Viernes después del trabajo

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T. Lectura: 11 min.

Comienzo escribiendo un poco sobre mí. Soy una mujer soltera, sin hijos. Mi nombre es Andrea, mido un metro sesenta, tengo el cabello corto y entrecano, y soy de tez morena clara. Mis medidas son: busto, 86 cm; cintura, 64 cm; y cadera, 89 cm.

Siempre he tenido una personalidad muy apasionada y disfruto mucho de la intimidad. Nunca digo que no, a un rato de sexo cuando existe atracción y confianza.

Resulta que un viernes, después del trabajo, decidí ir al centro para comprar algo de ropa interior y, de paso, ver qué más podía encontrar. Ya me encontraba recorriendo las tiendas cuando recibí una llamada en mi celular. Era Héctor, un amigo que había conocido mientras trabajaba en la colonia Cuauhtémoc, en el mes de junio.

—¿Bueno?

—¿Andrea?

—Sí, dime, ¿qué pasó?

—¿Dónde andas?

—En el Centro. Vine a comprar unas cosas después del trabajo.

—¿Sola?

—Sí, ¿por qué?

—Porque se me ocurrió que podríamos vernos hoy.

—¿Ah, sí? ¿Y qué quieres hacer?

—Pues verte primero. Ya después vemos qué se nos ocurre.

—Mmm… eso suena a que traes algo entre manos.

—Tal vez.

—A ver, habla.

—Quiero que hoy seas solo para mí.

—¿Solo para ti?

—Sí. Sin compartirte con nadie.

—¿Y desde cuándo estás tan posesivo?

—Desde que me dieron ganas de verte.

—¿Y si quisiera que invitaras a alguien más?

—Podría hacerlo. Hasta podría llamar al sargento.

—No, mejor no. Esta vez quiero que estemos tú y yo.

—Me parece perfecto.

—¿Y cómo nos vamos a encontrar?

—Paso por ti.

—¿Dónde estás?

—Todavía en el centro.

—Entonces espérame sobre Eje Central.

—¿En plena calle?

—¿Te preocupa que nos vea alguien?

—No, pero contigo nunca se sabe.

—Entonces hacemos algo sencillo. Te recojo y nos vamos a caminar un rato.

—Bueno. ¿Dónde exactamente?

—En la esquina de 16 de septiembre y Eje Central.

—Está bien. En veinte minutos llego.

—Dame treinta.

—¿Treinta? ¿Por qué?

—Porque seguramente voy a tardar un poco en llegar.

—Está bien, treinta. Pero no me hagas esperar.

—Trato hecho.

—Nos vemos entonces.

—Nos vemos, Andrea.

Colgué el teléfono, guardé el celular y salí de la tienda. Mientras caminaba hacia el punto donde habíamos quedado, no pude evitar sonreír. No sabía exactamente qué tenía Héctor en mente, pero algo me decía que aquella tarde no iba a ser como cualquier otra.

Llegué al punto de encuentro cinco minutos antes de la hora acordada. Me quedé a un lado de Suburbia, mirando de vez en cuando hacia la calle para ver en qué momento llegaba Héctor.

Miré el reloj y, justo entonces, escuché el claxon de un automóvil. Levanté la mirada y lo reconocí. Era Héctor.

Caminé deprisa hacia el coche y alcancé a subir antes de que cambiara el semáforo. Lo saludé con una sonrisa mientras él arrancaba en cuanto la luz cambió.

Apenas avanzamos unos metros cuando me miró de reojo y, con esa sonrisa que ya conocía, me preguntó:

—¿Ya estás lista para pasar una tarde-noche interesante? ¿Solo tú y yo, o tienes pensado que llegue alguien más?

Lo miré divertida, dejando unos segundos de silencio antes de responder.

—¿Y tú qué preferirías?

Héctor soltó una pequeña risa.

—Creo que hoy me gustaría descubrirlo sobre la marcha.

Sonreí y desvié la mirada hacia la ventana, sintiendo que aquella tarde apenas comenzaba.

Él tomó el camino hacia su departamento. Durante el trayecto, rompió el silencio y me preguntó:

—¿Qué compraste?

—Solo algunas cosas íntimas —respondí, mirándolo de reojo—. Si quieres, puedo modelártelas.

Sonrió sin decir una palabra. Por un instante, nuestras miradas se encontraron, y enseguida volvió la atención al camino.

Entonces tomó mi mano y, con un gesto cargado de intención, la llevó hacia su entrepierna.

No pude evitar sonreír.

Aquello decía mucho más que cualquier respuesta.

