El precio de ser cómplices (16)

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El paso de los días fue suavizando lentamente la tensión en la casa. La frialdad absoluta de las primeras mañanas dio paso a pequeñas rutinas cotidianas, compartir el café en la cocina, intercambiar comentarios breves sobre el trabajo y conversar con una tranquilidad que poco a poco recuperaba la calidez de antes.

Bruno ya no se mostraba esquivo ni cortante; la amargura inicial había comenzado a ceder frente al afecto y a los años de historia que compartían.

Una noche, mientras terminaban de cenar en el comedor, Bianca juntó valor para abordar lo que había quedado en el aire. Con voz pausada y mirada sincera, le preguntó a Bruno cómo se habían dado las cosas en la fiscalía y con el Círculo.

Sin entrar en detalles profundos ni escabrosos, Bruno le explicó la verdad de forma general, le contó que Valeria la esposa de Mauricio había sido la pieza clave para conseguir las claves de acceso, reunir los registros bancarios y coordinar la intervención con las autoridades para derribar toda la red del Círculo.

Bianca lo escuchó en silencio, aliviada al comprender cómo todo ese entramado de poder se había derrumbado definitivamente gracias al trabajo conjunto que hicieron con la policía.

A la mañana siguiente, la televisión en la sala confirmó el desenlace. El noticiero informaba en directo la sentencia firme contra Mauricio: una pena severa de prisión por lavado de activos, chantaje y asociación ilícita, además del embargo total de los bienes vinculados al Círculo.

El reportero añadía que la declaración de Mauricio había provocado una ola de operativos simultáneos, culminando con la captura de altos funcionarios públicos, empresarios reconocidos y las principales cabezas ejecutivas que lideraban la organización.

Bianca contempló la pantalla con una mezcla de serenidad y un profundo suspiro de liberación. La pesadilla que amenazaba con destruirlos había quedado cerrada por la vía legal.

Esa misma tarde, mientras Bianca estaba en una videollamada de trabajo, Bruno salió al jardín y llamó a Valeria.

—Hola, Valeria… quería llamarte para saber cómo estabas y contarte cómo van las cosas por acá —dijo Bruno con tono tranquilo.

—Hola, Bruno. Me alegra escuchar tu voz más calmada —respondió Valeria desde el otro lado de la línea—. Por mi parte, todo bien. Cerrando carpetas con la fiscalía y dejando atrás este asunto. ¿Y en tu casa?

—Me quedé en la casa, Valeria. Decidí no irme —confesó Bruno, mirando hacia el horizonte de la ciudad—. Las cosas han estado más tranquilas estos días. Hemos podido hablar de manera normal, sin gritos ni reproches… Siento que el peso más grande ya pasó.

Valeria guardó silencio un segundo antes de responder con una voz suave pero directa.

—Me alegra saber que encontraste algo de paz, Bruno. Pero déjame darte un consejo como amiga, no te quedes a medias ni vivas atrapado en el pasado. Si decidiste quedarte y estar a su lado, hazlo de verdad. Entiende lo que Bianca vivió, reconoce las necesidades y los deseos que se despertaron en ella, y no le tengas miedo a eso. Conviértete tú en el hombre que la llene en todos los sentidos. Si eres capaz de complacerla y conectar con ella desde ese lugar, no va a necesitar buscar nada fuera de tu vida.

Las palabras de Valeria quedaron resonando en la mente de Bruno mucho después de colgar.

Esa noche, al regresar Bianca a casa, la atmósfera se sentía distinta, más íntima y cercana. Después de cenar, Bruno se acercó a ella en la sala, la tomó suavemente de las manos y la miró directamente a los ojos.

—Bianca… He estado pensando mucho en todo lo que pasó y en lo que hablamos —comenzó Bruno con voz pausada y firme—

No quiero seguir viviendo con rencor ni marcando distancias en nuestra propia casa. Decidí quedarme porque te amo y porque quiero que saquemos esto adelante.

A Bianca se le llenaron los ojos de lágrimas, invadida por un alivio inmenso.

—Bruno… gracias… no sabes cuánto deseaba escuchar eso —murmuró con la voz entrecortada.

