La prima Sofía: Ultimátum

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Avril aceleró utilizando el último aliento de sus fuerzas para cabalgarme con desesperación, buscando ese clímax que ya se sentía inevitable. Mis manos se clavaron con fuerza en sus caderas, hundiéndose en su piel para guiar sus movimientos y empujar desde abajo, buscando el fondo de su intimidad. No existía nada más allá del calor abrasador de su coño y de la presión interna que amenazaba con estallar.

Con un gruñido animal que me nació desde el pecho, la sujeté con posesión absoluta y me vacié violentamente dentro de ella. Chorros densos, calientes y abundantes de semen inundaron su interior, anegándola por completo y golpeando directamente contra su cuello uterino en una descarga incontenible.

Ese fue el detonante final para Avril.

Al sentir la fuerza con la que la llenaba, su cuerpo se arqueó de golpe en un espasmo violento y estalló en un orgasmo devastador. Su coño se contrajo rítmicamente alrededor de mi verga, atrapándola con espasmos intensos mientras ella soltaba un grito ronco y prolongado de puro éxtasis.

—¡Sí…! ¡Me estás llenando…! ¡Me vengo con tu leche caliente! —gimió, temblando sin control, completamente doblegada por el clímax.

Finalmente, las fuerzas la abandonaron y se desplomó sobre mi pecho, convertida en un peso muerto. Su coño seguía palpitando alrededor de mi miembro, apretándolo con los últimos e involuntarios espasmos del placer, mientras el exceso de mi semen comenzaba a desbordarse lentamente entre la unión de nuestros cuerpos, deslizándose por mis muslos.

Se quedó allí con el corazón latiéndole a mil por hora y la respiración agitada golpeándome el cuello. Después de un largo silencio, roto solo por el eco de la música de fondo, se pegó más a mi oído y susurró con una voz densa y plenamente satisfecha:

—Fue delicioso… sentir cómo explotabas dentro de mí… es justo lo que necesitaba.

Avril se quedó desplomada sobre mi pecho, con la respiración entrecortada y el cuerpo estremeciéndose ligeramente bajo los últimos e involuntarios espasmos del placer. Su coño seguía contrayéndose con suavidad, abrazando mi verga como si se negara a dejar escapar el rastro de nuestra entrega. Sentía la calidez de mi propio semen desbordándose lentamente de su intimidad, deslizándose entre mis huevos.

Durante varios minutos, el único sonido en la habitación fue el compás de nuestros pechos subiendo y bajando, y el latido acelerado de nuestros corazones buscando el mismo ritmo.

Finalmente, Avril levantó la cabeza con esfuerzo. Me miró con los ojos vidriosos, empañados por el cansancio, y una sonrisa exhausta pero cargada de una satisfacción absoluta.

—Que rico, Andrés… —susurró, inclinándose para rozar mis labios con un beso tierno y húmedo—. Me dejaste completamente destruida. Creo que en mi vida me habían follado tan rico.

Sonreí de medio lado, deslizando mi mano por su espalda sudorosa en una caricia lenta que descendió hasta la curva de sus nalgas. Al rozar la piel tensa de su ano un estremecimiento recorrió su columna.

—Todavía sigo enterrado dentro de ti —murmuré, pegando mis labios a la calidez de su cuello.

Avril soltó una risita ronca, un sonido que delataba lo mucho que disfrutaba de su propia vulnerabilidad, y apretó sus paredes internas con un movimiento reflejo, ordeñando los últimos vestigios de mi virilidad.

—Me vuelve loca sentirte así… tan caliente —dijo, moviendo ligeramente las caderas para sentir el vaivén de mi fluido en su interior—. Creo que voy a estar chorreando tu leche durante toda la noche.

Se incorporó un poco, apoyando las palmas de sus manos sobre mi pecho para ganar altura, y tiró una mirada donde la ternura y la lujuria se mezclaban sin pudor.

—¿Esto va a ser una aventura de una sola noche… o tienes intenciones de repetirlo? —preguntó, hundiéndose los dientes en el labio inferior mientras esperaba una respuesta que no quise apresurar.

