Ella
Ojos Noche
Él siempre me recogía
Con su mirada de amante
Y me llevaba a lugares
Que yo no conocía
Cuando me recogía
Hablábamos de la vida
Y de sus planes cambiantes
Hablábamos del presente
De ayudar a la gente
De los tiempos de antes
Elsa y el Mar
Tenían un año sin verse. La última vez que lo habían hecho, algo había cambiado. Tenían más tiempo de conocerse que de no. Habían entrado los dos a la universidad el mismo año. Aunque con muy diferentes metas, con cosas en común. Él tenía sueños de ser periodista, ella no estaba segura de que quería hacer, pero los dos le estaban sacando la vuelta a las matemáticas. Habían durado más de 20 años sin verse, sin saber el uno del otro, y la verdad no parecía que les hubiera hecho mucha falta.
En ese tiempo, se habían casado con diferentes personas . El dos veces ya, ella una. Ella seguía casada de hecho. Con un hombre mucho mayor que ella. Su esposo le daba una seguridad y un nivel económico al que antes no había tenido acceso. Y eso estaba bien, por muchos años nunca había pensado que necesitara nada más en el mundo. Él estaba soltero de nuevo, pero ella pensaba que eso no era novedad, ella tenía cierta sospecha de que él nunca había escogido bien a sus parejas, peor aún que él no era para tener pareja por mucho tiempo. Ella nunca se fijó en él mientras fueron juntos a la escuela.
Lo consideraba una persona arrogante; si le hubieran pedido su opinión sobre él, no hubieran sido cosas muy buenas lo que tendría que decir. Siempre demasiado seguro de sí mismo, siempre el primero y el último en hablar en clase, en las reuniones, en todas partes. Tenía opiniones sobre todo, y era ruidoso, siempre riéndose y hablando en alto volumen.
De hecho, ni siquiera había vuelto a pensar en él en algo más de 20 años. Y luego, llegaron los teléfonos inteligentes, y con ellos las aplicaciones de medios sociales y estas borraron las distancias físicas existentes entre las personas. Primero fue el “Facebook”; se hicieron grupos de exalumnos de la universidad. En estos se hicieron pláticas que invitaban a la nostalgia, y de repente se organizó una reunión de exalumnos. Ella tenía facilidad para la organización, así que fue quien se encargó de hacer la fiesta prácticamente.
Ella recolectó las cuotas, consiguió el salón para la reunión, contrató la música, la comida, todo. La reunión fue todo un éxito, tanto así que varios del grupo siguieron la fiesta al día siguiente con algo que era de lo que a ella más le gustaba; un viaje al mar, a la playa. Ella decidió no ir, él sí fue.
Siguieron los años y se mudaron de aplicación, ya no era el grupo general de Facebook, ahora hicieron un grupo de Whatsapp, y de ahí, se hizo uno más íntimo, de aún menos personas, pero curiosamente parecía que estaban todas en la misma sintonía. Y de aquí empezaron a platicar ellos dos. Ni supo como ni cuando exactamente, pero de repente, parecía que lo habían estado haciendo por años. Se saludaban por la mañana, se decían buenas noches personalmente fuera del grupo, en conversaciones privadas entre ellos dos. Él le empezó a coquetear, haciendo comentarios de que tan bonita se veía todos los días. Ella al principio no supo cómo tomarlo.
Primero pensó que así era él con todas. Que ya lo conocía, y además ni le caía bien. Pero la hacía reír, de eso no había duda, siempre salía con alguna tontería, decía algo que la hacía reír. Así que no le cortó el rollo. No le dio ánimos, pero tampoco le marcó el alto. Decidió dejarlo seguir, solo para ver hasta donde llegaba. Tal vez para reírse de él un rato. Así como se reía con él, y se reían de los demás, llegado su momento también se podría reír de él, un rato. Si se acababa el experimento todo bien, y cada quien por su lado.
Para él todo empezó por que otro de los compañeros empezó a presumir que tan bien le iba en la vida monetariamente. El individuo en cuestión estaba usando el grupo de la universidad como su escaparate privado para presumir sus logros en cuestiones de dinero. La situación se volvió un tanto desagradable, pero lo que más le sorprendió de todo eso, fue que ella le empezó a platicar en un chat privado, que estaba de su parte, y que estaba de acuerdo que el susodicho se pasaba de la raya.
