Después de la mala experiencia con el duque y de haber follado con el joven guardián Guy, la princesa duerme desnuda y satisfecha en su cama hasta bien entrada la mañana siguiente.
Al mediodía, el rey y ella están en sus tronos esperando la llegada del segundo pretendiente.
-Padre, de ninguna manera querría casarme con el duque.
-¿A no? ¿Es que acaso no te gustó?
-Para nada.
-Se le ve un guerrero fuerte y valiente.
-Ya, quizá sí. Pero no creo que fuera un buen esposo.
-Si es así… A ver, pues, qué nos parece el conde de Valle Diamantina.
-Uy, ya entra, padre. ¡Qué guapo es!
Mientras ellos reciben y conocen al conde, Martín, el amigo de infancia de la princesa y su amante desde hace unas semanas, está trabajando en el campo. Ya es el segundo día que no ve a su querida Margalinda, y eso le disgusta y entristece.
Aparte de no poder estar con ella, le preocupa que se case y que nunca más puedan volver a estar juntos. Mientras se esfuerza como nunca en el campo para quitarse los malos pensamientos de su cabeza, no puede evitar rememorar lo que sucedió hace pocos meses, el tercer día que se encontraron los dos en el claro del bosque donde jugaban de pequeños. Era al anochecer y Margalinda ya le estaba esperando cuando él llegó. La princesa lucía un vestido verde limón. Estaba sentada bajo un árbol. Al ver a Martín, ella señala la rama de un árbol. El chico ve con sorpresa que hay unas bragas colgando de ella.
-¡Linda! ¿Esas son tus…?
-¡Sí, mis braguitas! ¿Te gustan?
-Sí mucho.
-Están muy húmedas, Martín.
-Ya. Esto… si tus bragas están en la rama, eso quiere decir que…
-¡Quiere decir esto!
La princesa se sube el vestido hasta la cintura y separa sus piernas. Muestra su sexo empapado al chico.
-¡Oh, Linda!
-Y no busques mi sostén en ninguna rama porque he salido de palacio sin él – explica mientras descubre sus hombros y baja su vestido hasta debajo de sus pechos.
-¡Linda!
-Cuando llegué aquí, lo primero que hice es quitarme las braguitas. ¡Es que estaban muy mojadas! Y, además, para que me encontraras completamente cachonda, me he estado acariciando el chocho. Así que ya estoy muy caliente. ¡Mira cómo tengo el coño! – separa más sus piernas y abre su sexo con ambas manos para que su amante vea lo mojada que está.
-¿Quieres que te haga un dedo como anteayer?
-No, Martín. El otro día te amamanté con mis pechos. Hoy quiero también que mames, pero de mi sexo que rezuma.
-Yo nunca he…
-No te dará asco ¿verdad? – pregunta entre coqueta i preocupada.
-¡Pues claro que no!
-¡Es un coño de princesa!
-Sí, sí – el chico duda.
-Venga, va, amórrate a mi chocho, ¡que está rebosando!
Martín se arrodilla ante su amante y empieza a besar su sexo. Le lame el clítoris y ella gime. Le introduce la lengua en su rajita. Le separa los labios vaginales y sorbe el abundante flujo de la chica. Su boca y su cara entera están empapadas.
-Méteme un dedo, por favor, o dos. ¡O tres si te caben!
-¡Sí, mi princesa!
-¡Y la lengua! ¡Mete tu lengua!
-¿Así?
-¡Sí! ¡Oh! ¡Lámeme el botón!
-¡Está duro y respingón!
-¡Me encanta! ¡Me voy a correr, Martín! No pares, no ¡por favor!
Los besos y lametones en el clítoris y la penetración profunda con tres dedos hacen que la chica pierda el mundo de vista y gima y se corra intensamente. Al cabo de un par de minutos, ella introduce su mano en el calzón del muchacho y le agarra el miembro.
-Martín, ¡estás muy…! Vaya… ¡Que la tienes muy empinada!