Antes de que pudiera articular palabra, se inclinó de nuevo y me robó un beso lento, profundo y cargado de una posesividad casi cariñosa. Cuando se separó apenas unos milímetros, susurró contra mi boca:

—Porque yo, definitivamente, me he quedado con ganas de más.

Se acomodó de nuevo sobre mí, escondiendo el rostro en el hueco de mi hombro mientras sus dedos trazaban círculos sobre mi pecho. Mi verga, todavía semidura, permanecía anclada en su calidez.

El hechizo, sin embargo, se rompió con un golpe seco de realidad. Desde el buró, la pantalla de mi teléfono se iluminó vibrando una sola vez. Con cuidado de no mover demasiado a Avril, estiré el brazo para tomarlo. En la pantalla de bloqueo aparecía un único mensaje de Sofía, enviado hace apenas un minuto:

«Ya apagué las luces de la sala y mi mamá se encerró en su cuarto, la hiciste esperar demasiado. Estoy en tu cama, Andrés. Hagas lo que hagas con tu “amiga”, asegúrate de guardar energías, porque cuando cruces esa puerta vas a tener que compensarme por cada minuto que me hiciste esperar a mí también…»

Leí el mensaje dos veces, procesando la advertencia implícita en las palabras de Sofía. Su tono, esa mezcla inconfundible de posesividad y desafío, cortó el rastro de paz que nos rodeaba.

Avril, todavía acomodada sobre mi pecho, percibió de inmediato el cambio en el ritmo de mi respiración y la rigidez de mis músculos. Levantó la cabeza de mi pecho de forma perezosa. Sus ojos, todavía entornados por el letargo del placer, bajaron directos hacia la pantalla iluminada del teléfono que yo sostenía en la mano.

—¿Malas noticias? —preguntó con una ronquera juguetona, intuyendo perfectamente que lo que acababa de entrar no era un asunto sin importancia.

No le respondí de inmediato, lo que solo alimentó su curiosidad. Avril se incorporó un poco más, distribuyendo su peso sobre mis costillas al apoyar las palmas de sus manos en mi pecho, y fijó la vista en la pantalla sin el menor rastro de vergüenza. Leyó el texto de Sofía con rapidez y, en lugar de molestarse o armar un drama, dejó escapar una risita baja, cargada de una malicia traviesa.

—Vaya… parece que tu primita está celosa —murmuró, hundiéndose los dientes en el labio inferior mientras procesaba el desafío de Sofía.

Avril comenzó a balancear las caderas sobre mi regazo, un vaivén calculado que hizo que su coño, todavía tibio y rebosante con mi esencia, se frotara descaradamente contra mi miembro. Se inclinó hacia adelante hasta que la redondez de sus pechos se aplastó contra mi torso, buscando mi oído para soltar un susurro que me erizó la piel:

—¿Qué vas a hacer, Andrés? ¿Vas a correr a casa como un buen primito para cumplir con tus obligaciones? ¿O te vas a quedar en este sillón… y vas a dejar que te use un rato más?

Antes de que pudiera articular palabra, bajó la mano con decisión y envolvió mi verga, que reaccionó al instante ganando grosor bajo su tacto experto. Inició una masturbación lenta, rítmica, sin apartar sus ojos inyectados de lujuria de los míos.

—Porque yo todavía no estoy satisfecha… —continuó en el mismo tono bajo, usando su agarre para guiar la cabeza de mi miembro directamente contra su clítoris hinchado, que pulsaba sediento de fricción—. Y me da la impresión de que tú tampoco… ¿o me equivoco?

Se cortó la distancia y me mordió suavemente el labio inferior, mientras la velocidad de su mano aumentaba.

—Dile que estás ocupado… o mejor aún… no le respondas nada. Quédate aquí dentro de mí. Quiero que me folles una vez más antes de que tengas que volver con ella.

Avril se presionó con más fuerza contra mi entrepierna, sosteniendo una mirada que era un desafío directo a mi control y a mi lealtad.

—¿Qué decides, Andrés?

Avril continuaba balanceando las caderas sobre mi regazo con una lentitud exasperante, frotando su intimidad contra mi verga mientras sostenía esa sonrisa que sabía a victoria anticipada. La miré fijo a los ojos, sintiendo cómo el pulso de mi entrepierna saboteaba cualquier intento de cordura, tomando la decisión por mí antes de que la razón pudiera intervenir.