El recordó que tan bonita era cuando estaban en la escuela, y se puso a pensar en porque nunca habían sido amigos. Cuando mucho se podría decir que eran conocidos. Se acordó que ella era una “niña buena” el definitivamente no podía ser catalogado como un “chico bueno” tampoco era malo, sino más bien todo lo contrario diría él con una sonrisa. Y se reía con ella. Siempre se reía con ella.
Y él hacía todo lo posible por recordar qué experiencias tenían en común. Hurgaba en su memoria para encontrar las pocas situaciones en que habían convivido, platicado, y por mas que buscaba, siempre quedaba corto. Solo recordaba cosas cortitas, borrosas; como los negativos de una fotografía que con el tiempo se había dañado, y ya no daba una copia fiel de lo que se había vivido.
En sus viajes a la playa ella rara vez estaba por allá en sus años de universidad. Tampoco estaba en sus memorias de las fiestas más salvajes que le había tocado vivir, fiestas llenas de alcohol, sexo y rock an roll. Ella estaba mayormente en sus recuerdos de escuela, de compañera de otras compañeras, pero nunca de protagonista.
Y así continuando su búsqueda lo encontró, un solo viaje a la playa que hicieron juntos. Se habían ido en el pick up de un amigo de los dos. Una charanga destartalada que el dueño había construido de un chasis de marca Chevrolet al que le adaptó una cabina y caja Ford de los años 60s. El mismo, para adelantarse a la carrilla que inevitablemente recibía cada vez que la usaba, le había llamado “La Impresión” por el efecto que causaba en la gente cuando la veía por primera vez.
Era un pick up con más capas de pintura que años tenían algunos de los que se subían en el para sus distintas aventuras. Tenía colores como rojo, marrón, azul, verde color mar, y todos ellos en diferentes etapas de oxidación, unidos por las lijadas que le habían dado a la carrocería, por si algún día contaban con el presupuesto para pintarla.
Y así entraron las memorias, como la corriente de un rio que refresca todo a su alrededor, aún en un desierto de pura roca y arena. Se acordó primero de que quedaron sentados uno enfrente del otro, en la caja del pick up, ella sentada en una hielera, el sentado en el piso de tablas. Y fue cuando la vio por primera vez, cuando la vio de verdad, y se sorprendió de que tan bonita era.
Se fijó en sus ojos color miel, del mismo color que su cabello, y en su piel morena clara, del color de la canela e igual de cálida. Se la pasó el viaje a la playa viendo cómo jugaba el sol con sus cabellos, con su piel, con la blusa color neón que llevaba puesta encima del traje de baño. Se dio cuenta que se cubría la boca cuando se reía, como si no quisiera que la viera. Y fue la primera vez que en realidad apreció su belleza.
El viaje a la playa normalmente tomaba una hora de manejo, pero en “La Impresión” era un viaje que fácil podía tomar dos horas, o más. Así que tuvieron más que suficiente tiempo para conocerse, para intercambiar ideas, para encontrar algo en común. Pero no fue así, se dio cuenta que ahí se terminaba su recuerdo de ella. Quisiera que hubiera más, poder recordar como se veía en su traje de baño, si es que se había quitado la blusa que lo cubría. Recordar que habrían platicado después de bajarse del pick up. Pero la verdad era que no se habían vuelto a hablar.
Él se dedicó a “pistear” se acordaba exactamente cuántas caguamas compraron en esa ocasión (58), no fueron las 60 porque el Uriel se aferró a comprar cigarros. También de como se veía la hielera de lámina que habían llenado, se acordaba de la casa, de los ratones que encontraron cuando llegaron, de cómo se rieron de las historias que contó su amigo Uriel, y de que de tan borrachos se pusieron, una de las muchachas casi se comía una cucaracha pensando que era una galleta. Se acordaba de los que llegaron en medio de la noche a “gorrear” cerveza. Pero no se acordaba más de ella, ni de que hizo en el viaje.
