Mi nombre es Carlos, tengo 46 años, mi esposa se llama Julia y tiene 39 años, es morena clara y muy cachonda, tiene unas tetas de muy buen tamaño coronadas con aureolas anchas y unos pezones grandes y deliciosos, además de un culito firme, respingón y muy cogible.
Luego de un año de esa experiencia tan caliente con mi esposa y el vendedor de fruta, regresamos a Tecozautla. El recuerdo de su cuerpo siendo poseído en aquel local nos había encendido durante meses, sirviendo de combustible para nuestras noches más salvajes. Pasamos a comer disfrutando la gastronomía del lugar, entre pláticas con dobles sentidos que nos elevaban la temperatura a cada minuto.
Más tarde llegamos al hotel. Julia se metió a bañar e hizo de su preparación todo un ritual de seducción. Luego de un rato salió desnuda y se observó detenidamente en el espejo. Seguía luciendo riquísimamente comible con ese culito respingón y ese par de tetas tan apetitosas con pezones erguidos. Se sentó en el borde de la cama, tomó unas tijeras y dio forma a su mata de vellos de su papayita, dejando sus labios genitales expuestos, abultados y rosados. Se perfumó todo su cuerpecito: el cuello, el escote, las corvas y su entrepierna. Era claro que se estaba preparando para que le dieran una buena cogida; su mirada era cachonda, ardiente, pidiendo guerra.
—Mi amor, qué sensual te ves… mmm, estás muy ricaaa… —le dije acercándome a ella.
Le di un beso profundo mientras bajaba mi mano y metí dos dedos en su papayita, la cual estaba ya dilatada y chorreando lubricante natural.
—Ahhh, qué ricooo… —gemía apretando las sábanas—. Me estoy preparando para ir a ver al marchante, pues se me antojo un rico plátano macho con mucha lechita amor… en un rato ya estaré lista…
Finalmente se puso un vestido holgado, totalmente transparente a la luz, sin nada de ropa interior abajo, y unas sandalias finas que hacían lucir sus preciosos pies. Llegamos un poco antes de las 7:00 pm al local del vendedor. Éste, al verla cruzar la entrada, sintió cómo se le iluminaba el rostro de pura lujuria.
—¡Señora preciosa, pero qué milagro que me visita! Pase, por favor.
Pasamos e inmediatamente bajó la cortina metálica del negocio para tener total intimidad. El chasquido del cerrojo retumbó en el lugar. Al fondo del local estaba un muchacho como de 25 años acomodando la fruta; era alto, moreno, de brazos marcados y espalda ancha.
—Ramiro, ven —llamó el marchante—. Él es mi sobrino, está de vacaciones y me ayuda aquí… Mira, es la señora Julia y su esposo, de los que ya te platiqué —dijo guiñándole el ojo con cinismo.
El joven saludó a mi esposa con un beso en la mejilla que se prolongó un par de segundos de más, rozando con su respiración el cuello de ella. Julia se relamió los labios, su papayita vibro y se humedeció al ver al sobrino y al marchante a su entera disposición; la mezcla de experiencia y juventud la puso a arder de inmediato.
—¿Y bien, marchante? —dijo Julia alzando la barbilla—. Esta vez vine por una atención doble… aprovechando que esta Ramiro y ya sabe de mis gustos…
El sobrino y el vendedor no esperaron más. Se abalanzaron sobre mi mujercita como fieras hambrientas. En tanto yo saque la cámara para filmar tan memorable evento, mi verga en el pantalón estaba que explotaba, sabía que le darían una cogida de campeonato y ahí estaba en primera fila. El marchante la tomo de la cintura y le quito el vestido de un jalón, el sobrino le agarró la nuca y le encajó un beso atrevido, metiéndole la lengua hasta la garganta.
Cuatro manos masculinas la manoseaban por todos lados, apretándole los pechos, retorciéndole los pezones y hundiendo sus dedos en las nalgas desnudas de Julia. Ella soltaba gemidos ahogados, contorsionando la cadera y frotándose contra los pantalones de ambos, así… ahhh que ricas vergas me voy a comer… están bien duras.
Ramiro se deleitó con la imagen de mi mujer totalmente desnuda y solo en sandalias, luego la cargo y la coloco de espaldas sobre la mesa de madera. Mi esposa abrió sus piernas de par en par, mostrando su panochita depilada, dilatada y escurriendo fluidos por lo excitada que estaba imaginando lo rico que se la cogerían, llamo al sobrino, ven papito… comete mi papayita…
Ramiro contemplo un instante ese manjar que mi putita le estaba ofreciendo, luego se inclinó y empezó a devorar la raja húmeda y chorreante que tenía a su merced, la recorrió a lo largo y ancho, desde el ano hasta el clítoris, por ratos penetraba profundamente con su lengua esa cueva del placer, Julia se retorcía ante los embates del joven y hacia sonidos guturales mientras mamaba con intensidad la verga del marchante al mismo tiempo, así la tuvieron un buen rato hasta que le llego a mi mujercita un prolongado orgasmo al sentirse usada de esa manera… ahhh, me vengo… ahhhh que delicia, siiii.
Luego el sobrino se sacó su miembro: una verga joven, dura como la piedra, venosa y de buen tamaño. Julia, al verla, abrió los ojos desorbitada de morbo, la agarró con ambas manos y se la llevó a la boca sin dudarlo, tragándosela hasta la base mientras emitía sonidos ruidosos de succión.
Mientras ella le mamaba el tolete al sobrino, el marchante al verla en cuatro, mostrando ese culo tan apetecible y con las piernas bien abiertas, descubrió su gruesa carne y, de un solo empujón seco y sin piedad, le hundió la polla entera en la vagina.
—¡Aaaah! —gritó Julia amortiguando el chillido alrededor de la carne del joven—. ¡Siii, revienten a esta puta! ¡Más duro, marchante!
El local se llenó de un ritmo animal. El sonido seco de la pelvis del vendedor chocando con las nalgas de mi mujercita resonaba con fuerza. El sobrino le tomaba la cabeza con brutalidad para que le limpiara la verga con la lengua, mientras el tío la bombeaba en embestidas profundas que le hacían temblar las tetas.
—¡Amor, mira que rico me están cogiendo! —gritaba Julia con la boca liberada por un segundo—. ¡Mira cómo me la meten estos dos machos! ¡Quiero más verga!… así ahhh.
Luego de un buen rato cambiaron de posición. Ramiro se acostó de espaldas a la mesa y mi putita lo monto, acomodo la punta de la verga en su papayita y de un sentón se la devoro, fue alucinante ver el ritmo que tomo al cabalgarlo, su concha totalmente abierta y escurriendo espuma blanca, comiéndose a sentones ese tolete y gritando de placer, luego cambio de ritmo, se recostó en el pecho de su picador y con las manos abrió su deliciosas nalgas, ven marchante, métemela por mi culito, él no se hizo de rogar, apoyo la punta de su verga en el esfínter de mi putita y la fue empalando poco a poco.
Una vez que la tuvo toda adentro, mi esposa solita se empezó a columpiar en esas dos ricas vergas, gimiendo, gritando, sintiendo esos dos émbolos taladrar sus orificios a gran velocidad, ahhh, que ricooo, así papitos… soy su putita, denme más… ¡yo grabando todos los ángulos y con la otra mano masturbándome viendo todo lo que le hacían a mi putita! 15 minutos después bajaron un poco el ritmo y volvieron a cambiar de posición, ahora el marchante se acostó de espaldas en la mesa y mi amorcito, dándole la espalda se enterró su tolete en el ano, de un sentón se la comió toda poniendo ojitos en blanco.
Lo cabalgó así con el culo un rato, luego abrió sus piernas y mostrando lo ensartada que estaba por el ano y su papayita abierta reclamando atención, llamo al joven picador, ven papito, métemela por delante, Ramiro la ensarto de su solo empujo que hizo que mi mujercita gritara de dolor y placer mezclados, luego nuevamente se sincronizaron y mi adorable mujercita entró en un trance de éxtasis absoluto: rellenada por ambos agujeros simultáneamente, con el sobrino rompiéndole la vagina y el marchante abriéndole el culo de forma implacable.
—¡Siii! ¡Me están reventando! ¡Me encantan sus vergas! ¡Hagan lo que quieran con esta zorra! —bramaba Julia fuera de sí, con la mirada perdida y salivando de pura excitación.
Sus paredes vaginales y anales apretaban con tal fuerza que los dos hombres comenzaron a rugir. El ritmo de la doble penetración se volvió frenético. Las embestidas coordinadas hacían temblar todo el cuerpo de mi esposa, quien tuvo dos orgasmos consecutivos extremadamente violentos, salpicando la mesa y las piernas de sus amantes con sus fluidos.
—¡No paren! ¡Échenme todo adentro! ¡Llénenme de leche todos los orificios! —suplicaba Julia mientras se retorcía en el clímax.
El sobrino fue el primero en ceder: con una embestida profunda le vació un chorro hirviente de leche directo en el fondo de su vientre. Segundos después, el marchante soltó un gruñido gutural y le descargó su semilla dentro del ano. Al retirarse los dos hombres, los orificios de mi putita quedaron abiertos, hinchados y desbordando espuma blanca y escurridiza.
Agotada, con el cuerpo temblando, chorreando semen por los muslos y con la voz completamente ronca de tanto gritar y pedir verga, Julia se levantó con dificultad. Se arregló el vestido como pudo, caminó hacia mí a pasos lentos y abiertos, me miró con una sonrisa de satisfacción descarada y me dijo al oído:
—Mi amor… estos dos machos me reventaron como querías… mira cómo me dejaron bien enlechada por todos lados.
El regreso al hotel ocurrió en un silencio espeso, casi eléctrico. Mi mujer caminaba a mi lado con pasos lentos, pesados, manteniendo las piernas ligeramente abiertas para aliviar el roce de sus muslos completamente embadurnados por la mezcla de fluidos y la leche que aún le escurría lentamente por entre los labios. En sus ojos no había rastro de culpa; solo un brillo denso, narcótico, propio de quien ha sido exprimida hasta la última gota de su capacidad de sentir.
Una vez en la habitación, ni siquiera se quitó el vestido holgado, arrugado y manchado. Se dejó caer de espaldas sobre la cama, abriendo las piernas con una soltura animal, respirando con dificultad mientras la piel de su pecho subía y bajaba agitadamente.
—Ponlo, amor… —susurró con la voz rasposa, gastada de tanto bramar en aquella trastienda—. Pon el video. Quiero volver a sentirlo…
Encendí la pantalla del teléfono y me acomodé a su lado. La luz del display iluminó sus facciones demacradas por la lujuria. Al verse a sí misma en la pantalla, Julia dejó escapar un gemido ahogado y se llevó una mano a la entrepierna, acariciándose por encima de la tela húmeda.
—Mira nada más… qué puta me veo —musitó, pegando su hombro al mío mientras no despegaba los ojos de la imagen—. Amor, cuando el muchacho me metió la verga por la boca y sentí el olor a sudor y a fruta de su piel, se me borró todo. No había pensamientos, no había nada… solo unas ganas brutales de que me cogieran.
En el video, la cámara enfática registraba el instante preciso de la doble penetración: la carne del sobrino hundiéndose en su vagina hinchada mientras el marchante le acomodaba la polla en el culo y la empujaba de un solo golpe.
—Ahí… justamente ahí —dijo Julia apretando los dientes, cerrando los ojos por un segundo al revivir la sensación—. Sentí que me desgarraban por dentro, pero era un dolor tan caliente, tan perfecto… Sentir cómo se topaban las dos vergas por dentro, cómo me estiraban los dos agujeros al mismo tiempo… Me sentí completamente poseída, como si no fuera más que un pedazo de carne a disposición de esos dos machos.
El audio de la grabación reproducía con claridad sus propios rugidos: “¡Siii! ¡Me están reventando! ¡Hagan lo que quieran con esta puta!”. Julia soltó una risita boba, avergonzada y al mismo tiempo profundamente excitada por su propio descontrol.
—Escúchame… parezco una insaciable. Pero es que era demasiado, Carlos. La verga joven del sobrino me golpeaba el fondo del vientre con un ritmo que me hacía ver estrellas, y la dureza del tío atrás me mantenía el culo tan abierto que no podía ni respirar. Sentir cómo el sobrino se venía dentro de mi panocha, sintiendo sus chorros hirvientes mientras el marchante me llenaba el culo… fue el orgasmo más salvaje de mi vida. Me sentí la mujer más deseada, más zorra y más llena del mundo.
En el video, los dos hombres se retiraban dejándola tirada en la mesa, con la vulva y el ano dilatados, botando espuma blanca y espesa que chorreaba hacia la madera. Mi mujer hundió dos dedos por debajo de su vestido, hurgando en su propia hendidura aún abierta y empapada con el semen de los dos desconocidos, y luego se llevó los dedos a los labios para probarlos frente a mí.
—Mira cómo me dejaron, amor… —dijo mirándome a los ojos con la pupila dilatada—. Me hicieron de todo… y me encantó que lo grabaras para que veas cuánta verga soy capaz de disfrutar y que estes ahí viendo en primera fila como se cogen deliciosamente a tu mujercita…
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