Anal con la peluquera infiel

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T. Lectura: 8 min.

Durante el tiempo en el que viví en el edificio Cristina no era solo mi peluquera; era el centro de una fantasía recurrente que me mantenía despierto por las noches. Cada sesión de corte de cabello era un juego de tortura psicológica.

Cristina es pequeña, de 35 años, su piel tiene una palidez lunar, casi traslúcida y unos grandes ojos verdes hipnóticos.

Mientras ella movía sus delicadas manos por mi cabello, yo cerraba los ojos y me imaginaba esas mismas manos recorriendo mi verga. Me encantaba el roce accidental de su cuerpo contra mis hombros y la forma en que me miraba a través del espejo, lanzándome miraditas con una complicidad silenciosa.

Sabía que está casada con un policía, lo que hacía que la idea de corromperla, de convertirla en una perra sumisa, fuera un afrodisíaco potente. Sin embargo, me limité a coquetear, a disfrutar de su cercanía y a marcharme con la verga pulsando bajo el pantalón.

Nos encontrábamos en la calle y ella me saludaba alegre siempre con una sonrisa, coqueteándome con sus hermosos ojos verdes. Varias veces traté de investigar en dónde vivía pero no tuve éxito.

Cuando me mudé la distancia me hizo extrañarla, pero el hambre no desapareció. Años después, impulsado por un deseo incontrolable regresé a buscarla. La primera vez encontré la persiana bajada, pero en la segunda el destino me abrió la puerta.

Al entrar en su estética, la vi y sentí que el aire desaparecía. El cambio era impactante, Cristina ya no era la mujer menuda de antes.

Su cuerpo me dejó paralizado, se notaba que había pasado por el bisturí: sus pechos eran ahora dos masas de carne perfectamente definidas, firmes y prominentes que amenazaban con saltar de su playerita de tirantes y sus pezones se marcaban con una insolencia obscena.

Y su culo… Dios, sus nalgas habían sido esculpidas en dos esferas masivas y firmes que hacían que el short de mezclilla desgastada, ridículamente corto, se enterrara en el pliegue interglúteo, dejando al descubierto sus muslos blancos y tersos.

Caminaba con unas hawaianas negras que dejaban sus pies pálidos expuestos, un detalle sencillo que me resultó devastadoramente erótico.

Mi cabeza solo pensaba en tres cosas: tetas, culo, pies. De repente Cristina me hizo aterrizar.

—En un momento te atiendo, nada más termino con Rosy y te paso.

—Ssí Cris. —Respondí con la voz entre cortada.

Caminaba provocativa, sus nalgas se movían deliciosamente con cada paso y sus tetas se balanceaban cuando se agachaba para lavar el cabello de su amiga.

Sentí la cara roja y se me empezó a parar la verga, rápidamente puse mi chaqueta en mi entrepierna simulando que buscaba mi teléfono, lo saqué y cuando Cristina se puso de espaldas disimuladamente empecé a grabarla enfocando sus nalgas y piernas, tomé varias fotos de sus pies pero esto hizo que me excitara más. Guardé el teléfono y respiré ya que en cualquier momento Cristina terminaría y sería mi turno.

—Listo, pasa por favor—. Me dijo alegre.

Me senté en la silla nervioso, aún sentía la cara caliente.

—Holi, no habías venido, ¿cómo estás?—. Me dijo con una sonrisa alegre, mientras me apretaba los hombros.

—Bastante bien pero tuve que mudarme Cris—. Respondí, sintiendo cómo mi erección golpeaba la tela de mi pantalón.

—Qué triste, pero qué bueno que viniste—. Susurró, acercándose a mí, tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

El aroma de su perfume se mezcló con el olor a productos de belleza, creando una fragancia embriagadora.

Era inevitable que sus tetas no rozaran mis brazos cada vez que me pasaba la máquina o me cortaba con tijera. Cris estaba por terminar el corte y yo tenía que actuar así que prolongué la conversación hasta que hablamos de lo obvio.

—Quería operarme desde hace mucho tiempo pero como mi marido es un poco celoso no me decidía y mis amigas me decían “hazlo manita, es tu cuerpo”. Y dije pues va, programé la cirugía y ahora Jairo es el más contento jajaja.

—Quedaste espectacular Cris.

—¿Sí te gusta el resultado?

—Por supuesto.

