El sabor del Puerto

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La noche había empezado como cualquier otra en mi pequeño restaurante de Cartagena. Las lámparas de mimbre colgaban del techo, proyectando sombras bailarinas sobre las mesas de madera que había pintado yo misma con los colores del mar Caribe. El aroma a cilantro y comino todavía flotaba en el aire, mezclándose con la brisa salada que entraba por la puerta abierta.

Eran casi las diez de la noche y solo quedaban dos mesas ocupadas. Una pareja de turistas compartía una botella de vino tinto en la esquina, y un hombre mayor leía el periódico mientras terminaba su café. Yo estaba detrás de la barra, secando los últimos vasos y pensando en mi hija Valentina, que dormía en casa de mi madre.

Entonces él entró.

No supe qué ver primero: la altura que llenaba el marco de la puerta, la piel cobriza que brillaba bajo la luz tenue, o los ojos oscuros que recorrieron el local con la certeza de quien sabe exactamente lo que busca. Llevaba una camisa blanca de lino, arrugada por el viaje, y un pantalón beige que se ajustaba a sus caderas como si hubiera sido cosido a medida.

—¿Todavía sirven comida? —preguntó, y su voz tenía un tono grave que vibraba en algún lugar profundo de mi pecho.

—Siempre —respondí, dejando el paño sobre la barra—. Siéntese donde prefiera.

Eligió la mesa más cercana a la cocina, la que tiene vista directa a la parrilla. Se sentó con la pesadez de quien ha estado demasiado tiempo en movimiento, y cuando sus manos se posaron sobre la mesa, vi los nudillos agrietados, las palmas endurecidas por el trabajo en el mar.

—¿Qué me recomienda? —preguntó, y sus ojos se detuvieron en los míos con una intensidad que me obligó a sostener la mirada.

—¿Tiene hambre de verdad o quiere probar algo ligero?

Sonrió, y fue como ver romper el sol detrás de las nubes.

—Hace un mes y medio que no como nada que no venga de una lata o de una bolsa sellada al vacío. Tengo hambre de todo.

Me reí, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago.

—Entonces voy a traerle lo mejor de la casa.

Preparé todo con un cuidado que no me tomaba con ningún otro cliente. Las arepas rellenas de queso guayanés, el pabellón criollo con carne mechada que había cocinado esa mañana, las tajadas de plátano maduro fritas hasta quedar doradas y crujientes. Cuando puse la bandeja frente a él, cerró los ojos y aspiró profundo.

—Dios mío —murmuró—. Huele a casa.

—¿De dónde es usted? —pregunté, aunque ya lo intuía por el acento.

—Maracaibo —respondió, deshaciendo la primera arepa con las manos—. Pero llevo diez años navegando. Cartagena es mi puerto favorito.

—¿Y por qué?

Me miró mientras masticaba, y hubo algo en su expresión que me hizo sentir como si hubiera dicho algo importante.

—Porque la gente es cálida. Porque el mar aquí tiene otro color. Porque siempre encuentro algo que me recuerda por qué vale la pena volver a tierra firme.

Sirvió un poco de salsa de la mesa y mojó un trozo de arepa. Yo me quedé allí, apoyada contra la pared, viéndolo comer con una devoción que me llenó de orgullo. No era solo hambre lo que veía en sus ojos; era una especie de gratitud primitiva, como si cada bocado fuera un reencuentro.

—¿Quiere probar esto? —ofreció, levantando un pedazo de carne hacia mí.

—Señor, yo cocino esto todos los días.

—Pero no lo prueba conmigo.

Había un desafío en sus palabras, una invitación disimulada. Tomé el trozo directamente de sus dedos, y cuando mi boca rozó su piel, sentí una chispa eléctrica que recorrió todo mi cuerpo.

—Está perfecto —dije, y no me refería solo a la comida.

—Me llamo Diego —dijo, limpiándose las manos en la servilleta—. Y usted debe ser la dueña de este lugar.

—Joan —respondí—. ¿Cómo lo supo?

—Por la forma en que mira los fogones. Nadie cuida algo que no le pertenece.

Terminó de comer y pidió una cerveza bien fría. Yo cerré la cocina, despedí a los últimos clientes, y cuando el local quedó vacío, me senté frente a él con dos copas y una botella de ron añejo que guardaba para ocasiones especiales.

—¿No tiene que ir a casa? —preguntó, aunque sus ojos decían otra cosa.

—Mis hijos están con mi madre. No me esperan hasta mañana.

Asintió lentamente, y vi algo suavizarse en su mirada.

—Debe ser hermoso tener a alguien esperándote.

—A veces —sonreí—. Otras veces es aterrador.

—¿Y el padre?

—Se fue cuando ella tenía un año. Dijo que no estaba hecho para la vida en tierra firme.

Diego soltó una risa amarga.

—Esa es la excusa favorita de los que navegamos. Pero la verdad es más simple: algunos no sabemos quedarnos.

—¿Usted sabe?

No respondió. En lugar de eso, llenó las copas de ron y deslizó una hacia mí.

—Brindemos —dijo—. Por los que se quedan.

—¿Y por los que se van?

—Por ellos también. Sin ellos, no habría quien extrañar.

El ron quemó suave al bajar, y la conversación fluyó con la facilidad de dos desconocidos que saben que no tienen nada que perder. Me habló de los puertos que había visto: Singapur bajo la lluvia, Barcelona al amanecer, Buenos Aires en carnaval. Yo le conté de mi abuela en Maracaibo, de las recetas que había heredado, del sueño de abrir este restaurante que había tardado diez años en cumplir.

—Diez años —repitió él, acariciando el borde de la copa—. Justo los que llevo en el mar.

—Tal vez nuestros caminos se cruzaron antes y no lo supimos.

—O tal vez —dijo, inclinándose sobre la mesa— este era el momento exacto en que debían encontrarse.

Su mano cubrió la mía, y el contacto fue como una corriente cálida que subió por mi brazo. Sus dedos eran ásperos, callosos, pero su toque era increíblemente suave.

—Joan —dijo, y mi nombre sonó diferente en su boca, como si lo estuviera aprendiendo—. No quiero que esta noche termine.

—Entonces no la dejemos terminar.

Apagué las luces del local, dejando solo la lámpara de la cocina encendida. La puerta quedó entreabierta, y el sonido de las olas golpeando contra el malecón se coló dentro como una promesa. Diego se levantó y caminó hacia mí, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, pude oler su perfume: sal, sudor, y un toque de algo más profundo, algo que no sabía nombrar pero que me hacía temblar.

—¿Estás segura? —preguntó, pasando un dedo por mi mejilla.

—Nunca he estado más segura de nada.

Su boca encontró la mía, y fue como si el mundo entero se detuviera. Sus labios sabían a ron y a sal, y sus manos encontraron el camino a mi cintura con una precisión que hablaba de deseo contenido. Me presionó contra la pared, y sentí cada músculo de su cuerpo contra el mío, duro y cálido.

—Te he deseado desde que entré por esa puerta —susurró contra mi cuello—. No podía pensar en otra cosa mientras comía.

—Lo sé —respondí, enterrando mis dedos en su cabello—. Yo también.

Me levantó como si no pesara nada y me sentó en el borde de la mesa de la cocina, la misma donde había preparado su cena. Sus manos subieron por mis muslos, lentas, deliberadas, mientras sus labios recorrían mi mandíbula, mi cuello, el nacimiento de mis hombros.

—Diego —jadeé.

—Dime —pidió, deteniéndose—. Dime qué quieres.

—Quiero que me hagas olvidar todos los años que pasé sola.

Sonrió contra mi piel, y sus dedos encontraron el borde de mi blusa.

—No te prometo que lo lograré —dijo, desabrochando el primer botón—. Pero puedo intentarlo.

El segundo botón cedió, y el tercero, y cuando su mano se deslizó debajo de la tela, sentí que mi piel ardía bajo su tacto. Besó cada centímetro que iba descubriendo, con una devoción que me hizo sentir sagrada, deseada, viva.

—Eres hermosa —dijo, deteniéndose para mirarme—. No sé si te lo dicen suficiente, pero lo eres.

Negué con la cabeza, incapaz de hablar. Sus manos encontraron mis pechos, y cuando sus pulgares rozaron mis pezones, un gemido escapó de mi garganta.

—Déjame oírte —pidió—. Quiero saber cuándo te gusta.

—Me gusta todo —respondí, mi voz apenas un susurro—. Me gusta lo que me haces.

Se arrodilló frente a mí, y el gesto fue tan inesperado que me quedé sin aliento. Sus manos subieron por mis piernas, empujando mi falda hacia arriba, y cuando sus labios encontraron la parte interna de mi muslo, supe que estaba perdida.

—Diego —dije, tomando su cabeza entre mis manos—. No te detengas.

No lo hizo.

Su boca me encontró a través de la tela de mi ropa interior, y el calor de su aliento me hizo arquear la espalda. Deslizó la tela a un lado, y cuando su lengua me tocó, sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor.

—Así —jadeé, moviendo mis caderas al ritmo de sus caricias—. Así, por favor.

Sus dedos se unieron a su boca, explorando, provocando, llevándome al borde del abismo una y otra vez. Cuando finalmente caí, lo hice con un grito que se perdió entre el sonido de las olas y el viento nocturno.

No recuerdo cómo llegamos al piso de arriba, donde tengo un pequeño apartamento sobre el restaurante. Solo recuerdo sus manos en mi piel, su boca en la mía, el peso de su cuerpo sobre el mío mientras la noche se deshacía en caricias y susurros. Hicimos el amor como si el tiempo no existiera, como si el mundo exterior hubiera dejado de importar, y cuando finalmente caímos agotados sobre las sábanas, el amanecer empezaba a filtrarse por las cortinas.

—Tengo que irme —dijo, acariciando mi cabello—. El barco zarpa al mediodía.

—¿Te volveré a ver?

—Es mejor no preguntarnos eso. Lo mejor es tener esta noche en nuestros recuerdos y poderla disfrutar de nuevo al cerrar los ojos.

Me besó, largo y profundo, como si quisiera llevarse el sabor de mí en su boca durante la travesía. Y cuando se fue, dejando la puerta entreabierta y el olor a sal impregnado en mis sábanas, supe que algo había cambiado para siempre.

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