Catherine: Aventuras de una prostituta en el lejano Oeste

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Corría el año 1888. En una pequeña ciudad fronteriza de Estados Unidos, en el lejano Oeste, el viento desapacible se colaba por los barrotes de la ventana de una sucia celda. Dentro, Catherine, desaliñada por la falta de aseo, permanecía sentada en el catre esperando la hora de ser ajusticiada en la horca.

Tenía miedo a morir, eso no lo podía negar, y sin embargo su mente se hallaba ocupada en resolver un enigma. Estaba convencida de que aquel hombre vulgar, que había sido cliente suyo en el burdel dónde había trabajado de prostituta, había dicho la verdad. El tesoro existía, tenía que existir. Pero dónde…

Suspiró, no le quedaba mucho tiempo, poco después del amanecer sería colgada por el cuello hasta morir. Quizás fuese al cielo, o al infierno, o lo más probable es que acabase en la nada. Su madre había tenido fe, ella durante un tiempo también. Su padre, predicador, les había hablado de todo eso, sobre todo de sus temas favoritos, el apocalipsis y el infierno.

El sonido metálico de las llaves al golpear la puerta de la celda la sacaron momentáneamente de sus pensamientos.

Un predicador entró.

—No necesito nada. —dijo la rea con voz cansada, pero con la suficiente energía como para que aquel hombre de “dios” no iniciara su discurso.

—Está bien, le dejo aquí el Nuevo Testamento, por si le apetece leer. Estaré fuera por si me necesita.

Leer, sí, había aprendido a leer… gracias a su madre.

El pasado volvió en ese instante en forma de recuerdos. Estaba de nuevo en casa, con apenas dieciocho años de edad.

—Tu madre está en manos de Dios. —sentenció su padre tras hablar con el médico.

Este último había hecho todo lo posible, que no era mucho. Durante las últimas semanas había introducido vía rectal todo tipo de remedios en el pálido cuerpo de aquella mujer. Pero la fiebre no bajaba y cada día estaba más débil.

Dos días después el alma de su madre se fue de este mundo.

Catherine lloró mientras su padre repetía letanías.

Durante dos años siguió viviendo con el predicador, ocupándose de los animales y la tierra.

Su padre cambió, la pérdida de su esposa le radicalizó y se convirtió en alguien que miraba al mundo con severidad. La trataba sin miramientos y el maltrato verbal y físico estaba al orden del día. Su castigo favorito era llevarla al establo, allí, rodeada de estiércol, la obligaba a desnudarse y la azotaba con un látigo.

Un buen día, después de recibir una paliza por besarse con un chico, cansada del maltrato y viendo que su vida no avanzaba, decidió abandonar aquel lugar.

Estuvo a punto de entrar a trabajar en un servicio sexual para pobres, en un cuarto de madera con un catre y un cubo, “cribs” los llamaban. Allí las condiciones eran pésimas, las ganancias ridículas y las garantías inexistentes. En esos sitios, literalmente, todo estaba permitido, incluida la sodomía… y ella no iba a permitir que nadie le metiera el pene por el culo.

Desesperada, sin dinero, se dirigió al “salón” de aquel pueblo. Al fondo, una mujer madura hablaba con un tipo gordo y mayor que, a juzgar por el traje y el reloj de oro en el que consultó la hora, tenía mucho dinero.

Se dirigió hacia aquella parte, pasando junto a mesas de jugadores y borrachos, entre humo de cigarros y conversaciones vulgares.

Cuando acabaron de hablar y el tipo con barriga se alejó, se acercó y tomó la palabra tratando de mostrar una calma que estaba lejos de sentir.

—Buenas tardes. Busco trabajo, se leer y escribir y…

—Ya veo. —respondió la madame desnudándola con la mirada.

—Mire, no tengo experiencia pero aprendo rápido y… y estoy dispuesta a todo… bueno a todo menos a trabajar en esos barracones… creo que tengo más nivel.

La mujer soltó una carcajada.

—¿Cómo te llamas?

—Catherine.

—Mira Catherine aquí atendemos a todo tipo de hombres siempre que tengan dinero para pagar…

—Yo estoy dispuesta a todo. —repitió la joven tragando saliva.

Catherine la miró de nuevo. Pensó que estaba algo delgada, pero tenía una buena figura.

En ese momento una chica con el pelo corto bajó las escaleras y se acercó a la señora.