Al sentir su verga erecta debajo de su pantalón, sin pensarlo baje el cierre del pantalón y metí mi mano para sacarla y llevarla a mi boca, pase mi lengua por el glande, y la metí en mi boca, disfrutando de la manera en que intentaba mantener la atención en el camino.

Héctor respiró profundamente y me lanzó una mirada rápida, evidentemente nervioso.

—Tú no puedes estarte quieta ni un momento, ¿verdad? —murmuró, tratando de mantener la compostura.

Yo simplemente levanté la mirada hacia él, sonreí con descaro y volví a acomodarme en mi asiento, como si no hubiera hecho absolutamente nada.

Él negó con la cabeza, aunque una sonrisa terminó por delatarlo.

—Eres tremenda…

—¿Y apenas te estás dando cuenta? —respondí, divertida.

Después de un ligero recorrido llegamos a su departamento, me dijo anda baja toma la llave del departamento y me esperas, preparas algo de tomar por favor, sin mediar palabra subí al departamento y serví solo refresco en dos vasos con hielo, lo espere mientras yo tomaba un poco, al llegar Héctor tomo el vaso y le dio un trago, sonrió y me dijo ya o quieres que meta debajo de la falda de ese vestido y pase mi lengua por tu panocha.

—No lo haces

Héctor no dijo una sola palabra. Se colocó debajo de mis piernas y metió su cabeza por debajo de la falda de mi vestido, sus dedos hurgaron por un momento mis labios vaginales me hizo sentir como si mil agujas se clavaran en mi pucha y de mi boca salió un haaaa… Prolongado al sentir su lengua, sus dedos me penetraban, me sentía en el cielo trate de bajar mis caderas más para no dejar de sentir su lengua entrando en mi pucha, pero me fue un poco imposible por la estreches de la falda de mi vestido.

Mi respiración se volvió entrecortada. Lo miré de reojo, intentando conservar la compostura, pero era más mi deseo por el sexo que cualquier otra cosa y de mi boca salió un así papi, así penetrame con tu lengua has que me venga.

—¿Así que hoy vienes decidido a no dejarme tranquila? —murmuré.

—Tú sabes perfectamente lo que provocas.

Sentí un escalofrío y traté de calmarme un poco, aunque aquello resultó bastante más difícil de lo que había imaginado. Cada segundo aumentaba la tensión entre nosotros y yo ya no sabía si quería detenerlo… o provocarlo todavía más.

—Héctor… —susurré, casi como una advertencia.

—¿Qué? —respondió con descaro.

Sonreí.

—Nada… continúa.

En ese momento me vine en su boca —Vaya… —dijo con una sonrisa descarada—. No intentes disimularlo. Estás completamente mojada.

—Dime qué quieres.

—¿Y si no te lo digo?

—Entonces voy a tener que seguir preguntándote hasta que te atrevas.

—Anda… dime exactamente qué quieres.

—Tú ya sabes lo que quiero…

—Entonces dilo. Sin vergüenza. Quiero oírlo de tus propios labios.

—que me des tu verga ya la quiero anda dámela

—Dime cuánto me deseas puta.

—¿Y qué más quieres que te diga?

—Quiero saber qué es eso que llevas rato deseando pedirme.

Si sabes que quiero tu dímelo, quieres que te meta la verga dilo anda dilo…

Yo no aguante más y le dije si, quiero que me hagas tu puta, que me des tu verga en mi pucha y culo anda dame a mamar esa rica verga.

Sa salió de debajo de mis piernas y poniéndose atrás de mí, me dijo serás mi puta para mí o quieres que te comparta y te den más hombres verga puta, dime…

Si quiero ser tu puta y que me compartas con quien tú quieras Pero ya dame tu verga papi.

Héctor al oírme decir esto me hizo que me arrodillara y me dijo —anda saca mi verga y mámamela tu ya sabes cómo anda hazlo.

Salió de debajo de mis piernas y se colocó detrás de mí. Con una sonrisa descarada, me susurró:

—¿Vas a ser mi mujer, solo para mí? ¿O quieres que te comparta? Dime… quiero saber hasta dónde te atreves.

Lo miré y, sin apartar la mirada, respondí:

—Sí… quiero ser tu puta. Y quiero que me compartas. Pero deja de hacerme esperar, papi.

Héctor sonrió al escucharme.

—Así me gusta… sin miedo y sin rodeos.