—Me quedo —solté, y mi voz sonó más ronca y profunda de lo normal, como una rendición absoluta al momento.

Una expresión de triunfo puro iluminó las facciones de Avril. Sin mediar palabra, se inclinó sobre mí y me atrapó en un beso violento, mordiéndome el labio inferior con una presión que me encendió la sangre, mientras su mano guiaba con destreza mi dureza de vuelta hacia su entrada, que aún transpiraba la humedad de nuestro encuentro anterior.

—Buena elección… —susurró contra mis labios, con el aliento entrecortado.

Se dejó caer sobre mí de un solo golpe, tragándose toda mi longitud con un gemido largo y rasgado que delató su propia necesidad. Esta vez, sin embargo, el ritmo cambió; ya no había la urgencia caótica de antes, sino una cadencia calculada. Avril comenzó a cabalgarme con movimientos lentos pero masivos, hundiéndose hasta el límite y disfrutando de la fricción de cada centímetro mientras mantenía sus ojos fijos en los míos, como si quisiera grabarse mi reacción en la memoria.

—Quiero que te olvides de todo lo que hay fuera de esta puerta —murmuró, empezando a acelerar el vaivén de forma gradual—. Esta noche solo existimos tú y yo.

Sus caderas trazaban círculos perfectos, obligando a mi miembro a rozar cada rincón de sus paredes internas en un recorrido tortuoso. Incapaz de quedarme estático, me incorporé hasta quedar sentado, envolviendo su cintura con mis brazos para pegarla contra mí mientras ella continuaba montándome. Nuestros pechos sudorosos se juntaron con fuerza, y la redondez de sus senos impactaba contra mi torso con cada uno de sus descensos.

Avril me buscó la boca con un hambre renovada, derramando sus gemidos directamente en mi garganta a medida que la velocidad aumentaba. Bajé mis manos hacia sus nalgas, apretando la carne firme con posesión y dictando la profundidad del impacto para obligarla a recibirme aún más adentro.

—Así… justo así, Andrés… —jadeó entre los besos, con la mirada completamente perdida en el placer—. Quiero que me vuelvas a llenar…

La cadencia que Avril intentaba imponer se volvió insuficiente para el fuego que me recorría. Quise el control absoluto. La aferré con firmeza de las caderas y, manteniendo mi verga firmemente enterrada en su interior, la obligué a girar hasta tenderla de espaldas sobre el sillón. Me posicioné encima, hundiéndome en un misionero profundo mientras le levantaba las piernas para cargarlas sobre mis hombros, exponiendo por completo su intimidad.

—Así es como te quiero —gruñí, descargando una estocada brutal que buscó el fondo de su vientre.

Avril soltó un grito ahogado, un sonido agudo de puro impacto, mientras arqueaba la columna y clavaba los talones en mi espalda.

—¡Que rico, sí! ¡Más hondo… destrózame ahí dentro!

Comencé a castigarla con embestidas salvajes, un martilleo constante que hacía que sus pechos rebotaran violentamente con cada impacto de mi pelvis. Avril se aferraba con desesperación al respaldo del sillón, gimiendo sin el menor rastro de control mientras su coño, completamente lubricado por el exceso de nuestros jugos, emitía un eco obsceno y húmedo alrededor de mi grosor.

La tomé de los muslos y la volteé de nuevo, obligándola a ponerse en cuatro. La penetré de un solo golpe seco y contundente; al mismo tiempo, enredé mis dedos en su cabello, tirando de él hacia atrás para obligarla a levantar el rostro mientras la poseía con furia.

—¡Así… justo así! ¡Rómpeme por dentro, Andrés! —gritaba con la voz desgarrada, empujando su culo hacia atrás para encontrarse con mi fuerza.

Sus nalgas impactaban contra mi pubis con una violencia rítmica. Descargué varias nalgadas firmes y sonoras, dejando marcas carmesí sobre la superficie de su piel morena, lo que la hizo gemir como una posesa, completamente desatada en su propio éxtasis.

