Un grupo de amigos, que trabajamos cerca, con frecuencia nos juntamos al mediodía a comer algo en un restaurant común pero cálido, en instalaciones y gente que lo atiende. Uno de esos días, Luis, sentado a mi lado, señala una mesa del fondo donde está un hombre solo.
-“¿Lo conocés?”
-“Primera vez que lo veo”.
-“Es todo un personaje”.
-“¿Y por qué personaje?”
-“Una vez coincidí con él y me contó que tiene y disfruta tres pasiones, comida, bebida y sexo, y a este último lo practica asiduamente”.
Habiendo escuchado que una de las pasiones cultivadas con regularidad es el sexo, presté atención a su aspecto exterior. Estatura no más del metro sesenta y cinco, facciones toscas y poco agraciadas, medio calvo, bastante grueso, aparentemente poco afecto a la higiene y, como después vi, de andar simiesco. Cuando le pregunté a mi amigo a qué se debía el éxito con las mujeres, salvo que fuera sexo pagado, me contestó.
-“Él dice tener dos armas muy efectivas, poder de convicción y poronga enorme, lo voy a invitar a la mesa, te vas a divertir cuando cuente sus hazañas entre las mujeres”.
-“Me parece bien, quizá sea una manera de introducir alguna novedad entretenida”.
La primera vez que se unió al grupo estuvo algo retraído, pero atento a lo que decía el resto; tuve la impresión que nos analizaba con detenimiento y, como hasta ese momento, sentía por él un cierto rechazo me dediqué a observar su proceder y ver qué podía inferir de su apariencia. Según dijo era soltero, vivía solo en una casa vieja cercana a donde estábamos y trabajaba de ordenanza en una empresa grande que no identificó, faltándole poco para la jubilación.
Un rato después, incentivado por mi amigo, adquirió protagonismo contando de su pasión por conquistar mujeres que tienen algún compromiso, pues ellas pasan del tema de la exclusividad, aspecto que las otras, en seguida, lo pretenden.
-“Me imagino que estarás en plena acción con alguna putita”.
-“No, estoy trabajando a destajo para comer un joven bombón, veinticuatro años, casada, muy recatada, un culo con el que sueño, unas tetas que me hacen querer volver a la edad del lactante y un aspecto de inocencia que desearías pervertir y ver su transformación en el momento del orgasmo.”
-“¿Y cómo llegaste a ella?”
-“Trabaja en la misma empresa y la descubrí de pura casualidad. Cuando hace tiempo la vi me pareció muy joven, insulsa y además seca, los que la conocían contaban que ante cualquier galanteo contestaba ásperamente y a veces grosera; además su vestimenta holgada mostrando apenas algo de piel, con decirte que los escotes no existen pues la ropa le llega al borde del cuello; no sé por qué pensé que era soltera camino a solterona”.
-“¿Y cómo fue la casualidad que te llevó a elegirla de candidata a la cama?”
-“Un día voy a su box de trabajo llevando unos papeles y la encuentro inclinada mirando un cajón de espaldas a la puerta, eso hizo que mis ojos enfocaran el culo ubicado a dos metros, donde la tela del vestido, pegada a la piel, mostraba el contorno de una tanga; esa visión la convirtió en el blanco a batir, por supuesto con mucho cuidado, pues un apresuramiento llevaría a un fracaso seguro”.
-“¿Y vas avanzando bien?”
-“Uno o dos días más y la hago bellaquear a pijazos. El principio fue lento, a ese primor no hay que asustarlo, otro día sigo porque se me acaba el tiempo”.
Dos días después tuvimos otro capítulo de la novela romántica protagonizada por el ordenanza, por pedido de Luis.
-“Vamos Eduardo, seguí la narración desde que la viste agachada”.
-“Sigo, al entregarle el papel la traté de señorita, pero me corrigió, aunque de buena manera, «Soy señora, estoy casada» ante lo que me disculpé diciéndole que su apariencia juvenil me había engañado, «Gracias por la amabilidad, pero llevo tres años en este estado», entonces la felicité, a ella por su prestancia, y al marido por haberla conquistado”.
-“¿Y no se molestó por el galanteo? Porque vos contaste que es de pocas pulgas”.
-“Creo que mi edad y aspecto poco agraciado jugaron a mi favor, debe haber pensado que con esta facha no tendría segundas intenciones, lo que aproveché para avanzar un poco preguntándole si la vestimenta, que solo dejaba al aire cara y manos, era pedido de un marido celoso, «Mi esposo no interviene en esto, lo hago para trabajar tranquila sin estar pendiente de los mirones que siempre están a la pesca», «Tiene razón señora, pero no sea dura con ellos, las vueltas de la vida los ha puesto frente a una hermosa mujer»; su sonrisa fue alentadora, pero no había que forzar la situación así que me despedí”.
-“O sea que seguís insistiendo sobre buscar minas con algún compromiso”.
-“Seguro que son las mejores y, en cierto modo las, más fáciles; como ninguna unión es perfecta la cuestión es encontrar el punto débil y luego progresar sin apuro, por eso hay que cuidar lo que uno tiene en casa, ¿ustedes son casados?”
Los cuatro contesamos afirmativamente y, quizá porque yo era el que menos demostraba interés en sus historias, me preguntó.
-“Y qué tal está tu esposa”.
-“Pienso que bien”.
-“No, no, te pregunto si está buena, si cuelga buenas tetas, si tiene culito apetitoso”.
-¡“Y quien gran puta sos vos para que te cuente intimidades de mi mujer!”
-“Ojo flaquito, trátame con mucho respeto o me veré obligado a darte una paliza”.
-“Dada la diferencia de peso es posible pero no seguro, habría que probar”.
-“Que, ¿me estás desafiando?”
-“No necesito desafiar a nadie para mostrar mi hombría, simplemente digo que a tu palabra hay que comprobarla en los hechos”.
Y el hedonista se levantó de la silla y se me vino como chancho a las batatas; para un sujeto de ese peso y envergadura, sin estado físico, una vez lanzado, es muy difícil que pueda rectificar la dirección y eso es lo que usé a mi favor. Cuando estaba a un metro me corrí a un costado y, agachado, estiré la pierna cruzando su movimiento; por supuesto terminó en el piso mientras yo, a cuatro pasos, miraba en silencio su dificultad para levantarse.
-“Hoy te salvó que tomé de más y me tropecé, tené cuidado la próxima”.
En el siguiente almuerzo, Luis nuevamente fogoneó al culeador para tener noticias del progreso con la nueva conquista, pero solo consiguió un seco «Después hablamos»; cuando ya nos íbamos mi amigo y el gordo se quedaron retrasados hablando un minuto. Después, ya en el trabajo Luis se me acercó.
-“Tengo para contarte una noticia bomba”.
-“Te escucho”.
-“Cuando Eduardo me hizo quedar atrás era para decirme que iba a frenar sus historias porque alguien podría hablar y alguna autoridad de la empresa enterarse y hacer que lo echaran”.
-“O sea que no sabremos el fin del cuento”.
-“Parece que no es cuento porque prometió mandarme videos, algunos tomados con una cámara con lente pequeño que se podía disimular en la solapa prestada por el responsable de informática de la empresa; otros son hechos en su casa con el celular, eso sí me hizo prometer que serían solo para mí”.
-“Entonces seré yo el quede si conocer el final”.
-“No Efrén, somos amigos y yo confío en vos, sé que no me vas a hacer quedar mal, te enviaré copia cada vez que reciba uno”.
Dos días después entró el primero
Primer video (de un mes atrás).
Muestra un cubículo de trabajo, una mujer sentada dando frente a la estantería de la izquierda, hacia donde se dirige él.
-“Me llamó señora Josefina”.
En ese momento comienza el sismo con epicentro en mi corazón, pues la dama que muestra la cámara es mi esposa.
-“Sí don Eduardo, necesito si me puede traer un cargador desde el departamento de informática”.
-“Madre mía, señora, puedo ver un pedacito de piel blanca en ese cuello abierto”.
-“Por favor, no exagere, ni que estuviera desnuda”.
-“Es que usted no sabe lo que eso significa para mí, una viejo nada agraciado, sin plata para pagar una puta; eso muestra la bondad de su corazón que me da esta alegría, y más aun pensando lo que le debe haber costado superar la costumbre de andar bien cubierta, además la tela del vestido marcando cada muslo y en unión ese triángulo apenas elevado es para volverme loco de gusto”.
-“No Eduardo, no se agarre así ese bulto, o esto se acaba aquí”.
-“Por lo que más quiera señora, perdóneme, no sabía como demostrarle lo que su bondad me produce, la excitación que siento y que no me alcanzan las palabras para decribirlo”.
Efectivamente, mi señora tenía desprendidos los dos botones superiores de la blusa y no solo mostraba piel, sino que, al moverse, asomaba el borde blanco del sujetador. Ahora, que el vestido marcara detalladamente el relieve de toda su falda, significaba que ella lo había acomodado con toda la intención antes de que el ordenanza llegara. Y la frutilla del postre fue que mi mujer no lo miraba a la cara, sino que su vista estaba digida hacia importante abultamiento que él había estado exhibiendo.
-“Eduardo, quiero que me entienda, imagínese que alguien pasara y nos viera, a los dos nos despiden y yo derecho al divorcio”.
-“Señora, es comprensible que no se excite conmigo, pero yo descarrilo frente a su belleza; estoy convencido que su marido es muy afortunado de tenerla, pero algo me dice que usted es mucha mujer para un solo hombre; pero tiene razón, mañana cerraré la puerta con pestillo”.
Reflexionando sobre la cronología concluí que el proceso de seducción ya tenía cerca de cuarenta y cinco días. Exprimiendo la memoria sobre algún detalle revelador de este acoso recordé que las prolongaciones del horario de trabajo habían aumentado significativamente y que un día al llegar con el pelo algo desarreglado me dijo que fue por no haber visto la rama de un árbol que estaba baja. Y en esta búsqueda de recuerdos apareció uno bueno, hace tres meses el ginecólogo de Josefina le sugirió un descanso de los anticonceptivos, momento en el que empecé a usar preservativos; si la cosa entre estos dos avanza, lo que es muy probable, estoy a salvo de contagios, además, a partir de ahora, ni siquiera necesitaré usarlos pues me niego a tocarla.
Al día siguiente Luis me preguntó el parecer sobre lo enviado sin imaginar quien era la coprotagonista, lo cual me dio tranquilidad pues así disponía de tiempo para pensar y actuar en consecuencia. Le contesté que parecía avanzar bien, pero había que esperar.
Segundo video.
Es el despacho de ella, donde el viejo está cerrando la puerta con llave por dentro.
-“Cada día aumenta su belleza señora Josefina, su marido ¿es un hombre apuesto?”
-“Sí, y además es muy viril, acá tengo una foto de él”.
-“Lo conozco, algunos días come con sus compañeros en el mismo local que yo”.
-“¿Son amigos?”
-“No, una vez tuvimos un intercambio áspero y de ahí no nos hablamos”.
-“Por lo que más quiera, que él no vaya a enterarse de esto”.
-“Por supuesto que no señora, si lo hiciera estaría pagando con traición su maravillosa bondad; por favor, que su corazón tierno me permita ver el sostén y sus muslos”.
-“Ay, las cosas que me pide”.
Hecho el reclamo de compromiso desprendió tres botones de la blusa y abrió para dejar a la vista el sujetador.
-“Ahora las piernas señora, no se olvide”.
Y ella con la vista baja levantó el ruedo hasta la mitad de los muslos
-“Por favor Eduardo, alguien puede venir y, al encontrar la puerta con llave, sospechar”.
-“Tiene razón señora, acá estamos en peligro y es tal mi deseo que se me nubla el pensamiento olvidándome del riesgo que corremos usted y yo. Una manera tranquila de seguir este camino al cielo, gracias a su bondad, sería caminar tres cuadras, hasta mi casa y ahí yo tendría el inmerecido premio de ver algo de su intimidad. Por supuesto que será consecuencia de su buen corazón y no de su deseo porque yo no estoy en condiciones de provocarlo”.
-“Ya veré, no estoy segura, no creo que deba ir a su casa”.
-“La dejo que piense, porque yo no puedo pensar viéndola, un poco antes de la hora de salida vuelvo; mire como estoy, mi cuerpo no me obedece;”.
Y ahí con las dos manos se tomó el miembro marcando grosor y extensión.
-“Por favor váyase, agarrándose así tampoco puedo pensar”
El video se interrumpe y reanuda cuando él regresa para saber la respuesta media hora antes del horario de salida.
-“Para que no nos relacionen convendría que yo vaya delante indicando el camino y usted me sigue, así abro la puerta y, sin detenerse, ingresa”.
Así se la ve entrar y cerrarse la puerta; ignoro si habrá sido pesadumbre, arrepentimiento o miedo, pero la cara de mi pareja estaba contraída; ya adentro la toma de la cintura guiándola hacia lo que parece un comedor, haciéndola sentar a la mesa ubicándose a su lado; pareciera que ella no está muy segura de su proceder porque sus manos tiemblan ligeramente y él, con esa confianza excesiva le agarra un muslo.
-“No tema señora, acá no hay peligro, nada malo le puede pasar y seguramente estaré camino al cielo cuando, por ser tan buena conmigo, me permita ver lo que en la oficina no se animaba a mostrarme”.
-“Por favor, sepa que me resulta muy difícil, siento vergüenza, pero cumpliré lo prometido”.
Entonces se la ve soltar tres botones de la blusa.
-“Uno más por favor y ábrala, de lo contrario es como tenerla abotonada, para disminuir su vergüenza me pondré a sus espaldas. Quizá una forma de superar su recato, de sobreponerse a la condición de fiel esposa, sería pensar que está con su marido. No me mire, piense que soy su esposo”.
Cuando el macho la toma de los hombros se la ve cerrar los ojos y temblar ligeramente mientras las manos están apretadas sobre sus piernas, inmóvil permitiendo que le desprendan todos los botones de la camisa.
-“No por favor don Eduardo, ya es demasiado”.
-“Acá nadie nos ve señora, solo yo seré el privilegiado de admirar su bella intimidad”.
Y luego de deslizar la prenda por los hombros siguieron el mismo camino los breteles del sujetador.
-“Por Dios, hablamos de desprender algún botón”.
-“Es verdad, pero pareciera que sus pezones erguidos opinan distinto”.
Eso decía mientras los tocaba por encima de la prenda.
-“¡No, eso no!”.
-“Si preciosa señora, esto es lo que vino buscando quizá inconcientemente, seguro que tiene la conchita empapada y en cualquier momento moja la pollera”.
Las tetas poderosas, blancas y tersas aparecieron cuando las copas fueron bajadas y las manos ásperas estrujaron con fuerza retorciendo y estirando los pezones, todo sin que hubiera una mínima oposición, por el contrario, quejidos de gozo acompañaban la cara de ensoñación. El experto y ladino amante distrajo una mano para sacar su miembro de asombrosas dimensiones y comenzar la masturbación a pocos centímetros de la cara femenina.
-“Abra los ojos señora, mire lo que tiene al lado de su mejilla”.
El asombro le pintó el semblante ante lo que veía.
-“¡Madre santa, no haga eso!”
El pedido se refería a que el ordenanza había tomado la delicada mano femenina para llevarla al encuentro de la pija erguida y dura; sin embargo, tras una leve vacilación la empuñó y siguió el movimiento emprendido por el varón, pero en seguida siguió sola.