Me hizo arrodillarme frente a él y, mirándome fijamente, añadió con aquella voz provocadora:

—Anda… demuéstrame que de verdad quieres ser mi puta. Tú ya sabes cómo demostrarlo. Así hincada desajuste el cinturón, desabroché y baje el cierre del pantalón, solo me quedaba un obstáculo que era su trusa, se la baje y apareció su verga ya erecta la lleve a mis labios pasando mi lengua un momento por la cabeza, después di una chupada como si estuviera sirviendo en un popote, para después chupara cada uno de sus huevos hasta hacerlo gemir por el placer que le está a dando, yo ya tenía muchas ganas de recibir la verga de Héctor, me separé de él y le dije:

—Anda, papi… ya no me hagas esperar. Quiero que me des tu verga.

Héctor sonrió con esa expresión descarada que tanto me provocaba.

—Lo dicho… no dejas de ser una puta sumisa.

Sonreí, sin apartar mis ojos de los suyos.

—Sí, soy una puta… pero tú haces que me vuelva así.

Héctor soltó una pequeña risa y se acercó a mí.

Ya con su verga bien erecta me dijo anda puta, ponte como quieras que te meta la verga, no tarde en ponerme en cuatro, no sin antes quitarme el vestido el brasier y quedar solo con zapatos y a cuatro como la perra sumisa que soy con Héctor.

Me coloco la verga en la entrada de mi pucha y de un solo empujón la metió por completo en ese momento de mi boca salió un haaa prolongado.

Enseguida le comencé a decir así papi, así coge a tu puta más fuerte, me tomo de la cintura y me daba más fuerte sus embestidas, diciéndome así te gusta puta, así quieres que te meta la verga…

Si así papi no saques tu verga, me estaba dando unas embestidas muy ricas cuando sonó el timbre, le dije no vayas sigue cogiéndote a tu puta papi; su respuesta fue…

Espera un poco quien sea lo corro rápido y regreso a cogerte mi putita…

Se salió de mí y me quedé observando que se dirigía a la puerta. Me levanté rápidamente y me puse una bata que había traído en mi bolsa de compras.

Escuché que se reía con alguien al otro lado y, después, dijo:

—Está bien, pasa.

Sentí que la ansiedad me recorría de nuevo. No quería que aquel momento terminara. Cuando regresó, yo ya estaba sentada en el sillón, mirándolo con una mezcla de impaciencia y expectación.

Él sonrió con picardía.

—¿Qué crees, putita…?

Lo miré fijamente y respondí:

—¿Te tienes que ir?

—No es eso.

—Entonces, ¿qué?

—Te equivocas. Es un amigo que vino a visitarme.

Lo miré, sorprendida.

—¿Y entonces me vas a dejar así, toda prendida?

Él soltó una pequeña carcajada y se acercó.

—No, putita. Precisamente por eso lo invité. Él me ayudará a darte placer.

Lo miré fijamente.

—Precisamente por eso mi amigo está aquí. Me va a ayudar a que esta noche no te quedes con ganas de nada.

Lo miré en silencio, Él se apartó apenas y miró hacia la puerta.

—Y créeme… Cuando lo conozcas, vas a entender por qué él está aquí..

Lo llamó por su nombre, pasa Pablo y ve que nos comeremos los dos, al verlo así desnudo y con la verga sin erección me di cuenta de lo que pasaría esa noche entre los tres, estaba viendo la descomunal verga flácida pero aun así de buen tamaño…

Tragué saliva.

Se acercó un poco más, sin apartar los ojos de los míos.

Su sonrisa se hizo más lenta.

—Entonces esta noche vas a tener que demostrar lo puta que eres.

—¿Y tu amigo?

Lo miró y después volvió a mirarme.

—Él está esperando que tú decidas.

Sentí que el silencio decía mucho más que sus palabras.

Él sonrió.

En ese instante me levanté y quitándome la bata deje ver mi desnudes, sin decir palabra, me dirigí hasta donde se encontraba Pablo me arrodille frente a él y comencé a mamar tan delicioso manjar puesto para mí en bandeja de plata, así como lo chupaba comenzó a crecer su verga, tanto que no me cavia en mi boca Pero baje la caricia de mi boca a sus huevos chupando cada uno en ese momento me dijo Pablo tu si eres mucha puta…

Pablo se quedó mirándome en silencio. Por un instante, pude notar como se excitaba con mi boca. Yo sentí el corazón acelerarse. A pesar de mi atrevimiento, una parte de mí estaba nerviosa por probar aquella verga en mi pucha y culo. Tragué saliva y respiré hondo, tratando de que no se notara cuánto me excitaba aquella mirada.