Buscando someterla aún más, la tomé de los brazos, la jalé hacia atrás y la obligué a aplanarse sobre el mueble completamente tendida boca abajo. Me tumbé encima de ella, aplastándola con todo mi peso para restarle movilidad, y la penetré de nuevo con estocadas cortas, densas y calculadamente profundas.

—¡Dios…! ¡Me estás partiendo…! —gemía con el rostro hundido en el cojín, y su voz apenas era un eco ahogado.

Mis caderas golpeaban contra su retaguardia sin la menor piedad. Sentía cómo las paredes de su coño comenzaban a vibrar y a contraerse en espasmos erráticos alrededor de mi miembro, devorándome en la víspera de otro colapso. Avril temblaba debajo de mí, entregada por completo a la brutalidad del placer.

—¡Me vengo… me vengo otra vez! —gritó, y su cuerpo entero entró en una convulsión violenta.

Su orgasmo fue tan masivo que su interior se cerró alrededor de mi verga como un puño de seda, ordeñándome con una presión asfixiante que saboteó mi última resistencia. No aguanté más. Con un gruñido que me desgarró la garganta, me enterré hasta el límite de su fondo y exploté dentro de ella. Chorros calientes y abundantes de semen inundaron su útero, mientras Avril seguía sacudiéndose en espasmos debajo de mi cuerpo, unida a mí en el clímax definitivo de la noche.

Avril permaneció un momento inmóvil, intentando recuperar el aire mientras los últimos espasmos de su clímax se disipaban en sus músculos. Con una lentitud pesada, se giró y se sentó en el borde del sillón, barriéndome con una mirada vidriosa, inyectada de un hambre que parecía no tener fin.

Se humedeció los labios y, con una ronquera suplicante que delataba su total entrega, verbalizó su fantasía más cruda:

—Quiero tu verga en mi garganta…

Sin esperar respuesta, se deslizó del mueble y se arrodilló sobre la alfombra, justo entre mis piernas. Me miró desde abajo, con una expresión desarmada, casi desesperada por la necesidad de complacer.

—Quiero que me folles la boca… métemela hasta el fondo —susurró, abriendo los labios y dejando ver su lengua en una invitación explícita—. Quiero que me uses como una puta… sin ninguna piedad.

Tomó mi miembro, que aún pulsaba duro y brillante por los fluidos compartidos, usando ambas manos para acariciarlo de arriba abajo. Luego, inclinó la cabeza y comenzó a deslizarlo lentamente en su interior, sosteniéndome la mirada sin parpadear. Bajó con cuidado, controlando el reflejo de su garganta, hasta que se quedó estática con la mitad de mi longitud confinada en su boca.

—Más… —pidió en un murmullo ahogado, apartándose apenas un milímetro—. No me tengas lástima. Fóllame la garganta.

Enredé los dedos de una mano en su cabello, pujé las caderas hacia adelante de forma decidida, hundiéndome más profundo en su calidez. Ella entornó los ojos y dejó escapar un quejido sordo, un gorgoteo que se ahogó alrededor de mi grosor mientras yo comenzaba a marcar un ritmo constante, metiendo y sacando la verga con estocadas cada vez más densas.

—Así… trágatela entera, que no quede nada fuera —gruñí, ejerciendo un poco más de presión desde su nuca para dictar la profundidad.

El esfuerzo le provocó un hilillo de saliva que comenzó a correr por su barbilla, pero lejos de apartarse o buscar aire, Avril redobló su apuesta. Clavó ambas manos en mis nalgas, tirando de mi pelvis hacia ella con una fuerza sorprendente, exigiéndome que la tomara sin contemplaciones.

Avril me miraba desde el suelo con los ojos enrojecidos y empañados por las lágrimas, pero su mirada destilaba una lujuria salvaje mientras yo continuaba tomándole la boca con estocadas cada vez más profundas y decididas. Las paredes de su garganta se contraían de forma casi asfixiante alrededor de mi miembro, produciendo un eco húmedo y obsceno cada vez que mi pelvis chocaba contra sus labios.

—No voy a aguantar mucho más… —gruñí, enredando mis dedos con más fuerza en su cabello para marcar el territorio.

