Uno, dos, tres… acción

1
5262
T. Lectura: 6 min.

Ese domingo de enero, el aire estaba espeso, pesado, casi líquido. Podías oler el deseo en el jardín, mezclado con el cloro de la piscina y el perfume de los Diamelos que me había regalado mi mamá. Yo estaba en el agua, sintiendo cómo el sol me besaba los pechos, mis pezones duros y ansiosos al aire. A mi lado, Bernardita, esa rubia pecaminosa con un cuerpo que parecía esculpido por un dios del libertinaje, reía a carcajadas, su piel brillando. Y Dominique, nuestra teutona recién divorciada, con ese cuerpo atlético de diosa nórdica, la miraba con una intensidad que prometía pecado.

Mi mirada, como siempre, se desviaba hacia la terraza. Allí estaba él, mi Andrés. Fingía trabajar en sus proyectos, pero lo conocía como a la palma de mi mano. Sabía exactamente lo que estaba viendo, y sabía lo que le pasaba por dentro. Lo veía ajustarse los pantalones, y una sonrisa pícara se dibujó en mis labios. Mío. Ese hombre, con su pene gigantesco que era mi propiedad personal y mi mayor orgullo, se estaba calentando viéndonos. La idea me humedeció la vagina, un calor que se mezclaba con el agua de la piscina. Me encanta provocarlo, sé que me adora, pero también sé que la vista de otras mujeres hermosas lo vuelve completamente salvaje. Y yo, su mujer, soy la primera en disfrutarlo.

El almuerzo fue un pretexto. Nos sentamos en topless, nuestros pechos libres, orgullosos. Fue Bernardita, la instigadora, la que lo soltó. —Chicas —dijo, con ese brillo diabólico en sus ojos azules—. Somos un desperdicio. Estamos aquí, espectaculares, bronceadas, dispuestas y nadie nos graba y ni siquiera nos toman una miserable foto. ¿Qué tal si hacemos nuestra propia película? Una película para nosotros, para recordar este día… para follar viéndonos follar.

Dominique se rio, pero sus ojos se encendieron. —¿Una película porno? —preguntó, y su voz sonó más excitada que sorprendida.

—¡Exacto! —exclamé yo, sintiendo el pulso acelerarse—. ¡Pero necesitamos a nuestro actor principal! ¡Alguien para que el reparto sea adecuado!

Miramos las tres hacia arriba. Andrés nos observaba, su sonrisa lenta y depredadora. Bajó las escaleras, y cada escalón era una promesa. El bulto en sus pantalones de lino era una bandera de victoria, una declaración de intenciones. Se acercó, y su presencia nos envolvió a todas.

—¿En qué las puedo ayudar, chicas? —su voz era un ronroneo grave que me hizo vibrar hasta los huesos.

—Quiero que nos folles a las tres, Andrés —susurré, acercándome y pasando mi mano por su erección—. Quiero que nos dejes hechas mierda, una por una. Y queremos que quede grabado.

Él no dijo nada. Solo me miró, sus ojos verdes ardiendo, y asintió. El juego había comenzado.

Le di el móvil a Dominique, nuestra directora de cámara con ojo clínico. Bernardita se prepararía para su turno. Yo sería la primera. La estrella de la apertura.

La escena: el césped verde y húmedo bajo el sol de la tarde. Él se paró frente a mí, y por un momento, solo nos miramos. Luego, me besó. No fue un beso, fue una embestida de boca. Sus labios me trituraron, su lengua entró en mi boca como si quisiera devorarme. Su mano viajó directamente a mi vagina, sus dedos deslizándose entre mis labios, encontrándome ya empapada, ya lista para él. Un gemido se escapó de mi garganta.

—Te quiero, Fabiola —gruñó contra mi boca—. Te quiero de rodillas.

Me empujó suavemente y yo obedecí. Me arrodillé, sintiendo el césped picar mis rodillas. Se arrodilló a mi espalda, su aliento caliente en mi nuca. Me besó, mordisqueó, descendió por mi espina dorsal hasta llegar a mi culo. Lo adoraba. Sabía que era su debilidad. Lo lamió, lo mordió, lo besó con una devoción que me hizo temblar.

—Ahora, mi amor —le susurré, mirándolo por encima del hombro—. Rómpeme el culo. Quiero sentirte hasta la garganta.

