La princesa Margalinda: El primer pretendiente llega a palacio

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Martín, entre la multitud, contempla cómo el duque de Zerotrasto va avanzando por la Avenida del Reino, la que lleva hacia el palacio. Todo es pompa y riqueza. El duque va acompañado por un amplio séquito, caballeros armados y todo tipo de servidores. El joven Martín se siente irritado ante la posibilidad de que su amada princesa escoja a un pretendiente y él deje de poder verse con ella, su amiga desde muy niños y su amante desde hace unas semanas.

Recuerda cómo los padres de Catalina, su prometida, rompieron el compromiso con él al ver que descuidaba a su hija y dejó de tener atenciones con ella. Aunque le hubiera gustado conservar a su novia, sabiendo que nunca podría casarse con Margalinda, en ese momento a él no le importó mucho perder a Catalina. Él solo tenía pensamientos y deseos con Margalinda.

Pero hoy, al ver pasar al primer candidato a esposo de la princesa y futuro rey, piensa que quizá fue un estúpido. Teme que se quede sin su princesa y sin su antigua prometida. Tenía que haber sido más listo y haber conservado a Catalina, aunque se siguiera viendo con la princesa. Catalina es una buena chica, además de muy bonita, y seguro que sería una esposa perfecta. De hecho, ya la ha visto un par de veces acompañada por Alonso y teme que pronto ellos dos se prometan. Las últimas veces que Martín se encontró con Catalina, ella ni le saludó.

-Sí -se dice Martín -he sido un tonto de no haber cuidado la relación con mi novia, aunque me viera con mi amada princesa y solo deseara estar con ella.

El gentío aplaude y vitorea al duque mientras él desfila elegante a lomos de su corcel i al frente de su séquito.

-¡Que elegante se ve el aspirante!

-¡Sí, todo un señor!

-¡Qué gran rey sería para Dorada Montaña!

-Se ve fuerte. ¡Un gran guerrero!

-Eso conviene el reino.

-¡Y qué guapo!

-¡Eso da igual!

-Claro, lo que queremos es un buen rey. ¡No importa si es guapo o feo!

-¡Bueno, eso debe decidirlo la princesa!

-¡A ella sí le importará que sea un esposo atractivo!

-¡Mejor que uno feo!

-Margalinda es tan buena y virtuosa que lo único que mirará es que pueda ser el mejor rey para Dorada Montaña.

-Pero también debe mirar que le agrade como hombre ¿no?

-Ella solo tendrá en cuenta que el que elija llegue a ser tan buen monarca como lo es su padre.

-Eso es imposible. ¡Fenoy III es inigualable!

-Es muy buen rey, sí. El mejor que se recuerda.

-Y ha educado muy bien a su hija.

-¡Lástima que no haya tenido ningún hijo varón!

-Sí. Cuando quedó viudo nunca más miró a otra mujer ni se ha querido volver a casar.

-Seguro que la princesa elegirá al mejor rey para cuando Fenoy muera.

-¡Dios le conserve muchos años la vida!

-Sí, pero ya es muy mayor.

Cuando Martín, harto de tantos comentarios de la gente, decide dejar el espectáculo y dirigirse a los campos a trabajar, recuerda su segundo encuentro íntimo con la princesa. Ese día, hace un par de meses, había buscado cualquier excusa para no ir a ver a su prometida Catalina y se acercó al claro del bosque donde de niños jugaban él y la princesa. Estuvo esperando más de una hora. Se sentía un estúpido por no haber ido a ver a su novia para encontrarse con Margalinda y que ahora ella no apareciera. Se disponía a deshacer el camino, pero oye la voz sensual de la princesa:

-¡Martín, oh, que bien que todavía estás aquí!

-¡Linda!

-Lo siento, Martín, hasta ahora no he podido burlar a mi ama y a los soldados que me protegen.

-Yo ya me iba.

-Claro, lo entiendo. ¡Pero me has esperado! -se abalanza sobre él, le abraza y le besa. – Debemos ir rápido, Martín.

-¿Rápido?

-Sí, temo que me anden buscando y no quiero que nos encuentren aquí juntos – se besan apasionadamente.

-¡Linda!

-¡Qué bien besas, Martín! ¡Venga, va, mira, a ver qué te parecen!

La princesa aparta el vestido de sus espaldas, lo baja hasta debajo del sostén y se lo desabrocha. Lo cuelga en la rama de un árbol. Se cubre los pechos con las manos.

