Edgardo fue el que lo pidió.
Una noche, mientras cenaban, dejó el tenedor sobre el plato y miró a Macarena.
—Ese masajista tuyo… el que te dejó tan bien la otra vez. ¿Me podés conseguir un turno? Tengo la espalda destrozada hace semanas.
Macarena sintió un calor seco en el pecho. Asintió con naturalidad.
—Dale. Le escribo mañana.
David contestó rápido. Les dio turno para el sábado a las once.
Llegaron juntos al edificio de Palermo. Edgardo subió con cara seria. David los recibió profesional, en remera y short. Macarena se sentó a un costado, en silencio.
Edgardo se acostó boca abajo en la camilla. David empezó a trabajar la espalda con manos firmes y lentas. A los veinte minutos Edgardo ya respiraba pesado, dormido.
David levantó la vista hacia Macarena. Ella se levantó sin hacer ruido, se acercó por el costado de la camilla y se agachó. Le bajó el short lo justo. La pija le salió pesada, semidura. Macarena la tomó y empezó a masturbarla despacio, con movimientos cortos, mientras David seguía masajeando la zona lumbar de Edgardo sin ninguna pausa.
Después se inclinó y se la metió en la boca. Chupó con cuidado, en silencio, apenas la mitad, baboseándola. A ratos la sacaba y solo la masturbaba mirando la cara dormida de su marido. A ratos volvía a engullirla hasta donde podía y se quedaba quieta, con la garganta llena. David respiraba más profundo, pero las manos nunca dejaron de trabajar.
Pasaron casi quince minutos. Al final David le apoyó una mano en la cabeza, empujó un poco más profundo y acabó en silencio. Macarena tragó todo, se limpió los labios con la mano y se apartó. David se acomodó el short y siguió masajeando como si nada.
Cuando Edgardo despertó, se estiró y dijo que se sentía excelente. Bajaron juntos. En el auto, Macarena todavía tenía el gusto de esa leche en la boca.
Las semanas siguientes se vieron varias veces, siempre cuando Edgardo no estaba.
Una tarde de lluvia Macarena llegó al consultorio con el pelo mojado y la remera pegada al cuerpo. Apenas cerraron la puerta David la levantó contra la pared. Ella rodeó su cintura con las piernas y se dejó penetrar así, de frente, mirándolo a los ojos. No fue rápido. Él la sostuvo con las dos manos bajo el culo y la embistió profundo y constante, sin apuro, mientras ella le mordía el hombro para no gritar. Cuando eyaculó, lo hizo adentro y se quedó quieto un largo rato, todavía enterrado, respirando contra su cuello.
Otra vez se encontraron de noche en el auto. Esta vez no hubo apuro tampoco. Macarena se agachó entre los asientos y se la chupó con calma, mirándolo desde abajo, hasta que él no aguantó más y la hizo subir. Ella se acomodó de espaldas a él, guio la pija hasta el culo y bajó despacio. Se movieron así un buen rato, en silencio, solo el ruido de la respiración y del asiento. Cuando David se acercó, la agarró fuerte de las caderas y se descargó hondo. Macarena se quedó sentada encima varios minutos después, sin querer bajar todavía.
La última vez que se vieron antes de que todo se rompiera fue un jueves a la tarde. David la llevó a un hotel. Esta vez no se sacaron la ropa de inmediato. Hablaron un rato, fumaron un cigarrillo compartido. Después él la hizo arrodillarse en la cama, de espaldas, y le hizo apoyar los hombros y la cabeza en el colchón, dejando el culo bien abierto a su merced. La fue abriendo despacio con los dedos antes de entrar.
La cogió con una lentitud casi cruel, sacándola casi toda y volviendo a entrar hasta el fondo. Ya no necesitó ni lubricante, ese orto ya estaba hecho a medida de su tremenda pija. Macarena tenía la cara hundida en el colchón y las manos apretando las sábanas. Acabó temblando. Él también al poco tiempo, también adentro, como siempre.
Un domingo a la tarde Edgardo la estaba esperando sentado en el sillón cuando ella entró.
La miró en silencio varios segundos. Después preguntó, con la voz rara:
—¿Con quién te estás viendo, Macarena?