Él posicionó la cabeza de su pene gigante en mi ano. Respiré hondo, entregándome. Penetró lentamente, y el dolor agudo y delicioso se mezcló con un placer tan intenso que casi me desmayo. Una vez dentro, comenzó a moverse. Cada embestida era un terremoto, sacudiéndome, llenándome, poseyéndome por completo. Dominique se acercó, el móvil en la mano, capturando todo. El rostro de éxtasis en mi cara, el sudor en la frente de Andrés, la unión brutal de nuestros cuerpos.

—¡Más, cabrón! ¡Fóllame más duro! —grité, perdiendo toda vergüenza, toda contención. Quería que me rompiera, que me usara.

Él agarró mis caderas y me folló con una fuerza salvaje, animal. El mundo desapareció. Solo existía su pene entrando y saliendo de mi culo, sus pelotas golpeándome, y el placer creciendo, creciendo, creciendo hasta que explotó. Un orgasmo apoteósico me sacudió como una descarga eléctrica. Un grito que no sonó como mío escapó de mis pulmones mientras mi cuerpo se convulsionaba incontrolablemente. Me derrumbé sobre el césped, temblando, sintiendo su semen caliente dentro de mí.

—Corten —dijo Dominique, y su voz sonaba lejana—. Escena perfecta.

Ahora le tocaba a ella. Me levanté, las piernas temblando, y le pasé el móvil a Bernardita. Dominique se acercó a Andrés, que aún estaba de pie, su pene cubierto con mis fluidos. Ella, la atleta, la fuerte, se arrodilló frente a él. Lo miró con asombro y lujuria. Lo tomó con ambas manos, como si fuera un objeto sagrado, y se lo llevó a la boca. Lo chupó con un hambre que me sorprendió, tragándolo casi entero, sus labios estirados alrededor de su grosor. Andrés lanzó la cabeza hacia atrás, un gemido profundo saliendo de su pecho.

Pero ella quería más. Se levantó y lo empujó hacia una tumbona. Se sentó sobre él, y yo vi cómo su pene desaparecía dentro de su rubia y bien cuidada vagina. Comenzó a cabalgar, lentamente al principio, con movimientos de caderas que eran una tortura sexy. Luego, aceleró. Se convirtió en una furia, una amazona montando a su semental. Sus pechos rebotaban, y él los chupaba, los mordía. Su rostro era una máscara de placer puro.

De repente, gritó. Su cuerpo se tensó, arqueándose. Y entonces vi el chorro. Un líquido transparente salió de su vagina, salpicando el pecho y la cara de Andrés. Dominique estaba eyaculando, un squirt poderoso y liberador. Andrés la dejó hacer, disfrutando de la humedad, del sabor. Cuando terminó, se desplomó sobre él, exhausta.

—No sabía que podía… no puedo más—jadeó.

—Acabas de nacer de nuevo, amor —le dije, sonriendo.

Llegó el turno de Bernardita. Nuestra rubia angelical, nuestra multimillonaria pervertida. Tomó el móvil de las manos de Dominique y me lo pasó. Se acercó a Andrés, que ahora estaba tumbado en el césped, recuperándose.

—Tú y yo sabemos lo que quiero —le dijo Bernardita, su voz un susurro seductor.

Y sí, sabíamos. Él se arrodilló frente a ella, que estaba tumbada de espaldas. Pero en lugar de ir a su vagina, bajó más. Se inclinó y le lamio el culo. Le lamió el ano con una devoción que me hizo mojarme otra vez. Bernardita gemía, sus manos en el pelo de él, empujándolo hacia abajo. Él la preparó con su boca, con su lengua, llevándola al borde del delirio. La vi temblar, sus piernas abriéndose más, ofreciéndose por completo. Él la estaba comiendo el culo, y ella estaba amándolo. Tenía orgasmos solo con eso, pequeños espasmos que recorrían su cuerpo.

—Andrés, por favor, ahora… —suplicó, su voz rota.

Él levantó la vista, sus ojos verdes brillando de lujuria. Tomó su pene, todavía duro como una roca, y sin más preámbulos, se lo clavó en el culo. Bernardita gritó, un grito agudo de placer y dolor. Y entonces comenzó la verdadera fiesta. Andrés la folló por el culo como un animal, sin piedad, sin tregua. La agarró por las piernas y las dobló sobre su pecho, abriéndola por completo, dándolo todo. Yo grababa todo, el zoom centrado en su ano, estirado al máximo alrededor del pene de Andrés, los jugos corriendo por sus muslos. Bernardita no paraba de gemir, de gritar, de maldecir. Tenía un orgasmo tras otro, una cascada interminable de placer que la dejó hecha una masa temblorosa.