-Sí, mi princesa.
-Eso es que te gusta beber mis jugos, ¿no?
-Sí, mucho. ¡Y tu aroma!
-¿De verdad de gusta el olor de mi chocho?
-¡Mucho, mi princesa!
-Te mereces que te haga una buena paja, Martín – masajea la verga, cada vez con más fuerza.
-Espera, Linda, por favor, sácala del calzón.
-Sí, sí, a ver. ¡Oh, la tienes enorme hoy!
-¡Tu coño me ha puesto a cien!
-¿Así que te gusta mi chichi?
-¡Es el cielo!
-¿Has visto que tengo mucho pelo ahí?
-Sí, claro. –contesta, quitando algunos pelos de sus labios y boca.
-Soy una mujer que vuelve a estar muy cachonda. Acércate, chupa, sorbe, bébeme, Martín, mientras yo hago que tú también te corras.
El muchacho le hace caso enseguida y vuelve a hacer un cunnilingus a su princesa. Él, en menos de un minuto, ya llega al orgasmo y lanza chorros de lefa. Ella lo recoge de su cuerpo y lo sorbe con gusto y se corre varias veces mientras él sigue acariciando, besando, lamiendo y sorbiendo su sexo abierto.
-¡Me gusta el líquido blanco que lanza tu polla, Martín!
Al cabo de una media hora de estar abrazados bajo el árbol, ella se pone bien el vestido, hasta ese momento como un cinturón.
-¿Quieres quedarte con mis braguitas, Martín?
-Me encantaría. ¿Pero no es arriesgado ir sin ellas?
-¡Pues claro que no! ¡Nadie me va a arremangar el vestido para ver si llevo bragas! ¡No olvides que soy la princesa!
-Claro. Pues gracias.
-Podrás olerlas y besarlas. Las he llevado desde la mañana y seguro que huelen intensamente a mí.
-Gracias, Linda – las huele con satisfacción.
-Además, viniendo hacia aquí, he notado que las mojaba mucho pensando en verte y en lo que haríamos.
-Huelen muy bien. ¡A ti! A tu sexo.
-Puedes dormir abrazado a ellas esta noche. ¡Pero que no te las vea Catalina, tu novia!
-Uy, no, ¡eso no! Se iba a preguntar de quién son.
-Seguro que sus bragas no son como estas.
-No sé. Quizás…
-¿Nunca se las has visto?
-Pues claro que no. Ella es una chica decente.
-No querrás decir que yo no…
-¡Linda, tú eres una princesa!
-Si quieres, incluso podrás masturbarte con mis bragas y, pensando en mí, llenarlas de tu jugo blanco tan sabroso.
-¡Seguro que lo haré! – contesta Martín, quitándose más pelos de la boca.
-Oye, veo que te molestan los pelos de mi chichi.
-Linda, no, al contrario.
-¡Debes pensar que es un honor tener en tu lengua y tus labios pelos de princesa!
-Sí, por supuesto.
-Ningún otro hombre puede tener ese honor.
-Gracias, amor.
-Debemos irnos. Y no podremos volver a vernos hasta el lunes.
-¡Oh, pero si aún faltan cuatro días!
-Ya sé. Si fuera por mí, estaría contigo cada día. Pero tengo mis obligaciones de princesa.
-¡Te echaré mucho en falta!
-Bueno, cuando nos veamos el lunes, aquí a la misma hora, compensaremos estos días sin poder estar juntos.
Hoy, menos de par de meses después, esos recuerdos ponen cachondo a Martín. Está sudando y no es solo por el esfuerzo en su trabajo. También piensa en su exnovia Catalina y en lo tonto que fue al descuidarla hasta que la chica se cansó y lo dejó. Ella es una buena chica, bonita, decente, trabajadora… Seguro que habría sido una buena esposa para él. Pero Martín la perdió por estar solo pendiente de estar con la princesa.