Y aquí estaban ahora, en el hoy y no más en el ayer. Iban juntos a la playa como estaban destinados hacer, desde hacía tanto tiempo. Pensó en todo lo que eso implicaba. Era la primera vez que se atrevía hacer algo así. En todo el tiempo que tenía de casada, jamás había pensado en dejarse llevar por algo que ella quería que sucediera, como en esta ocasión. Habían salido muy tarde, hasta que ella se desocupó. Pero aun así, cuando llegaron por la carretera y se empezó a ver la montaña en la distancia que no es montaña, sino una isla que protege la bahía, supo que no importaba la hora. Ir al mar siempre valía la pena. Venían escuchando música que ya habían escuchado antes, todo el camino, como fondo para la conversación.
La música, siempre los unía la música, así fue como habían empezado a llegar al nivel de comunicación que tenían hoy. Canciones que sin dedicarlas expresamente, habían cobrado vida propia en la historia de los dos, por la letra, por la melodía, por el momento, por lo que fuera. Era como si estuvieran en una película, y la música que salía del estéreo del carro era la pista sonora perfecta. La pista sonora de sus vidas.
Escuchaban pop, rock en español, y alguna que otra balada en inglés, pero eso era lo de menos. A pesar de la distancia física entre ambos, se encontraban conectados, en comunión, por la música que escuchaban juntos. Y así con la banda sonora de su vida en el fondo, hizo entrada ante sus ojos, el mar. Ese mar del Golfo de California, de un color azul obscuro, casi verde, reflejando el sol en una estela de luz que llenaba todo.
Entraron al poblado, y de repente cayeron en cuenta que si no se apuraban, iban a perderse del espectáculo que brinda la puesta de sol en el mar. Esa unión que se da entre las olas, y la bola de fuego que se hunde en ellas pintando todo el cielo de colores vivos, cálidos, vibrantes. Rojos, naranjas, amarillos, hasta llegar al púrpura, todos estaban representados en los atardeceres en el cielo Sonorense.
Llegaron justo a tiempo, como si estuvieran siguiendo el guion de una película escrita nada más para ellos y podían ser por fin, protagonistas de su propia historia. La tarde siguió corriendo mágica, el sol se puso, él la invitó a comer, fueron al único restaurante del lugar y la comida tardó una hora en llegar, no estuvo tan mal porque en ese tiempo platicaron. El la miraba con sus ojos intensos, y le contaba cosas de su vida, de sus planes, y ella le creía.
Cuando al fin terminaron de comer él la sacó del restaurante, y se fueron a la playa. ¡Al mar! A ella le encantaba escuchar el romper de las olas sobre la arena, era también como la música, era música para sus oídos. El cielo estaba perfecto, el negro de la noche iluminado de un millón de estrellas invitaba a soñar, esa noche todo parecía posible.
Bajaron hacia la arena de la playa por una de las muchas entradas de concreto que dan de la calle, directo a la arena de la playa. Cuando sus pies primero tocaron la arena ella sintió como que él la quiso besar, pero no estuvo segura, porque no sucedió nada más. No hubo ningún segundo intento, no hubo ninguna insistencia. Caminaron hasta la orilla del mar, y vieron el romper de las olas. Platicaron, vaya que si platicaron, vieron las luces en la distancia que al estar sobre el mar, se sabe que son los pescadores de camarón, que salen por las noches a la bahía.
Ella esperó que el hiciera ese primer movimiento, esa intención de hacer algo, seguida de acción. De seguir lo que no se puede decir ya con palabras, y solo es posible en el lenguaje de los amantes. Pero el tiempo se empezó hacer corto, y los dos lo sabían decidieron regresar a la ciudad. Eso no quiere decir que ahí se acabó la historia. Todavía tuvieron un encuentro con un policía que fue y les preguntó que estaban haciendo adentro del carro, el hombre seguro imagino que iba a cachar a un par de adolescentes que estaban haciendo cosas impropias en la vía pública. Pero no fue así, lo único que hubiera visto el policía fue algo muy impropio de una dama que ella hizo, para deshacerse de toda la cerveza que habían tomado. Todavía se reía cuando se acordaba.
Cuando empezaron a manejar de regreso a la ciudad ella se quedó esperando, ¿Cuándo iba este hombre a hacer algo más que solo hablar? No pasó nada. Cuando iban el en carro, ella se sentó cómoda sobre el asiento, y de repente sintió su mano tocándole la pierna. Los dedos de él suavemente recorriendo la piel del interior de su muslo, No le dijo nada, no lo alentó, pero tampoco le dijo que no siguiera. Solo se limitó a disfrutar lo que estaba sintiendo. Pero cuando esperaba más, el se detuvo. Paso el momento, y lo único que siguió, fue que ella necesito hacer otra parada de emergencia, y cuando estaba detrás del carro tratando de no mojarse los pies y como secarse sin estropear su vestido. Llegó el con una toallita nueva. Y le dijo que usará eso.
Pensó, “¿Desde cuándo me estaba viendo este cabrón?” Pero ni eso le molestó, esa noche nada estaba de más. Si acaso lo único que no le estaba gustando fue que parecía que no iba a pasar nada más de lo que ya había pasado. Él la iba ir a dejar a donde dejó estacionado su carro. Se iban a despedir y quien sabe hasta cuándo se volverían a ver solos de otra vez.
Cuando iban entrando a la ciudad, el bromeó sobre parar en un cogi-hotel. Se rieron, se preguntó si se atrevería a hacerlo. No se animó, no pasó nada. La regreso a su carro, se despidieron, y quedaron de verse al día siguiente, aunque ya no estarían solos, estarían rodeados de todos sus amigos, estarían de fiesta y el momento pasó.
Él
Manos vacías
Hoy ha vuelto a darme por pensar
Que el diablo vino a hablar
Hoy mi alma, no es tan cara
En las calles de esta ciudad
No te pares a buscar
Los secretos de las despedidas
¿No pensarías que iba a marcharme con las manos vacías por ti?
Miguel Bosé
El la vio en el estacionamiento mientras se alejaba, caminando de regreso a su carro. La dejo donde mismo que la había recogido. Se quedó pensando en todo lo que había pasado en los últimos días. Desde que llegó a la ciudad, ambos habían hecho el esfuerzo por estar juntos. Se vieron solos, antes de encontrarse con el resto de los amigos que formaban su grupo.
Eran parte de un grupo de amistades que llevaban sus raíces de regreso hasta sus tiempos universitarios. No muy unidos, se juntaban con cierta regularidad, en reuniones de comer, tomar platicar, y lo más importante, reírse, pasarla a gusto. Y vaya que se la pasaban a gusto. Entre ellos había confianza, camaradería, gustos similares, eran muchas cosas las que los unían, pero de todas, la más importante era que les gustaba platicar, comer y tomar juntos.
Pero esta vez ella y él, habían decidido hacer más que el reunirse con todos los amigos del grupo. Querían estar juntos más tiempo, compartir más, y egoístamente, si lo quieren ver así, sin los demás, solo dos, solo ellos. Planearon ir a un lugar de trova, tener un momento de buena música, bebidas, y conversación, ellos dos, antes de unirse al bullicio que siempre se hacía cuando se juntaban todos. Para su mala suerte el lugar había sido contratado para una fiesta privada, solo con invitación se podía entrar.
Se fueron de ahí ya en un solo carro, aunque habían llegado cada quien en el suyo. Ya antes habían hablado de la cara que pondrían los del grupo, si los vieran llegar como pareja, se reían de pensar en la reacción de cada uno de ellos, en sus expresiones. Ese día pasaron a recoger a otra de las amigas del grupo, La cara que puso su amiga al ver que ella venía con él en el carro, no tenía precio.
Cuando se acabó la reunión se fueron juntos, a ese punto a nadie le pareció extraño. Para ellos, solo eran muy buenos amigos, nada más. Él no se fue derecho al carro de ella. Primero fueron a su lugar favorito de toda la ciudad. Un cerro de mediana altura en el centro del valle donde se asentaba la ciudad. Desde ahí se veía toda la metrópoli, como si fuera un mar de luces. Era la ciudad más grande del estado, la más caliente también, en más de un sentido.
La vista era preciosa, se veían las luces hasta que se perdían en el horizonte. Se sentaron a apreciar la vista desde el mirador. El siempre tratando de estar cerca de ella, de percibir su perfume, se sentía intoxicado cuando estaban juntos, y eso que nunca había habido un solo contacto físico entre ellos. Solo los apropiados entre un par de amigos. Pero no había nada que él quisiera, más en el mundo, en esos momentos, que besarla. Quería aprender el sabor de sus labios, quería robarle la respiración y hacer que se aceleraran los corazones juntos. Quería ver cómo respondía a algo más que lo que tenían hasta ese momento, pero lo único que hizo fue tomar su mano por momentos.