—Pero quiero que hagamos un compromiso entre los dos —continuó Bruno, sosteniéndole la mirada con seguridad—. Quiero que confíes en mí al cien por ciento. De ahora en adelante, todo lo que sientas, lo que desees o lo que te pase por la cabeza, me lo vas a decir a mí. Voy a hacer todo lo posible por complacerte, por entenderte y por ser todo lo que necesitas en tu vida. No va a haber secretos entre nosotros.

Transcurrieron casi dos meses desde aquella noche de conversaciones y compromisos. El tiempo y la calma cotidiana habían terminado de disipar las sombras que pesaban sobre la casa, las risas volvieron a escucharse en los pasillos y la relación entre Bruno y Bianca recuperó una armonía sólida, basada en una complicidad transparente.

Esa tarde, Bruno regresó del trabajo al caer la noche, aflojándose la corbata mientras abría la puerta principal. Al cruzar el recibidor, el murmullo de voces entusiasmadas y copas chocando suavemente lo hizo detenerse.

En la sala, sentadas juntas en el sillón principal, Bianca y Valeria conversaban animadamente. La escena lo tomó por completo por sorpresa. Ambas lucían impecables. Bianca llevaba un vestido ligero de tirantes en tono verde olivo, suelto pero de una caída suave que delineaba la finura de su figura; Valeria, por su parte, vestía un diseño similar en color beige, holgado pero lo suficientemente ceñido en los hombros y la cadera para resaltar la elegancia de sus curvas.

Bianca se puso de pie de inmediato con una sonrisa brillante y caminó hacia él para recibirlo con un beso en la mejilla.

—¡Llegaste! —dijo Bianca, tomándolo del brazo—. Sé que te sorprende ver a Valeria aquí. Hace más de un mes la busqué en su oficina para agradecerle formalmente todo lo que hizo por nosotros. Seguimos hablando, nos dimos cuenta de que conectábamos muy bien y nos hicimos amigas. Hoy quise invitarla y darte una sorpresa. Preparé la cena para los tres.

Bruno soltó una breve risa de asombro, mirando a Valeria, quien le dedicó una sonrisa serena y cálida desde el sillón.

—Vaya… de verdad no me lo esperaba —admitió Bruno, sonriendo con sinceridad—. Es una excelente sorpresa. Me voy a dar un baño rápido para ponerme cómodo y los acompaño.

Poco después, la velada transcurrió en una atmósfera de absoluta camaradería. La cena en el comedor estuvo llena de anécdotas, risas y conversaciones fluidas. De vuelta en la sala, Bruno puso algo de música instrumental a volumen bajo para acompañar el momento mientras servía copas de vino tinto para los tres.

Sentado en el sillón individual, Bruno disfrutaba de la conversación y de la calidez del ambiente. De pronto, Bianca dejó su copa sobre la mesa de centro, se puso de pie frente a él y lo miró fijamente con una sonrisa llena de complicidad.

—Bruno… te dije que de ahora en adelante no habría secretos entre nosotros —comenzó diciendo Bianca con voz pausada y suave—. Esta noche es especial para ti.

Ante la mirada atenta de Bruno, un ligero rubor cruzó las mejillas de Bianca, delatando una tímida pero excitada vacilación. Con cierta lentitud, sus dedos temblorosos llevaron las manos a los tirantes de su vestido y lo dejó deslizar despacio por sus caderas hasta que la tela cayó al suelo.

Bruno contuvo el aliento. Debajo no llevaba brasier, dejando al descubierto un torso firme y delicado, sus senos erguidos, de piel tersa y clara, lucían pezones ruborizados que se contraían al contacto inmediato con el aire fresco de la estancia. La curva suave de su cintura descendía hacia un vientre plano, desembocando en las caderas redondeadas que quedaban enmarcadas únicamente por una pequeña prenda de lencería, cuyo fino elástico apenas cubría su intimidad y acentuaba la silueta estilizada de sus muslos.

Bianca bajó la mirada por un segundo, mordiéndose el labio inferior, antes de sostenerle los ojos a su esposo con una chispa de complicidad y entrega absoluta.