—He acabado con el vaquero, sin Lulu hay mucho trabajo.

Luego, mirando a Catherine añadió.

—¿Es la nueva?

La madame sopesó la respuesta y al final, siempre pensando en el negocio, se decidió

—Sí, empieza hoy. Por cierto el señor Thompson quiere hacerlo contigo. Enséñale el cuarto de Lulu a Catherine, que coma algo y luego dejas que vea como te las apañas con el banquero.

—Me llamo Anne. ¿Ven conmigo y te voy contando? —dijo cogiéndole la mano.

Más tarde, a través de una rendija, Catherine vio como su nueva compañera gemía mientras un hombre con el culo fofo, gordo y pálido, encaramado sobre ella, la penetraba.

Terminado el servicio, Anne la llamó.

—Entra, entra. No te de vergüenza.

Catherine entró en el cuarto donde Anne, desnuda de cintura para abajo, de cuclillas sobre un cubo, se limpiaba la vagina a conciencia.

—La higiene es importante aquí. Acércame la toalla.

La joven obedeció.

—¿Has hecho esto antes? —preguntó mientras se secaba la entrepierna.

—No.

—Ya, bueno entonces será mejor que empieces conmigo. ¡Desnúdate!

Las mejillas de Catherine se ruborizaron.

Anne abrió un cajón y extrajo un objeto de bronce con forma de falo y arnés.

La nueva, viendo lo que la esperaba, tragó saliva.

Más adelante en su habitación, dolorida, comprendió y agradeció lo que su compañera había hecho por ella.

—El tipo se podía lavar un poco. —comentó Marian mientras se cubría las tetas poniéndose una camisola.

—Es mono, pero bajito. —añadió Vicky de espaldas mientras cubría su culete generoso.

—¿Tú que opinas Catherine? —intervino Anne con curiosidad.

En ese momento entró la señora.

—Vicky tu te encargas de Mike.

—Tiene la mano muy larga… —protestó la aludida.

—Ya, pero solo te pega en las nalgas y hay que reconocer que tu tienes unas hermosas nalgas.

—¿Y el tipo bajito? —preguntó Anne con curiosidad.

—No sé. Pero parece que puede pagar, aunque no mucho. —respondió la Madame.

—Con tal de que no se tire pedos como el gobernador.

—Y de que se lave.

Las chicas rieron pero Catherine no y muy seria tomo la palabra.

—Yo me encargo de él. Al fin y al cabo tengo que empezar algún día.

La señora pensativa asintió.

—Necesito una toalla.

Catherine se acercó a la bañera de cobre mientras el tipo, desnudo, se ponía en pie.

Tenía bastante vello por todo el cuerpo.

También en la raja del culo.

Sin embargo lo que llamó la atención de la prostituta fue un discreto tatuaje en el muslo derecho, justo bajo la nalga.

El hombre se dio cuenta y con voz profunda dijo.

—¿Te gusta mi culo?

Catherine no pudo evitar una mueca de desaprobación por el comentario.

El cliente, sin embargo, lejos de molestarse soltó una carcajada y añadió.

—Era una broma muchacha, una broma. Pero algo mirabas.

La chica se sinceró.

—Miraba su tatuaje, ¿qué es?

El hombre no dijo nada mientras terminaba de secarse.

—Bueno, vamos al lío no. ¿Qué te parece si empezamos por las tetas?

Catherine, de pie, descubrió sus pechos. Los pezones se veían apetecibles y el forastero no dudó en lamerlos mientras manoseaba las nalgas de la fulana.

—Sabes. —dijo dejando de chupar teta durante un instante. —El tatuaje es la pista que lleva al tesoro… si te portas bien a lo mejor lo comparto contigo.

—Ya y quien me dice que no eres uno de esos que inventa historias.

—¿Me estás llamando cuentista? —preguntó el hombre con voz de pena.

Catherine picó el anzuelo y comenzó a disculparse antes de descubrir la risa burlona de su cliente.

Inconscientemente le dio un azote.

La mano de su cliente se desplazó hacia la zona delantera y acarició el sexo haciéndola gemir.

—Si te parece meto a mi amiga en tu vagina y luego te cuento.

Catherine echó un vistazo al falo erecto, tragó saliva y se tumbó en la cama con las piernas abiertas y el sexo expuesto. Por lo menos le habían pedido permiso.