Ahora, siete semanas después de ese tercer encuentro con Martín, la princesa está conociendo al segundo de sus pretendientes. Le sorprende la elegancia, educación y amabilidad del Conde. Aparte de que es muy guapo. Y huele muy bien. Además, es muy rico. Juntar su condado con el reino les haría uno de los países más ricos. Para asegurarse de que sea realmente un buen marido, Margalinda le cita para que le visite por la noche a sus aposentos. Espera no tener una desilusión como la que tuvo con el duque.
Cuando ya por la noche ella se despide de Florencia y se queda sola en su habitación, repite los pasos del día anterior. Se queda desnuda, se mira al espejo, se perfuma todo el cuerpo y decide ponerse solo unas braguitas blancas y un sostén a conjunto. Se mira al espejo. Se alegra de que esté completamente rasurada porque si no las braguitas minúsculas no podrían cubrir completamente sus pelos. Espera que eso guste al conde. A Martín le entusiasmó la primera vez que se presentó ante él totalmente depilada.
Margalinda asoma la cabeza para ver si Guy está en la puerta, pero se disgusta al ver que no. Es Pedro, uno de los guardias mayores. Con él sí que no le iba a funcionar lo que hizo ayer con el chico. Además, nunca dejaría que Pedro la tocara. Aparte de muy mayor, es feo, huele mal y es un borracho. Le da asco. Pero no puede decirle que deje pasar al conde, así como así. Se lo diría a todos. Su padre se iba a enfadar y a entristecer. Para él, y para todo el mundo, Margalinda es una joven virginal, casta y pura. Y así era hasta hace unos meses, hasta que se encontró por casualidad con su amigo de la infancia y empezó a descubrir el sexo y cómo le encantaba.
Pero eso es un secreto entre ellos dos. Hasta hace un día, ella solo había estado con Martín y ahora, en una sola noche, ya había follado con otros dos hombres. Recuerda lo cariñoso y placentero que fue estar con el joven guardián. Muy distinta fue la experiencia con el duque. Le da rabia que hoy no sea Guy quien vuelva a vigilar su puerta. Pero tiene una idea y la pone en práctica. Se viste, por un momento, con la ropa habitual de cuando va a dormir porque no puede presentarse ante el guardián solo en ropa interior, y además tan sexy y minúscula.
-Pedro.
-¡Mi señora!
-Yo ya voy a acostarme.
-¡Buenas noches, princesa!
-La noche es larga. Mira qué te traigo. Así no será tan duro aguantar tantas horas de pie en la puerta.
-Gracias, muy amable y considerada.
-No te lo bebas todo – exclama aunque sabe que no le hará caso.
Ella vuelve a la habitación, se vuelve a quedar en braguitas y sostén y, en menos de un par de minutos ya oye los ronquidos del guardia. Su plan funciona a la perfección: la mezcla de vino con esos polvos que una vez le dio el médico para dormir mejor no han fallado. Claro que la cantidad de polvos que ha puesto en el vino es veinte o treinta veces superior a la que ella toma alguna vez. Espera no haberle matado. Oír sus ronquidos la tranquilizan.
-Pasad, conde.
-Oh, pero si estáis… casi…
-Sí, desnuda para recibiros, conde. ¿Os gusto así?
-Sois muy bella – exclama muy educado aunque casi no la mira.
-Gracias, conde. Vos sois muy guapo también. Quiero comprobar cómo nos iría de casados, en la cama, antes de decidirme por vos. Acercaos.
-Oléis muy bien, mi princesa.
-Vos, también, conde. Venid.
Ella le abraza y pega su cuerpo al de él. Le besa en la boca. Su lengua pugna para que separe los labios. Margalinda toma las manos del conde para que le baje las bragas. Luego, para que aparte el sostén de sus pechos. Se los ofrece, pero él apenas los mira y no los toca. Ella se tumba en la cama y se abre de piernas.