Valeria, desde su lugar, observaba la escena con una calma provocativa, dando un sorbo a su copa.

—Estuve hablando mucho con Valeria estos días —continuó Bianca, acercándose un paso a Bruno—. Le conté todo lo que deseaba y lo que quería regalarte. Estuve pensando profundamente en qué darte… un gesto por todo lo que hiciste por nosotros, por lo que te hice pasar en el pasado y como una prueba real del amor, la gratitud y la confianza plena que hoy te tengo. Esto es para ti, para los dos.

—Al principio lo pensé un poco, Bruno —añadió Valeria con voz pausada y profunda, dejando su copa a un lado sobre la mesa de centro—. Bianca se acercó a mí con una honestidad que me desarmó. Me habló de todo lo que habían atravesado, de los temores que al fin quedaron atrás y de las ganas enormes que tenía de devolverte la paz y el deseo con algo inolvidable.

Cuando me propuso ser parte de esto, admito que dudé un segundo por el respeto que les tengo a ambos… pero mientras la escuchaba, vi la seguridad en sus ojos y la pasión con la que imaginaba este momento. Al final, la verdad es que la idea no me pareció nada mal. Siempre he admirado la fuerza con la que te mantuviste en pie, Bruno, y estar aquí esta noche, celebrando esta libertad compartida con ustedes, me resulta irresistible.

Sin darle tiempo a reaccionar, Bianca tomó a Bruno de las manos, lo hizo poner de pie y se le acercó para envolverlo en un beso apasionado y firme, entregándose a él sin reservas. Al mismo tiempo, Valeria se levantó con elegancia del sillón, se aproximó por el costado de Bruno y comenzó a recorrerle el cuello con besos suaves que subieron lentamente hasta posarse cerca de su oído.

La atmósfera en la sala se volvió espesa, cargada de un erotismo latente que amenazaba con desbordarse. Bianca miró fijamente a Valeria y, con un gesto lleno de complicidad, llevó sus manos a los hombros de su Valeria para desabrochar el cierre trasero de su vestido. La tela resbaló lentamente hasta amontonarse en el piso, dejando al descubierto un cuerpo tonificado, voluptuoso y esculpido.

El conjunto de encaje negro transparente que llevaba apenas lograba contener sus formas. El sostén de media copa realzaba la firmeza de sus senos, cuyo tono claro contrastaba con la delicadeza de la tela traslúcida que dejaba entrever la sombra de sus pezones erguidos.

La prenda inferior, una diminuta pieza de hilos finos y encaje, se ceñía a sus caderas marcadas, acentuando la curvatura de su cintura, la redondez de sus glúteos y el largo estilizado de sus muslos suaves. Cada detalle de su figura transmitía una elegancia sensual y dominante, destacando bajo la penumbra de la estancia mientras la transparencia del encaje dejaba muy poco a la imaginación.

—Vamos al cuarto… no aguantamos más aquí —susurró Bianca con la respiración entrecortada, tomando a Bruno de la mano..

Caminaron hacia la recámara principal, iluminada solo por la tenue luz dorada. El aire en la habitación olía a perfume fino y a piel caliente. Bruno se detuvo a un costado de la gran cama king size. Bianca se colocó frente a él, desabrochando cada botón de su camisa hasta abrirla por completo y deslizarla por sus brazos. Al mismo tiempo, Valeria se dejó caer de rodillas; con dedos ágiles, desabrochó el cinturón de cuero de Bruno quitándole el pantalón y liberó su miembro, que ya se encontraba erguida, rígida y pulsante de puro deseo.

Bruno permaneció de pie, con las piernas ligeramente entreabiertas, sintiendo la brisa fresca del cuarto en contraste con el calor sofocante de su propio cuerpo. Bianca se arrodilló al lado de Valeria. Ambas mujeres quedaron frente al miembro de Bruno, mirándolo con devoción y con las pupilas dilatadas por la excitación.

Valeria tomó la delantera. Con su mano derecha, de uñas pulidas, rodeó la base del miembro firme y caliente de Bruno, apretando con la presión justa mientras acercaba sus labios carnosos a la cabeza húmeda y enrojecida.