Pronto notó el trozo de carne invadiendo su órgano sexual. La experiencia con su compañera le vino bien y aquel asalto a sus partes privadas se convirtió en algo casi placentero. En el mundo había mucho cerdo suelto, bestias que no tenían miramientos, seguro que por estadística la tocaría alguno de esos y sin embargo, un sexto sentido le decía que este tipo era decente.

No se equivocó y el orgasmo no fue fingido.

—Vaya vaya, aquí ha habido conexión. —dijo el tipo hablando más para si mismo que para la empleada del burdel mientras se ponía ropa interior limpia.

—Te voy a contar todo, escucha.

Pero Catherine, pensando que estaba ante un charlatán, no le hizo mucho caso.

Tres días después, una de sus compañeras le comentó que un tipo alto y bien parecido se había enfrentado en duelo con un hombre más bien bajito.

—¿Cómo era el hombre?

—Ojos verdes, atractivo a…

—No, no, me refiero al otro.

Su compañera le confesó que casi no se acordaba pero lo poco que le dijo le hizo pensar que podía tratarse del tipo del tatuaje. No es que el hombre la gustase, pero la posibilidad de que hubiera encontrado la muerte de aquella manera, por alguna razón, la ponía triste y le preocupaba sobremanera.

Una semana después, Anne, que se había convertido en amiga, interrumpió en su habitación mientras estaba con un chico joven. El cliente, que había encontrado oro, estaba borracho.

—No ves que estoy trabajando.

—Nena, si quieres te unes, no me importa. —dijo el muchacho.

Anne le ignoró y siguió hablando con su amiga.

—Uy, solo venía para decirte que un tipo apuesto quiere pasar un buen rato… y además paga bien. Por si quieres entrar en la “subasta”.

Catherine suspiró, el dinero era importante pero no le interesaba competir por hombres apuestos, la mayoría eran unos gilipollas.

—No, no, te lo dejo para ti, disfruta.

—Oye, deja de interrumpir. —intervino de nuevo el joven.

Anne le sacó la lengua y luego, dándose la vuelta, se levantó las faldas del traje, separó las enaguas por la apertura y le enseñó una bonita hendidura y dos medias lunas enmarcadas.

El chico sonrió estúpidamente ante aquella oportunidad de ver otro trasero femenino y se dio por satisfecho.

Cuando se cerró la puerta, Catherine le miró. Estaba flacucho y tenía la piel pálida, su pene erecto contrastaba con el conjunto. Suspiró, aquel joven había pagado y quien sabe, quizás era la primera vez que podía disfrutar de algo.

Se fue hacia él y lo abrazó, la cara del muchacho cayó sobre sus pechos.

Ella aprovechó que estaba distraído para colocar el cálido miembro entre sus muslos y apretar.

El muchacho jadeó, contrajo sus nalgas y eyaculó de inmediato.

En el burdel no se hablaba de otra cosa. El vaquero más apuesto de toda la región estaba en el pueblo. Decían que era rápido desenfundando y que varios indeseables habían encontrado justo castigo. Un héroe.

Anne había sido la elegida y no podía estar más exultante.

Ganaría una pequeña fortuna y tendría un polvo para fardar con sus compañeras.

Todo eran risas.

Pero solo la risa del mismísimo Lucifer es eterna.

De repente los gritos atravesaron la puerta.

—¿Qué pasa ahí dentro? —preguntó Catherine cruzándose con la Madame.

—Es el tipo apuesto, ha pagado mucho. —dijo con frialdad, aunque su mirada transmitía compasión.

Catherine, de repente se sintió culpable. No tenía que haber animado a Anne, al contrario, tenía que haberla protegido, como ella hizo cuando llegó. Sí, haciéndola el amor con aquel juguete sexual había puesto en riesgo su carrera y su libertad. La homosexualidad estaba perseguida y penada.

Sin saber muy bien que hacía, entre confundida y furiosa, sacó el pequeño revolver del cajón de su habitación e irrumpió en la de su compañera. Lo que vio no contribuyó a calmar la situación.

El rostro de Anna no solo presentaba un color rojo vivo por las bofetadas, si no que sangraba por una herida en el labio. Brazos, muslos, espalda tenían las marcas del látigo. En aquel momento estaba a cuatro sobre la cama, siendo penetrada por detrás.

En la mesilla un cigarrillo todavía encendido.

—Catherine, ¿qué haces aquí? Estoy bien, no te preocupes. —dijo intentando sonreír sin conseguirlo.