—A veces pienso que me veo un poco vulgar y obviamente los hombres voltean a verme pero de todos modos antes me veían, así que es lo mismo.

—Es que es imposible no admirar a una mujer tan bella y delicada como tú Cris.

—Jajaja ¿ves? Me das la razón.

Se apartó un poco y discretamente se echó un poco de perfume.

La noche había caído, las luces de la calle se filtraban por el ventanal y el silencio solo era interrumpido por la música de fondo.

—Creo que ya voy cerrando—. Dijo Cris y bajó la persiana metálica con un ruido seco que selló nuestro destino, solo dejando un espacio de unos 50 centímetros entre el suelo y la persiana. Se giró hacia mí y con una mirada de complicidad en sus ojos verdes, me indicó que ella también había estado esperando este momento.

—¿Entonces te gustaba verme?—. Me dijo retándome.

—Eras la razón por la que venía contigo.

—No eres el único.

—Lo sé.

—La verdad también lo hice porque me encanta sentirme deseada por otros.

Cris soltó una risita maliciosa y, sin decir una palabra, puso música lenta y sensual. Comenzó a bailar frente a mí. No era un baile cualquiera; era una invitación explícita.

—Quiero que me veas bien.

Empezó con un movimiento de caderas lento y circular, luego continuó con un twerking sutil que hacía que sus nalgas vibraran con cada paso.

Mientras me miraba fijamente con esos ojos brillantes, deslizó sus manos por el borde de su playerita y la lanzó al suelo, liberando sus tetas monumentales con pezones rosados y erectos que gritaban por atención.

Luego, con una lentitud torturante, bajó el short y su diminuta tanga, quedando completamente desnuda excepto por sus hawaianas negras.

La verga quería salir de su prisión de tela. Cris inmediatamente se dio cuenta de mi erección y vino hacia mí, me desabrochó el pantalón lentamente liberándola, sus ojos se abrieron bien.

—Ay Ángel, no imaginé que estuvieras bien dotado—. Dijo saboreándose.

—Chúpamela preciosa.

Me bajó el pantalón hasta los tobillos y empezó a besarme la verga despacio, con delicadeza, jugueteando mi glande con su lengua. Me lamía los huevos con desesperación y mi verga se perdía en su boquita húmeda, me miró fijamente con sus ojos llorosos y su carita sonrojada de máximo placer.

La puse de pie tomándola por la cintura, hundí mis dedos en la firme carne de sus nalgas y la acomodé de rodillas sobre el cuero negro de la silla, abriendo sus piernas al máximo.

El contraste de su piel blanca con el negro del cuero era exquisito. No hubo juegos suaves. Me deshice del pantalón, le di una fuerte nalgada y la empalé de un solo golpe seco, con una violencia que la hizo soltar un grito de placer puro.

—¡Dios Ángel, métemela toda!—. Gritaba Cris arqueando la espalda y clavando sus uñas en el cuero de la silla.

La azotaba contra el respaldo de la silla, el sonido de nuestra carne chocando resonaba en el local vacío y Cris gemía con fuerza, sin importarle que alguien pudiera escucharnos desde afuera. Era un encuentro visceral, cargado de la frustración de años de deseo contenido.

La penetraba con furia, recordándole que ahora yo era quien mandaba, le decía que su marido policía no tenía idea de la puta que tenía en casa y ella respondía con gemidos desesperados, suplicándome que la tratara como a una perra.

—¡Estás apretadísima! ¡Me voy a volver loco con este culo!—. Le gritaba mientras la movía a mi antojo.

—¡Me hacías falta papi, me hacías falta así de duro, así de profundo!—. Gritaba ella, mientras tensaba las piernas.

Cuando estaba a punto de correrme la obligué a ponerse de rodillas y abrir la boca. Disparé chorros espesos y calientes de semen directamente sobre su lengua y sus mejillas. No me detuve ahí; seguí corriéndome hasta que la leche hirviendo cubrió su pecho, llenando el valle entre sus tetas y escurriendo por su vientre pálido.

—Eres una delicia Cris, tus tetas, ese culo, me encantan—. Respiré jadeando.

—Qué bueno porque no hemos terminado. Vamos a mi casa.

La estética era solo el aperitivo.

Rápidamente nos vestimos, cerramos y subimos a mi auto.

