punta de la lengua y una presión constante, empezó a trazar círculos lentos, subiendo la intensidad a medida que sentía cómo el cuerpo de ella se tensaba bajo sus manos. Sus dedos se clavaron con firmeza en los muslos de Bianca, sosteniéndola, manteniéndola fija en el centro de su atención.

La suite pareció desvanecerse para Bianca. Ya no importaban las cámaras, ni el grupo. Todo se redujo a la calidez de la boca de Mauricio, al ritmo constante y deliberado de sus caricias que iban directo al punto más sensible. Bianca empezó a arquear las caderas de forma instintiva, buscando más presión, con los dedos enredados en las sábanas de hilo, jalándolas con fuerza mientras el placer empezaba a concentrarse en su vientre como una corriente eléctrica.

Mauricio la escuchó gemir y aceleró el paso, moviéndose con una destreza madura, sin dejarle un solo segundo de tregua. La respiración de Bianca se volvió errática, cortada por pequeños jadeos que llenaban el aire de la habitación. Sentía el roce de la barba de Mauricio contra su piel y la insistencia de su lengua, que la empujaba directo hacia el límite.

—Mauricio… ya… —alcanzó a murmurar, con la voz quebrada, sintiendo que el control se le escapaba por completo de las manos.

Él no se detuvo; al contrario, ejerció una última presión firme y constante. Fue el detonante. El cuerpo de Bianca se tensó por completo, sus caderas se elevaron del colchón en un espasmo involuntario y un gemido largo y ahogado escapó de sus labios cuando el orgasmo la sacudió desde adentro. Las oleadas de placer la recorrieron de pies a cabeza de forma intermitente, dejándola sin aire.

Mauricio la sostuvo con firmeza por las caderas hasta que los últimos temblores de su cuerpo disminuyeron. Despacio, subió de nuevo por el colchón, acomodándose al lado de ella. Bianca se dejó caer de costado, con el pecho subiendo y bajando con fuerza y los ojos entreabiertos, completamente desarmada y flotando en el calor de la cama, mientras Mauricio la envolvía con un brazo, mirándola con una sonrisa de absoluta satisfacción.

El calor del orgasmo todavía vibraba en el cuerpo de Bianca, pero el efecto del whisky y la adrenalina de la noche la empujaron a no quedarse atrás. Con la respiración un poco más sintonizada, se apoyó en los brazos de Mauricio y, con una soltura que ni ella misma se reconocía, lo obligó a ponerse de pie al borde de la cama, quedando ella de rodillas frente a él.

Mauricio la miró desde arriba con una ceja levantada, gratamente sorprendido por el cambio de roles. Bianca no perdió el tiempo. Sus manos, ahora completamente seguras, bajaron hacia el botón del pantalón de Mauricio y abrieron el cierre. Deslizó la prenda junto con su ropa interior hacia abajo, dejándolo finalmente al descubierto, bajo la luz carmín que caía directo desde el techo.

Al quitar la última barrera, Bianca contuvo el aliento y sus ojos se abrieron de par en par. El miembro de Mauricio destacaba con un grosor y una longitud imponentes que la tomaron por sorpresa. Un escalofrío puramente eléctrico le recorrió la columna, haciéndola sentir una humedad inmediata y profunda entre las piernas, una reacción física instantánea ante semejante estímulo visual.

Inevitablemente, un pensamiento relámpago cruzó su mente, obligándola a hacer una comparación destructiva. Bruno tenía un cuerpo promedio y un tamaño estándar, predecible, al que ella estaba acostumbrada tras años de rutina. Lo que tenía frente a sus ojos en este momento pertenecía a una escala completamente diferente, un volumen descomunal que encajaba a la perfección con la personalidad dominante del empresario.

Aquella visión, lejos de asustarla, despertó en ella una fascinación prohibida, un morbo oscuro que jamás había experimentado.

