Lo que pasó con tu amigo

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T. Lectura: 7 min.

Yo: “La pasé excelente con el rubio en Madrid.”

El barbudo: “¿Habrá historia para leer?”

––Estaba segura de que ibas a querer conocer los detalles del encuentro que te habías perdido. Después de lo que había pasado entre nosotros tres en Siracusa (cuento “Siracusa”), nos habíamos quedado con ansias de compartir esta locura una vez más. Cuando te comenté que viajaba a Madrid para hacer una conferencia, no me esperaba para nada que me dijeras que estarías justamente allí esta semana y, menos aún, que el rubio también.

Me acuerdo perfectamente del apretón que sentí en el pecho y de la chispa que se prendió un par de segundos entre mis piernas. Al pensar que íbamos volver a vernos los tres, era evidente que los momentos de gloria que habíamos conocido nos habían vuelto a la mente. Había recordado el preciso momento en que me penetraste mientras estaba a cuatro, chupando al rubio. Creo que aquella vez me había venido en unos segundos.

Sé que te había encantado este paréntesis siciliano de morbo y de drogas. Por segunda vez habíamos tenido un trío juntos. Imagínate si hubieras aceptado estar conmigo unos años atrás… Juntos habríamos explorado el sexo en alturas estratosféricas. Infieles, sucios y morbosos, unidos en la vida. Te hubiera amado bien ¿sabes?

En fin, lo pasado, pisado. Ahora ambos tenemos pareja y seguimos siendo infieles. Lo que nos queda son estos encuentros transatlánticos y contarnos historias cerdas. Ya, entonces te cuento, porque te quiero y porque te quiero calentar.

Lo recuerdas, habíamos acordado encontrarnos con el rubio en Lavapiés a las seis de la tarde. Una hora antes, me avisaste de que no ibas a estar ni ir al concierto en las Noches del Botánico con nosotros, porque tu novia no quería salir.

¿Por qué mierda la habías traído a Madrid? Eso se llama “autosabotaje”, mi vida. Bueno, sigo:

––Salí corriendo del coloquio en el que había participado y tomé el metro. Estaba muy feliz de volver a verlo, es una persona tan linda, tan tierna y tan explosiva en la cama… De él me gusta su cabello rubio, con sus rizos, su cara de alemán cocido por un verano en la Costa Brava y su castellano más mexicano que unos mariachis comiendo elote. Y es muy alto. Es mi amante más exótico y, cuando follamos, tiene la energía de un adolescente maravillado frente al descubrimiento del sexo.

Sentado en la terraza del bar, me vio llegar apurada desde lejos, con una sonrisa inmensa que le iluminaba la cara. Yo llevaba un vestido rojo y corto que se cruzaba en el pecho y se anudaba en la espalda. A cada paso se entreabría un poco y, corriendo, desvelaba generosamente mis piernas finas. Nos abrazamos y una de las olitas de su cabello acarició mis labios. Esa fue la chispa.

––Ya sé que te has acomodado y que te desabrochaste el cinturón. ––

Me senté frente a él y pedimos un par de cervezas, hablando de la gran suerte de encontrarnos allí. Hablamos del concierto de The Smile al que íbamos a ir en la noche, del calor, de ti, de Siracusa. Puso su mano en la mesa mirándome, la agarré y la apreté, obviamente. Los mismos pensamientos nos atravesaron. Me propuso pasar por el departamento que alquilaba antes de ir al concierto.

Dos estaciones de metro y un par de cuadras más tarde, pasamos la puerta del edificio donde se alojaba y nos empezamos a besar. Eran esos besos de adolescentes apurados, que se hacen entre dos sonrisas, con fuego y felicidad. Nuestros cuerpos se pegaron y las sonrisas dejaron instalarse un beso largo e intenso. Nuestras lenguas empezaron a jugar, acariciándose mutuamente y sus manos subieron lentamente de mi cintura a mi cadera. Era algo que me encantaba de él, su capacidad para encontrar el exacto punto medio entre la delicadeza o la ternura y el morbo.