-Me da vergüenza, Martín. Nunca ningún hombre me ha visto las tetas. Tú serás el primero.

-Un honor, mi princesa.

-¿Quieres verlas, Martín? ¿Quieres ver las tetas de tu princesa?

-Sí, sí, por favor.

Ella aparta lentamente sus manos y deja entrever primero sus aureolas y, poco a poco, sus pezones rosados. Sus pechos son jóvenes y tersos, quizá algo grandes para una chica de su edad.

-¿Te gustan, Martín? ¿Te gustan mis tetas?

-Sí, mucho.

-¿Quieres tocarlas? Nunca nadie me las ha tocado. Tú serás el primero. ¿Deseas tocar los pechos de tu princesa?

-¡Por favor!

-Ven, acaricia mis tetas suavemente. Sí, así, muy bien. ¡Qué cariñoso!

-¡Me encantan tus tetas, Linda!

-Pues hoy son todas tuyas también. ¡Acarícialas más fuerte!

-¡Sí, hum!

-¡Agárrame los pezones! ¡Juega con ellos!

-¿Así, mi princesa?

-¡Sí, sí! ¡Bésalos, Martín! ¡Lame mis pezones! ¡Chúpalos!

-¡Oh! ¡Hum!

-¡Mámalas, Martín! ¡Mama más fuerte!

-¡Hum! Estoy muy excitado, Linda. ¡Por favor, agárrame el miembro!

-No, no, espera. Me voy a quitar las braguitas, que las estoy mojando. Oye, ¿sabes que me da mucho placer cómo mamas muy bien mis pechos? – exclama la princesa mientras se quita las bragas – ¡Oh, están empapadas! Toma, huélelas, Martín. Y lámelas si quieres.

-Gracias, Linda. ¡Qué ricas!

-Son de princesa.

-¡Sí! ¡Mejor que un bombón!

-Ven, espera que me siente, allí, en ese tronco. Venga, acércate, que te voy a amamantar un poco más.

-Sí, pero es que estoy muy excitado.

-Eso es que te gustan mis tetas, ¿verdad?

-¡Mucho!

-¡Y a mí amamantarte! Así, lámelas, agárramelas enteras, hum.

-¡Qué suaves! – se admira el chico mientras agarra una teta con cada mano y ve chupando, besando y lamiendo ahora un pezón, ahora el otro. ¡Y qué grandes!

-¿Es que no te gustan?

-¡Me encantan! Es solo que, recuerdo cuando eras niña.

-Han pasado muchos años, Martín. En realidad, hasta hace poco, mis pechos eran minúsculos.

-¡Me gustan así! ¡Hum, me encanta que me amamantes!

-Y a mí ofrecerte mis pechos. Nunca nadie me las había tocado.

-¡Un honor!

-¡Ni mucho menos me los habían besado!

-Ya. ¡Hum!

-¡Ni chupado!

-¡Linda!

-¿Tú habías visto o acariciado los pechos de alguna chica?

-No, nunca – contesta Martín con la boca llena del pecho derecho de la princesa.

-¿Y las de tu novia? ¿No se las has tocado?

-No. Es que ni se las he visto. Nunca me ha dejado que las viera. Dice que hasta que nos casemos.

-Seguro que no las tiene tan bonitas como yo.

-Ya. No sé.

-¡Martín! ¿De verdad no sabes si una simple campesina puede tener sus tetas la mitad de preciosas que las mías? – exclama Margalinda separando de sus pechos llenos de babas de la boca de Martín.

-Supongo que no, Linda. Las tuyas son un cielo.

-¡Es que son de princesa!

-Sí, sí, déjame chuparlas por favor.

-¡Toma, tómalas! ¡Sórbelas como si fueras un bebé!

-¡Hum, sí!

-Acerca tu mano a mi rajita, Martín.

-¡Sí! – el muchacho acaricia el sexo de Margalinda por debajo del vestido-¡Oh! ¡Estás muy húmeda, Linda!

-¡Eres el culpable! ¡Me pones a cien! Hazme un dedo. O dos. Si quieres. ¡Quizá tres!

-Sí, mi princesa. Pero yo… ay… ¡es que me voy a correr!

-¡No, espera, Martín! A ver, saca tu verga del calzón. ¡Oh, sí que está a punto de reventar, sí! ¿Tanto te excitan mis tetas?

-Sí, mi princesa. Y tu chocho. ¡Toda tú!

