Escribo esto desde la perspectiva que solo te dan los años, las decepciones y la distancia. Para entender cómo llegué a convertirme en el hombre que soy, tienes que conocer al muchacho que fui. Era 2023, yo tenía 18 años, era un estudiante de ingeniería lidiando con ciencias exactas en una universidad en Tamaulipas.
Físicamente, medía 1.70 metros, usaba el cabello oscuro, largo y ondulado, y, aunque iba al gimnasio tres veces por semana por pura disciplina, mi cuerpo todavía era el de un joven normal, sin la rocosidad atlética que los años me darían después.
Vivía con mi madre y mi hermana mayor. En el fondo, era un idealista y un romántico empedernido. Como cualquier adolescente normal, tuve enamoramientos fugaces en la preparatoria, pero jamás había tenido una relación formal. Nunca había cruzado esa línea.
Hasta que apareció Gisela.
Nos conocimos en primer semestre, coincidiendo casi por accidente en el lobby de la biblioteca. A sus 18 años, con su 1.64 de estatura, su tez morena, y ese cabello castaño y lacio, tenía un aire juvenil y cautivador acentuado por unos lentes de armazón. Al principio éramos solo amigos de pasillo, pero todo cambió en una fiesta de Halloween. Esa noche llegó disfrazada de pirata, con unas medias que resaltaban la firmeza de sus piernas y una falda pegadita que marcaba sus caderas de una forma que me dejó sin aliento. Llevaba un escote revelador, un parche en el ojo y un labial color café. Fue la primera vez que la miré con un deseo instintivo y urgente, dándome cuenta del cuerpo que escondía debajo de su ropa de diario.
Nos hicimos cercanos con el tiempo y la conquiste dejándole notas y cartas hasta que, en mayo, en ese mismo lobby de la biblioteca, le pedí que fuera mi novia. Me dijo que sí con una risa nerviosa y nos besamos. Ese mismo mes conocí a su madre, Delia, una mujer de complexión madura y rellenita que me recibió en su casa con una playera rosa y jeans, adoptándome rápido y llamándome “mijo”. Si tan solo hubiera sabido que un año después estaría devorándome a esa misma señora a puerta cerrada… pero en ese momento, mi única fijación era su hija.
La tensión entre Gisela y yo creció con el calor del verano, hasta que en julio planeamos nuestra primera vez. Quería que todo fuera perfecto, así que esperamos a que se alinearan las circunstancias en su casa para tener la tarde y la noche completamente libres. Unos días antes, me había pedido encargarme de comprar los preservativos. El miedo a un embarazo estaba latente en ambos, por lo que la protección era innegociable.
Cuando finalmente llegó el momento, el escenario fue su recámara. Las paredes estaban iluminadas únicamente por el parpadeo cálido de unas velas aromáticas que ella había acomodado en el buró. Nuestra primera vez fue un mapa trazado con torpeza, ternura y un deseo urgente que nos quemaba las yemas de los dedos.
Había miedo, sí, pero también una necesidad absoluta de descubrirnos. Antes de llegar al punto sin retorno, nos tomamos nuestro tiempo con el juego previo. Me dediqué a desvestirla con una lentitud que me torturaba, admirando cada centímetro de su piel morena a la luz de las velas. Mientras yo bajaba mis besos por su cuello, sintiendo el pulso acelerado de su vena, y trazaba un camino húmedo por su vientre, la escuchaba respirar por la boca, entrecortada y vulnerable.
—Estás temblando —le susurré, rozando con los nudillos su piel erizada, sintiendo cómo se contraía bajo mi tacto.
—Es que tengo nervios… —me contestó con un hilo de voz, enredando sus dedos temblorosos en mi cabello largo— pero ya quiero hacerlo.
Exploré su cuerpo con mis manos y mi boca, saboreando el nerviosismo en su piel, deleitándome con la firmeza de sus tetas, sintiendo cómo sus pezones se endurecían al contacto con mi lengua. Ella hizo lo mismo conmigo, probándome con una curiosidad que me aceleró el pulso hasta dejarme sin aire. Cuando llegó el momento de la penetración, mis manos temblaban un poco al rasgar la envoltura de plástico del condón. La inexperiencia dictó nuestros movimientos. Empezamos en la posición del misionero; yo encima de ella, abriéndole las piernas, sosteniendo mi peso sobre mis antebrazos temblorosos para no lastimarla, mirándola a los ojos a través de la luz de las velas. Al entrar a su vagina, la barrera de su cuerpo estrecho se tensó por completo.