Cuando por fin se retiró, Bernardita solo podía emitir pequeños gemidos. Era una ruina, una ruina hermosa y satisfecha.

El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de naranja. El ambiente era eléctrico, cargado de la energía cruda de nuestro sexo. Nos miramos las tres, y no hubo necesidad de palabras. Sabíamos lo que queríamos. Tomé a Dominique de la mano y la llevé hacia una alfombra que teníamos junto al agua. Bernardita nos siguió.

Nos acostamos, y yo me puse encima de Dominique. Nuestras vaginas se encontraron, y empecé a frotarme contra ella. El roce de sus labios contra los míos, su clítoris duro contra el mío, fue divino. Bernardita se arrodilló sobre mi cara, y yo la lamí con avidez, saboreando el sabor de Andrés en ella, mezclado con su propio sabor. Mientras tanto, Dominique chupaba los pechos de Bernardita. Era un torbellino de piel, saliva y gemidos. Nos turnábamos, nos chupábamos los pechos, nos metíamos los dedos hasta el fondo, hasta los nudillos. Yo le metí tres dedos a Dominique, moviéndolos rápido, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. Ella me hizo lo mismo. Llegamos al clímax juntas, un coro de gritos que se perdió en el crepúsculo.

Pero aún faltaba lo mejor. Dominique, nuestra guerrera, se levantó, con una mirada de fuego en sus ojos. Se acercó a Andrés, que nos había observado, masturbándose lentamente.

—Todavía no hemos acabado —le dijo, con una voz que no admitía discusión—. Yo voy a ser la que te saque toda la leche. Y quiero que la dejes toda dentro de mi culo.

Fabiola y Bernardita aplaudieron, sabiendo el espectáculo que se avecinaba.

Andrés sonrió, una sonrisa de depredador. Colocó los dos móviles en trípodes improvisados, asegurándose de capturar cada detalle. Se acercó a Dominique, que ya estaba de rodillas, ofreciéndole su culo. Le dio una nalgada tan fuerte que la hizo gritar. Luego otra. Su piel se puso al rojo vivo.

—¿Así, puta? —gruñó él—. ¿Quieres que te trate como la puta que eres?

—¡Sí! —gritó ella—. ¡Fóllame como a una puta!

Él no se hizo de rogar. La penetró de un solo embestida, hasta el fondo. Dominique gritó, un grito desgarrador de puro placer. Andrés empezó a follarla con una violencia que me cortó la respiración. La agarró del pelo, tirando de ella como si fuera un animal. La azotaba sin parar, su mano izquierda dejando su impronta en su piel. Cada embestida era un golpe seco, un martillazo que la sacudía hasta los huesos.

Dominique estaba en otro universo. Sus ojos estaban vidriosos, la boca abierta en un grito silencioso. Sus orgasmos eran convulsiones, espasmos incontrolables. La veía temblar, sudar, llorar de placer. Era hermosa, era salvaje, era nuestra.

Andrés sintió que llegaba su momento. Aceleró, sus embestidas eran cortas y violentas, clavándose dentro de ella. Con un rugido que hizo temblar las paredes de la casa, eyaculó. Vi cómo su cuerpo se tensaba, cómo se vaciaba dentro de ella. Se quedó dentro un momento, gimiendo, antes de retirarse.

Dominique se derrumbó. Cayó al césped como una muñeca de trapo, sin fuerzas, sin aliento. Estaba hecha polvo, destruida, pero viva. Más viva que nunca.

Corrimos con Bernardita a abrazarla. Luego, las tres nos volvimos hacia él. Nuestra obra de arte. Nuestro dios. Estaba de pie, su pene cubierto de semen, de fluidos, de nosotros. Nos arrodillamos a sus pies.

La última escena fue una adoración. Tres bocas, tres lenguas, honrando al pene que nos había dado tanto. Lo lamimos, lo chupamos, lo compartimos en besos de tres. Fue un acto de comunión, de gratitud. La última imagen que grabaron los móviles fue su pene, erecto y poderoso, siendo adorado por sus tres sacerdotisas. El día había terminado. La película estaba hecha. Solo faltaba volverla a disfrutar.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí