El masajista de mi esposa (2)

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T. Lectura: 7 min.

Pasó poco más de una semana.

Macarena no aguantaba más. Se despertaba de madrugada con el culo apretado y la concha mojada, pensando en esa pija gruesa que la había abierto dos veces. El martes a la mañana, mientras Edgardo se duchaba, le mandó el mensaje:

“David, no doy más. ¿Tenés lugar hoy?”

La respuesta llegó enseguida:

“A las cuatro en el consultorio. Te paso la dirección.”

Era un departamento chico en un edificio viejo de Palermo, segundo piso, sin portero. Ella llegó con un vestido corto de tela finita de verano, casi transparente con la luz. Si se inclinaba un poco se le veía todo: el culo redondo, la raja, la concha. No llevaba corpiño ni bombacha. El calor de enero le pegaba en la espalda apenas bajó del Uber.

David abrió la puerta en cuero. Solo un short de lino beige, flojo, que le marcaba todo. La pija se le notaba pesada, caída hacia un costado, gruesa, con la cabeza semimarcada contra la tela. No tenía calzones. El pecho y los hombros brillaban un poco de sudor. Sonrió al verla.

—Pasá.

Macarena entró. Él cerró con llave y la miró de arriba abajo.

—Sacate el vestido.

Ella se quedó quieta un segundo y después se lo sacó de un tirón. Quedó desnuda de pie en el medio de la habitación: tetas pesadas, pezones oscuros ya semiduros, panza suave, culo ancho y redondo. David se acercó, le agarró la nuca y la besó. No fue un beso suave. Le metió la lengua, le mordió el labio inferior y, sin dejar de besarla, le pellizcó los dos pezones con fuerza. Macarena soltó un quejido contra su boca. Dolía. Pero el dolor le bajó directo a la concha y se le humedeció de inmediato. Él apretó más fuerte un segundo y después soltó, dejando los pezones rojos e hinchados.

—Acostate boca abajo —dijo él, señalando la camilla.

Ella se subió, se acomodó de pecho y estiró los brazos hacia adelante. David se colocó delante de ella, a la altura de la cabeza, y empezó a masajearle la espalda con las manos grandes. Presión firme en los trapecios, en los omóplatos. Macarena cerró los ojos y soltó un suspiro. No pasaron ni diez segundos.

David se bajó el short de un tirón. La pija le saltó pesada, ya semidura, gruesa, con las venas marcadas y la cabeza oscura. Sin decir nada se la apoyó en los labios de ella.

—Abrí.

Macarena giró un poco la cabeza y abrió la boca. Él empujó. La cabeza gruesa le llenó la lengua de golpe. David le agarró el pelo con una mano y empezó a meterla más profundo. Primero despacio, después más. La pija le rozaba el fondo de la garganta. Ella estaba boca abajo, incómoda, pero él no le dio tiempo de acomodarse.

Empezó a cogerle la boca de verdad. Embestidas cortas y profundas, sacándola casi completa y volviendo a empujar hasta el fondo. Macarena se atragantó a los primeros empujones. La baba le empezó a caer por la comisura de los labios, espesa, brillando, y le chorreaba directo sobre la camilla. Los ojos se le llenaron de lágrimas. David no se detuvo. Le apretó la cabeza contra su pelvis y se la dejó enterrada varios segundos. Ella se ahogó, tosió alrededor de la pija, pero él solo gruñó y siguió.

—Tragá… así… más profundo.

La baba le corría por la mejilla y le caía al cuello. Las lágrimas le manchaban la camilla. David le follaba la boca con ritmo constante, mirándola desde arriba, disfrutando de cómo se le hinchaba la garganta cada vez que empujaba. Macarena tenía una mano apoyada en el muslo de él, sin fuerza para apartarlo. Solo recibía. El ruido era obsceno: saliva, respiraciones cortadas, el sonido húmedo de una pija entrando y saliendo de una garganta mientras ella seguía boca abajo.

Cuando la tuvo bien babosa y con la cara hecha un desastre, la sacó. Un hilo grueso de saliva unió la cabeza de la pija con los labios de ella. Macarena tosió, respiró hondo, la cara colorada, los ojos llorosos, todavía con la mejilla apoyada en la camilla.