-¡Qué bien! Méteme, méteme el dedo. ¡Más adentro!

-¡Agárrame la polla, por favor!

-No, espera. Ayer te dije que yo te daría de mamar y que tú me amamantarías con tu miembro y así saborear ese líquido blanco y caliente tan rico.

-Sí, sí que lo dijiste.

-Pues va, a ver, acerca la punta a mis labios, Martín. Pero no dejes de acariciarme el chichi ni de mamar mis tetas.

-No, no, mi princesa.

La chica lame la punta húmeda de la verga de Martín y luego rodea el glande con sus labios. Juega con su lengua con el miembro de su amigo de infancia mientras que él le chupa los pechos y le mete varios dedos en su sexo. Enseguida Martín eyacula grandes chorros en la boca se la princesa.

-¡Oh, Martín! ¡Qué caliente! ¡Y sabroso! ¿Oh, aún más? Eres una fuente. Sí, sí, dame más.

-¡Toma, toma, toda para ti!

-¡Sí, sí!

-¡Toma! ¡Escúrreme los huevos, Linda!

-¡Martín, oh, ah, pierdo el mundo de vista! ¡Así, ahí, acaríciame el botón, oh! ¡Me muero, me muero! ¡Oh, ah! ¡Cómo haces disfrutar a tu princesa! ¡Qué rica está tu polla!

-¡Y tus tetas sabrosas, Linda! ¡Y tu coño! – agradece Martín mientras lame su mano empapada del flujo de la niña – ¡Chúpala, déjala seca!

-¡Sí, todo tu jugo para mí! ¡Qué rico y abundante!

Al cabo de unos minutos de gran placer, la princesa se viste y se despide de su amante con un beso en los labios. Él nota en ellos el sabor de su semen.

-Martín, mañana no podré venir, pero pasado mañana a la misma hora.

-Linda, pero ¿no es demasiado arriesgado?

-¡Seguro que sí, pero vale la pena!

-¡Eso sí! ¡Pues hasta pasado mañana!

-¡A la misma hora!

-¡De acuerdo!

-¡Y dale recuerdos a tu novia Catalina de mi parte!

-No, eso sí que no. Si se enterara, se moriría del disgusto.

Aunque de esa escena hace ya muchos días, esos recuerdos excitan a Martín y se pregunta cuándo podrá volver a estar con Margalinda. En este momento, la princesa está junto a su padre en el gran salón. El aspirante al trono presenta sus respetos y ofrece regalos al monarca. Después de un largo discurso del rey y unas palabras del candidato, es la hora de conocerse más con Margalinda. El duque y la princesa salen a pasear por los jardines de palacio, unos pocos pasos delante de Florencia, su ama desde niña, y varios soldados.

-Mi princesa, he venido de mi ducado, para conoceros y para que me elijáis cómo esposo y futuro rey. Debo decir que nunca imaginé que fuerais una mujer tan bella y atractiva.

-Gracias, duque. Vos también sois un hombre muy agraciado.

-Así, ¿creéis que podré ser vuestro esposo?

-Quizá sí me gustéis como futuro marido y rey.

-Conmigo el reino estaría seguro. He luchado en mil batallas. Y como podéis ver, aquí estoy, vivo y coleando. Y sin prácticamente ni un rasguño.

-Sí, os veis un gran guerrero.

-Además, cómo habéis visto por los regalos y por el séquito que me acompaña, he administrado bien mi ducado y debo decir que es de los países más ricos del mundo.

-No lo dudo.

-Así ¿qué os parece? ¿Podemos anunciar que nos vamos a prometer?

-Esperaros, duque, no debemos apresurarnos. Aún falta conocer a muchos otros candidatos. Sería feo que llegaran a palacio y se les dijera que ya estoy comprometida. Además…

-¿Qué?

-Todavía no estoy del todo segura de que me gustarais como esposo.

-¡No encontrareis ninguno cómo yo! Soy el mejor guerrero, el mejor gobernante…

-Eso no es lo más importante para un marido.

-¿A no?

-Un marido debe ser… – se ruboriza-un buen amante.

-Sí, claro. Por eso no os preocupéis. He estado con muchas mujeres y creo que ninguna se quejaría.

-Bueno, eso es lo que vos decís.

-Es la verdad. ¿Acaso lo dudáis?

-Mirad, duque, no quiero precipitarme. Esta noche, dejaré la puerta abierta de mi cuarto. Cuando ya todo el mundo esté dormido, venid a visitarme. Y allí, terminamos de conocernos.

