Mi última descarga de semen fue en el culo de Fabiana

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Fabiana lleva casi seis años viviendo en México y desde que la conozco me ha parecido una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida. Llegó de Brasil para estudiar una maestría y se terminó quedando por motivos de trabajo. También se casó con un gringo que conoció durante la maestría. Ella es alta, mide casi 1.80 y de tez muy morena, pelo oscuro y muy rizado. Tiene unas tetas abundantes y un culo respingón, ya que como bien se sabe, a los brasileños les encanta el ejercicio.

La conocí en la oficina ya que el departamento de marketing se encuentra pegado al de finanzas. Pronto nos hicimos colegas amistosos y poco a poco la relación fue volviéndose más estrecha. A mí me encantaba hacerla reír y ella decía que conmigo no se sentía tan sola en México, ya que su marido iba y venía de Arizona por motivos familiares y también laborales.

Un viernes en el que su marido estaba fuera del país, casi a la hora de salir, me dijo:

—¿Qué vas a hacer hoy?

—No tengo planes, Fabi, ¿por qué? ¿A dónde me vas a invitar?

—Me salió en Instagram que habrá un recital tributo a Caetano Veloso, con músicos brasileños. Es en La Roma, ¿quieres ir conmigo?

—Quiero —contesté.

La verdad es que a mí Fabiana me encantaba pero sabía que ella jamás se fijaría en alguien como yo. No es por hacerme menos, pero mi constitución no es particularmente atlética. Siempre pensé que sólo éramos amigos y así fue como interpreté la invitación.

—Vale, te mando los detalles por Whatsapp y te veo ahí. Es a las ocho.

—Ótimo —dije. Siempre intentaba practicar mi portugués con ella.

El concierto fue una maravilla, llena de talento y emoción. Al ser en una sala pequeña, las bebidas corrieron toda la noche y a la tercera copa de vino, Fabiana se recargaba en mi hombro para contarme detalles o historias que venían a su memoria con la canciones que escuchábamos. Yo me sentía en el paraíso.

Ella buscaba el contacto físico conmigo: mis manos, mis hombros, mi frente y yo, después de rendirme a la posibilidad de pasar la noche con aquella diosa carioca, comencé a poner de mi parte. La tomé de la cintura, le servía más vino y pasaba mi brazo por sus hombros. Al final ocurrió lo inevitable. Nos besamos en la última canción. Al terminar el recital, aplaudimos de pie y nos volvimos a besar con pasión en medio de la sala.

Afuera del establecimiento, mientras esperábamos nuestros respectivos taxis, ella preguntó:

—¿Quiere ir a mi casa por algo de beber? Aún es temprano y mi marido no regresa hasta el domingo.

—Quiero —repetí.

Nos besamos todo el camino a su casa y el conductor me lanzó una mirada de aprobación y envidia al verme comerle la boca a semejante hembra. Subimos a su departamento, donde pasó a su habitación a ponerse más cómoda. Salió en una lencería que me provocó una erección de antología. Puso música en Alexa y se sentó en mis piernas.

—Me siento tan sola aquí, mexicano lindo.

—Creo que yo puedo ayudarte con eso, garota —respondí para hundir mi cara en sus maravillosas tetas de ensueño. Después de un rato pasamos a la habitación y al fin pude desnudarla. Sus tetas cayeron al ser liberadas, ya que eran naturales y perfectas, y tenía el coño adornado con una elegante columna de vello rizado, recortado y oscuro. Me abalancé sobre ella besando toda su piel morena. Me coloqué entre sus piernas y empujé mi verga dentro de su coño, pero ella reaccionó con una firme negativa.

—Espera, guapo, sin condón no.

—De acuerdo.

—Hay en el cajón.

Abrí el cajón, saqué varios de una vez, me coloqué uno y ya protegido de embarazos no deseados, entré en ella con fuerza.

—Ay, sí, mi amor —gimió aferrándose a mi nuca.

—Qué rico se siente tu coño, garota.

—Y se sentiría mejor sin camisinha —confesó —Pero no puedo arriesgarme a quedar embarazada, ¿comprende?

—Comprendo.

