Un trofeo en el retrovisor

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Salí furiosa de la finca donde mi “novio” me había invitado; el muy imbécil se la pasó toda la noche tomando con sus amigotes y a mí me ignoró. Así que tomé la decisión de irme de ese lugar.

Era la medianoche, iba caminando por la carretera esperando que algún vehículo me acercara al pueblo para tomar el primer bus intermunicipal para irme a mi casa. Caminé varios minutos y ningún carro me quiso llevar, hasta que le saqué la mano a un camión; pasó por mi lado y siguió derecho, dejándome allí tirada.

—¡Maldito! —exclamé frustrada al darme cuenta de que iba a pasar la noche en medio de la carretera.

Cuando de un momento a otro, el camión frenó y comenzó a retroceder hasta el lugar donde me encontraba. Bajaron la ventanilla y se asomó un hombre con apariencia no muy buena.

—¿Por qué anda una mujer tan linda por este lugar? ¿No te da miedo que te roben? —me escaneó de arriba abajo con esa mirada depravada.

—Necesito que me ayuden a llevarme hasta el pueblo. ¿Me pueden hacer el favor? —lo pensé tanto antes de pedirles ayuda, pero era eso o pasar la noche en la carretera.

—Claro que sí, mamacita, ven súbete —abrió la puerta, bajándose y ofreciéndome su mano para subir.

El conductor le dijo al otro tipo que estaba en la cabina —porque eran tres— que se corriera para abrirme espacio. Él, ni corto ni perezoso, me invitó a sentarme en sus piernas. El vestido que llevaba era muy corto, así que al subirme le di el mejor espectáculo al que estaba afuera, ya que me vio todo mi trasero, pues solo llevaba un hilo dental. Me acomodé como pude y los cuatro entramos a la cabina. Encendió el motor, tomando camino por la oscura carretera.

—Ahora sí cuéntanos, ¿qué haces por aquí a esta hora? —preguntó el conductor.

—Vine con mi novio a pasar el fin de semana en una finca con unos amigos de él, pero se la pasó bebiendo y se le olvidó que estaba allí. Así que salí furiosa y ni cuenta se dio de que me fui de la finca —traté de sonar tranquila para no demostrar los nervios que llevaba.

—Pero qué imbécil tu novio, —habla el hombre que está a mi derecha— dejar a esta mamacita en vez de cogérsela toda la noche —puso su mano sobre mi muslo, acariciándome lentamente.

Me quedé quieta, sin decir media palabra, al darme cuenta de las intenciones que tenían estos tres hombres. Así que debía tomar una decisión: uno, gritar y defenderme sabiendo que a lo mejor me iban a tomar a la fuerza y lo más probable es que de ahí no saliera viva; y dos, acceder a sus peticiones. Así que me fui por la segunda opción y decidí seguirles el juego.

—La verdad sí, pero ni modos, él se lo pierde —abrí un poco mis piernas para permitir que él accediera a mi coño.

—Mmm… Veo que la morrita quiere pasarla rico con nosotros —con sus dedos corrió a un lado mi tanga y me restregó sus dedos ásperos sobre mis labios carnosos.

Enseguida se acomodó de medio lado para llevar su otra mano a mi escote y así introdujo su mano, amasando una de mis tetas. El conductor, con su mano libre, también la llevó a mi entrepierna, compartiendo el mismo lugar con el de al lado.

—¡Pero mira cómo está esta perra de mojada! —exclamó el conductor—. Ya me la puso dura. A ver, quiero que me la cojas —frenó en seco para abrirse la cremallera y bajarse el pantalón, liberando su verga negra con vello abundante. Tomó mi mano y la puso sobre este.

—¡Tienes unos huevos grandes! —solté una leve risita con mi voz agitada.

—¿Quieres que te las estrelle contra ese trasero que tienes?

Comencé a masturbarlo frotando su tronco caliente y húmedo.

—¡Quiero que conduzcas mientras juego con ellas!

—¡Epa! Nos saliste traviesa. ¿Quieres que nos estrellemos?

—Jajaja… Me gusta tomar riesgos. ¿Me das ese gustito?

—Pero si después te dejas que te dé con ellos por detrás.

—¡Claro, cariño! Y ustedes también si quieren —giré mi rostro para observar a los otros dos que estaban al otro costado, los cuales ya se estaban pajeando.

—Nos saliste bien perra, y nosotros que pensábamos cogerte a las malas.

—¿Pero por qué tanta agresividad? Si ustedes me hicieron el favor de llevarme, así que yo quiero retribuir y darles mi agradecimiento —pasé saliva porque sabía que si no colaboraba, no saldría de allí viva.

Los tres comenzaron a manosearme todo el cuerpo, bajaron las tiras de mi vestido quedando mis tetas al aire. Se turnaban cada parte de mi cuerpo y la verdad me estaba gustando el juego en aquella cabina. El conductor encendió el camión y comenzó a manejar despacio mientras con su mano libre no dejaba de tocarme. Mientras ellos accedían como quisieran a mi cuerpo, yo los masturbaba; el conductor se llevó el premio mayor porque no dejé de hacerlo, pero con los otros dos me tocaba turnarme sus vergas.

—Ya quiero correrme en ese trasero —habló el conductor—, así que nos vamos atrás.

—¿Y quién va a conducir? Porque yo quiero que me cojan en movimiento —me muerdo el labio inferior mientras les aprieto sus vergas.

—¡Que traviesa eres! Nos turnamos, mamacita —habló uno de ellos.

—¡Listo! Entonces no perdamos el tiempo porque ando bien caliente.

El conductor estacionó el camión y nos bajamos los cuatro. No tuve el pudor de cubrirme, así que con mis nenas al aire caminé hacia la parte de atrás de la carrocería de estaca que estaba cubierta por una carpa. El conductor quitó una de las puertas, la lanzó hacia el fondo y se subió; luego extendió un brazo y con ayuda de ellos logré subirme. Así que éramos tres atrás y el otro fue a conducir el camión.

Durante el movimiento, la carpa se balanceaba así que se podía ver un poco hacia afuera. Sobre unos cartones me puse en cuatro, ofreciendo mi trasero a ellos.

—Ahora sí, perra, ya quiero comerme ese coño peludo que tienes —se quitó completamente el pantalón y su ropa interior y me agarró fuertemente de las caderas.

—Perdón, pero así le gusta a mi novio mi chocha. ¿Les molesta?

—Para nada, se ve bien apetitosa —con el camión en movimiento, me arremete por detrás de un solo golpe.

—¡Ay! Maldito, me dolió —un dolorcito rico que me hizo estremecer.

—No te quejes y déjame cogerte como me plazca.

Comenzó a embestirme con fuerza y, sin importar nada, comencé a gemir con fuerza. La verdad tenía una buena verga, no lo puedo negar, y el panzón sabe usar su herramienta. Por otra parte, el otro se arrodilló enfrente de mí, tomándome por el cabello para follarme la boca a su antojo. Me tragaba toda su verga hasta el fondo, el cual me ahogaba; salivaba a montones y mis lágrimas brotaban corriendo mi maquillaje, pero esos hombres toscos sabían complacer a una mujer.

El conductor me daba mis buenas nalgadas, ya que me ardía mi trasero con sus manos callosas. No paraban estos dos hombres de cogerme, se turnaban, supieron aprovechar todos mis agujeros porque se corrieron en cada uno de ellos. Cuando me cogieron por el trasero, ¡mi madre, qué dolor tan delicioso! Sentir cómo me abría y ellos felices; me estrenaron el culo, porque a mi novio nunca se lo permití.

Al rato se bajó el ayudante y se turnó con el que venía conduciendo. Expresó que mis quejidos se escucharon hasta la cabina y que tuvo que pajearse para controlar las ganas. Ya mi trasero estaba tan abierto que entraban esas estacas con una facilidad; me di un manjar, comerme tres delicias dignas de esos machos. Al final me dejaron satisfecha y llenito todos mis agujeros.

Me bajé del camión sintiendo el rigor de esos tres camioneros en mi cuerpo. Tras despedirme con un buen beso de lengua de cada uno en la terminal, caminé sin mirar atrás, dejándoles mi trofeo colgado en el retrovisor: el hilo dental con el que arranqué el viaje.

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