-Sí, mi princesa. Pero… ¿Podré pasar? ¿No habrá vigilancia en la puerta?

-Siempre la hay. Yo me encargaré que no le impidan entrar. ¡Por algo soy la princesa!

Cerca de las once de la noche, Margalinda se retira a sus aposentos. Su ama la acompaña y la prepara para irse a dormir. Al cabo de una media hora, se despiden con un beso. Más que una miembro del servicio, Florencia es como una abuela para Margalinda. La chica corre a quitarse la ropa con qué duerme cada noche y desnuda se mira al espejo. Se admira de su cuerpo y cómo, a sus veinte años, se ha convertido en toda una mujer. Una mujer muy sexy. Se pone una batita blanca, muy corta y casi transparente. Vuelve a mirarse al espejo. Le agrada ver que la ropa tan fina deja ver su cuerpo, tanto sus pechos como su culo y su pubis rasurado.

Hace un mes le hizo gracia presentarse ante Martín sin un pelo allí abajo, para recordar sus tiempos de niña, y desde entonces, al ver que eso gustó tanto a su amante, siempre procura estar bien peladita. Igual que sus axilas, sin un pelo, algo nada corriente en esa época. Todo sea por gustar a su amigo de la infancia.

Está nerviosa por recibir al duque. Lo encuentra atractivo y piensa que quizá podría ser un buen esposo. Se imagina casada con él, pero sin dejar de verse con su amado amante. Nota que eso la excita. Y es que no ha tenido un orgasmo desde el día anterior cuando pudo estar con Martín en esta misma habitación. Al notar su sexo tan húmedo, por un momento, duda de si ponerse las braguitas, pero decide que no.

Debe asegurarse de que el soldado que está en la puerta deje entrar al duque. Le ordenará que se vaya un rato a dar una vuelta y a tomar algo, que no se preocupe, que el palacio está seguro y que nadie va a molestarla. Es la princesa y deberá hacerle caso. Lo que no puede hacer es mandar al soldado que deje pasar al duque. Quizá le haría caso, pero no puede arriesgarse a que nadie supiera que ha estado a solas con un hombre. No antes de ser una mujer casada.

La princesa se perfuma todas las partes de su cuerpo y abre la puerta. Ve que esta noche es el joven Guy quien está vigilando delante de su habitación. Se alegra de que sea él porque hace poco que está en la guardia y sin duda hará lo que ella le ordene.

-Hola, Guy. Yo ya me voy a la cama. A dormir. Tú puedes ir tranquilo a la cocina a comer y a beber. No te preocupes por mí.

-Su majestad, ya comí y bebí.

-Bueno, pero puedes ir a tomarte un descanso.

-Debo estar en la puerta.

-Yo estoy segura aquí, en el palacio.

-Seguro que sí, pero yo no puedo moverme de aquí.

-Ya. Bueno, yo soy tu princesa, así que… te ordeno que te vayas y no vuelvas hasta dentro de una hora.

-No puedo. El jefe de la guardia me mataría.

-Si él sabe que te lo he ordenado yo, no.

-El rey iba a ahorcarme si os pasara algo, majestad.

-Vete, va, te lo ordeno.

-No, no puedo, lo siento.

Margalinda entra en la habitación y cierra la puerta de golpe. Está indignada. Por un lado, admira la honestidad y sentido del deber del joven soldado. Pero eso dificulta su plan de conocer mejor al duque. Le pasa una idea loca por la cabeza.

-Oye, Guy, entra un momento.

-Debo estar en la puerta.

-Si entras, yo todavía estaré más segura, ¿no?

-Supongo que sí.

-Pues va.

-Sí, majestad.

-Guy, antes vi que me mirabas la bata.

-Yo, no, señora.

-Sí, mirabas mi cuerpo. ¿Es que te gusto?

-Yo, no…

-Mirabas mis piernas. Mi escote.

-No, no.

-Sí. Quizá viste mis pechos a través de la tela tan fina.

-No me fijé.

-O incluso miraste mi pubis depilado.

-De verdad que no.

-¿Y mi culo? ¿Me miraste el culo?

-Yo no os miré. No os miro.

-¿Cómo? ¿No te gusta tu princesa?

-Claro, sí que me gustáis.

-Así ¿te gusta mi cuerpo?

-Sí, bueno… no sé.

-¿No lo sabes? ¿No sabes si te gusta mi cuerpo? Míralo, Guy, estamos solos.

-Majestad… -por fin, sin disimular, se atreve a mirar a la princesa casi desnuda -Sí, me gustas.

-¿Puedes ver mis pechos a través de la ropa, Guy?

-Se ven bien.

-¿Y te gustan, Guy?

-Son… bonitos.

-Espera que me dé la vuelta. ¿Te gusta mi espalda, Guy?

-Sí, mucho.

-¡Oh, pero si me estás mirando el culo!

-No, yo…

-Tranquilo, es normal que me mires el culo. ¿Te gusta, verdad?

-Claro.

-A ver, ¿cuántos años tienes?

-¿Yo? Ya cumplí los dieciocho.

-Bien. ¿Qué te parece si tú me haces un favor y yo te hago otro a ti?

-Lo que vos deseéis, señora.

-Mira… me voy a quitar la ropa para que me veas completamente desnuda y, además, dejaré que toques la parte de mi cuerpo que escojas.

-¿Yo? ¿Se va a desnudar ante mí?

-Sí. Y me podrás tocar. Pero, a cambio, tú deberás cumplir mi petición de dejar la puerta sin vigilancia durante una hora o dos.

-No puede ser.

-¡Vale, pues vete de mi habitación!

-Esperad… yo…

-¿Hacemos el trato? – pregunta Margalinda separando la parte de arriba de la bata para que el chico vea mejor su escote.

-¿Solo tendré que irme una hora?

-Mejor dos.

-Dos horas… no es mucho.

-No, y además harás feliz a tu princesa. Y lo tendré en cuenta en el futuro.

-Bueno, si es para complaceros.

-Sí. Venga, siéntate en mi cama y mira.

Margalinda deja caer la bata y se queda completamente desnuda ante el soldado. Toma sus pechos y los ofrece al chico. Cuando él va a agarrarlos, ella se separa. Entonces acerca su cara a la de él y cuando la va a besar, le aparta la cabeza. Ella le da la espalda y le muestra el culo, sin dejar que lo toque. Finalmente, Margalinda se arrodilla en la cama, separa sus rodillas y ofrece una vista de su sexo mojado al muchacho.

-¿Qué? ¿Te gusta lo que has visto? ¿Has escogido qué me quieres tocar?

-Sus tetas, majestad.

-Pues venga, todas tuyas. Puedes tocarlas con todas las partes de tu cuerpo que quieras.

-Sí, mi señora.

El chico agarra los pechos de la princesa y amorra su boca a los pezones. Los lame, los chupa, los besa, los acaricia, los huele, los masajea, juega con los pezones. Al cabo de unos minutos, Guy se saca el miembro del calzón y se atreve a tocar los pechos de la chica con el glande empapado. Ella se deja hacer. Él agarra las tetas e introduce su verga entre ellas. Empieza a moverla como si follara entre las tetas de la princesa.

-¡Guy, qué descarado! ¡Continua, continua!

-Sí, majestad.

Al cabo de unos minutos, el pene del chico parece una manguera y lanza chorros y más chorros de su semen al cuello, las espaldas y la cara de Margalinda.

-¡Qué bestia, Guy! ¡Me has puesto muy cachonda!

-Si quiere, mi señora, yo puedo…

-No, debes irte. Oye, y no vuelvas antes de un par de horas.

-¿Seguro que no tendré problemas con el rey?

-Tranquilo. Yo te lo ordeno. Oye, no dirás nada sobre lo que me has hecho, ¿verdad?

-No, podéis estar tranquila. Tenéis fama de ser una princesa pura y virtuosa.

-Y es que lo soy. Debes saber que soy virgen. – le miente – Nunca he estado con un hombre.

-Pero ahora pronto os vais a casar.

-Bueno, eso está por ver.

-Ya ha llegado el primer pretendiente.

-Sí. Oye ¿sabes que tu semen es muy sabroso?

-¡Señora!

-¿No te lo había dicho nunca nadie antes?

-Es que nunca… yo… es la primera vez que…

-¡Ah! ¿Tampoco has estado nunca con una mujer?

-No, mi señora.

-Pues mira, ya somos dos. Nunca había estado antes con nadie. Anda, vete.

Margalinda recoge todo el semen que puede y lo va sorbiendo. Nota que tiene el coño empapado, que le rezuma. Duda de si masturbarse, pero decide que no ante la inminente llegada de su pretendiente. Se vuelve a poner solo la batita transparente y espera al duque en su habitación.

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