Dos para mí

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T. Lectura: 4 min.

Inscribirme en artes marciales había sido un sueño de toda mi vida, un deseo latente que finalmente decidí ejecutar. Desde la primera clase, la atmósfera cambió para mí. No era solo la disciplina del combate, sino la tensión sexual que se respiraba en el aire. Noté que los dos instructores me miraban de una manera particular, una mirada que no era solo profesional; era una mezcla de hambre y curiosidad que me hacía sentir inquieta, pero a la vez terriblemente excitada.

Marcus era imponente. Moreno, alto, con una complexión delgada pero fibrosa, la viva imagen de la agilidad. Sus cejas negras y pobladas le daban un aire de autoridad y misterio que me hipnotizaba. A su lado estaba Javier; el rubio, un poco más bajo que Marcus, pero con una musculatura mucho más densa y marcada, unos hombros anchos y unos brazos que parecían tallados en piedra. Ambos estuvieron pendientes de cada uno de mis movimientos durante el entrenamiento, corrigiendo mi postura con roces que duraban un segundo más de lo necesario.

Al finalizar la clase, decidí jugar con fuego. Los invité a mi casa, y para mi sorpresa, ambos aceptaron de inmediato. En el camino, la energía entre nosotros era electrizante; se sentía como una tormenta a punto de estallar.

Cuando entramos, la casa estaba en silencio; mi familia estaba de vacaciones y yo tenía el control total del territorio. Les pedí que tomaran algo del refrigerador, dándome unos minutos de privacidad. Me fui a la habitación y me puse un vestido traslúcido, una prenda que apenas sugería mi silueta y que, lo más importante, no tenía ropa interior debajo. Quería que vieran todo, pero que tuvieran que luchar por conseguirlo.

Regresé a la sala y me senté frente a ellos. El silencio se volvió denso. Pude sentir cómo sus miradas me recorrían completamente, desde mis hombros hasta mis tobillos, deteniéndose en la transparencia de la tela que dejaba adivinar la curva de mis pechos y la ausencia de cualquier barrera entre ellos y mi intimidad.

Entonces, hice el movimiento final. Con una lentitud deliberada, bajé las piernas y las abrí frente a ellos, exponiendo mi vulnerabilidad y mi deseo.

La reacción fue instantánea. Vi cómo la respiración de Marcus se aceleraba, sus ojos oscuros clavados en mi entrepierna, mientras sus cejas pobladas se fruncían en una expresión de puro deseo. Javier, por su parte, soltó un gruñido bajo, casi animal; su cuerpo musculoso se tensó y pude notar la erección marcándose violentamente bajo su pantalón.

—No tienes idea de lo que acabas de hacer —susurró Marcus, su voz volviéndose grave y dominante.

Se levantaron al mismo tiempo, como si hubieran coordinado el ataque. Marcus, aprovechando su altura, llegó primero a mí, tomándome del mentón para obligarme a mirarlo a los ojos mientras su otra mano bajaba lentamente hacia el borde de mi vestido. Javier se colocó detrás de mí, envolviendo sus brazos fuertes y marcados alrededor de mi cintura, pegando su pecho duro contra mi espalda.

—Llevamos toda la clase imaginando este momento —gruñó Javier contra mi cuello, dejando un beso húmedo y caliente que me hizo arquear la espalda.

Marcus no perdió tiempo. Con un movimiento firme, deslizó la tela traslúcida hacia arriba, dejando que mi piel quedara expuesta al aire fresco de la sala y a sus miradas voraces. Al ver que estaba completamente empapada, Marcus soltó una risa ronca.

—Estás lista para nosotros —sentenció.

Sin previo aviso, Marcus se arrodilló entre mis piernas abiertas. Su lengua, experta y audaz, encontró mi clítoris con una precisión devastadora, mientras Javier, desde atrás, comenzó a besar mis hombros y a apretar mis pechos con una fuerza que me hacía jadear.