El hombre, con la espalda ancha, fuerte y atractivo, miró a la recién llegada con desprecio.

—¿Qué pasa, nunca has visto una buena cogida? Pues mira como le doy por culo.

Y diciendo esto sacó el pene de la vagina y sin miramientos, usando la fuerza, lo introdujo en el ano de la pobre mujer que aulló de dolor. No contento con eso, cogió el cigarro de la mesilla, dio una calada y lo apagó en la nalga de la desgraciada.

Catherine no pudo más, apuntó con el arma de fuego y con frialdad a pesar del temblor de sus manos, dirigió la primera y última advertencia a aquel animal para que parase.

Este, lejos de obedecer, colocó sus manos alrededor del cuello de Anne cortando su respiración.

Catherine disparó y el vaquero se llevó las manos al abdomen.

Anne tosió y a pesar de lo que había vivido intentó salvar a su agresor.

—Por favor, ayuda, busca a un médico.

Su compañera no se movió.

El sheriff llegó, hizo un par de preguntas y se llevó a Catherine esposada.

El juicio no duró mucho.

Las acusaciones de sodomía y de agresión tenían peso, pero el juez echó en falta que no hubiera habido más advertencias y reprochó que se hubiera usado un arma contra alguien desarmado. Esto, unido a la falta de socorro, el asesinado sufrió durante quince minutos sin que le auxiliasen, transformaron un caso de defensa propia en uno de homicidio intencionado y terminaron por decantar el veredicto.

Catherine recordó el tatuaje de aquel hombre… sí, estaba casi segura que era un reloj de oro.

El predicador se dirigió de nuevo a ella.

La rea dudó… quizás la idea de reconciliarse con Dios por si acaso no fuese tan mala.

Entonces recordó algo y pronunció unas palabras en voz alta.

—Porque el que quiera salvar su vida, la perderá pero…

“No le venía el resto, ¿dónde había oído eso antes?”

El predicador, que estaba escuchando, completó la frase.

—pero el que pierda su vida por mi causa la hallará.

Catherine le miró sin comprender.

—Mateo 16:25 —dijo señalando al Nuevo Testamento que reposaba sobre el catre antes de retirarse con una sonrisa difícil de descifrar.

La joven se apresuró a abrir el libro sagrado y vio que tenía un hueco y dentro una píldora. Buscó el versículo y escrito al lado ponía. “Toma la píldora. Un amigo que te quiere.”

Sin pensarlo la metió en la boca, aunque evitó tragarla. Si aquello era lo que creía, un acto de misericordia, el momento todavía no había llegado.

El que llegó poco después fue el ayudante del sheriff para esposarla.

De camino al patíbulo vio gente, curiosos que asistían al espectáculo. Unos movidos por la curiosidad, otros por el morbo, otros, los menos por un sentimiento de compasión.

El verdugo colocó el lazo alrededor de su cuello, aunque tardó, o eso le pareció a la mujer, demasiado tiempo en colocarlo.

El predicador habló del infierno y del paraíso.

Catherine echó una última mirada a su alrededor. Vio a sus compañeras y a la Madame y al banquero y tragó la píldora.

Un segundo antes de perder la consciencia se fijó en el reloj de oro del banquero y durante un instante, en su mente, se hizo la luz.

Epílogo

Un mes más tarde, a varias millas de distancia, en un burdel de lujo, una Madame sorprendentemente joven bajaba las escaleras. A su lado, un tipo bajo y con bastante pelo en los brazos y el pecho. Nadie diría que eran marido y mujer y sin embargo lo eran.

Por la noche, en la alcoba, desnudos, bebían unas copas de champán y hacían planes. El negocio iba bien.

—Oye, tú crees que algún día me encontrarán. —dijo la joven.

Su marido dejó de pensar durante unos segundos en las tetas que tenía delante y mirándola a los ojos respondió.

—Lo dudo. Catherine tenía el cabello de otro color y a ojos de todo el mundo murió en la horca.

—¿Era entonces más guapa que ahora?

—No, definitivamente el nuevo color te sienta muy bien.

—Y el dinero también.

Los dos rieron y luego buscaron sus bocas.

La joven nunca lo había reconocido en público, pero realmente amaba a aquel hombre. Alguna vez se preguntó si le hubiese querido de ser solo un tipo normal y sin recursos. Quizás no de inmediato, pero con el tiempo, quién sabe.

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