Mauricio notó el asombro en la mirada de ella y sonrió de lado, con esa seguridad implacable, mientras apoyaba una mano en la nuca de Bianca, guiándola con firmeza hacia él. Bianca cedió por completo, rompiendo la distancia.

Abrió la boca y lo recibió con lentitud, acomodándose al grosor con un ligero jadeo que quedó atrapado en la intimidad del contacto. Empezó a moverse con un ritmo constante, subiendo y bajando, usando sus manos en la base para guiar cada movimiento mientras sus ojos buscaban los de él desde abajo. La textura calurosa y la firmeza la hacían perder el sentido; se entregó por completo a la tarea, acelerando el paso a medida que escuchaba cómo la respiración de Mauricio se volvía más pesada y errática.

Las manos de Mauricio se clavaron en sus hombros, buscando apoyo. La madurez y el control del hombre empezaron a ceder ante la destreza de la boca de Bianca. El ritmo se volvió más intenso, más profundo, hasta que Mauricio soltó un gruñido sordo y se tensó por completo.

Bianca no se apartó. Sostuvo la posición con firmeza mientras la eyaculación de Mauricio llenaba su boca con una fuerza y un volumen densos. Con una determinación que la sorprendió a ella misma, tragó absolutamente todo, recibiendo el semen caliente en su garganta y limpiando la comisura de sus labios con la lengua sin quitarle la mirada de encima.

Mientras el aire regresaba a los pulmones de ambos y Mauricio le acariciaba el cabello en señal de reconocimiento, una punzada de culpa le oprimió el pecho a Bianca. Pensó en Bruno, en la monotonía de su casa, y sintió el peso de la traición; pero al mismo tiempo, una oleada de absoluta liberación la invadió al aceptar que aquello era algo que jamás se había permitido experimentar.

Se quedó un instante inmóvil en el suelo, saboreando el rastro denso que aún le quedaba en la boca, procesando la audacia y el morbo oscuro de lo que acababa de hacer.

Mauricio no la dejó asimilar el último trago. Con el cuerpo todavía encendido y la respiración pesada, la tomó firmemente de los brazos y la levantó de la alfombra, regresándola a la cama. La empujó de espaldas sobre las sábanas revueltas, donde Bianca abrió las piernas por instinto, completamente entregada, sintiendo cómo la humedad entre sus muslos la delataba.

Mauricio se posicionó entre sus piernas, sosteniendo su propio miembro, que seguía firme y dominante. Se inclinó hacia adelante, buscando los labios de Bianca en un beso hambriento. Ella sintió la punta cálida y lúbrica presionando contra su entrada, y un escalofrío de anticipación la recorrió por completo; estaba temblando, suspendida en ese segundo de vulnerabilidad total, deseando y temiendo a la vez lo que venía.

Con una lentitud deliberada, casi tortuosa, él comenzó a empujar. Bianca ahogó un gemido contra la boca de Mauricio al sentir cómo la cabeza la abría, tomándola por completo. El avance era milimétrico, obligándola a procesar el ritmo real de su anatomía; cada centímetro que ganaba en su interior era una oleada de calor denso que estiraba sus paredes, forzando a su cuerpo a ceder y a moldearse a un grosor que jamás creyó posible albergar.

Cuando él se hundió por completo hasta el fondo, encajando sus caderas contra las de ella, la tremenda sensación de plenitud hizo que Bianca arqueara la espalda de golpe. Su cuerpo se elevó del colchón en un espasmo involuntario, tenso y receptivo, tratando de asimilar ese límite absoluto.

Bianca soltó un grito ahogado que se transformó de inmediato en un gemido ronco, llenando las esquinas de la suite. La sensación de llenado era tan desbordante, tan diferente a todo lo que conocía, que sintió el vacío de un vértigo absoluto, como si el mundo se disolviera bajo su cuerpo.