No podía leerla, estaba acostumbrado a ver las señales cuando le gustaba a alguien pero tenía tanto tiempo platicando con ella, años intercambiando textos, la mayor parte de su comunicación había sido siempre por la palabra escrita. O por medio de la música que compartían. Canciones que se enviaban día a día, muchas veces terminado la noche sintiéndose que estaban juntos, unidos, a pesar de los más de mil kilómetros entre ellos, la geografía los separaba, pero la música los unía. Se empezó a hacer muy tarde. Ella tenía que regresar a su casa, pero él no la quería soltar, no quería que la noche terminara. No quería dejarla ir.
Al fin le pidió que la llevara a su carro, cuando fueron de vuelta al callejón donde estaba estacionado. Había un vagabundo durmiendo su borrachera, o cualquier otra cosa que estuviera durmiendo, en la banqueta, a un lado del carro. Se preguntaron si estaría vivo, y luego él apuntó que estaba respirando. Se rieron de que estaba descalzo, con la planta de los pies tan negros como suela de zapato.
Él sabía que no era gracioso el hacer bromas a costa de un pobre individuo tirado en el piso de una banqueta de la ciudad. Pero no le importó, lo que importaba en ese momento era la sonrisa de ella. Y entonces con el peor juicio del universo, escogió ese momento para intentar besarla, Estaban dándose un abrazo de despedida, y la vio a los ojos, y se agachó buscando sus labios. Ella volteo la cara y lo empujó con las dos manos contra el pecho.
Le dijo que no era así, que le bajara a sus ímpetus, entonces él se retiró, y le dio las buenas noches. Se fue a su carro queriendo abrazarla de nuevo, queriendo besarla, queriendo hacer tantas cosas más. Con ella, con su cuerpo, con su mente. Él quería seducirla, entera, quería lograr que se entregará a él con cada una de todas las fibras de su cuerpo. Quería lograr que ella lo deseara a él, como él a ella. Donde antes, en otras ocasiones, con otras mujeres, él había escogido imponer su voluntad, escogió esperar. Ya habrá un mejor momento pensó para sí mismo.
Al día siguiente él había planeado un viaje al mar, y nada lo iba a detener, pasará lo que pasara. Había hecho una invitación general en bar, diciéndoles de su plan de pasar un día disfrutando de las olas y la arena. Nadie se comprometió a ir en serio, todos dieron su “tal vez” y “a lo mejor”. A las 11 de la mañana él estaba a punto de salir solo para seguir con su plan cuando recibió un mensaje de ella. -Yo voy contigo le dijo- Eso lo llenó de alegría, no solo porque no iría solo. Iría con ella.
Todo pintaba para que fuese un día perfecto. Entonces ella le pidió que la esperara, que salían al medio día, luego le dijo que a las dos de la tarde, luego que tenía que hacer la comida en su casa. El caso es que no pudo salir hasta pasadas las tres de la tarde. Una vez que se reunieron, él compró cerveza, hielo, y salieron rumbo al mar.
La historia que recordaba él del viaje, era similar a la de ella, pero no era la misma, había puntos en donde era muy diferente, y esos eran puntos importantes, puntos que determinan vidas.
Él tenía un secreto, algo con lo que venía cargando desde años atrás. Tenía meses deliberando si se lo revelaría o no, y por fin decidió hacerlo en este viaje. Aquí es donde las historias de ella y de el diferían.
Cuando salieron del restaurante y bajaron a la playa él puso su mano sobre el hombro de ella. Nada se sentía tan bien como el tocarla, tan natural. Era como si su mano ahora estuviera en el lugar donde pertenecía, donde debería estar siempre. Siguieron caminando a la arena, y cuando estaban a la orilla del mar viendo la luna se encontraron viendo sus rostros. El vio profundamente en los ojos oscuros de ella, y entendió por qué se había desarrollado el sentimiento que compartían.
Vio sus labios, la piel de sus mejillas, y tocó la piel de su rostro. Sin esfuerzo, sin pensarlo más, sus bocas se encontraron. Fue un beso con hambre, con sed de deseo no satisfecho que llevaba años formándose. Se besaron con los ojos cerrados, pero todos los demás sentidos agudamente despiertos, él se embriagó de su olor, se maravilló de la suavidad de su piel, este superaba todo lo que había imaginado.
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