El reencuentro del caballero con su doncella

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Regresé de una larga guardia feliz por los días de descanso y fornicación que estaban por llegar, me bajé de mi cabalgadura y caminé por los pasillos fríos y abovedados de la fortaleza de piedra gris, las antorchas parpadeaban con luz anaranjada, proyectando sombras largas sobre las paredes antiguas, con la ayuda de mi escudero me saque mi pesada pero cómoda armadura, una vez termine, di una buena cantidad de dinero a mi ayudante, le dije —Para que cortejes como se debe a la dama que te interesa —el joven se fue agradecido a la ciudad amurallada.

Mi cuerpo grueso y poderoso ahora se movía con mi traje de cuero completo favorito, era una segunda piel total que me envolvía desde el cuello hasta los pies de cuero grueso marrón oscuro, curtido y flexible, que se ajustaba perfectamente a cada curva de mi complexión robusta. Las mangas largas terminaban en guantes integrados que me cubrían hasta los codos y los pantalones formaban parte de la misma pieza, abrazando mis muslos gruesos con costuras reforzadas que crujían seductoramente con cada paso, usaba botas altas, también integradas, llegaban por encima de la rodilla.

Mi cabeza estaba cubierta con una capucha que cubría mi cabeza, por mi labor llevaba varios días sin quitarme mi traje. El aroma que desprendía mi traje era profundamente embriagador, a cuero engrasado y envejecido, sudor masculino acumulado, calor corporal y ese toque terroso que se había convertido en mi olor personal, con el cargo de guardián del castillo había hecho realidad mis sueños fetichistas, por cuanto vestía trajes de cuero o similares todos los días con o sin mi armadura de metal.

Además del traje marrón que llevaba ahora, tenía otros que me volvían loco, como un traje rígido de cuero negro, un conjunto suave de cuero marrón claro más ligero y sensual y mi traje más especial un traje con escamas que eran de hechos de la piel de una serpiente gigante, que me daba inmunidad a ciertos ataques. Cuando se me asigno la misión de ser guardián de la comarca, debí sumir voto de dedicación a mis labores, como compensación se me entregaría después de unos años de servicios una gran cantidad de oro y tierras.

Había una costumbre en la comarca, que si una familia se veía afectada en su honor, una de las maneras de recuperarla, era que una doncella de dicha familia me sirviera con devoción, a esto acepte más por curiosidad, cuando se me presento era un mujer voluptuosa de gruesas caderas esta vestía un traje de cuero que cubría todo su cuerpo y una capucha cubría su cabeza y podía apenas vislumbrar su rostro, se me informo ella había guardado voto de servirme, después de una ceremonia guardamos votos de fidelidad extrema entre ambos, más yo de protección y ella de sumisión, si bien al principio nuestra relación fue forzada, nos encontramos en nuestras miradas y hubo un entendimiento y aceptación, pero paso algo mágico mientras pasaba el tiempo empezó un enamoramiento reciproco entre ambos.

Mi querida doncella personal, de cuerpo generoso, aparte de ser compañera de placer y de pasión, era mi confidente. Ella tenía entrega absoluta y compartía mis mismos fetiches, me encantaba verla enfundada en cuero, sintiendo cómo cada mirada, cada roce y cada susurro demostraban una pasión que iba más allá del deber. Me hacía sentir poderoso, deseado y amado. Esa noche ella me esperaba al final del corredor, bajo el arco de piedra. Había elegido uno de sus atuendos más provocadores, un vestido completo de cuero marrón brillante.

El cuello rígido estaba cerrado con una hilera de botones plateados brillantes que subían hasta debajo de la barbilla, su corpiño, ajustado como un corsé, ceñía su cintura ancha y empujaba hacia arriba sus pechos abundantes y generosos, creando un escote profundo y tentador. Las mangas largas terminaban en guantes integrados de cuero fino y brillante, las partes íntimas estaban encerradas por un cinturón de castidad. La falda era amplia, voluminosa y fluida, cayendo en pliegues pesados hasta el suelo, con una larga hilera de botones plateados que recorrían el centro frontal desde el cuello hasta el dobladillo. El cuero brillante se ajustaba a su cuerpo grueso y voluptuoso como una caricia restrictiva y brillante.

Reflejaba la luz de las antorchas con cada movimiento, de la mano nos llevó a nuestra recamara ya solos. Se arrodilló y me dijo —Mi señor… —susurró con su voz amortiguada por la máscara—. Vuestro regreso es una luz en esta noche—.La levanté suavemente por el mentón con mi mano enguantada y le dije —Nuestro reencuentro es una luz que ilumina mi existencia, acércate mi amada. Déjame sentirte.

El primer contacto fue eléctrico. Mi pecho grueso, envuelto en cuero caliente y sudado tras días de uso, presionó contra su corpiño brillante. Inhalé profundamente, el aroma rico, terroso y cálido de su cuero nuevo mezclado con el dulce almizcle de su excitación. Ella me indico que desde había partido como un voto de devoción, no se había quitado el traje que usaba ahora, entonces hundió el rostro en mi cuello, respirando con avidez el olor pesado de mi traje con sudor masculino acumulado durante días, el calor animal de mi cuerpo grueso.

Ambos gemimos al unísono y la lleve rápidamente a nuestros aposentos, donde en primer lugar a subí a la cama y debajo de la falda la libere de su cinturón a mi doncella, el olor a cuero y a hembra inundaron mi olfato lo que hizo acrecentar mi excitación, entonces le saque al vestido, con sus manos devotas y enguantadas, ella deslizó los dedos por mi torso, y bajo al pantalón, donde mi pene estaba ya desesperado por liberarse, entonces ella con lentitud lo libero con un mecanismos de castidad portaba en mi entrepierna y liberó mi miembro erecto y grueso.