-“Josefina, estoy tan caliente que en cualquier momento acabo, tenga a mano su pañuelo, no sea que sin querer le vaya a caer algo en el pelo, la cara o la blusa”.
-“Madre mía, ¡qué estoy haciendo!”
-“Lo que estaba deseando, siga, siga que ya viene, en seguida largo leche en abundancia, sostenga la tela pegada a la punta, ahí va mi amor”.
Ella con una mano sosteniendo la verga y con la otra el pañuelo bordado, ve asombrada los escupitajos de semen, cada uno respondiendo a un latido del tronco y por eso algunas gotas caen en su falda; al correrse el viejo le apretó las tetas dejándole marcas sobre la piel; el cuadro era llamativo, el viejo con las piernas temblando apoyado en el espaldar de la silla y ella con la cara roja por la excitación, con los muslos apretados, guardando con cuidado el pañuelo empapado de leche masculina; algo recuperado el macho le toma la barbilla y la hace mirar el miembro en franca disminución.
-“Pobre, mirá cómo quedó, sin ánimo para levantarse, agachado, casi caído, triste, derrotado, y todo por lo que vos le sacaste, en realidad lo exprimiste, hasta que quedó exánime, ni siquiera tuvo fuerzas para cubrir la cabecita ahora más chica que nunca, creo que merece una muestra de cariño, podrías darle un beso”.
-“No, eso no, demasiado hice masturbándote”.
-“Sin embargo movías la mano con ganas, firmemente, y tu vista no se apartaba de mi verga mientras te mordías los labios como si quisieras tenerlo en la boca”.
Y mientras hablaba pasaba su mano por la mejilla de la hembra que lo miraba desde abajo hasta que el pulgar gordo recorrió sus labios, apenas cerrados y, ante una leve presión, lo dejó entrar.
Si yo tenía alguna remota idea de recuperarla, lo que el video mostraba se encargó de destruirla. Ella chupa el gordo pulgar con cara de ensoñación y ojos cerrados, él toma su mano y la lleva a empuñar el miembro que parece desperezarse con las caricias femeninas, el varón amasa, aprieta, retuerce y estira las tetas, la hembra se queja, pero no elude, y sucede lo previsible, el dedo en la boca es sustituido por la pija en plena recuperación.
-“Chupá bien putita, que tu boca está hecha para eso”.
Parecía que ambos, máxima apertura bucal y calibre del miembro, habían sido pensados para complementarse, pues quedaba el espacio justo para mover algo la lengua; y el gesto de ensoñación dio paso a otro que parecía veneración acompañado por las manos que, con delicado movimiento, acariciaban los testículos; naturalmente la cosa terminó en una nueva corrida del macho, esta vez en la boca de la mujer que sedienta recibe el líquido grumoso, cosa que se ve nítidamente pues la orden fue.
-“No cierres la boca, la voy a sacar un poco para ver cuando mis chizguetazos hagan el recorrido entre mi pija y tu lengua, y tragá bien, no me hagas revisarte la boca”.
El movimiento de la glotis en sube y baja demostró que el semen ingresaba y parece que esa primera vez no había sido del todo agradable a juzgar por la cara; satisfecho, él guardó el vástago arrugado para después palmearle la mejilla.
-“Muy bien señora puta, te salió perfecto”.
-“Por favor, no me dejés así, haceme gozar”.
-“Encantado muñeca, sentate en ese sillón, vestido arrollado en la cintura, fuera la bombacha, las rodillas montadas en cada apoyabrazo y abrite bien esa concha de zorra que decís cuidar”.
-“No por favor, acariciame por debajo del vestido”.
-“Escuchame bien aprendiz de ramera, cuando juntés ganas volvé, ahora camino a casita con el cornudo”.
-“No por Dios, haré lo que quieras”.