—Despacio… ah, me duele un poquito —soltó un quejido agudo, apretando los ojos con fuerza y clavando las uñas en mis hombros, sacándome un poco de sangre por el reflejo del dolor.
—Tranquila, me quedo quieto… respira, mírame —le respondí, jadeando yo también, sintiendo la presión hirviente y la estrechez brutal con la que su cuerpo me recibía y me apretaba como un guante.
Poco a poco, con el calor de nuestros cuerpos fundiéndose y mis caricias suaves en su rostro, el dolor cedió, dándole paso al instinto más puro. Sus quejidos de molestia se volvieron suspiros largos, húmedos y cargados de necesidad.
—Sí… ah… ya no duele, muévete más —me suplicó en un susurro ronco, alzando la cadera desde el colchón para encontrar mi pelvis.
Empecé a moverme con lentitud, sintiendo la fricción perfecta. Buscando acomodarnos mejor entre nuestra propia torpeza, las sábanas enredadas y el sudor que ya nos empapaba el pecho, probamos otras dos posiciones.
—Daté la vuelta —murmuré, ayudándola a girarse sobre sus rodillas. La tomé por detrás, de perrito, una postura que nos permitió una fricción un poco más profunda, cruda y que le arrebataba el control. Agarré sus caderas y empecé a embestirla con más fuerza. El sonido rítmico de nuestros cuerpos chocando, húmedos de sudor y deseo, resonaba como aplausos en la habitación.
—¡Ah! Sí, métela toda… ahhh —gemía ella, perdiendo el filtro, hundiendo la cara en la almohada para ahogar los ruidos obscenos y evitar que se escaparan hacia la sala de la casa.
Finalmente, el deseo la empoderó y ella tomó el control.
—Déjame a mí —jadeó, empujándome suavemente para que me recostara bocarriba. Se sentó sobre mí a horcajadas en la posición de la vaquera, guiándome hacia el interior de su vagina y dejándose caer con un suspiro largo, marcando su propio ritmo.
A contraluz de las velas, la silueta de Gisela moviéndose sobre mis caderas era un espectáculo visual. Con el pecho subiendo y bajando erráticamente por el esfuerzo, sus tetas firmes rebotando, dejándose ir mientras soltaba pequeños gemidos con la boca entreabierta, los ojos cerrados, y el cabello castaño cayéndole libremente sobre los hombros, se convirtió en una de las primeras imágenes eróticas que se quedaron grabadas a fuego en mi memoria. Esa noche en su cuarto, cruzamos nuestro primer umbral. Fuimos torpes, sí, pero esa misma torpeza hizo que todo se sintiera inmensamente real y nuestro.
Con la llegada de agosto, nuestra intimidad mutó en algo adictivo y callejero. Su habitación dejo de ser nuestro único escenario. Como yo no tenía licencia, pero ella ya manejaba su camioneta, los asientos traseros se volvieron nuestro refugio por las noches, empañando los vidrios por el contraste del aire acondicionado y nuestro sudor. Pero el verdadero combustible era la adrenalina del peligro.
Una noche de septiembre, regresando de una cita, me metió a escondidas por la ventana de su cuarto mientras Delia estaba en la casa.
Le quité la blusa y el sostén con una desesperación que casi rompe los broches, liberando por fin sus tetas. Eran de un tamaño mediano, dueños de una firmeza exquisita y muy juveniles, coronados por unos pezones oscuros que se endurecieron al instante en cuanto los atrapé con mi boca, lamiéndolos y succionándolos con hambre.
Ella soltó un quejido agudo, enredando las manos en mi cabello mientras yo le saboreaba la piel salada. —Ay… mmm, sí, amor… así —gemía, arqueando la espalda desde el colchón para ofrecerme más de sus tetas, frotando su vagina que ya estaba húmeda para ese entonces contra mi pierna.