—No te preocupes por Jairo, está de turno y regresa hasta mañana a esta hora—. Dijo ella sin remordimiento.

Llegamos a su casa, apenas cruzamos la puerta, me condujo directamente a la ducha. El agua caliente cayó sobre nosotros, creando un vapor denso que empañaba los espejos, mientras yo la frotaba con el jabón, masajeando sus curvas exageradas, sintiendo la firmeza de sus implantes y la masa de sus nalgas bajo mis manos.

Me aparté, la tomé del cabello y la puse de rodillas para que me la chupara, el agua hacía de lubricante y Cris se atragantaba con mi verga.

—Jálamela con los pies—. Ordené.

Cristina se sentó en el suelo de la bañera y, con una mirada sumisa, tomó mi verga con sus pies. Sus pies pálidos y delicados empezaron a pajearme, subiendo y bajando con una destreza asombrosa que me hizo jadear. Ella se reía suavemente, disfrutando de mi agonía placentera, mientras sus dedos apretaban mi glande con una presión perfecta, lubricados por el jabón resbaladizo.

—Me encanta verte así de desesperado por mí, qué rico saber que mis pies te vuelven loco—. Susurró con ternura, antes de levantarse y dejarme entrar en ella una vez más bajo el chorro de agua, en un ritmo húmedo y ruidoso, estaba a punto de correrme pero Cris pidió que fuéramos a su habitación.

Al salir de la ducha, Cris desapareció unos minutos para regresar convertida en una fantasía viviente. Llevaba un traje de rejilla negro completo que dejaba ver absolutamente todo: la transparencia de la malla resaltaba la magnitud de sus tetas y el volumen de sus nalgas. Para rematar, se había puesto unas plataformas de stripper altísimas que hacían que sus pantorrillas se vieran tensas y letales.

Me llevó a su habitación y se arrodilló frente a mí. Miró hacia arriba con esos ojos verdes llenos de devoción y comenzó a mamármela profundamente, envolviendo mi verga con sus labios carmesí en una succión poderosa y rítmica.

Saqué mi teléfono y empecé a grabarla; la imagen de esa mujer rubia, pálida y exuberante, sumisa a mis pies mientras me chupaba la verga con hambre, era demasiado poderosa para no capturarla.

—Hoy eres mi dueño, hazme lo que quieras, úsame como quieras—. Me dijo entre jadeos, mientras yo acariciaba su cabello y la empujaba más profundamente hacia mi pelvis.

No resistí más y la subí a la cama, la acosté de espaldas y rompí el traje para liberar su conchita chorreante, apunté hacia ella y entré con delicadeza. Mientras la penetraba lentamente miraba la pantalla del teléfono para grabar cada centímetro de nuestra unión, ella arqueaba la espalda y sus tetas rebotaban violentamente.

—¡Sigue grabando, mi amor! Quiero que veas cómo me llenas—. Me gritó inundada de placer.

Luego Cris se sentó en mí y terminó de romper el traje, tomó una botella de aceite y echó una cantidad generosa sobre su pecho. El aceite hacía que sus tetas brillaran bajo la luz de la lámpara, volviéndolas resbaladizas y suaves.

Comencé a masturbarme apretando sus tetas contra mi verga, deslizándome entre ellas mientras el aceite facilitaba el movimiento. Era una sensación divina sentir la presión de su silicona caliente y el aroma del aceite mezclándose con su piel.

—Mira cómo resbalo en tus tetas—. Eché más aceite y seguí apretando con fuerza, marcando mi territorio.

—Son todas tuyas amorcito, disfrútalas.

La tomé del cabello y la puse en cuatro. Mientras seguía grabando la escena, me hundí en ella con estocadas profundas y rítmicas. La cámara capturaba el momento exacto en que mi verga desaparecía en su vagina. Aumenté el ritmo de la penetración y le di una fuerte nalgada.

Fue allí donde la sumisión se volvió total; ella se entregó a mis órdenes, dejando que yo la manipulara como quisiera.

—¡Así zorra mueve ese culo!—. Le gritaba mientras la movía a mi antojo.

—¡Sí amorcito dámela toda!—. Gritaba arqueando la espalda.

Tomé mi cinturón y le di fuerte en las nalgas.

—¡Pégame más fuerte papi!

Seguí azotándola hasta que sus nalgas quedaron rojas.