Y cumplió, exhibiéndose totalmente para júbilo del amante que, relamiéndose los labios, se arrodilló frente a los muslos abiertos de par en par y hundió la boca en la abertura que tenía en frente; a la primera pasada de lengua la hembra se arqueó con todo el cuerpo en tensión y, en el momento de entrar dos dedos gruesos en la vagina, gritó con fuerza mientras un temblor generalizado la recorría.
Tercer video.
-“Hola guardián de la intimidad matrimonial, lamento decirte que en eso sos el único, porque lo que vos tapás tu mujer lo muestra; si tenés dudas mirá el video que te mando”.
Se ve al viejo entrando al despacho, cerrar la puerta con llave y mirarla. Ella en silencio se levanta del sillón y se acerca echándole los brazos al cuello para besarlo apasionadamente mientras él le estruja las nalgas. Luego la hembra se separa, se saca el calzoncito por debajo de la falda, se agacha para poner afuera el miembro del macho y chuparlo hasta lograr su rigidez, luego se acuesta sobre la mesa llevando las rodillas a los hombros y solo moviendo los labios decir.
-“Vení”
El mancho obediente se acerca, pone el glande en la entrada y empuja lentamente mientras ella abre la boca, con los ojos en blanco se estira hacia atrás como queriendo hacer más espacio para la verga que ingresa; luego de un rato de silencioso metesaca él dice en voz baja.
-“Ahí van mis bichitos buscando tu óvulo”
Ella niega con la cabeza con cara de angustia mientras el amante hace cuatro empujes fuertes y cae sobre ella.
Si este ejemplar de corneador seguía el patrón de conducta de los de su calaña, intentaría cogerse a mi mujer en la cama matrimonial, una especie de tesis para aprobar el doctorado; para inducir a su pronta ejecución inventé un viaje de dos días; ese lapso lo pasaría en un hotel ordinario vigilando por la portátil los registros de una cámara de seguridad instalada frente a la puerta de entrada de casa.
Corta fue la espera, yo había salido al mediodía y a las tres de la tarde ella le abría la puerta al macho, les di veinte minutos para avanzar y luego entré silenciosamente. Estaban en el dormitorio, ambos desnudos, él encaramado sobre ella que, en cuatro, se quejaba.
-“Bruto, entrá despacio, me estás rompiendo el culo”.
-“No te quejés putona que esto es lo que esperabas”.
Concentrados buscando la completa penetración ni se apercibieron de mi aproximación. El golpe en la espalda con el bate de beisbol hizo que cayera sobre la hembra y ahí largué el primero de una serie de fustazos; la hoja de acero, revestida en cuero, hizo un concierto de silbidos surcando el aire antes de aterrizar en la piel, dejando, cada golpe, una línea de carne viva.
Los ayes del castigado se mezclaban con los gritos de mi mujer pidiendo que parara, algo que hice cuando mi brazo se cansó y sin decir una palabra salí llevando lo poco que me faltaba sacar; al día siguiente inicié los trámites de divorcio y, cuando quedó firme la división de bienes, mandé a dos compañeros de trabajo de mi mujer un video donde se la ve en intimidad con el ordenanza dentro del despacho.
Y como suele suceder en estos casos los varones de la empresa harán su contribución a mi venganza, ellos que quisieron estar entre sus piernas y no pudieron, seguramente la pondrán a Josefina en un lugar destacado del altar de las putas, haciéndole pagar su frustración y, ya encumbrada como zorra con diploma y medalla, pedirán su cabeza por el único delito de permitir que un grasiento les ganara de mano.
A ninguno de los dos volví a ver; según contó un asiduo al restaurant, el gordito lujurioso se mueve con mucha dificultad por un problema vertebral y ella fue vista con panza de embarazada, el hecho de no haberme llamado por eso me hace creer que sabe quién es el padre, dejándome a un lado en esto.
Yo, en tanto, trataré de reordenar mi vida, buscando que esta vez la suerte esté de mi lado.
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