Avril captó la advertencia de inmediato. Lejos de retroceder o buscar aire, clavó las uñas en mis nalgas y tiró de mí con una fuerza posesiva, exigiéndome que terminara el trabajo justo ahí, en el fondo de su garganta. Sus quejidos sordos vibraban directamente contra mi verga, enviando oleadas de calor que terminaron por dinamitar mi última reserva de autocontrol.

Con un gruñido que me nació del fondo del pecho, le aseguré la cabeza y me enterré por completo, buscando el límite de su resistencia. Mi miembro palpitó violentamente y exploté en su interior. Mi semen salió disparado directamente hacia su esófago. Avril recibió el impacto sin apartarse un solo milímetro; tragó con una avidez pasmosa mientras sus ojos terminaban de llenarse de lágrimas por la profundidad, pero continuó succionando con fuerza, obligando a mi verga a soltar hasta la última gota.

—¡Mierda… trágatelo todo! No dejes nada —bramé, manteniéndola fija contra mi pelvis mientras las últimas pulsaciones de mi clímax la inundaban.

Ella emitió un gemido ahogado alrededor de mi grosor, haciendo pasar el líquido una y otra vez con movimientos rítmicos de su garganta. Solo cuando el espasmo terminó y mi hombría empezó a ceder, Avril se retiró con una lentitud tortuosa, jadeando en busca de oxígeno. Un fino hilo de saliva y fluidos conectó sus labios entreabiertos con la punta de mi verga. Tenía la comisura de la boca y la barbilla manchadas, pero me barrió con una sonrisa cargada de una perversidad plenamente satisfecha.

—Delicioso… —susurró con una voz rota y rasgada, pasándose la lengua por los labios para saborear el final—. Me vuelve loca tu sabor, Andrés.

Sin romper el contacto visual, se inclinó una última vez hacia adelante. Deslizó la lengua con parsimonia sobre el glande para limpiarme, recogiendo con una devoción impecable cualquier vestigio que hubiera quedado de mi firma en su cuerpo, dejando claro quién había ganado la noche.

En ese preciso instante, rompiendo la densa calma del departamento, la pantalla del teléfono sobre la mesa de centro volvió a encenderse. Esta vez no era un texto plano; la vibración larga delató la llegada de un archivo multimedia.

Era Sofía.

Desbloqueé el dispositivo y la imagen que se desplegó en la pantalla me golpeó con la fuerza de un impacto en pleno pecho. Mi prima estaba en mi habitación, plantada frente al espejo de cuerpo entero. Se había despojado de su propia ropa y solo llevaba puesta una de mis camisas blancas de algodón, cuyos botones superiores dejaban al descubierto la línea de sus clavículas.

Con una mano, levantaba el dobladillo de la prenda hasta la altura de la cintura. La tela apenas cubría la parte superior de sus caderas. Justo debajo, entre la curva de sus muslos, su intimidad brillaba con una humedad evidente, hinchada y expuesta a la lente.

Al pie de la imagen, el mensaje de texto terminaba de dinamitar el ambiente:

«Mientras tú estás con tu “amiga”… yo estoy aquí, en tu cama, esperándote empapada. ¿Vas a tardar mucho más? Porque si no vienes pronto, voy a tener que empezar a frotarme pensando en ti…»

Avril, que seguía arrodillada entre mis piernas con el mentón apoyado en mi muslo, estiró el cuello sin el menor pudor para devorar la pantalla. Al procesar la fotografía, sus ojos se entrecerraron y dejó escapar una risita baja, un sonido cortante donde la diversión competía directamente con un brote de orgullo herido.

—Vaya… parece que tu primita no tiene intenciones de quedarse atrás —comentó, y su tono juguetón adoptó un matiz afilado, un deje de celos que no pudo disimular—. Esa foto no es un aviso, Andrés. Es un desafío directo en mi propia cara.

Se incorporó a medias, sosteniéndose de mis rodillas, y clavó su mirada en la mía, midiendo el impacto que la provocación de Sofía había tenido en mi anatomía.

Me aparté el teléfono de la cara, sintiendo el pulso acelerado y la urgencia de moverme antes de que el escenario en casa se volviera completamente insostenible.