—Vaya… Tú sí que sabes cómo mamar una verga— dijo finalmente, con una sonrisa.

Yo no aparté los ojos de los suyos.

—¿Y apenas te estás dando cuenta?

Pablo soltó una risa baja, pero seguía observándome con mucho morbo.

Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda y sonreí, aunque por dentro la emoción me tenía completamente excitada.

Desde el otro lado de la habitación, Héctor observaba la escena con una expresión divertida, como si supiera perfectamente el efecto que aquella situación estaba teniendo en mí.

Pablo volvió a mirarme.

Entonces comprendí que aquella noche sería de coger con ellos y desinhibirme en toda la extensión de la palabra; ya estaba en ese trago dulce que me daría el mejor sexo con esos dos hombres y no tenía porque mantener escondidas mis ansias de coger a escondidas.

Yo seguía mamando la verga y los huevos de Pablo, en eso sentí como Héctor me tomo de la cintura y sin ningún miramiento coloco su verga en la entrada de mi pucha y de una sola embestida me metió su rica verga como al principio de mi cogida con el salió un haaaa prolongado mientras yo seguía embelesada con la verga de Pablo…

Yo no daba crédito a lo que le decía a Héctor a hora dame nalgadas, que me duelan, así lo hizo Héctor comenzó a nalguearme, hasta dejar mis nalgas rojas, Pablo sonrió y dijo está si es una buena puta ve como se deja nalguear y pide más Héctor, por eso te dije que es mi perra sumisa.

De mi boca salió así papi así coge te muy duro a tu puta te gusta como me como la verga de Pablo, él sonrió y me dijo sabía que deseabas a más de uno para darte placer putita…

Si papi quiero ser la puta de los dos no dejes de meterme fuerte tu verga parte me en dos mi pucha, en ese momento me dijo Héctor no que no querías a nadie más para que te cogieran está noche, haaa, olvida lo que dije y cogete a esta puta párteme en dos papi.

Pablo rio y dijo a hora me toca a mi probar esa panocha no crees Héctor, si hazlo Pablo penetra a esta puta y verás que rico aprieta, yo estaba escurriendo de la excitación que tenía y cuando se salió Héctor de mi pucha y colocó Pablo su verga en la entrada no costó mucho comerme con mi pucha esa verga descomunal de Pablo, en ese momento le dije hay espera deja que se acostumbre a tu verga.

—Es más grande que la de Héctor… —murmuré, sorprendida—. Me duele.

Por toda respuesta, recibí una nalgada que me hizo estremecer. Me quedé inmóvil durante un instante, entre la sorpresa y el nerviosismo, mientras sentía que la verga estiraba mis pliegues de mi pucha y aumentaba sus movimientos de cadera para cogerme a un ritmo muy rápido, diciendo a hora si puta verás lo que es tener una verga como la mía en tu panocha.

Pablo me sostuvo la mirada cuando lo volteo a ver y sonrió con una expresión desafiante.

—Entonces tendrás que decirme qué quieres.

Tragué saliva nuevamente. Aquella vez, mi silencio dijo mucho más que cualquier respuesta.

Ya sabes que necesito una buena verga que me saque muchos orgasmos, busque con la mirada a Héctor y cuando menos lo esperaba medio con su verga en la cara y me dijo eso te sacas por puta, haciendo eso me dijo en ese instante anda mama mi verga perra, así lo hice comencé a mamar su verga que tenía parte de mis jugos embarrados…

Me sabía a gloria recibir la verga de Héctor en mi boca mientras Pablo me bombeaba a un ritmo descomunal el si me estaba partiendo en dos por el tamaño de su miembro.

Cerré los ojos un momento y respiré hondo. Todo aquello me estaba poniendo mucho más cachonda a cada de lo que quería admitir.

Héctor me miró.

—¿Estás bien?

Asentí y lo miré.

—Sí. Es que esto no era exactamente lo que esperaba.

Pablo soltó una pequeña risa.

—¿Y te estás arrepintiendo puta?

Lo miré de reojo.

—No he dicho eso.

—Entonces, ¿qué?

Sonreí.

—Que ustedes dos son unos garañones.

Héctor se rio.

—Tú tampoco te estás quedando atrás puta.

—Ya, ya… No te emociones.

Pablo negó con la cabeza, divertido de la verguiza que me estaban dando los dos.