Me acomodé encima de ella, abriéndole las piernas de un tirón, y la embestí con una fuerza cruda y rítmica que la hizo sacudirse de pies a cabeza. Sus uñas se clavaban en mi espalda dejándome marcas rojas, arañándome la piel, y su respiración se volvía cada vez más escandalosa.
—Más fuerte… ahhh, no te pares, dale más fuerte —me suplicaba, completamente desinhibida, perdiendo la cordura y la decencia. La fricción era tan intensa, tan húmeda y ruidosa, que tuve que taparle la boca con la palma de mi mano libre para ahogar los gemidos y evitar que algún grito se escapara hacia el pasillo de la casa.
De pronto, el terror nos congeló la sangre. Escuchamos pasos acercándose por la duela.
Delia tocó la puerta. ¡Toc, toc, toc! El pánico me inyectó una sobredosis de adrenalina y me hizo moverme a la velocidad de la luz; me salí de ella de un tirón doloroso, rodé por el suelo frío y me metí debajo de la cama, arrastrándome entre el polvo y conteniendo la respiración hasta que me dolieron los pulmones. Arriba de mí, escuché a Gisela saltar de la cama, ponerse una bata a tropezones, enredarse en la tela, y medio arreglar las sábanas por la prisa antes de girar la perilla y abrir.
Desde mi escondite, a ras de suelo y tragando polvo, pude ver los pies de su madre posándose en el marco de la puerta. Delia estaba recién salida de bañar. Llevaba una toalla envuelta en la cabeza y una bata de casa ligeramente abierta. Desde el ángulo exacto en el que yo estaba tirado en el piso, la perspectiva me regaló una visión fugaz pero peligrosamente clara de su escote maduro, pesado y húmedo, asomándose por la abertura de la bata. A la fecha, recuerdo esa imagen y me resulta sumamente poético y retorcido.
Delia hizo un par de preguntas cotidianas, se despidió y cerró la puerta. En cuanto sus pasos se alejaron hacia la sala, salí de mi escondite arrastrándome. Gisela y yo nos miramos, con el corazón latiéndonos en la garganta a mil por hora.
—Casi nos cacha… —susurró ella, temblando de pies a cabeza, todavía con la respiración agitada por el sexo interrumpido, pero con una sonrisa perversa, casi maquiavélica, asomándose en sus labios carnosos. —Pues que nos cache —le respondí con una voz ronca y oscura.
La jalé de la bata, tirándola de nuevo contra el colchón con rudeza. El miedo no nos apagó; al contrario. Alimentados por el peligro real de haber estado a milímetros de la catástrofe familiar, reanudamos nuestra cogida con mucha más intensidad, salvajismo y morbo que antes, martillando su cuerpo hasta dejarla sin aliento.
Esa desinhibición escaló sin frenos hasta finales de octubre, coronándose en una fiesta de Halloween. La organizó una amiga foránea de Gisela en su departamento. Yo fui disfrazado de Drácula, con toda la elegancia gótica que pude armar (capa negra, camisa de seda, colmillos), mientras que ella iba de hada. Verla con esas alas brillantes, las piernas completamente descubiertas y ese vestido corto que apenas le cubría los glúteos encendió un interruptor muy diferente en mí; uno oscuro, animal y dominante.
Nos escabullimos a una de las recámaras vacías del departamento. Nuestro encuentro fue apresurado, marcado por una suciedad verbal que jamás habíamos explorado. La acorralé contra la pared fría, levantándole el vestido hasta la cintura y bajándole la ropa interior de un solo tirón que casi rasga el encaje.
—Eres mía, ¿me oíste? Toda mía —le gruñí al oído, empujando mis caderas contra ella, sintiendo su humedad recibiéndome de golpe, sin preparación.
—Sí… ahhh… toda tuya, mi amor, cógeme fuerte, métemela hasta el fondo, te lo ruego —me suplicaba contra mi cuello, rasguñándome la capa del disfraz y aferrándose a mi camisa con desesperación.