—Tengo que irme, Avril —dije, poniéndome de pie mientras buscaba mi ropa esparcida por el suelo—. No es solo por el mensaje de Sofía. Es por mi tía Rebeca. Si no regreso ahora mismo, va a ser un caos de verdad.

Avril se levantó del suelo con lentitud, sin el menor rastro de vergüenza por su desnudez. El rastro de nuestra entrega aún brillaba en sus labios y en la curva de su barbilla. Me dio una mirada en la que una ligera decepción compitió con su habitual picardía, antes de soltar un suspiro de resignación.

—Entiendo… la famosa tía Rebeca —comentó, acercándose para estampar un beso rápido y húmedo en mis labios—. Ve entonces. Pero ten por seguro que la próxima vez no te vas a escapar tan fácil. No me voy a conformar con un par de horas; te quiero toda la noche para mí.

Me vestí a toda prisa, ignorando el cansancio que empezaba a pasar factura. Avril me acompañó hasta el umbral del departamento. Justo antes de que cruzara la puerta, me tomó de la nuca y me dio un último beso profundo, obligándome a saborear el rastro de mi propia esencia en su lengua.

—Guarda energías, Andrés… porque la próxima vez te voy a exprimir —susurró contra mis labios con una sonrisa promiscua antes de cerrar la puerta.

El trayecto de regreso fue un desafío. Caminé con la mente hecha un caos, consciente del olor a sexo que emanaba de mi piel y de los arañazos que me escocían en la espalda. Al meter la llave y empujar la puerta principal de la casa, el silencio que me recibió pareció una trampa. Apenas el cerrojo hizo clic, una silueta se recortó en lo alto de las escaleras.

Era Sofía. Llevaba puesta la camisa blanca de la fotografía, el dobladillo oversized apenas cubriéndole los muslos y el cabello revuelto.

—Finalmente llegaste… —soltó en un susurro cargado de una malicia triunfal—. Sube. Te estaba esperando.

Comencé a subir los escalones, sintiendo el peso de su mirada depredadora sobre mí. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzar el pasillo del segundo piso, el sonido de una puerta abriéndose a nuestra izquierda congeló el ambiente.

Rebeca salió de la habitación principal. Vestía una bata ligera de seda negra que se ceñía a su cintura y se entreabría con cada paso, dejando al descubierto el nacimiento de sus pechos. Al encontrarnos de frente —a mí, con la ropa desalineada, el rostro exhausto y transpirando un aroma delator; y a Sofía, plantada a mi lado usando mi ropa—, la expresión de mi tía se transformó por completo.

Sus facciones se endurecieron y sus ojos se entrecerraron en dos líneas finas y peligrosas. Hizo un escaneo rápido y letal: primero se detuvo en las piernas desnudas de Sofía y en la camisa que vestía; luego clavó la vista en mí, deteniéndose en mi fatiga en mi rostro. Los celos, un impulso posesivo y visceral, le encendieron la mirada de inmediato.

—¿Otra vez juntos a estas horas? —preguntó Rebeca. Su voz era baja, pero arrastraba una vibración alterada que hizo que el pasillo se sintiera súbitamente más estrecho—. ¿Y tú… qué haces vestida con esa camisa, Sofía?

Sofía se tensó a mi lado. Rebeca dio un paso firme hacia nosotros, acortando la distancia de manera intimidante. La frustración y el deseo reprimido flotaban a su alrededor como una tormenta contenida.

—No sé qué clase de juego estúpido están armando ustedes dos a mis espaldas… pero esto ya se está saliendo por completo de control —sentenció, clavando sus ojos oscuros directamente en los míos con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada—. Y tú, Andrés… llegas de madrugada, desalineado y…¿Crees que no me doy cuenta de lo que haces?

El silencio que siguió fue denso, pesado, cortado únicamente por la respiración contenida de los tres. Rebeca nos echó una última mirada cargada de desprecio y amargura, antes de volver a enfocarse exclusivamente en mí. Dio medio giro hacia su puerta, pero se detuvo, hablando por encima del hombro con una frialdad que sonó a ultimátum:

—Mañana mismo vas a empezar a buscar otro lugar donde vivir, Andrés. Es mejor que te vayas de esta casa antes de que suceda algo peor de lo que ya has provocado.

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