La combinación era perfecta: la elegancia dominante de Marcus y la potencia bruta de Javier. Me sentía pequeña y deseada entre esos dos cintas negras que, ahora que estaban en mi terreno, habían decidido olvidar cualquier rastro de profesionalismo para convertirme en su prioridad absoluta.

El deseo en la habitación era tan denso que casi se podía tocar. Marcus, desde abajo, seguía devorando mi intimidad con una lengua experta que me hacía temblar, mientras Javier, detrás de mí, ya se había despojado de su ropa, dejando al descubierto ese cuerpo rubio y masivo que parecía una escultura de músculo puro.

Marcus se detuvo un segundo, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros y sus cejas pobladas fruncidas por la lujuria. Él era quien llevaba el control del ritmo, el arquitecto de este encuentro.

—Javier, ahora —ordenó Marcus con una voz grave que me hizo estremecer.

Marcus se levantó con una agilidad felina y me ayudó a ponerme en cuatro sobre el sofá, obligándome a arquear la espalda y exponer mi trasero completamente. La posición me dejaba vulnerable y expuesta, justo como yo quería.

Javier no esperó ni un segundo más. Se posicionó detrás de mí, y sentí la punta de su miembro, grueso y caliente, presionando contra mi entrada anal. Solté un gemido de anticipación cuando él, con un empuje lento pero implacable, comenzó a abrirme camino. Era una sensación de plenitud abrumadora; el cuerpo de Javier era más bajo que el de Marcus, pero su potencia era devastadora. Cada centímetro que avanzaba me hacía jadear, sintiendo cómo sus músculos tensos golpeaban contra mis glúteos.

Mientras Javier terminaba de enterrarse profundamente en mi parte posterior, Marcus se colocó frente a mí. Me miró a los ojos, disfrutando de mi expresión de placer y entrega, y luego se posicionó en la entrada de mi vagina.

—Mira cómo te llenamos —susurró Marcus, justo antes de hundirse en mí con una estocada firme y profunda.

El impacto fue eléctrico. Por primera vez, sentí la sensación de la doble penetración. Estaba siendo reclamada desde ambos lados por dos cintas negras. El contraste era embriagador: la fuerza bruta y compacta de Javier empujando desde atrás, y la elegancia dominante y el ritmo preciso de Marcus llenándome desde adelante.

Marcus comenzó a marcar la pauta.

—Sincronízate conmigo, Javier —ordenó.

Y entonces empezó la danza. Marcus y Javier comenzaron a moverse al unísono, coordinando sus embestidas como si estuvieran en un combate marcial, pero el objetivo aquí era el placer absoluto. Cada vez que Marcus entraba, Javier empujaba con la misma fuerza, creando un efecto de sándwich humano que me hacía sentir que me partían en dos, pero de la manera más placentera imaginable.

—¡Dios, eres tan estrecha! —gruñó Javier, su voz resonando en mi espalda mientras sus manos fuertes apretaban mis caderas, clavando sus dedos en mi piel.

Yo estaba perdida. Mis sentidos colapsaron. Sentía la piel morena y fibrosa de Marcus frente a mí y la piel clara y dura de Javier detrás. El sonido de sus cuerpos chocando contra el mío llenaba la sala, un ritmo frenético que me llevaba al borde del abismo.

Marcus aceleró el ritmo, sus ojos fijos en los míos, mientras Javier soltaba gruñidos animales, golpeando mi cuerpo con una potencia que me hacía vibrar hasta la médula. La presión interna era insoportable, un fuego que se extendía por todo mi vientre.

Cuando llegamos al clímax, fue una explosión total. Marcus dio una última embestida profunda, llenándome la vagina con sacudidas violentas, mientras Javier, al mismo tiempo, soltaba un rugido y descargaba toda su semilla dentro de mi recto.

Me quedé ahí, temblando, suspendida entre los dos, sintiendo cómo sus cuerpos sudorosos colapsaban sobre mí, exhaustos pero victoriosos. Había sido mi primera vez con dos hombres a la vez, y los dos instructores de artes marciales habían convertido mi casa en su propio dojo de placer.

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