Abrió la boca y lo acogió despacio, deslizando su lengua experta alrededor del glande, saboreando cada gota de lubricación natural. Un gemido profundo escapó de la garganta de Bruno, quien echó la cabeza hacia atrás al sentir la calidez y el vacío que la boca de Valeria creaba en su miembro.

Bianca no se quedó atrás. Inclinándose sobre la cara interna del muslo derecho de Bruno, comenzó a dar besos voraces, mordisqueando la piel sensible mientras subía hasta los testículos. Con extrema ternura y erotismo, los acogió en su boca, succionando suavemente mientras su lengua se movía en círculos, provocando que Bruno ahogara un grito de placer y clavara sus dedos en la cabellera de ambas.

Pronto, las dos bocas comenzaron a trabajar juntas sobre la misma parte del cuerpo de Bruno. Se turnaban y se organizaban para darle placer al mismo tiempo, mientras Valeria bajaba la boca para cubrir la base y la mitad del miembro, Bianca tomaba la parte de arriba con sus labios, apretando y succionando la punta con ganas.

En cada movimiento, los rostros de las dos quedaban tan cerca que sus labios se rozaban entre sí, compartiendo la saliva que ya mojaba por completo a Bruno. Bianca abría más la boca para darle paso a Valeria, permitiendo que su lengua bajara por todo el tronco mientras ella se concentraba en lamer la cabeza con movimientos circulares.

Cuando Valeria subía para tomar la punta, Bianca bajaba a la parte media, acomodando su boca donde la de Valeria acababa de estar.

Mientras una succionaba con fuerza, la otra usaba la lengua en los lados o usaba las manos para sostener la base y los testículos, asegurándose de que Bruno sintiera estímulo en todo momento.

El roce de sus bocas y la mezcla de sus fluidos provocaban un sonido húmedo y constante que llenaba el cuarto. Valeria aceleró el ritmo y bajó la cabeza hasta meter casi todo el miembro en su garganta.

—Dios mío… las dos… son increíbles —alcanzó a articular Bruno con la voz quebrada, con el abdomen contraído por la intensidad de las sensaciones y el pulso latiendo con violencia en sus sienes.

Sintiendo que estaba al borde del colapso, Bruno sujetó firmemente a Bianca de los hombros y la obligó a ponerse de pie. La empujó suavemente hacia el centro de la cama. Bianca se dejó caer de espaldas, jadeando, y con un movimiento rápido se arrancó la diminuta prenda , abriéndose de piernas sin pudor alguno. Su sexo estaba completamente húmedo, brillando bajo la penumbra, dilatado y latiendo por la necesidad de ser poseído.

Bruno se posicionó entre sus muslos, sujetó sus caderas con fuerza y se hundió en ella de un solo impulso firme y profundo. Un grito ahogado de placer puro se le escapó a Bianca, arqueando la espalda mientras sus pechos desnudos vibraban con cada embestida. Bruno comenzó a marcar un ritmo voraz, incansable, entrando y saliendo con fuerza, sintiendo la estrechez caliente de su esposa envolviendo cada centímetro de su miembro. Bianca envolvía la cintura de Bruno con sus piernas, clavándole las uñas en la espalda y pidiéndole entre gemidos que no parase.

Valeria se acomodó a un costado en la cama, reclinada sobre un codo. No era una simple observadora; se acercó a la cara de Bianca para besarle los senos, pasando su lengua sobre sus pezones, mientras una de sus manos descendía para acariciar la zona donde la anatomía de Bruno entraba y salía de Bianca.

Pronto, la combinación de estímulos llevó a Bianca al límite. Valeria pasaba sus dedos húmedos directamente sobre el clítoris de Bianca, frotando con un ritmo rápido y constante que aceleraba las contracciones de su cuerpo. Al mismo tiempo, Bianca gemía desesperada, atrapada entre las caricias de Valeria y las embestidas profundas de Bruno.

La estimulación doble fue demasiado intensa, el cuerpo entero de Bianca convulsionó en un orgasmo violento y sostenido. Sus paredes vaginales se contrajeron con fuerza alrededor del miembro de Bruno.