Me sorprendió la cantidad de indecencias que salieron de nuestras bocas; nos dijimos cosas crudas, sucias y directas que nos calentaban la sangre a grados de ebullición, mientras Drácula y el hada chocaban rítmicamente contra la pared de aquel cuarto ajeno, perdiendo por completo la noción del pudor y el respeto. Terminamos en la cama del cuarto exhaustos, entre risas ahogadas, besos con sabor a alcohol y abrazos sudorosos. Acomodando nuestras respiraciones, viéndola sonreír con el maquillaje corrido y las alas chuecas, creí genuinamente que esa pasión y esa conexión física brutal nos blindaban contra todo el mundo.
Pero noviembre llego y los primeros frentes fríos del año. Con el descenso de la temperatura, algo en la dinámica con Gisela también comenzó a helarse, pudriéndose desde adentro. Era el mes de su cumpleaños, pero el ambiente entre nosotros se sentía tenso, cargado de silencios incómodos y fallas de comunicación.
El verdadero fantasma en nuestra relación no era la inexperiencia, sino el pasado. Cuando Gisela y yo empezamos a hablar, ella venía arrastrando las sobras tóxicas de un noviazgo de tres años con un tipo llamado Armando. Su relación se había vuelto a distancia, conflictiva y manipuladora cuando él se fue a otra ciudad del estado a estudiar la universidad. Según me había contado llorando en su momento, ella lo terminó definitivamente justo cuando lo nuestro comenzó a tomar forma. Le creí. Mi maldita ingenuidad me hizo pensar que mi devoción había borrado a ese sujeto de su mente para siempre.
La realidad me golpeó en la cara como un ladrillo una noche de finales de noviembre. Gisela tenía un examen importante y se había quedado hasta tarde. Yo me quedé esperándola pacientemente. A esa hora el campus era un fantasma; no había nadie.
Gisela tenía un examen importante y me había dejado su mochila y son ella su iPad. Como mi huella dactilar estaba registrada por la confianza de la relación, lo desbloqueé por inercia. No sé si fue instinto o la inseguridad acumulada, pero abrí la aplicación de mensajes. Ahí estaba, hasta mero arriba, un chat con Armando. Comencé a leer y la sangre se me fue a los pies; un zumbido me ensordeció. El historial no era reciente; la traición tenía meses cocinándose a fuego lento en mi propia cara.
Había conversaciones casuales, llamadas de madrugada, una familiaridad tóxica, asquerosa y cómplice que me dolió mil veces más que cualquier otra cosa. Fui scrolleando hacia abajo con el dedo tembloroso.
Julio 12: Armando: Perdón por marcarte a esta hora, es que no podía dormir y la costumbre me ganó. Gracias por contestar un ratito. Te extraño en mis madrugadas, mi niña. Gisela: Yo también te extraño a veces, pero ya no deberíamos hablar así, Armando. Sabes que estoy intentando algo con alguien. Armando: Lo sé, y me da gusto por ti. Pero él no te conoce como yo, no sabe cómo calmarte cuando te dan tus ataques de ansiedad. Cuídate mucho, flaca.
Agosto 28: Armando: Hoy pasé cerca de tu casa y me acordé de todo lo que hacíamos. Dime la verdad, ¿con él se siente igual? Porque yo no dejo de pensar en la conexión que teníamos en la cama. ¿Él te toca igual que yo? Gisela: Armando, por favor… no me preguntes esas cosas ahorita. Es diferente. Armando: Es diferente porque sabes que esa química solo la tenemos nosotros. Nadie te va a hacer sentir así.
Octubre 31: Armando: Hoy es Halloween, me acordé de cuando nos disfrazamos hace dos años. Ya sé que andas de fiesta y no vas a contestar, pero te juro que daría lo que fuera por amanecer abrazado a ti hoy. Tengo unas ganas de ti que no se me quitan con nada. Gisela: Yo también me acordé de ti hoy. Extraño mucho esas épocas, pero no me digas estas cosas ahorita, me confundes.
Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el iPad, se me cortaba la respiración. Esa manipulación constante, esa forma en la que él se metía en su cabeza apelando a la nostalgia y cómo ella le daba entrada.
Llegué al final de la conversación. Los mensajes tenían poco de haber sido enviados, justo antes de que ella entrara a su examen.