Estaba a punto de correrme pero me aparté y mamé de ese culito abierto, Cris arqueó la espalda levantando las nalgas y hundí mi cara entre esas dos masas de carne.

—¡Ay sí amorcito mámame el culo, se siente muy rica tu lengüita!

Cris se derritió en la cama, suspirando con fuerza. Me incorporé y empecé a puertear su culito con la punta de mi verga.

—¿Qué estás haciendo?

—Quiero reventar este culito.

—Jajaja nooo. No estoy preparada para que me des por atrás.

—Shhh no te va a doler.

—Nop, todo lo que quieras menos anal, mejor ven.

—Está bien pero ponte otra vez las plataformas.

Me tomó de la mano y me llevó a la terraza, bajo el cielo nocturno. Allí, el aire fresco contrastaba con el calor de nuestros cuerpos.

La puse de pie, apoyada contra el barandal, ofreciéndome esas nalgas que eran un monumento al placer. Entré en ella con una fuerza brutal, azotando sus nalgas.

—¡Sigue así! ¡rómpeme, dime que soy tu puta!—. Gritaba ella, entregada totalmente a la sumisión, con la cabeza echada hacia atrás.

—¡Eres mi puta cristina!—. Le respondí, mientras la embestía con una potencia que hacía vibrar todo su cuerpo y que resonaba en el silencio de la noche.

Me aparté un momento, me eché saliva en la verga y se la metí por el culo sin previo aviso. El ajuste fue asfixiante y brutal. Cristina soltó un grito que rasgó el silencio de la noche, un grito de dolor mezclado con inmenso placer.

La embestía sin piedad, jalándola del cabello hacia atrás, sintiendo cómo su esfínter luchaba por contener mi tamaño antes de rendirse.

Aumenté el ritmo, el sonido del impacto de mi pelvis contra sus nalgas era seco y violento. Sus piernas empezaban a ceder y se desvaneció lentamente.

—¡Vamos zorra, sé que puedes aguantar más que esto!

—No mames, qué rica se siente tu vergota en mi culo—. Dijo apenas con voz y la cara empapada en sudor.

—¿Ves? Y no querías por atrás.

La sujeté firmemente de las piernas y la cargué subiéndola en mí, su cuerpo liviano pero recio se sentía muy rico. Cris se metió mi verga en el culo y con su brazo libre me abrazó por el cuello, entré lentamente en ella, la subí y bajé penetrándola con fuerza.

Cris gemía más fuerte y yo estaba a punto de acabar, gruesas gotas de sudor cubrían mi rostro.

—Quiero que acabemos juntos—. Dijo ella, tensó el cuerpo y me enterró las uñas en la espalda, soltamos un fuerte grito al mismo tiempo, la abracé con fuerza mientras me corría dentro de ella, llenando su cavidad anal con espesa y caliente leche.

Cristina quedó exhausta, jadeando, con la mirada perdida en el cielo, me miró con una sonrisa de satisfacción total y nos besamos.

—Tengo frío vamos adentro—. Dijo temblando con gracia.

La llevé cargando y nos tiramos en la cama.

—Te extrañé Cris, cada que te veía era una tortura no poder tenerte.

—Bueno, ahora sabes dónde vivo —susurró contra mi pecho—, pero no seas muy obvio.

—Podemos hacer un trío con el Jairo.

—Me gusta la idea. La otra vez hicimos un intercambio de parejas, le gusta jugarle al cornudo. También vendo contenido, hasta podríamos grabarnos.

—Puedo convencer a mi chica de que participe en un intercambio, sé que le encantaría.

—¡¿Tienes novia?!

—Jajaja sí.

—Me gustaría conocerla y hacer cositas entre todos. Ahora que me tienes así, no te voy a dejar ir tan fácilmente—. Me dio un besito en los labios y se acurrucó en mi pecho.

A la mañana siguiente sonó su teléfono, respondió sin reparo mientras yo besaba y lamía las plantas de sus pies.

—“Sí amor, te espero para comer… Sí, todo bien… También te amo”.

Colgó justo cuando empezaba a masturbarme con sus pies.

—Sí que te gustan los pies, pequeño calenturiento.

—Como no tienes idea.

Un mañanero en la ducha, mini sesión de fotos y videos de Cris en lencería y zapatillas coquetas. Me dio sus plataformas de recuerdo y me fui feliz.

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