Ella intentó negar. Dijo que estaba loco. Que no entendía de qué hablaba. Pero Edgardo ya tenía la cara distinta. Empezó a levantar la voz. Le dijo que no era estúpido. Que había visto las manchas, los horarios, la forma en que ella llegaba, el olor que a veces traía encima. Que sabía que lo estaban haciendo cornudo.
Macarena lo miró. El pecho le subía y bajaba rápido. Por un momento pensó en seguir mintiendo. Después algo se le quebró.
—Sí —dijo—. Me estoy cogiendo a otro.
Edgardo se quedó quieto.
—¿Quién?… ¡Puta de mierda! ¡Te voy a matar! Basura. Mierda de persona. ¡Ojalá te mueras hija de mil putas!
Edgardo jamás había sido así de agresivo. Macarena lo desconoció. Ella respiró hondo. Y lo largó todo.
—¡David! El masajista. El mismo que te masajeó esa vez que te dormiste como un pelotudo.
Edgardo dio un paso atrás.
Macarena no se detuvo. La rabia le salía mezclada con las lágrimas.
—La primera vez me la puso en el culo con vos y todos tus amigos del otro lado de la puerta. Me lo dejó hecho mierda mientras ustedes se cagaban de risa en el living. Y me gustó. Volví. Me cogió en el consultorio varias veces, en el auto, en una cama que no era la nuestra. Me la metió en el culo hasta dejarme temblando y después se la pasó a la concha y me llenó también. Dos veces. Tres. Acabé como nunca lo hice con vos. Porque tu pija ya no me hace nada, Edgardo. Porque hace años que te toco y no se te para. Y él me usa como se le canta y yo se lo pido. Se lo pido.
Edgardo la agarró del brazo con fuerza.
—¡Callate, puta de mierda!
—¡No me calles! —gritó ella, soltándose—. Me la chupo. Me la trago. Me dejo llenar. Y después vengo a tu cama y me hago la esposa decente. ¿Querías la verdad? Ahí la tenés. Me coge mejor que vos. Me gusta más que vos. Y cada vez que me llena de leche me acuerdo de lo poco que sos.
Edgardo la empujó hacia la puerta.
—Andate. Sacá lo que necesites y andate. No quiero verte más. Sos una basura.
Macarena agarró el bolso que tenía cerca. Salió. Bajó las escaleras llorando sin poder controlarse. En la calle paró un taxi casi a los empujones.
En el asiento de atrás, con las manos temblando, le escribió a David:
“Se pudrió todo. Edgardo sabe todo. Me echó de la casa. Estoy en la calle. ¿Dónde estás?”
El mensaje quedó en un tilde. Después en dos. No hubo respuesta.
Le escribió de nuevo. Nada.
Le dijo al taxista que la llevara al consultorio de Palermo. Subió las escaleras rápido. Tocó el timbre varias veces. Abrió un hombre más grande, de cara dura, que ella no conocía.
—David no está —dijo—. Hoy no labura.
—¿Sabés dónde puedo encontrarlo? Es urgente.
El tipo la midió un segundo. Al final sacó el celular, buscó algo y le pasó una dirección en Villa Urquiza.
Macarena volvió al taxi. Cuando llegaron frente al edificio bajó sin casi mirar. Subió. Tocó el portero. Esperó.
La puerta se abrió.
No era David.
Era una mujer joven, de unos veinticinco años, pelo claro, remera holgada, cara de recién levantada. Miró a Macarena con extrañeza.
—¿Sí?
Macarena abrió la boca. La voz le salió rota.
—¿Está… está David?
La chica frunció el ceño.
—Sí. Es mi novio. ¿Quién sos vos?
Macarena se quedó parada en el umbral. Las piernas le temblaron. El pecho se le cerró de golpe. No dijo nada más. Solo asintió una vez, muy despacio, como si acabara de entender algo que siempre había estado ahí.
Se dio media vuelta.
Bajó las escaleras en silencio. En la calle se quedó quieta un momento, con el bolso colgando de una mano, mirando la vereda sin verla realmente.
Ya no tenía casa. Ya no tenía marido. Y el hombre al que le había entregado el cuerpo tampoco era suyo.
Se quedó sola en la vereda, sin saber a dónde ir.
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