Con mi pareja ya habíamos explorado juntos algunos espacios swinger. Hasta entonces, nuestras experiencias habían estado marcadas por la complicidad, la curiosidad y unos límites muy claros: nos gustaba mirar y dejarnos llevar por el ambiente, siempre sintiendo que aquello era un juego compartido entre los dos.
Pero aquella noche era diferente.
Habíamos elegido un lugar nuevo, en otra ciudad, precisamente porque queríamos descubrir qué podía despertar en nosotros un escenario distinto. Desde la mañana había entre los dos una tensión difícil de ignorar. Bastaba una mirada, una caricia o acercarnos demasiado para recordar lo que nos esperaba esa noche.
En diferentes momentos del día y aprovechando cada espacio a solas, yo le mamaba su rica verga dura, calentándome al sentirla en mi garganta.
Esa noche, mientras me arreglaba, elegí una lencería pequeña y transparente. Frente al espejo me miré durante unos segundos y sonreí.
Sabía perfectamente el efecto que quería provocar en él. No necesitaba decirle nada: aquella noche mi mirada ya era una invitación. Mi vagina se humedecía y se calentaba lentamente, imaginando y deseando el placer que quería sentir con esta nueva experiencia.
Llegamos juntos al bar. La música, las luces y el ambiente cargado de sensualidad hicieron que poco a poco nos relajáramos. Nos sentamos, bebimos algo y observamos discretamente a nuestro alrededor, con esa sensación deliciosa de estar entrando, poco a poco, en un mundo de placer.
Para este momento mis pezones sentían deseo de ser chupados y mi entrepierna sentía el calor y la humedad de mi vagina.
Cuando comenzamos a bailar, sus manos recorrían mi cuerpo con seguridad y yo respondía acercándome todavía más.
Bailábamos como si nadie más existiera, aunque ambos sabíamos que muchas miradas estaban pendientes de nosotros, la sensación de sentir su verga dura me enloquecía y por momentos pellizcaba sutilmente mis pezones y mi culo, aumentando mi deseo.
La noche avanzó y la provocación fue aumentando.
Durante uno de los momentos más intensos del espectáculo, un hombre se acercó a nosotros. Había algo en su actitud que inmediatamente llamó mi atención. Mi pareja lo notó y propicio que me acercara a él. Sin dudarlo, comencé a mamar su verga, mientras mi pareja acariciaba mis tetas y mientras lo seguía chupando, mi pareja me corrió la tanga y me penetró con esa verga dura y rica.
Después, se acercó a nosotros una chica del show y tomé la iniciativa de sentarla encima de mi pareja, ella sin ropa, pude ver cómo mi pareja le acariciaba el clítoris y le chupaba sus grandes tetas. Estando aún encima de él, comenzó a interactuar conmigo, acariciando mis pezones y chupándolos suavemente, aumentando mi deseo.
Yo seguía disfrutando de la atención, mientras mi pareja permanecía junto a mí, acariciándome y mirándome con esa expresión que conocía perfectamente. Era una mezcla de deseo, confianza y curiosidad. Me excitaba saber que estaba disfrutando de verme disfrutar.
Después volvimos a bailar.
Poco a poco fui dejando atrás mi lencería y también parte de la vergüenza. Sentirme observada me producía una mezcla extraña de pudor y seguridad. Mi pareja no apartaba los ojos de mí. Y cada vez que nuestras miradas se encontraban, sentía que entre nosotros se encendía un deseo más fuerte.
Fue entonces cuando miré a una pareja que estaba frente a nosotros.
Al principio fueron solamente miradas.
Después, sonrisas.
Luego pequeños acercamientos.
La mujer terminó acercándose a mi pareja y, con discreción, le hizo una invitación. Yo observaba la escena y sentí algo que me sorprendió incluso a mí misma: no quería detenerla.
Hasta ese momento había pensado que mi fantasía tenía un límite muy concreto. No imaginaba involucrarme directamente con otras personas. Pero sí existía una fantasía que llevaba tiempo guardando: ver a mi pareja con otra mujer.
Mi pareja me miró antes de acercarse a ella. En esa mirada estaba nuestra pregunta silenciosa: ¿estamos bien con esto?
Yo asentí.
Y fue así, en los límites definidos que mi pareja decidió hacer realidad mi fantasía y se acercó a la chica y comenzó a acariciar sus tetas y besar su pecho. Esto hizo que la pareja de ella se calentará mucho y se ubicará tras de ella y la penetrara.
Comenzaron a turnarse las caricias y la penetración, la chica gemía muy duro, mientras la verga de mi pareja entraba y salía por su vagina.
Yo seguía muy caliente, en un espacio cercano a la escena disfrutando lo que miraba mientras los ojos de mi pareja se centraban en mí y su nueva experiencia.
Hubo un momento en el cual la chica estaba recostada y mi pareja se puso sobre ella, provocando un orgasmo indescriptible en ella.
Yo observaba fascinada, sintiendo cómo mi propia excitación aumentaba, comenzando a pasar mi mano por mi clítoris.
Él sabía exactamente lo que aquella escena provocaba en mí..
La tensión llegó a un punto en el que ya no pude simplemente observar.
Me acerqué a él.
Él me tomó de la mano y me llevó hacia una mesa, dónde me recostó boca arriba abriendo mis piernas, exhibiendo mi cuerpo desnudo para que todos los miraran, abriendo mi piernas y dejando en evidencia mi vagina húmeda ardiendo de calor y deseo.
Sus manos recorrieron mi cuerpo, su boca besaba con deseo mis tetas, comenzando a penetrarme fuerte.
El deseo era muy intenso, me hacía gritar de placer, por momentos gemía y pedía más.
Hasta que llegó el momento en que derramó su leche dentro de mí, inmediatamente me ubique en cuatro para que con su mano terminara de acariciar mi clítoris y entre muchos gemidos, música y calor de la noche y enfrente de las personas que nos observaban, me vine, con un orgasmo largo e intenso de esos que hacen temblar todo el cuerpo.
Y así termina la noche, con un orgasmo de puta, la puta personal de mi pareja.
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Estoy en Bogotá. Me excitobtu relato y chevere participar de un encuentro contigo
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