Bianca quedó recostada de espaldas sobre el colchón, respirando agitadamente con el pecho subiendo y bajando por la intensidad del clímax que acababa de atravesar. Sin perder el ritmo del deseo, Valeria se posicionó por encima de ella, apoyando las rodillas a los lados de sus caderas y bajando el torso para buscar sus labios.

Bianca abrió los ojos con una leve expresión de sorpresa al sentir de golpe el peso cálido de Valeria sobre ella y la firmeza del beso; sin embargo, al estar completamente encendida y dominada por la excitación, esa sorpresa inicial se disolvió en un segundo, entornó los ojos, soltó un suspiro entrecortado y se dejó llevar por completo, enredando sus dedos en el cabello de Valeria para devolverle el beso con la misma entrega y pasión. En esa postura, sobre el cuerpo de Bianca, las caderas y los glúteos de Valeria quedaron elevados en una posición inclinada.

Sin dar respiro al deseo, Bruno la sujetó con firmeza y desabrochó el sostén de encaje de Valeria, dejando libres sus senos firmes.

La luz tenue que entraba por el ventanal iluminaba la silueta de Valeria. La tanga de seda era la única barrera que quedaba. Bruno la tomó con los dedos, enganchando el fino elástico lateral para moverlo a un lado con impaciencia, revelando su intimidad húmeda y expuesta al aire tibio de la habitación, la tomó de las caderas y le indicó que se mantuviera así.

Valeria obedeció con una soltura magnética, apoyando los antebrazos y el pecho contra el cuerpo de Bianca, manteniendo las caderas elevadas mientras la seguía besando.

Desde su lugar, Bruno admiró por un instante la erótica vista de las nalgas de Valeria elevadas frente a él. Para facilitar la entrada anal y evitar cualquier dolor, Bruno llevó sus dedos mojados en fluidos hacia la estrecha e íntima apertura posterior de Valeria, acariciándola en círculos y deslizándolos despacio para dilatarla y lubricarla adecuadamente. Valeria soltó un leve temblor de anticipación, apretando los muslos.

—Ah… Bruno… ve despacio… ten cuidado al entrar, que está muy estrecho —murmuró Valeria con la voz entrecortada, hincando las uñas en las sábanas—. Hazlo suave hasta que me acomode…

Bruno sujetó con firmeza una de sus caderas con la mano izquierda para mantenerla fija en esa posición. Acomodó la punta de su miembro justo en el centro de su estrecho conducto e impulsó la cadera hacia adelante con una presión constante, firme y calculada.

Al sentir la resistencia inicial de la penetración anal, Valeria soltó un gemido largo, agudo y ahogado contra la piel de Bianca, apretando los puños sobre la tela por la intensa sensación de plenitud. La estrechez era tremenda, pero Bruno avanzó con paciencia y cuidado, ganando centímetro a centímetro hasta vencer la tensión del músculo y quedar encajado por completo en su interior.

—Dios mío… estás tan apretada… ¿estás bien? —alcanzó a decir Bruno, tomando aire por la intensidad del agarre.

—Sí… ah… ya pasó lo más duro… muévete despacio… —gimió Valeria entrecortadamente, adaptándose al volumen de Bruno mientras se acomodaba sobre el cuerpo de Bianca para recibir el primer tirón profundo.

Comenzó a moverse con embestidas profundas, pesadas y constantes. El sonido de los cuerpos impactando en la penumbra marcaba un compás erótico y dominante. Bruno usaba ambas manos para moldear su cintura y sus glúteos, disfrutando del dominio físico y de la intensidad del momento, mientras Valeria recibía cada impulso con el cuerpo tenso, entregada por completo a la exigencia física del acto.

Bruno incrementó la velocidad y la potencia de los golpes, sujetando a Valeria con fuerza por las caderas para no dejarle margen de movimiento. La fricción constante llevó la intensidad de la habitación a un punto crítico. Valeria ya no podía contener los gemidos, la tensión acumulada en la base de la espalda se transformó en una onda de espasmos involuntarios que la hicieron contraerse con fuerza alrededor de él, alcanzando un orgasmo denso y prolongado que le dejó la respiración entrecortada.

Sentir la estrechez y las contracciones de Valeria terminó por desatar el límite de Bruno. no aguantara más. Una ola de calor fuerte le recorrió el cuerpo y dio tres embestidas finales, bien profundas y directas. Con un gemido ronco que le salió del pecho, Bruno empezó a venirse con ganas dentro de ella. Se podía sentir claramente el ritmo de los chorros calientes saliendo con fuerza y llenándola por dentro, mientras Valeria soltaba un quejido largo por lo intenso que se sentía todo.

Bruno se quedó quieto un par de segundos para sentir los últimos impulsos de su cuerpo antes de salir despacio. Al sacar el miembro por completo del ano de Valeria, una cantidad abundante de semen caliente no se quedó adentro y cayó directamente sobre la piel de Bianca, justo en la entrada de su vagina y entre sus muslos. Bianca dio un pequeño brinco de sorpresa al sentir ese chorro espeso y bien caliente cayendo de golpe en su parte más sensible.

—Ah… Bruno… —suspiró Bianca con la boca abierta, sintiendo cómo el líquido tibio se escurría lentamente por su piel y le dejaba una sensación húmeda y muy caliente en la entrepierna.

Valeria, con las piernas temblando por el esfuerzo y el cuerpo lleno de sudor, soltó todo el aire de los pulmones y se dejó caer de costado sobre la cama. Se acomodó a un lado, respirando con dificultad mientras sentía el abdomen y los muslos completamente agotados pero relajados.

Bruno no se quedó a un lado, sino que se acomodó justo en el centro de la cama, quedando acostado boca arriba entre las dos. Estiró ambos brazos para atraerlas hacia él y envolverlas en un abrazo compartido.

A su izquierda, Valeria se giró de costado y pegó todo su frente y su pecho contra el costado de Bruno. Apoyó una mano sobre el tórax de él y cruzó una pierna por encima de sus muslos. Sentía la piel del cuerpo todavía caliente, los músculos de las piernas flojos por el cansancio y una profunda sensación de alivio y satisfacción recorriéndole la espalda. El aire tibio de la habitación enfriaba levemente el sudor en su piel, pero el contacto directo con Bruno la mantenía abrigada.

A su derecha, Bianca se acurrucó buscando su hombro. Acomodó la cabeza en el pecho de Bruno, escuchando sus latidos agitados que poco a poco recuperaban el ritmo normal.

Mientras sentía la mano de él acariciándole la espalda con suavidad, Bianca mantenía las piernas entreabiertas, sintiendo la humedad tibia del semen que se escurría despacio por la piel de su entrepierna y la parte interna de sus muslos. La sensación física de ese fluido compartido le producía un cosquilleo caliente y constante, recordándole de forma muy directa todo lo que acababa de vivir.

Bruno, Bianca y Valeria se quedaron en silencio por un par de minutos, disfrutando del calor de sus cuerpos y de la calma pesada que llenaba el cuarto. La respiración de los tres se fue nivelando poco a poco, sellando con ese descanso el nuevo rumbo de sus vidas.

Epílogo.

Al otro lado de la ciudad, en un restaurante elegante y de iluminación tenue, una pareja disfrutaba de una cena tranquila. El hombre cortaba su plato concentrado mientras la mujer le sonreía, dejando la copa de vino sobre la mesa.

Un brillo repentino iluminó la pantalla del teléfono de ella, seguido por la vibración corta de una notificación.

El esposo levantó la mirada, curioso, y la observó mientras ella tomaba el dispositivo.

—¿Quién es a esta hora? —preguntó él con tono sereno, dándole un sorbo a su bebida.

La mujer desbloqueó la pantalla, deslizándose por la bandeja de entrada con cierta extrañeza.

—Qué raro… —murmuró ella, arrugando levemente la frente—. Me agregaron a un grupo.

Ella abrió la aplicación de mensajes. En la parte superior de la pantalla destacaba un nombre sobrio y misterioso, acompañado de un solo texto fijado en la conversación:

«Bienvenidos al Círculo.»

Fin

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