Sus guantes de cuero suave envolvieron mi grosor con firmeza y comenzó a masturbarme con movimientos adoradores, lentos y apretados. Subía y bajaba la mano enguantada a lo largo de toda mi verga, girando la muñeca justo debajo de la cabeza sensible, presionando el pulgar contra el frenillo con precisión experta. Su otra mano enguantada masajeaba y pesaba mis testículos hinchados, apretándolos suavemente mientras el cuero crujía. El olor intenso de nuestros trajes usados, mezclado con el aroma de mi excitación, me hacía gemir sin control. Yo sujetaba su cabeza contra mi pecho, inhalando el perfume embriagador mientras ella aceleraba el ritmo, sus pechos generosos presionando contra mí a través del cuero.

Después la tomé y la empuje sobre nuestro lecho, separando sus muslos gruesos y fuertes. La penetré por delante en un coito profundo, lento y poderoso. Mi verga gruesa se hundió en su coño caliente, resbaladizo y apretado. El cuero de nuestros trajes crujía rítmicamente con cada embestida, sentía su vientre suave contra el mío, sus pechos rebotando contra mi torso enfundado, me excitaba el olor a cuero viejo, sudor fresco y sexo que llenaba nuestro lecho mientras la follaba con pasión creciente, embistiendo más fuerte, más profundo, oyendo cómo sus gemidos se mezclaban con mis gruñidos. Pero necesitaba más. La giré con cuidado, presionando su cuerpo voluptuoso contra el lecho.

Levanté completamente su falda de cuero y, con mi verga aún brillante por sus jugos, presioné contra su ano. Ella empujó hacia atrás con ansias, gimiendo. Entré lentamente en su culo apretado y caliente, centímetro a centímetro, disfrutando cómo su esfínter se abría y me engullía en su calor húmedo y pulsante. El cuero de su falda rozaba mis caderas mientras comenzaba a follarla analmente con ritmo creciente y profundo. Cada embestida hacía que el cuero de ambos trajes crujiera y que el olor animal se intensificara.

Mientras la penetraba por el culo con embestidas potentes y constantes, ella metió una mano enguantada en su sexo y deslizó sus dedos lubricados con sus propios jugos y se masturbo, nos corrimos casi al mismo tiempo. Mi semen caliente brotó en chorros espesos y profundos dentro de su culo mientras su cuerpo se contraía violentamente alrededor de mi verga. Ella temblaba, su coño goteando, ambos jadeando y fusionando nuestros olores a sexo crudo en un solo aliento animal y profundo.

Cuando acabe me tumbe en la cama, pero mi doncella con sus dedos enguantados, encontró mi próstata hinchada y comenzó a masajearla con maestría, presionando firmemente con las yemas de cuero, girando, frotando en círculos sincronizados con mis embestidas, sus dedos enguantados trabajando mi punto más sensible— fue abrumador. Gemía como un animal salvaje, temblando, sintiendo cómo el placer se acumulaba en oleadas intensas.

Cuando el placer nos dejó exhaustos, permanecimos abrazados contra la pared, respirando agitadamente ese aroma que tanto nos unía.—Ven, mi amor —le susurré al oído—. Necesitamos limpiarnos juntos.

Bajamos hasta la cámara privada. Previamente había instruidos al mayordomo y allí nos esperaba una gran tinaja de madera llena de agua caliente y jabón aromático de hierbas. Primero la desnudé y deslicé el cuero negro brillante por su cuerpo sudoroso, liberando sus pechos generosos, su vientre suave, sus muslos gruesos. Ella hizo lo mismo conmigo, me saco el traje por la espalda y la de la entrepierna, y fue pelando lentamente el catsuit marrón pegado a mi piel sudada, liberando mis hombros anchos, mi torso grueso, mi barriga, mis piernas fuertes y finalmente mis pies.

Nos metimos desnudos en el agua humeante. La enjaboné con devoción, recorriendo sus curvas suaves y generosas, enjabonando con mimo sus pechos pesados, su vientre, sus muslos gruesos y su entrepierna sensible. Ella hizo lo mismo conmigo, primero lavó mi torso ancho, mi barriga, mi espalda ancha y, con manos amorosas, limpió mi miembro aún sensible y mis nalgas. El agua se llevó el sudor y los olores acumulados, pero no el vínculo que nos unía. Al salir, nos envolvimos en mantas suaves y cálidas. Nos acostamos en la gran cama y nos abrazamos amorosamente, piel contra piel.

Ella apoyó la cabeza en mi pecho desnudo, trazando círculos con los dedos sobre mi piel. Yo besé su cabello húmedo y le acaricié la espalda.—Te amo —le confesé por primera vez en voz baja, con el corazón lleno—. No solo por compartir fetiches o tu cuerpo ni por tu entrega… sino porque compartimos una pasión inmensa… y me encanta saber que solo tú tienes las llaves del candado de mi castidad.—

Ella levantó la mirada, sonriendo con ternura, y susurró:—Y yo os amo a vos, mi señor. Por vuestra fuerza, vuestra pasión y por permitirme vivir esta devoción a vuestro lado. Mañana elegiré otro traje… quizá el traje de cuero rojo y vos también luciréis uno nuevo para mí.

Y así, enredados en un abrazo tierno, profundo y lleno de amor, nos quedamos dormidos, sabiendo que al despertar volveríamos a vestir nuestros ropajes favoritos y a perdernos nuevamente en la lujuria.

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