Restaurante prohibido (4)

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T. Lectura: 4 min.

Son las 20 h ya. Llevo aquí media hora, los minutos parecen horas. Finalmente aparece por la puerta y sube al coche. Su perfume invade el coche. Tenerla aquí de nuevo me tranquiliza, aunque sea egoísta por mi parte. Sigue enfurruñada, no me dice nada, se abrocha el cinturón y cruza los brazos como una niña pequeña. Alzo una ceja, se me escapa media sonrisa. No sé porque, pero esto me divierte un poco. No estoy acostumbrada a que quieran quedarse.

Estamos en la mesa, yo me he pedido un té frío y ella una caña. Tendrá que coger fuerzas para hablar, le da un largo trago. Mi corazón se va a salir del pecho. Como sigue sin hablar empiezo yo:

-Janet, siento todo lo ocurrido, no quería…

-Callate, no lloraba por ti, ni por lo ocurrido. He tenido una discusión muy fuerte con mi marido. Resulta que últimamente estoy muy distante de él.

Le da otro trago a la caña y se la acaba, le indica al camarero que traiga otra.

-Pero ya puestos, me ha molestado que me dieras largas durante dos semanas. De repente me ves llorar… y ¿ya se te ha pasado todo? No te entiendo, Lexa.

-Yo tampoco… yo no quería…

Levanta la mano diciéndome que me calle de nuevo.

-Tampoco entiendo por qué pusiste límites al tocarte, pero lo acepté sin darle más vueltas. Supuse que me lo explicarías con el tiempo. Pero… ¡Sorpresa! Desapareciste.

Se le empañan los ojos, y entonces sé que aunque el detonante fuera su marido, yo soy de nuevo la culpable de ello.

No sé qué esperaba. Desde luego, esto no.

-Es que intento protegerte de mí.

-¿Protegerme de ti? ¿Eres una mantis que se come a su presa después del sexo?

La miro unos segundos.

Se me escapa una risilla.

-No sé de qué te ríes…

-Ay Janet… no, simplemente estoy rota y rompo todo con solo tocarlo. No quiero que te ocurra a ti, ni a los tuyos.

-Sigue.

Que fría está… cojo aire y prosigo.

-Mira, mi cuerpo no es como el resto. Lo que a ti te dice tu cabeza que es excitante, a mi no. A mi excita dar placer.

-No lo entiendo…

Janet juega con el borde del vaso mientras tanto.

-Es algo complejo…

Llega el camarero, me callo. Le sirve la otra copa a Janet y se vuelve.

-Mi forma de sentir no es la misma. Para mí el deseo funciona de otra manera. No puedo pedirte que dejes todo por alguien como yo. Por alguien… defectuoso.

-Lexa, voy a romper con todo, contigo o sin ti. Pero al fin he conseguido ser yo y no pienso dar marcha atrás.

Da un trago a su cerveza, al dejarla da un golpe y yo doy un respingo.

-No sé Lexa… yo quisiera contigo, pero si no quieres, no voy a obligarte a nada. Pero no vi señales contrarias en nuestro encuentro.

Me quedo helada, inmóvil.

Estira la mano como si fuera a coger la mía. La roza pero no llega a hacerlo. Está temblando. Se me acelera el pulso. “Contigo o sin ti”.

Conmigo por favor.

Si estas dispuesta… quiero que sea conmigo.

Siempre.

-Así que esfuérzate en explicarme bien porque crees que estás defectuosa.

Mis ojos se clavan en los suyos. Brillan, ya no hay enfado.

-Aquí no puedo. Ven.

Me levanto. Le tiendo la mano temblorosa. Duda, pero la coge. Tomo dirección al baño.

Hay un silencio total entre las dos. Contrasta con el barullo del bar. Su mano aún está fría, pero aprieta la mía con fuerza.

Al llegar a la puerta, tomo el pomo, y me freno de golpe.

Dudo. Aún puedo parar esto. Puedo evitar romperla.

Me aprieta la mano, la otra se posa sobre la misma y me mira con confianza.

Tengo un nudo en el estómago. Cojo aire y abro la puerta y nos adentramos. La cierro con pestillo.

Me acerco a ella, aun temblando. Su mano sobre mi mejilla me calma. Mi pulso se acelera al cogerle de la cintura. La estrecho hacia mi cuerpo. Nuestros labios se rozan a penas.