David se movió detrás de ella. Le separó las nalgas con las dos manos. El ano ya se veía un poco más abierto que la vez anterior, más dilatado, como si todavía recordara la pija gruesa. Sacó un frasco chico de aceite de coco, se echó apenas un poco en los dedos —lo justo— y se lo pasó por el agujero y por su propia pija. Solo lo necesario para que entrara sin romper nada.

Apoyó la cabeza gruesa contra el ano y empujó. El esfínter cedió más fácil que la semana pasada. Macarena apretó los dientes y soltó un gemido largo cuando la sintió entrar. David no se apuró al principio. Entró centímetro a centímetro hasta que las bolas le pegaron contra la concha. Se quedó quieto un segundo, disfrutando de cómo el culo de ella le apretaba, aunque ya más suelto que antes.

Después empezó a moverse. Mismo estilo que las otras veces: profundo, constante, sin piedad. Le agarraba las nalgas con fuerza, las separaba para mirar cómo su pija desaparecía dentro. El poco aceite alcanzaba. El sonido de la carne contra carne llenaba la habitación.

—Qué culo de puta… —le decía, inclinándose sobre ella—. Cada vez más abierto y todavía te aprieta.

Macarena solo gemía, la cara aplastada contra la camilla. Cada embestida le sacudía el cuerpo entero. Las tetas le golpeaban contra el cuero sintético. David aumentó el ritmo. Ahora la culeaba fuerte, con embestidas largas que le hacían temblar las piernas. Le dio varias palmadas en las nalgas hasta dejarlas rojas. Macarena se metió una mano debajo del cuerpo y se tocaba el clítoris desesperada. Acabó apretando el culo alrededor de la pija, soltando un gemido ahogado.

Él no se detuvo. La siguió culeando a través del orgasmo, sintiendo las contracciones. Cuando ella se recuperó un poco, le levantó un poco más las caderas y se la clavó todavía más profundo.

En un momento, mientras la embestía con fuerza, David se deslizó un poco hacia adelante. La cabeza gruesa se salió del ano. En vez de volver a entrar ahí, la agarró de las caderas, la dio vuelta de un tirón y la puso boca arriba. Macarena quedó mirándolo, las piernas abiertas. David se acomodó entre sus muslos, apoyó la pija contra la entrada de la concha y empujó.

Entró de lleno.

Macarena abrió los ojos de golpe y se tensó.

—No… David, no… ¡sacala!

Él se detuvo, todavía enterrado hasta la mitad.

—Sacala, te dije… no me cuido. El marido casi no me la pone, no uso nada… no quiero.

David no se movió. Solo la miró desde arriba, la pija gruesa latándole adentro de la concha caliente.

—Está rica… —murmuró.

—No, en serio… no. Sacala.

Pero él empujó un centímetro más. Macarena apretó los dientes y soltó un quejido. El placer le subió de golpe, traicionero, más intenso que el anal. La pija le llenaba la concha de una forma que hacía años no sentía. Intentó juntar las piernas, pero David se las abrió con las manos.

—David… no… por favor…

La voz ya le salía más débil. Él empezó a moverse despacio, apenas unos centímetros, entrando y saliendo. Macarena cerró los ojos. El “no” se le estaba quedando trabado en la garganta. Cada embestida corta le sacaba un gemido distinto, más agudo, más rendido. A los pocos segundos ya no empujaba para afuera: levantaba un poco la cadera, casi sin darse cuenta.

—No… no deberíamos…

David aceleró un poco. Ahora entraba más profundo. Macarena arqueó la espalda y se agarró de los bordes de la camilla.

—Mierda… —susurró ella.

El último resto de resistencia se le derrumbó. Ya no decía que no. Solo respiraba agitada, con las piernas abiertas del todo, recibiendo cada embestida. David le agarró las piernas, se las abrió bien y le empezó a dar de verdad. Embestidas fuertes, profundas, que le hacían rebotar el culo contra la camilla. El sonido era húmedo, sucio, constante.

Macarena se tocaba el clítoris con desesperación. Acabó otra vez, más fuerte que antes, con la concha apretando la pija en espasmos, soltando un gemido largo que ya no tenía nada de protesta. David gruñó y aceleró.

—Te voy a llenar… —le dijo al oído.

Ella solo asintió, completamente entregada. David embistió varias veces más, profundo, y se vino. Esta vez no fue normal. La pija le latía con fuerza y empezó a tirarle chorros espesos, calientes, uno detrás del otro. Parecía que no terminaba. Macarena sentía cómo la llenaba, cómo la leche le subía y le pesaba adentro. Él seguía empujando mientras se descargaba, metiendo todo lo más hondo posible. Cuando por fin se detuvo, todavía tenía la pija enterrada y seguía saliendo un poco.

Se quedaron quietos un momento. Después David se salió despacio. Un chorro espeso de leche le cayó de la concha y le corrió por el muslo. Era mucho. Demasiado. Se le escurrió hasta la raja del culo y le manchó la camilla.

Sin decir nada, él la agarró de la mano y la llevó hasta un sillón grande que tenía en un rincón, medio gastado pero cómodo. Se tiraron los dos desnudos. Macarena se acomodó contra el respaldo, todavía sintiendo cómo le salía leche. David se sentó al lado, buscó un atado de puchos en una mesita y le ofreció uno. Ella aceptó. Encendieron, fumaron en silencio un rato y después empezaron a charlar.

—Me encanta que me cojas —dijo ella de golpe, soltando el humo—. En serio. Me encanta cómo me usás.

David soltó una risa baja.

—Tu culo me calienta una banda. Cada vez que te lo abro se me pone más dura. Y ahora encima la concha…

Hablaron de boludeces, de la calor, de lo raro que era estar así, desnudos, con la leche de él todavía saliéndole a ella. Se rieron varias veces. Pasó casi una hora. Macarena se sentía rara: relajada, sucia, contenta. En un momento se levantó.

—Voy al baño un toque.

Entró, se sentó a mear y después trató de limpiarse un poco la concha con papel. Sacó bastante, pero era demasiado. Seguía saliendo. Se limpió lo que pudo, se miró un segundo en el espejo y volvió al sillón.

Se tiró de costado, se recostó sobre el apoyabrazos y abrió las piernas de frente a él. Se empezó a tocar mirándolo a los ojos, con cara de puta, sin ninguna vergüenza. Dos dedos entrando y saliendo, el pulgar frotándole el clítoris. La leche que le quedaba adentro se le escapaba un poco más con cada movimiento.

—Necesito más leche en la concha —le dijo, voz baja, mirándolo fijo—. Ya no me importa nada.

David la miró en silencio, se le puso dura otra vez casi al instante. Macarena se dio vuelta, se puso en cuatro patas sobre el sillón y se abrió ella misma con las dos manos: una nalga en cada una, separando bien, ofreciéndole la concha y, más arriba, ese ano dilatado que ya era todo de él.

—Mirá —susurró—. Mirá lo que me hiciste.

David se acomodó detrás, le apoyó la pija contra la entrada de la concha y empujó. Entró de una. Esta vez solo por la concha. Empezó a cogerla profundo, mirando ese orto abierto, rosado, que se contraía un poco cada vez que él embestía. Le agarró las caderas y le dio con ganas, sin apuro pero firme. El sillón crujía. Macarena tenía la cara apoyada contra el respaldo y gemía bajo, empujándose hacia atrás para recibirlo mejor.

David aceleró. La culeaba mirando todo el tiempo ese culo dilatado que ya no le pertenecía a nadie más que a él. Macarena acabó apretando la concha alrededor de la pija, soltando un gemido largo. Él siguió un rato más y se vino otra vez adentro, empujando profundo mientras se descargaba, llenándola de nuevo.

Cuando terminó se quedó quieto un segundo, todavía enterrado, mirando cómo le salía la leche alrededor de su pija y cómo el ano dilatado se contraía despacio. Después se salió. Otra vez le corrió por el muslo.

Macarena se quedó en cuatro patas un momento más, respirando agitada, y después se dejó caer de costado en el sillón, con una media sonrisa.

Más tarde, cuando ella se levantó a vestirse, la leche le seguía resbalando. Se puso el vestido corto, bajó las escaleras y se subió al Uber. Se acomodó con cuidado y le dijo al chofer:

—Pare en una farmacia, por favor. Necesito comprar algo rápido.

El tipo asintió sin preguntar. Macarena se quedó mirando por la ventanilla, sintiendo cómo se le escapaba un poco más hacia el asiento, y sonrió para adentro.

Edgardo iba a llegar a las ocho.

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