Una amiga del gimnasio, Camila, va a la misma hora que yo, en la noche, siempre es amable y risueña, ya nos tenemos confianza pero esa noche noté que estaba incómoda o molesta durante el entrenamiento, así que al terminar la invité a conversar en mi auto. Ella es una mujer de casi 30 años, de curvas notablemente tonificadas por el ejercicio, con tatuajes en sus brazos, abundante cabello rubio y sonrisa encantadora.
Me contó acerca de Carlos, su esposo, un hombre sin pasión, sin fantasías. Añadió que gracias al gimnasio su libido había aumentado pero no sabía que hacer porque siempre quedaba con ganas. Yo, que ya tengo 39, soy un hombre de contextura robusta y brazos marcados por los años con las pesas. Al hablar de su sexualidad y tenerla tan cerca, me atreví a besarla y, de un momento a otro, terminó haciéndome sexo oral. No la detuve; se marchó apenas terminé. Al día siguiente, sus ojos reflejaban una mezcla de vergüenza y deseo.
Me acerqué para disculparme:
—Hola, Camila. Quería pedirte perdón por lo de ayer. Me aproveché de tu vulnerabilidad y te besé.
Sorprendida, sonrió y respondió:
—Gracias, pero fui yo la atrevida. Eso nunca debió haber pasado.
Bajó la mirada sonrojada y me confesó que tenía tiempo sin hacer sexo oral porque a su marido no le gusta, y que desearía haberse casado con alguien más caliente.
—Dale tiempo —la consolé—. Ningún hombre en su sano juicio rechazaría a una mujer tan hermosa y con una boca tan talentosa. Yo no olvidaré lo que sentí.
—Qué bueno escuchar eso —susurró—. Apenas te vi me sentí tan excitada que podría…
—¿Podrías qué, Camila? —aproveché el momento, viendo que el gimnasio ya casi cerraba y estaba solo—. ¿Te gustaría ir unos minutos al salón de spinning? Está vacío.
Revisó su reloj, miró a su alrededor y asintió: —Vamos.
Al entrar, aseguró la puerta. Sacó su teléfono para avisarle a su esposo que se quedaría entrenando un rato más y, al guardarlo, me miró fijamente. Se paró frente a mí y alzó los labios. Al tocar su cadera, que se marcaba perfecta bajo su licra oscura, sentí cómo temblaba de anticipación. Tras un beso profundo y apasionado, me puso la mano en el pecho, recuperando el aliento, y susurró: —Te necesito en mi boca.
Se arrodilló mientras bajaba mi short. Se entregó con una lujuria que transformó sus gemidos en música para el salón vacío. Deslicé mi mano bajo su playera deportiva, acariciando su pecho firme sobre el encaje.
—¿Te lo vas a tragar todo? —le pregunté.
Asintió con un gemido e intensificó el ritmo. A los diez minutos, no pude contenerme más. Sentí su cuerpo tensarse mientras eyaculaba en su boca. Camila tragó rápidamente y me limpió con entusiasmo, exprimiendo hasta la última gota.
—Eres increíble —le dije. Ella sonrió y corrió al baño a asearse. Salí del gimnasio minutos después y la encontré pensativa junto a su auto en el estacionamiento.
—¿Por qué esto me excita tanto? —me susurró—. Sé que está mal, pero me encantó.
—Está bien tener deseos, Camila. Me alegra que los compartas conmigo.
A la noche siguiente se repitió la historia en el salón de spinning, pero esta vez sin vacilaciones; me devoró con un deseo incomparable. Cuando intentó ponerse la playera que le había quitado para morderle los pezones, la detuve.
—Ah no. Te debo un orgasmo y no te vas a ir con las ganas.
—No me atrevo a tener relaciones contigo aquí, en este lugar, por favor—pidió nerviosa.
—Tranquila. Apuesto a que tu esposo nunca te ha hecho esto.
La senté en un banco, le bajé la licra y comencé a besar sus muslos. Fui despacio, dándole lametazos alrededor de la vulva, prolongando la espera. Sentía su temblor hasta que mi lengua abrió sus labios. Camila arqueaba la espalda, mostrando sus piernas tonificadas y aferrándose al banco mientras yo esquivaba su clítoris a propósito para aumentar su ansiedad. Cuando finalmente pasé mi lengua sobre su zona más sensible, soltó un grito de puro placer.
Introduje dos dedos húmedos en su interior. Su respiración se volvió pesada y sus piernas se tensaron por completo, tirando su cabeza hacia atrás y sujetando mi cabello con fuerza para presionarme más contra ella. Un orgasmo intenso la sacudió por completo, viniéndose con fuerza mientras yo succionaba su clítoris hasta dejarla exhausta y satisfecha.
Mientras la acompañaba a su auto, me comentó con la voz aún entrecortada:
—Carlos piensa que las mujeres que hacen sexo oral son putas. Tal vez tiene razón. Llevamos dos años de casados y ya le fui infiel… ¿Qué clase de esposa soy?
—La clase de esposa a la que voy a seguir disfrutando al máximo mientras lo permitas —le susurré al oído mientras le apretaba una de sus nalgas, para luego verla encender el auto y marcharse.
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