––En esta situación, tú hubieras levantado mi vestido apenas entrado en tu edificio y hubieras metido una mano en mi calzón mientras la otra hubiera sacado una de mis tetas para mamarla… Eso llega más tarde, no te preocupes, con el rubio somos un diésel, demoramos un poco para arrancar, pero luego nada nos para. ––

Me llevó de la mano al departamento que alquilaba, un par de pisos más arriba. Cerró la puerta y, a modo de bienvenida, me volvió a besar. Sentí que su entrepierna estaba endurecida, lo que despertó inmediatamente mi clítoris con unas cosquillas agudas.

––Volví a pensar en las últimas veces en las cuales había podido disfrutar de él, en particular cuando nos habías mirado mientras te masturbabas… ––

Decidí pasar a la velocidad superior y empecé a acariciar su verga a través de su short. Era muy dura, parecía que tocaba un palo, me subieron unas ganas inmensas de lamerla.

––Sabes cuánto me gusta sentir la firmeza de un tal pedazo de carne bajo mi lengua, jugar a enrollarlo con ella, escupirlo y recorrerlo de su base hasta la punta una y otra vez. ––

“¿Pasamos al cuarto?”, me dijo.

Le contesté asintiendo con la cabeza y con una mirada en la cual vio claramente las ganas de que me la meta.

Entraba mucha luz en el cuarto y me fijé en el espejo que estaba frente a la cama.

––Te había contado que a Matías le gustaba follarme parada frente al espejo, lo ponía como un loco. Pero lo que no te he contado, es que, con los años, mi reflejo y el de mis amantes me daba más y más morbo. ––

El rubio se echó en la cama y me subí en seguida a horcajadas encima de él, quitándole el polo que llevaba. Con una gran destreza, deshizo el lazo de mi vestido que se abrió como una bata. No llevaba sujetador y no pude esconder más tiempo mis senos y sus pezones endurecidos. Me asombré y le quité sus lentes delicadamente antes de besarlo, ya me iba a ver de muy cerca. Mis tetas rozaban su pecho y nuestras caderas se pegaron en unos movimientos lentos.

––Has empezado a corrértela suavemente, ¿verdad? Pues sigue. Mójala un poco para que se deslice en tu mano, como si la sacaras de mi boca. ––

Era suave y excitante sentir su sexo duro contra el mío que se había mojado. Me enderecé para sentarme con más peso sobre su verga y él notó la mancha húmeda que se había formado sobre mi tanga azul. Con el pulgar, se puso a acariciar mi clítoris todavía escondido por la tela. Había pensado comérsela, pero su gesto me dio unas ganas irreprensibles de penetración. Nos quedamos así unos minutos, haciendo subir el deseo a refuerzos de besos húmedos y de lamidas suyas sobre mis tetas. Las cuidaba con la atención debida, alternando succiones con lenguazos y mordiditas.

“Quítate el short, que estoy muy mojada y te voy a manchar.”, le dije entre dos besos.

No se contentó con quitarse la ropa, sino que también me quitó mi vestido abierto y me volteó sin esfuerzo ninguno, de modo que me encontré en cuatro patas en la cama, frente al espejo.

––Te la estás corriendo, ¿verdad? Sigue, sigue… y mójatela más, quiero que la tengas como si acabaras de remojarla en mi concha. ––

El rubio se puso detrás mío, aparto mi tanga y empezó a frotar la punta de su verga contra mis labios viscosos. Nos mirábamos en el espejo, había dejado de sonreír, sus labios estaban entreabiertos y su mirada era más morbosa que nunca. Por fin me agarró por la cintura y me guío para empalarme lentamente en su sexo, estirando deliciosamente mis carnes. Estaba tan caliente que no le hacía falta moverse, era yo la que se meneaba y se metía su verga solita, con movimientos de caderas lascivos.

Una de sus manos subió a lo largo de mi espalda hasta llegar a mi cara y me presentó sus dedos para que los empezara a chupar. La otra agarró mi tanga para jalarlo. La tela tensa pasaba entre mis labios y comprimía mi clítoris. Siempre me dio morbo que me follen con la ropa interior todavía puesta, me gusta su presión sobre mi piel, ver cómo me marca.

––Tú lo sabes y seguro recuerdas el día que me la quitaste y que me la metiste en la concha, qué delicia. Me cachaste con el tanga adentro y me la llenaste de leche, cuando me la sacaste y me la pasaste por la cara, la lamimos los dos, ¿te acuerdas? Ahora que tienes una gotita de jugo que se ha formado en la punta, te sigo contando. ––

Me miraba en el espejo y me arqueaba, me gustaba verme así, lamiendo dedos con las tetas que balanceaban al ritmo de la penetración. Abrí las piernas al máximo y el rubio entendió que era el momento de pasar a una velocidad superior. Metió sus dedos más profundo en mi boca y soltó mi ropa interior para agarrarme el culo. Empecé a masturbar mi clítoris, que no soportaba estar sin presión. Ya era él el que daba el ritmo, más rápido y duro, cada golpe me acercaba más al orgasmo. Mis gemidos le dieron la señal.

“Vente, vente…”, me dijo.

Le seguía mamando los dedos y mi saliva chorreaba en mi barbilla. Qué morbo me daba verme así, cachada con fuerza y babeando. Apreté mi clítoris, empujé mi culo hacia atrás para que me llenara por completo y lo miré en el espejo en el momento de correrme. El rubio no me soltó la mirada y escuchó mi gemido de gata lasciva. El placer me recorrió los muslos y me tensó la espalda, me arqueaba y abría las piernas al máximo para disfrutar plenamente del orgasmo.

––Si no te corriste todavía, vida, espero que lo que viene termine contigo, que ya la tienes para reventar y me encanta verte así. ––

Las idas y venidas del rubio se volvieron más lentas y, quedándose bien metido dentro mío para disfrutar de las contracciones que me provocaba todavía el orgasmo, me hizo enderezarme agarrando suavemente mis hombros. Me besaba el cuello y me acariciaba las tetas, sin dejar de penetrarme.

Mis muslos estaban húmedos por los líquidos que había soltado.

––¡Qué desperdicio!, piensas. Tú te hubieras precipitado entre mis piernas para lamerme hasta la última gota. ––

Sentí que su verga cogía más vigor y lo escuché respirar más hondo y rápidamente. Llevó mis manos a mi espalda y me las mantuvo esposadas con una de las suyas, como si me atara, mientras pellizcaba uno de mis pezones con la otra.

“Eso quería, Sandra, verte así. Qué rica eres…”, me susurró en el oído.

Era verdad que la posición favorecía mi figura, con el busto hacia adelante y la cabeza alzada, el cuello a mitad escondido por los rulos del rubio que no dejaba de besarlo. Mis senos firmes y redondos se movían al ritmo de sus embestidas. Su cuerpo se tensó y aceleró. Sus caderas chocaban contra mis nalgas mojadas de sudor y se escuchaba el chasquido característico que tanto me gusta. Sentí que su placer crecía y que se acercaba al orgasmo.

––Y con eso voy a acabar contigo. ––

“Me quiero correr en tu culo”, me dijo.

“Sí, dale…”

Sacó su verga unos segundos antes de explotar y empujó mi espalda hacia abajo para ponerme de nuevo en cuatro que recibiera su semen en mis nalgas. Me miró a los ojos en el reflejo del espejo mientras su mano se deslizaba en su verga lubricada por mis fluidos en un par de idas y venidas finales. Sentí la otra mano apartar mi nalga para exponer mi ano y enseguida el líquido cálido cayó en él, acompañado por un gemido hondo del rubio.

––Mi vida, tu excitación no se para tras la eyaculación, te conozco perfectamente. Ahora mismo te estás lamiendo los dedos y la mano porque te gusta probar tu propio sabor. No sabes lo que daría para lamerlos yo. Compartes con tu amigo este vicio y el rubio se arrodillo para lamerme. ––

Pasó entre mis piernas, mis labios, mi culo y finalmente mi ano, disfrutando cada gota de líquido y de semen que encontraba. Me di la vuelta y lo besé antes que se lo pudiera tragar todo, como a ti te encanta, mezclando saliva y jugos. Nos abrazamos un momento y nos metimos a la ducha, la noche recién empezaba.

Salón, mesa, rayas, cervezas, besos, sandía, risas, puerta, metro, papas fritas, concierto, cervezas, club, rayas y, finalmente, sauna … Pero esta es otra historia y te la contaré a la oreja mientras te la correrás la próxima vez que me visites.

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