-Venid, conde. ¿Os gusto así, sin pelo, como una niña?
Margalinda acerca un dedo a su sexo y luego se lo lleva a la boca.
-¿Queréis probar mi sabor, conde?
-Princesa, yo… ahora mismo… pues no.
-¡Oh! Bueno, quizá os da reparo…
-A ver, Margalinda, poneos de rodillas, así, dadme la espalda…
-Conde, queréis que me ponga así, en pompa…
-Sí, levantad el culo.
-De acuerdo – está arrodillada de espaldas al conde y le ofrece una vista inmejorable de sus nalgas , su sexo y su ano -¿Os gusta, os gusta lo que veis, conde?
-Bueno… dejad que yo…
-Haced lo que os plazca conmigo, conde, soy toda suya, como si fuera vuestra esposa.
Margalinda separa sus labios vaginales y abre su sexo para el conde. Pero él no se acerca a la princesa, sino que se tumba en la cama.
-Dejadlo estar. Poneos sobre mí, princesa.
-Sí, señor, ¿así? -ella se tumba sobre el cuerpo del conde.
-Vale, ahora, agarrad mi miembro – se baja el calzón.
-Sí. Oh, está… completamente flácida.
-Esperad. Masturbadme, majestad.
-¿De este modo?
-Sí, más suave, niña.
-Vale, así, ¿no?
-Sí, dejad que tome vuestra otra mano.
Él acerca la mano de la chica a su culo.
-Metedme un dedo en el culo, princesa.
-¿Cómo?
-Penetradme el ano con el dedo.
-Soy una princesa.
-Y deseo que seáis mi futura mujer. Metedme el dedo en el culo, majestad.
-Bueno, a ver… -le da bastante asco.
-Sí, así, muy bien.
-Su pene empieza a ponerse duro, conde.
-Sí, metedme más dedos, princesa.
-¿Más… dedos? No sé si van a caber.
-¡Veréis como sí!
-Si vos queréis, también podéis penetrar mi sexo con vuestros dedos.
-Ya, sí, pero no.
-¿Preferís mi culo, quizá?
-Sí, mejor os meto un dedo en vuestro ano. ¡Y vos, metedme otro dedo, princesa!
-Vuestro miembro ya está erecto.
-Sí, moved vuestros dedos en mi ano. ¡Mastúrbame más duro!
-¿Os gusta? ¿Así os gusta?
-¡Callad, callad! – ordena el conde mientras cierra los ojos – Folla, folla mi culo, Gastón, sí, Gastón.
-¿Cómo Gastón? ¡Soy la princesa!
-¡Callad os digo!
-¿Pero…?
-¡Que calléis! – la besa en el cuello y se lo lame.
-…
-¡Así, así, folla mi culo, Gastón! Ya… ya estoy a punto… Me corro, me corro, ¡Gastón!
Los chorros del conde empapan la mano de la princesa mientras tiene los cinco dedos de la otra en su culo. Al cabo de unos minutos, él se separa de ella, ni la mira, y se sube el calzón. Ella, desnuda en la cama, no entiende lo que acaba de pasar. Pero de una cosa está segura, nunca escogería al conde cómo marido. A ver cómo se lo explica a su padre.
-Adiós, princesa. Ha sido un placer.
-Ahora me miráis.
-Esto… ya me diréis si yo… — se acerca y él le da un beso en la frente.
-Sí, podéis esperar sentado.
Cuando el conde sale de la habitación, Margalinda, aterrada, ve que el guardia ya está despierto y que la ve a ella desnuda en la cama. Teme que se va a armar un escándalo. Piensa que si quizá le da más vino. No sabe qué hacer, pero tiene que actuar rápido.
-Pedro, pasad un momento.
-Majestad, estáis desnuda.
-Lo sé. Pero entrad. No pasa nada, me conocéis desde niña.
-Sí. Lo siento, pero tendré que informar al rey de lo que he visto.