Héctor en ese momento dijo a hora los dos al mismo tiempo, le dijo a Pablo acuéstate para que está puta se clave sola tu verga mientras yo le doy verga en su culo, todavía no se salía Pablo de mi cuando sentí como un choque eléctrico recorría mi espalda era innegable que estaba teniendo un fuerte orgasmos que hizo que mis piernas se sintieran como dos trapos y salió de mi boca me vengo, me vengo… Haaaa…

La habitación quedó en silencio durante unos segundos. Los tres nos miramos, todavía intentando asimilar lo que acababa de pasar conmigo.

Héctor me miró con una sonrisa y preguntó en voz baja:

—¿Ya te viniste, verdad, puta?

Sentí que se me encendían las mejillas. Bajé la mirada.

—¿Y tú qué crees? —respondí, intentando aparentar seguridad.

Él soltó una risa.

—Creo que esa cara de puta te delata.

Negué lentamente con la cabeza, aunque una sonrisa involuntaria apareció en mis labios. Crucé los brazos por un instante, como si eso pudiera ocultar lo cachonda que estaba, y después me desplome en la cama.

Tragué saliva. Sostuve su mirada unos segundos, pero terminé apartándola mientras soltaba una pequeña risa.

—Un poco… Quizá.

Volví a mirarlo de reojo, todavía sonriendo.

Pablo me miró entonces, con una expresión divertida y desafiante.

—Súbete en mi—dijo, señalando su verga—. Cabalgame.

Me quedé inmóvil por un instante, sorprendida por la propuesta. Luego intercambié una mirada con Héctor, que soltó una carcajada.

—Hazlo, puta. Súbete en él y métete esa verga en tu panocha—dijo, señalando la entrepierna de pablo.

Me quedé inmóvil por un instante, veía intensamente a Héctor, que soltó una carcajada.

—¿Y ahora qué sigue? —pregunté, intentando disimular mi excitación.

Pablo extendió una mano hacia mí, sin mediar palabra me jalo hacia él, me hizo colocar encima de él y de un solo sentón me comí con mi pucha esa deliciosa verga, comenzando un sube y baja muy rítmico mientras, Pablo mordía mis pezones con sus dientes y apretaba mis nalgas, en eso escuché decir a Héctor abre esas nalgas Pablo para que sepa está puta como se mete otra verga en su culo mientras tú la tienes empalada en su panocha…

Sentí como Pablo abrió mis nalgas dejando expuesto mi culo, rápido Héctor se colocó detrás de mí y comenzó a meter su verga en mi culito, sentía que me partía en dos por tener a Pablo en mi pucha y a Héctor tratando de entrar en mi culito, hasta que lo consiguió, me sentía en la gloria, con los dos llenándome por completo. Así permanecimos un buen rato, perdidos en ese instante, hasta que Héctor me habló con la voz ronca y cargada de deseo:

—Ya estoy por venirme… dime dónde quieres tu leche, puta.

¿En la boca?

Dime dónde la quieres.

No alcance a comprender lo que Héctor me decía ya que estaba por tener mi segundo orgasmos…

Mi mente se nublo por la excitación tan fuerte que estaba yo teniendo, en ese momento sentía como si me dieran pellizcos, pero no eran esos eran nalgadas que me daba Héctor ya que se vino dentro de mi culito, Pablo seguía chupando y mordiendo mis pezones esto hizo que incrementará más mi excitación, se salió de mi culito Héctor dejando un rastro de leche que salía de mi culito.

Mi mente se nubló por la intensidad del orgasmo que sentía en ese momento, todo en mí vibrando al límite. Percibí esas nalgadas fuertes que me estremecían: eran las manos de Héctor, marcándose con firmeza mientras descargaba toda su leche en mi interior, estaba entregado por completo a ese momento conmigo. Pablo no se detenía, sus labios y sus caricias encendían cada rincón de la piel de mis senos, y esa mezcla me llevó al borde, más allá de lo que había sentido antes. Cuando Héctor se apartó, su leche seguía conmigo, y la huella de esta permanecía fresca en un rastro nada indeleble, seguía yo intensa y completamente llena de un éxtasis extremo.

Pablo me dijo, quieres que te preñe con mi leche o quieres tomarte la toda, yo le respondí dámela en mi pucha y después me das a mamar tu verga para limpiarla, así lo hizo su descarga fue descomunal sentía el chorro de leche inundar mi pucha cuando saco su verga escurría de los jugos que yo había derramado y de la leche de Pablo, estos mismos jugos los probé cuando Pablo me puso en la boca su verga y deslizando mi lengua fui limpiando los rastros de su leche y mis jugos, me quedé a un lado de ellos dos con las piernas abiertas y deseando más sexo son tabús. Lo que sigue en el próximo relato se los hago saber espero y les guste este nuevo relato.

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