Armando: Ya voy llegando a Tampico. Tengo que ir a hacer un mandado a la casa de mi tía al rato, pero en la noche me desocupo. ¿Paso por ti para platicar un rato en la camioneta como antes? Nada más quiero verte, te lo prometo. Te extraño demasiado. Gisela: Sí… yo te aviso en cuanto salga de la uni y me desocupe. Nos vemos al rato.
Apagué la pantalla. El reflejo oscuro del cristal me devolvió la mirada de un muchacho roto. Yo le había entregado mi primera vez a esa chica, mi devoción y mi piel, mientras ella mantenía abierta la puerta trasera con ese cabrón.
El chico idealista estúpido murió aquella noche. Sentí unas ganas incontrolables de vomitar ahí mismo. Cerré los ojos, quería llorar ahí mismo.
Cuando salió de su examen, me busco por todas partes hasta que me encontró. Caminé hacia ella. No la saludé. No hubo beso ni abrazo. Simplemente le extendí el iPad con el chat abierto. El color desapareció de su rostro en un segundo. Al principio intentó negarlo, balbuceando excusas ridículas, apelando a malentendidos absurdos y a contextos que no existían, con esa facilidad desesperada y patética que tienen los cobardes para aferrarse a una mentira cuando los descubren.
Pero acorralada por las pruebas, no le quedó más remedio que tragar saliva y aceptar la verdad. Lloró. Rompió en llanto ahí mismo, mostrándose inmensamente apenada, suplicando que la escuchara.
Yo no dije mucho más. No grité, no armé un escándalo. Me di la vuelta y la dejé ahí sola de noche en el instituto, marchándome con el estómago revuelto de coraje y asco.
Nos dejamos de hablar por completo tras esa noche. Ese vacío forzado me obligó a cambiar mi dinámica universitaria y mi rutina diaria para no volverme loco y no toparme con ella en los pasillos. Me enfoqué en mis cosas, hice un par de ajustes en mi vida y, a inicios de diciembre, por fin conseguí mi licencia de conducir.
Y aun así con todos esos cambios en mi vida, el recuerdo de ella seguía ahí. Y termine mandándole un mensaje. Necesitaba respuestas, quería escupirle mi coraje, o tal vez, muy en el fondo de mi debilidad, solo necesitaba aferrarme un poco más al fantasma de lo que fuimos. Me contestó rápido, ansiosa, y nos pusimos de acuerdo para hablar al siguiente día. Ella estaba tomando un curso de invierno en la universidad, así que la esperé a la salida. Cuando subió al asiento del copiloto, el ambiente era irrespirable. El trayecto fue un funeral. Hacía mucho frío. La llevé a su casa, bajo el acuerdo de que ahí íbamos a platicar lejos de miradas curiosas.
Subimos a su recámara en silencio, la misma habitación donde meses atrás me había entregado mi primera vez con tanta ternura, velas y promesas. Ahí, al cerrar la puerta, la plática civilizada se rompió en mil pedazos. Ella volvió a llorar, las lágrimas escurriéndole por debajo de los lentes. Me pidió perdón de rodillas casi, me juró por su vida que no había vuelto a acostarse con Armando, que solo habían sido estúpidos mensajes de texto, que era a mí a quien quería y deseaba.
Y entonces, envueltos en ese drama asfixiante, ocurrió lo inevitable. En un intento retorcido, tóxico y desesperado por aferrarnos a las ruinas calcinadas de lo que habíamos construido, los reclamos y las palabras cargadas de odio se transformaron de golpe en besos salados por las lágrimas.
—¿De verdad me quieres a mí? —le pregunté, con la voz rota por la furia, agarrándola del cuello de la blusa y quitándosela a tirones, casi rompiendo la tela.
—Sí… sí, solo a ti —sollozó, ayudándome desesperada a desabrocharle el sostén, ofreciéndome sus tetas descubiertas como un sacrificio para calmar mi enojo.
Nos desvestimos con una prisa violenta, torpe. Pero esta vez no había amor. Fue un sexo triste, urgente, sucio y cargado de rabia pura. La empujé sobre la cama con rudeza, rebotando su espalda contra el colchón. Le abrí las piernas de par en par, agarrando sus caderas anchas con tanta fuerza que mis dedos se hundieron en su carne, alineé mi erección tensa y entré en ella de un solo golpe seco, sin lubricación previa, sin condón, sin caricias, hasta la base.