-En realidad, no has visto nada.
-El conde saliendo de su cuarto y vos desnuda con él. Además, oléis a sexo.
-Eso no es cosa tuya.
-Sí, majestad. Es cosa mía.
-Yo te digo que no.
-Bueno, eso lo decidirá el rey.
-No, mi padre no debe enterarse.
-Se lo debo decir. Y también que vos me envenenasteis para que…
-¡Calla!
-Voy ahora mismo a…
-¡Te digo que te calles! Mira, te daré tanto vino como quieras. Cada semana, si quieres, cada día.
-No, mi señora. Soy un buen guardia. Disculpadme, debo irme.
-No, espera. A ver… sabes que tú, ¿desde siempre me gustas?
-¿Yo?
-Sí. Desde pequeña que me gustas. Ahora, desde que soy una chica… pienso en ti cuando… bueno… ya sabes.
-No, no sé.
-Mira, ven. Yo te gusto ¿no? Como mujer, quiero decir.
-Vos sois muy niña.
-No tanto. Mira mis pechos – los toma y se los ofrece – ¿Te parecen de una niña?
-Son grandes para ser de niña.
-Mis tetas son de mujer.
-Sí. Me gustan vuestros pechos, princesa.
-Venga, va, te dejaré tocarlos si de verdad no cuentas nada a nadie.
-Yo no… yo debo…
-Debes complacer a tu princesa. Y me gustaría que me acariciaras las tetas.
-¡Margalinda!
-Ven, así, ¿ves? ¿Te gustan mis tetas?
-Mucho, la verdad.
-Pues tócalas tanto como quieras esta noche.
-Sí, gracias.
-Y si quieres, puedes también acariciarme el culo – intenta ser amable aunque le vienen arcada por el mal olor del hombre.
-No sé si debo.
-Sí, tócame el culo.
-¡Vale! Mi princesa huele a sexo.
-Ya. Tú hueles a… — no termina la frase porque le vienen arcadas. — Acaríciame los pechos y el culo y calla.
Aunque ella aparta la cabeza, deja que él le sobe los pechos y le acaricie las nalgas. Pero sabe que Pedro no se conformará con eso. Así que, aunque teme marearse, mete su mano en el calzón y le acaricia la verga.
-Tienes una buena polla, Pedro.
-Sí, gracias.
-Está bastante morcillona. ¿Quieres que yo…?
-¡Que me la chupéis, sí!
-No, yo quería decir que, si querías que te la tocara, que te masturbara.
-¡Que me hagáis una mamada!
-¡No, yo soy una princesa!
-Una princesa, sí. ¡Pero creo que muy puta!
-¿Cómo osas? ¡Vete de mi presencia!
-Vale, como digáis.
-No, no. Espera. ¡Quédate! – no puede dejarlo marchar así y que le cuente a todos lo que se imagina que hizo con el conde y lo que acabad de hacer con él.
-Vale. Me quedo si me lo pedís. Pero va. ¡Chúpame la polla, princesa! – se baja el calzón y el mal olor que desprende su cuerpo ofende a la princesa, pero él le empuja su cabeza hasta su miembro – ¡Chupa, putita, chupa!
Ahora es ella quien cierra los ojos y abre su boca. Aunque al principio cree que no va a resistirlo, se sorprende al ver que el pene de Pedro no sabe tan mal. Al contrario, cuando empieza a rezumar líquido pre seminal, ella lo sobre con gusto. La mamada que hace al soldado empieza a gustarle. A él también porque su miembro no para de crecer en la boca de ella.
-La chupas muy bien, princesa. Estás hecha una buena mamona.
-Oge, trápame con resggeto – le ordena aunque no se la entienda con el pene en la boca, hasta su paladar – Enga, cógete, va, e mi oca!
-Espera, niña, deja que te folle un poco más la boca. Sé que te gusta.
-No, me da asco.