Cogimos de misionero y luego ella se montó en mi verga hasta venirse. Poco después yo eyaculé una descarga abundante en el condón. Odio la visión de mi propia semilla desperdiciada, pero Fabiana tenía razón, el riesgo de que su infidelidad resultara en un embarazo era algo que no podíamos permitir. Me quité el condón a reventar de leche y lo dejé en el buró. Nos quedamos abrazados. Después de un rato, cobré ánimos de nuevo y la acosté boca arriba. Comencé a besar su espalda sin prisas y ella reaccionó estremeciendo su cuerpo con cada beso, lamida y mordida. Eso reactivó mi erección. La tomé de la cadera para ponerla en cuatro, me coloqué el espantoso condón y se la metí.

—Papito, así, qué rico me coges, muévete, demuéstrame cuánto te gusta esta puta.

—Sí, mami, te voy a dar todo mi amor y mi leche.

La visión del culo de Fabiana a mi merced me infundió ganas y una resistencia para poder complacerla. Duramos un buen rato así hasta que sentí sus paredes vaginales contraerse de nuevo anunciando el segundo orgasmo. Calculé cuánto debía faltarle y tomé nota mental para que cuando ella finalmente comenzó a bramar como la puta infiel que era, yo volvía a descargar mi leche en el condón. Venirme al tiempo que Fabiana fue una experiencia irrepetible y creo que esa fue una de las razones por las que bajó la guardia.

Relajada se desplomó sobre la cama. Yo me acosté a un costado. Volví a besar sus hombros, su espalda, sus caderas y sus nalgas un buen rato, ella sólo se dejaba hacer.

—Qué delicia, amor.

Yo no decía nada. Mientras la complacía, comencé a acariciar mi pene, necesitaba que reaccionara cuanto antes. Al fin volvió a ponerse duro.

Me acerqué peligrosamente a sus nalgas y con cuidado las abrí. Su ano era como encontrar un diamante. De piel oscura, parecía haber sido esculpido por los dioses. Se veía que nunca había usado y que estaba listo para cualquier cosa. A pesar de no haberlo intentado antes, decidí comerle el culo. Pasé mi lengua por ese ano delicioso y ella sólo gemía envuelta en placer.

—¿Pero qué haces? Dios mío, qué rico.

—¿Quieres que pare?

—No quiero, sigue, sigue.

Le comí el ano un buen rato y ella sólo arqueaba la espalda, disfrutando.

Cuando calculé que la tenía en mi poder. Me coloqué sobre ella, primero, con la mano tomando mi verga, le di golpes en las nalgas, para que se hiciera a la idea de mis intenciones. Luego abrí sus nalgas de nuevo y coloqué mi glande justo sobre su ano y eché mi peso sobre ella, ejerciendo presión de mi glande sobre su culo. Me acerqué a besar su cuello y sus hombros.

—Me encantas, Fabiana.

—Tú a mí, mi amor.

En ese momento supe que tenía su permiso. Empujé la cadera, introduciendo mi glande en su ano virgen. Ella gimió. Esta vez fue de dolor.

—Uy, con cuidado, guapo. ¿Tienes lubricante?

—No.

—Okay, con cuidado.

Volví a empujar con el mismo resultado.

—Cuidado, cuidado —me dijo pero sus gemidos ya no eran tanto de dolor y más de placer.

—Está bien, tendré más cuidado.

—Sí, amor.

Me tomó más de un minuto poder meter toda mi verga en su ano. Pero valió la pena. La situación era indescriptible, placer sin límites y la victoria de al fin haber penetrado a Fabiana sin condón. Comencé a bombear y ella movía las nalgas en un vaivén delicioso. Lo hicimos así, ella con el abdomen y las tetas sobre la cama y yo ejerciendo fuerza sobre ella.

Cuando estuve cerca de eyacular, pregunté:

—¿Se puede todo?

—Claro que se puede, guapo. Ahí es seguro que eyacules.

Tomé aquellas palabras como una orden y comencé a soltar mi última descarga de la noche en el ano de Fabiana. Ella apretaba más mi verga y extrajo hasta la última gota. Nos quedamos unidos hasta que perdí firmeza y salí de ella. Corrió al baño, luego fue mi turno.

Al volver nos quedamos abrazados.

—Ha estado delicioso, tenía tantas ganas de que me rompieran el culo.

—¿Y tu esposo no lo hace? —pregunté estúpidamente.

—No le gusta, piensa que es del diablo.

—Él se lo pierde.

—Así es.

Salí de madrugada de su departamento y no la busqué en todo el fin de semana. De vuelta al trabajo el lunes, nos comportamos como viejos amigos y quedamos en que la sesión se repetiría siempre que fuera posible.

—Mi ano es sólo tuyo, mexicano guapo.

—Y mi semen es sólo para ti, mi hermosa carioca.

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