—¡Ah!… mmm, sí… —gimió con un tono agudo de dolor mezclado con excitación, clavando las uñas en mis hombros, aferrándose a mí al sentir la brutalidad de la penetración en seco.
La tomé con una dureza que no conocía en mí, que no sabía que existía en mi interior. Empecé a embestirla sobre la misma cama de siempre, con un ritmo pesado, castigador, intentando borrar de mi cabeza las palabras y los “te amo” que otro hombre le había escrito. La cama rechinaba con cada impacto salvaje de mi pelvis contra sus glúteos.
—Dime que eres mía —le exigí, apretando sus caderas, dándole una nalgada seca que dejó su piel al rojo vivo, mientras chocaba contra ella con más fuerza, exigiéndole sumisión total.
—Soy tuya… ahhh… toda tuya… perdóname, mi amor, ¡ahhh! —lloraba y gemía al mismo tiempo, levantando la cadera del colchón para recibir cada embestida, golpeando su cuerpo contra el mío en un intento desesperado por complacerme y retener mi atención.
El sonido húmedo, obsceno y ruidoso de nuestros cuerpos golpeando resonaba en el cuarto, ahogando cualquier pensamiento racional. Se mezclaba con sus gritos exagerados, con su llanto ronco que buscaba desesperadamente convencerme, a través del placer, de que me pertenecía en cuerpo y alma. Sus tetas rebotaban violentamente, su cabello castaño era un desastre pegado a su cara sudada por el esfuerzo, y su interior me apretaba con una humedad hirviente. Yo la miraba desde arriba, viendo cómo se deshacía bajo mi dominio físico.
Desde ahí, supe que el sexo no iba a arreglar la traición.
El clímax me alcanzó. Me vine afuera, sacándola en el último momento, manchando su vientre. Gisela no dijo ni una palabra.
Terminamos exhaustos, vacíos y mirando al techo. Acordamos “echarle ganas” y fingir que nuestro amor podía sobrevivir a la grieta, pero la herida ya estaba infectada.
Un par de semanas después, a mediados de diciembre, todo terminó de la forma más anticlimática posible. Estaba en mi casa cuando la pantalla de mi celular se iluminó. Era un mensaje de ella. Nada de llamadas, nada de dar la cara. Solo un texto cobarde y definitivo:
“Perdón por hacer esto por aquí, pero ya no aguanto más. Me duele mucho, pero no puedo seguir engañándome ni engañándote. Lo mejor es terminar y que cada quien siga su camino. Gracias por todo lo bonito que me diste, de verdad te quise mucho. Perdón por lastimarte así.”
No le contesté. No había nada que decir. Así, con un bloque de texto estéril, se cerró el telón de mi primera relación y de mi único noviazgo universitario. Apenas duró ocho meses, pero el impacto de su onda expansiva me cambió para siempre.
El tiempo, como siempre, puso a cada uno en su lugar. A inicios de año regresó con Armando, pero la toxicidad los devoró y terminaron separándose a los pocos meses. Sé que después saltó de relación en relación hasta que recientemente se casó. Sinceramente, espero que haya encontrado un poco de paz.
Hoy, a la distancia, entiendo que lo que pasó simplemente fue lo que fue. No guardo rencores; al contrario, agradezco profundamente lo que vivimos. Sin esa ruptura, jamás me habría atrevido a explorar mis verdaderos gustos con tanta libertad, ni habría tenido el valor para cruzar la línea y desnudar a su madre, Delia, seis meses después.
Al final del día, soy un hombre optimista que aprendió a disfrutar su vida sin ataduras. Este es el primero de muchos relatos que me gustaría escribir sobre las experiencias que me formaron. Ha sido un viaje intenso recordar esto, pero es momento de cerrar este capítulo. Me despido por ahora, nos leemos en la siguiente historia.
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Todo bien… Pero con 23 años, considerás que pasó un tiempo y te hiciste hombre??? Qué suerte. Hubieses puesto que pasaron, 10, 15 años. Que ya tenés 30/40 años…
La segunda parte debe ser buenísima.. haciéndolo con delia, llega su hija y el escondiendose otravez..
Que paso con delia???😝
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