-Janet, antes de nada, necesito saber que confías en mí. No te haré daño de ninguna manera, pero si tienes que poner algún límite, no lo dudes. Si en algún momento decides parar por cualquier razón, pararé cuanto digas. ¿Entiendes?

-Entiendo. Confío en ti. Sé que no me vas a hacer daño.

Trago saliva y suspiro a modo de alivio.

Tiro de su coleta para acceder mejor a su boca y nos fundimos en un largo beso. Mis manos recorren su cuerpo con calma. Ya no tiembla, solo arde en deseo.

La dejo ir. La coloco delante de mí frente al espejo.

-Fíjate bien, no me mires a mí. Mirate a ti. Quiero que veas lo que yo veo. Quiero que veas lo que enciende cada parte de mí. Quiero que te disfrutes como yo te disfruto.

Le riego el cuerpo de besos a la vez que le desabrocho el pantalón.

-¿Estás lista?

Asiente. Yo niego.

-Dímelo.

Le digo a la vez que le pellizco un pezón. Su respiración se entrecorta.

-Estoy lista.

Sonrío. Miro nuestro reflejo. Está perfecta.

-¿Para qué estás lista?

Le pellizco el otro pezón. Da un respingo junto a un gemido.

-Para ti, Lexa. Estoy lista para entregarme a ti.

No debería alegrarme. Aun así, lo hago, y mucho.

Una sonrisa me pinta el rostro. Le doy un suave mordisco en el lóbulo de la oreja. Se le escapa un gemido gutural.

-Así me gusta.

Le bajo los pantalones y la ropa interior de golpe. Hago que se incline hacia el lavamanos. Mi mano derecha ya está lista para entrar en ella y, la izquierda, en su coleta, asegurándome de que no le quite ojo al espejo.

Entro lentamente con un dedo. Su humedad hace que mis partes se mojen. Suelta un gemido muy leve. Subo el ritmo del compás. Cuando está bien lubricada, entro un segundo dedo. Su cuerpo se tensa al sentirlo. Miro el reflejo y esta colorada. Siente vergüenza de verse así. Con lo hermosa que está. Me inclino hacia ella.

-Estás preciosa. Me tienes atrapada. Y todo eso, es gracias a esa persona que ves en el espejo.

Le doy un beso bien húmedo. Salgo de ella y meto mis dedos en su boca.

-Chupa bien, saboréate como yo lo hago. Mírate, provócate.

Ella gime y succiona con más fuerza. Le saco los dedos. La recoloco para tenerla bien pegada a mí. Vuelvo a colar mi mano por detrás y mis dedos se cuelan de nuevo en su sexo. Me quedo inmóvil, la miro en el espejo. Esta con la boca entreabierta, lo ojos muy abiertos, deja de mirarse para suplicarme movimiento.

-Mirate y pídelo, si te lo concedes, será tuyo.

Vuelve la mirada al espejo, se sonroja.

Me acerco a su oído y le susurro:

-Venga, dilo, solo tú puedes acabar con esto.

A la vez giro levemente mis dedos en su interior. Siento como se deshace sus ojos brillan y se empañan. Y entonces lo dice:

-Por favor, quiero que me lo des. Déjame ir por favor.

Sonrío tras de ella.

-Intentaré complacerte pues.

Acelero el ritmo. Apenas los saco. Su piel cada vez más sonrojada. La respiración contenida. Tensiona todo su cuerpo. Freno un poco el ritmo. Se pega más a mí.

-¡Por dios, Lexa!

Suena como enfadada y todo. Se me escapa una pequeña carcajada y me apiado de ella.

Acelero aún más. Me pego más a ella. Mi cuerpo marca el mismo ritmo que mi mano.

-Respira, que viene lo bueno.

Coge aire una última vez. Sus manos apretadas en el lavamanos. Tiene los nudillos blancos de lo fuerte que lo coge. Me arrimo más, mi respiración roza su oreja. Se nos entreabierta la boca, ansiosas por llegar. Y entonces nos dejamos ir en un largo orgasmo. Su humedad cae por mi mano atrapada bajo su tensión. Nuestra respiración es agitada, apenas salen las palabras.

Cojo su cara y le doy un beso urgente.

-¿Ahora entiendes cuál es mi placer?

Asiente exhausta.

-No lo entiendo todo. Pero entiendo que no estás rota ni defectuosa.

Se me llenan los ojos de lágrimas. No sé si lloro porque me parece bonito o porque, por un instante, quiero creerla. Pero me hace sentir bien y la abrazo con necesidad.

Continuará.

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