Mauricio no esperó a que se acostumbrara; comenzó a moverse con embestidas pesadas y profundas que hicieron crujir la cama bajo el peso de los dos.

—¡Ah… Dios, Mauricio! —gritó Bianca, echando la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Clavó las manos en su espalda, sintiendo los músculos duros de sus hombros mientras trataba de contener el aire—. Despacio… por favor, entra despacio que me rompes…

Mauricio contuvo el ritmo, esperando a que ella se dilatara con empujes lentos, densos y deliberados que la hacían jadear sin tregua.

Bianca se aferró a él, sintiendo cómo su propio cuerpo empezaba a ceder ante la fricción ardiente, soltándose, inundándose de una humedad que facilitaba el castigo. Solo cuando sintió que el dolor inicial se disolvía en una corriente eléctrica y salvaje, Bianca arqueó las caderas con desesperación, buscando más.

—¡Así… ahí! —gemía ya sin filtros, perdiendo el control—. ¡Ahora sí, dale fuerte… dame más fuerte, Mauricio!

La timidez y el recato que siempre habían marcado su vida íntima con Bruno se pulverizaron en ese segundo. El alcohol, la adrenalina de saberse observada por la cámara y, sobre todo, el estímulo masivo del cuerpo de Mauricio la transformaron por completo. Comenzó a pedir más con desesperación, soltando frases directas y encendidas que jamás se habría atrevido a pronunciar en su propia cama.

—¡Me vas a volver loca… me encanta!—gemía Bianca, subiendo las piernas y cruzándolas alrededor de la cintura de Mauricio para obligarlo a entrar todavía más profundo. Cada embestida la alcanzaba en el fondo, tocando fibras que ni sabía que existían.

Mauricio, con la frente llena de sudor y los ojos fijos en la cara de absoluta perdición de ella, aceleró el paso. Sus manos bajaron a las caderas de Bianca, sosteniéndola con fuerza para marcar un ritmo brutal, casi salvaje, que la hacía saltar sobre el colchón. El sonido de los cuerpos chocando y los jadeos de ambos dominaban la habitación.

—Eres una delicia, Bianca —gruñó Mauricio entre dientes, sintiendo cómo las paredes internas de ella lo apretaban con una fuerza descomunal, respondiendo a cada estímulo y empujándolo al límite mucho antes de lo planeado.

—¡Qué grande la tienes, Mauricio… nunca había sentido algo así en mi vida! —gritó ella, entregada al delirio, sintiendo que el clímax se le venía encima como una ola gigante.

El placer concentrado en su vientre se volvió una locura, una tensión eléctrica tan alta que todo su cuerpo empezó a temblar de manera descontrolada. Mauricio dio tres embestidas finales, profundas, metiéndose hasta el fondo, sintiendo que ya no podía contenerse más.

—¡Lléname… por favor, déjamelo todo adentro! —le suplicó Bianca a gritos, arañándole la espalda… mientras las primeras contracciones de un orgasmo masivo la devoraban, haciendo que su interior se cerrara alrededor de él en una serie de pulsaciones eléctricas y desesperadas.

Mauricio soltó un rugido sordo, hundiéndose por completo en ella por última vez, y se liberó. La descarga fue densa, caliente y profunda, llenándola hasta el fondo en perfecta sincronía con los espasmos del clímax de Bianca. Ella se arqueó por completo, perdiendo el sentido de la realidad mientras su interior se contraía con una fuerza brutal, atrapando a Mauricio en una ola de placer que se prolongó por varios segundos, donde solo se escucharon sus respiraciones rotas y el eco de los gemidos extasiados muriendo en el aire de la suite.

Quedaron inmóviles, unidos, sintiendo el latido acelerado de sus corazones chocar entre sí. Bianca dejó caer los brazos a los lados, con el pecho subiendo y bajando con violencia, mirando el techo con los ojos nublados y una sonrisa de absoluta liberación, sabiendo que esa noche la había cambiado para siempre.

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