-A ver – deja de acariciarle las tetas y acerca sus manos al sexo de la chica – ¡Estás empapada! ¡Eso es que mi polla os pone cachonda, princesa!
-No, no es verdad.
-¡Qué puta!
-¡Pedro, calla!
-Tu coño rezuma, guarra. Espera, deja de chupar, mamona. Ve, así, túmbate en la cama. Separa las piernas.
Ella se deja hacer. Ya no sabe si es para que él esté satisfecho y no diga nada a nadie de lo que vio y lo que hizo porque realmente tiene ganas de que la folle. Se sorprende al ver que se abre de piernas al máximo para ofrecer franco su sexo al guardia.
-¡Ahora verás cómo folla un hombre de verdad! ¡Te va a gustar!
-¡No, no me va a gustar! ¡Oh! ¡Ah! ¡Bestia! ¡Sí, sí, así, oh, animal! ¡Me corro, me corro!
-¡Te voy a llenar tu coño de mi leche, cerda!
-¡Soy tu princesa!
-¡Sí, una princesa cerda!
-No soy cerda, pero fóllame, ¡Lléname de lefa!
-¡Sí, mi señora, toma, toma, toda para ti!
No sé de cuántos orgasmos disfruta antes de que él deje de tener el miembro erecto y lo saque de dentro de ella.
-¿Qué? ¿Os ha gustado cómo folla un hombre de verdad?
-¡Un borracho! ¡No me habéis satisfecho!
-¡Pero si te has corrido un montón de veces! ¡Guarra!
-Si fuerais un hombre de verdad, como decís, harías que me corriera más veces – dice coqueta mientras se acaricia el sexo y se lleva un dedo a los labios.
-Ya veis cómo me habéis escurrido los huevos y cómo tengo la polla. Yo ya no…
-Tienes dedos, ¿no?
-Sí, claro. Diez en cada mano.
-Y una boca. Con lengua y labios.
-¿Queréis que…?
-¡Que me des más placer si tan hombre eres! ¡Venga, cómeme el coño! ¡Nunca podrás besar, chupa y lamer un chichi como el mío! ¡Verás que bien sabe mi flujo!
-¡Sí, te voy a dejar seco el chirri!
-¡A ver si es verdad!
La princesa se arrodilla en la cama y levanta el culo para ofrecer una vista franca de su sexo mojado de su flujo y del abundante semen de Pedro. Él separa sus labios vaginales y le introduce dos dedos de cada mano. Ella gime y se corre después de unos minutos. Él le lame la vulva y el clítoris mientras ella experimenta gran placer. Tiene los cinco dedos de cada mano en su vagina y se siente morir. Cuando después de veinte minutos de orgasmos continuos de la chica, Pedro vuelve a estar cachondo, se saca el miembro y la penetra de golpe y la folla durante un buen rato hasta que vuelve a llenarle la vagina de esperma.
-¡De verdad que sí eres todo un hombre!
-Mi princesa, no diré nada del conde ni de lo que hemos hecho, pero con la condición de que esta no sea la última vez.
-¡Qué descarado!
-Sé que os ha gustado.
-Sí, no puedo negarlo. Creo que nunca había tenido tantos orgasmos con nadie.
-¿A no?
-¡Pues claro que no! Hasta hoy era virgen.
-¿A sí? El conde ha sido el primer hombre que…
-¡No! El conde no ha querido follar conmigo.
-¿Cómo?
-Tú has sido el primer hombre que ha estado conmigo. Yo soy virtuosa y pura.
-Sí, aunque hoy… Bueno, mi princesa, deseo poder volver a estar con vos alguna vez. Y no diré nada a nadie, ni a mi esposa.
-De acuerdo, Pedro. Reconozco que me has dado muchísimo placer. Espero que me seas fiel.
-Sí, mi princesa, no os preocupéis. Pero deberéis dejar que os folle de vez en cuando.
-De eso puedes estar seguro. La verdad es que ansío volver a estar contigo.
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos