La princesa Margalinda (3): En su habitación con el duque

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Margalinda se asegura de que Guy, el joven guardián, se ausenta de la vigilancia de su puerta. Ella solo viste una batita corta y transparente, sin sostén ni bragas. Espera la pronta llegada del duque a su habitación y supone que le gustará verla así, prácticamente desnuda. Sabe que se le ve todo. Se mira al espejo y se ve guapa, sexy e irresistible. El duque es el primer candidato para desposarse con ella. Lo encuentra atractivo y muy viril. Además, es muy rico y parece ser un gran guerrero. Sin duda podría tratarse de un buen rey y un buen esposo. Pero eso último, quiere comprobarlo esta noche, en su dormitorio. Nota que su excitación aumenta.

Al cabo de un cuarto de hora, oye pasos.

-¿Puedo pasar, Margalinda?

-Entrad, duque.

-¡Margalinda! – abre los ojos como platos al descubrir que Margalinda está solo con la batita para recibirle. Enseguida se fija que no ninguna clase de ropa interior -¡Estáis espléndida!

-Bueno, es como suelo ir en mi habitación – miente – Ya me iba a acostar. Y como quizá pronto seremos marido y mujer…

-Me dijisteis que viniera a veros.

-Sí, debo comprobar si realmente seríais un buen marido. También en la cama.

-¿Y cómo queréis…?

-Vamos a simular que somos esposo y esposa.

-¡Sí, mi señora!

-Sentíos libre de hacer lo que haríais si estuviéramos desposados.

-¡Sí, sí!

El duque se abalanza sobre Margalinda. La besa en la boca. Le aparta la bata. La tumba en la cama. Se sube encima de ella, se saca su verga y se la mete de golpe.

-¡Oh! ¡Duque!

-Estáis muy mojada, princesa. Veo que os pongo cachonda. ¡Como a las putas!

-¡Esperad, duque!

-¡Toma! ¡Estoy follando a la princesa! ¡Toma y toma!

-¡Pero duque! ¡Ay!

Cabalga sobre Margalinda mientras le introduce la lengua hasta el paladar y en menos de un minuto empieza a gemir, a suspirar y le llena la vagina con abundante semen. Al cabo de medio minuto, se levanta y se sube el calzón.

-¿Qué, mi princesa, soy o no un buen amante? ¡Habéis visto mi fuerza y mi hombría!

-Yo… duque…

-Espero que me escojáis a mí. No encontraréis ningún otro como yo en la cama ni en el trono.

-Bueno… quizá… ya os diré… más adelante.

-¿No estáis segura, mi señora?

-Antes de comprometerme debo recibir a los otros pretendientes al trono.

-Sí, claro. Adiós, mi princesa. Espero tener noticias vuestras pronto.

-Id esperando tranquilo, duque.

Hasta hoy, Margalinda solo había conocido el sexo con Martín. Se da cuenta de que no tiene nada que ver con lo que acaba de experimentar con el duque. Incluso el joven guardián le dio algo de placer. Pero el duque, nada de nada. De ninguna manera querría casarse con un hombre así. ¡Qué falta de delicadeza! ¡Qué rudo! No ha sentido nada con este primer pretendiente. Es que no tuvo ni tiempo. ¡Si es que incluso se enfrió, tan cachonda que se había puesto con el soldado! ¡Quién pudiera estar ahora mismo con Martín! Pero es imposible.

Aunque eso no significa que deba pasar la noche sola. Se alegra al oír pasos. Aunque no ha pasado todavía una hora, tiene la esperanza de que Guy haya vuelto a hacer guardia en su puerta. La entorna con cuidado y sí, ve al muchacho firmes con la lanza.

-Guy, ya estás aquí – se dirige a él con la puerta casi cerrada.

-Sí, majestad, pero es que, sufría por si le sucediera algo.

-¡Qué majo! Te preocupas por mí. No has estado fuera ni una hora.

-Lo sé.

-No has cumplido el trato.

-¡Perdonad!

-Sé que lo has hecho por mi bien.

-Sí, mi señora.

-Ven, entra – abre la puerta y el chico se alegra de que ella está completamente desnuda.

-Oye, antes me puse muy cachonda contigo.

-Lo siento. Yo…

-No, no lo sientas, al contrario. Mira, veo que eres un chico muy honesto y te mereces un premio.

-¿Yo, mi señora?

-Sí, tú – le baja el calzón y se admira que vuelve a tener el sexo empinado – Veo que te excita verme desnuda, ¿verdad?

-Princesa, yo… -se ruboriza e intenta cubrir su pene erguido con las manos.

-No te pares, no, que me gusta mucho tu polla tan empinada. Túmbate en la cama.

El chico obedece. Ella se admira al ver cómo el miembro del muchacho todavía crece más, completamente vertical, apuntando al techo. Ella se sienta sobre él. Toma sus manos para que le magree los pechos.

-Antes vi que te gustan mis tetas.

-Sí, señora.

-Puedes besarlas, lamerlas y chuparlas, Guy.

-Sí, cielo. ¡Perdón!

-No te disculpes. Me gusta que seas así de cariñoso.

-Es que estar con vos es como estar en el cielo.

-Méteme la polla en el coño, Guy.

-Yo… no sé si sabré…

-Verás como sí. Yo te ayudo. ¡A ver si te gusta follar con tu princesa!

La princesa se abre de piernas, apunta el glande hasta la entrada de su vagina y la introduce unos centímetros.

-Ya tienes la punta en mi chocho. ¿Te gusta, Guy?

-Está caliente. Y húmedo.

-Es por ti – ella teme que al muchacho le disgustaría saber que parte de la humedad proviene del semen del duque – Tu polla hace que mi coño rezuma. Me pones a cien. ¿Te gusta tener la punta de tu verga en mi chichi?

-Sí, mi señora.

-¿Quieres follar a tu princesa?

-Como deseéis.

-¿Y tú? ¿Lo deseas? ¿Quieres joder a tu princesa, sí o no?

-Sí, sí.

-Pues va, métemela hasta el fondo. Y deja que yo te guie.

Margalinda sube y baja su cuerpo y el chico, agarrándole las tetas, disfruta de su primer coito. Están follando durante un cuarto de hora y ella se corre varias veces. Al cabo de ese tiempo, Guy suspira cada vez más fuerte y eyacula dentro de la chica. Ella, al sentir los chorros en su vagina, vuelve a experimentar un orgasmo y chilla de placer. El soldado continúa dándole placer durante unos minutos más. Después, ella lame y chupa su verga hasta dejarla bien limpia.

-Eres mi mejor guardia, Guy. Pediré a mi padre que siempre seas tú quien proteja mi habitación.

-Lo haré con placer, mi princesa.

-No lo dudo. ¡Gracias! Dejaría que te quedaras a dormir en mi cama toda la noche, pero supongo que no puede ser.

-No, mi princesa. Debo estar en la puerta.

-¡Ven, que te doy un besito!

Margalinda besa los labios del chico y se inclina y también da un beso en su miembro flácido.

-¿Sabes que me gusta mucho tu polla, Guy?

-Oh, gracias, mi señora. Ahora está muy pequeña.

-Sí, pero hace un rato parecía una espada.

-¡Je, je!

-Una espada larga y dura. ¡Me ha encantado! Tú no digas nada a nadie de lo que pasó esta noche aquí, Guy. Y yo premiaré tu silencio y tu fidelidad haciendo que a menudo puedas vigilar mi puerta por las noches.

-Gracias, mi princesa – exclama el chico mientras se sube el calzón-

-Y de vez en cuando, te daré unos premios como los de hoy. – le guiña un ojo y se relame.

-He oído que pronto os vais a casar.

-Bueno, eso está por ver. De momento tengo que elegir a uno de los candidatos. Pero no te preocupas, aunque quizá pronto tenga un marido, eso no quiere decir que no necesite que tú me vigiles la puerta y que te pueda invitar a entrar de vez en cuando.

-Gracias, mi princesa.

-Anda, ve a la puerta.

La princesa se acuesta. Está contenta y satisfecha. Por la noche sueña con Martín, su amigo de la infancia y actual amante. En el sueño están haciendo el amor en su habitación y ella siente placer. Si saber cómo, ella mira a su amante y ve que es el joven Guy. Ve que el duque les está mirando y se masturba. Ella abraza a quién la está follando, que vuelve a ser Martín. Mira a su alrededor y ve que Catalina, la antigua novia de Martín, está a cuatro patas y con la falda en la cintura. El duque la está follando por detrás mientras el joven Guy se le acerca y le introduce la verga entre los labios. Ella siente celos y desearía tener al guardián follándole la boca mientras Martín le folla la vagina.

Se disgusta cuando ve que ahora es el duque quién la está follando y es Martín quien está detrás de Catalina mientras ella hace una mamada a Guy. Se despierta sofocada. Va a mear al orinal y se refresca algo la cara, las sienes y el cuello con el agua fresca de una palangana. Se acuesta de nuevo y quién sabe lo que sueña porque ya no se despierta hasta bien entrada la mañana del día siguiente, contenta, descansada y relajada.

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